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lunes, septiembre 07, 2026

Epílogo del Presidente de la Conferencia episcopal a la publicación del Discurso de León XIV a las Cortes Generales


La Biblioteca de Autores Cristianos no prologa los textos del Papa. Sobran las razones. Por eso, he querido añadir estas líneas a esta edición especial de un discurso que será referencia a partir de ahora y que quiere ir dirigido a toda la clase política, a los interlocutores sociales y a la sociedad civil en general, así como a las instituciones de España y del resto de Europa.

Historia

La intervención de Su Santidad, el papa León XIV, ante las Cortes Generales de España, el 8 de junio de 2026, ha entrado ya, por derecho propio, en la historia de nuestra nación. Ha sido histórico el hecho mismo de que el Sucesor de Pedro tomara la palabra en la sede de la soberanía popular; histórico el contenido de su mensaje, por la profundidad de sus reflexiones y la altura moral de sus propuestas; e histórica, asimismo, la acogida dispensada por sus Señorías, expresada en un prolongado y sincero aplauso que trascendió las legítimas diferencias políticas para reconocer la relevancia de una palabra pronunciada al servicio de todos.

La historia de España está íntimamente entrelazada con la historia del cristianismo. Sin embargo, este discurso no ha sido una mirada nostálgica al pasado, sino una invitación a descubrir, en nuestra mejor tradi­ción, las energías espirituales y humanas necesarias para afrontar los desafíos del presente. El Papa ha recordado que la memoria auténtica no encadena; ilumina. No divide; ofrece raíces desde las que crecer.

Diálogo

Desde sus orígenes, la Iglesia ha vivido una vocación permanente de encuentro. Nacida en el cruce de pueblos, culturas y lenguas, aprendió desde el principio a dialogar con el mundo que la rodeaba, anunciando el Evangelio sin renunciar a escuchar las preguntas de cada época.

También hoy desea seguir recorriendo ese camino. La presencia del Santo Padre en las Cortes Generales constituye una expresión elocuente de esta voluntad de diálogo respetuoso y constructivo. La Iglesia no preten-de sustituir a las instituciones democráticas ni invadir competencias que no le corresponden; desea, más bien, ofrecer la aportación de una sabiduría humana y espiritual acumulada durante siglos al servicio de la dignidad de toda persona, de la convivencia social y de la bús-queda del bien común.

En tiempos marcados con frecuencia por la polarización, la desconfianza y la fragmentación, el discurso de León XIV nos recuerda que el diálogo no es una estrategia coyuntural, sino una exigencia permanente de toda sociedad verdaderamente democrática.

Futuro

La palabra del Papa ha estado orientada, sobre todo, hacia el futuro. Un futuro que no se construye levan-mtando muros, sino tendiendo puentes; no alimentando enfrentamientos, sino buscando espacios de encuentro; no defendiendo intereses particulares como absolutos, sino promoviendo el bien común como horizonte compartido.

La fiesta de Santo Tomás Moro, en la que se fecha este epílogo, ofrece un marco especialmente significativo para esta reflexión. Mártir de la conciencia, servidor leal de su pueblo y testigo de la verdad hasta el sacrificio de su propia vida, continúa siendo un referente luminoso para quienes ejercen responsabilidades públicas. Su ejemplo recuerda que la política alcanza su máxima nobleza cuando está al servicio de la persona y de la sociedad.

El viaje apostólico de León XIV ha supuesto una vigorosa llamada a la presencia de la Iglesia en la vida pública que se realiza, especialmente, en el ejercicio de la caridad social o política como genuina expresión de la vocación laical. En este sentido, resuenan con especial actualidad las palabras pronunciadas por el papa León XIV al dirigirse a los gobernantes del mundo: «La política ha sido definida con razón como “la forma más alta de la caridad”» (1), evocando una expresión atribuida por la tradición social de la Iglesia a Pío XI y repetida por diversos pontífices posteriores. La acción política, cuando busca sinceramente el bien común,se convierte en una auténtica expresión de amor social y de servicio a los demás.

Que las palabras pronunciadas por León XIV en las Cortes Generales sigan inspirando caminos de entendimiento, de concordia y de esperanza para España y para Europa.

Madrid, 22 de junio de 2026,
fiesta de Santo Tomás Moro

Luis Argüello García
Arzobispo de Valladolid y Presidente de la CEE

In necessariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas
«En lo esencial, unidad; en lo accesorio, libertad;
en todo, caridad» (atribuido a San Agustín)

Notas

1 León XIV, Discurso a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes (21 de junio de 2025). 

jueves, agosto 27, 2026

Santa María, Madre Amable

Don Damián en la Casa Emaús de
Torremocha de Jarama

Don Damián Iguacen

Contemplamos a la Virgen María abrazada a su hijo y acariciada por él. Es la ‘madre amable’, madre de Dios y madre nuestra; la que ha hallado gracia delante de Dios; la que ama a Dios más que ninguna criatura; la que más nos ama, después de Dios; la que después de Dios merece ser más amada; la que mejor refleja la imagen de Dios Amor y de Jesús amable. Con toda razón es la ‘madre amable’.

Tres cosas hacen que nos resulte amable una persona: su hermosura, su bondad, el amor que nos manifiesta. Las tres se hallan en la Virgen María de modo admirable. Es toda bella, toda santa, toda ‘amor hermoso’. Más grande que ella, solo Dios.

Invocar a la Virgen María como madre amable nos compromete a ser nosotros amables.

El amable, tenga las cualidades que tenga, por el modo con que las vive, por su manera de ser, resulta una persona encantadora, ‘un encanto de persona’. Cuando decimos ‘un encanto de persona’, no queremos decir que es rica, que es joven, que es hermosa, que es lista, decimos que nos encanta su modo de ser, descubrimos un no sé qué que nos cautiva, nos admira, nos convence.

No es fácil definir la amabilidad, porque no es una virtud aislada, sino una reunión de virtudes. Amabilidad es, desde luego, caridad, que se da; humildad que se abaja; mortificación que se priva de cosas menos convenientes; paciencia que sabe esperar; fortaleza que no se cansa ni se hecha atrás ante las dificultades; bondad que todo mira bien; benignidad que hace todo el bien que sabe y puede. Todo eso, junto, es amabilidad, fruto riquísimo del Espíritu Santo.

Sería muy triste que alguien que se acercó a nosotros, por lo que sea, se fuera igual que vino, o peor, porque nosotros hemos sido incapaces de darle algo de lo nuestro.

La amabilidad nos asemeja a Jesucristo, ‘manso y humilde de corazón’.

El amable sabe tener detalles con todos. Que lástima que, a veces, nos haya faltado ese ‘detalle’, ese pequeño detalle que lo hubiera arreglado todo. No hagamos las cosas de cualquier manera, con dejadez. Todo lo precioso y delicado se trata con cuidado, con delicadeza. Nada tan precioso como la persona humana; a la que Dios ‘ha hecho poco inferior a los ángeles’ y ‘ha coronado de gloria y dignidad’. La delicadeza en los detalles es signo de perfección espiritual y humana; la grosería es signo de vileza. La amabilidad se traduce siempre en delicadeza y elegancia espiritual.

El amable es indulgente. Indulgente no quiere decir débil o poco justo.

Ser bueno no quiere decir ser débil. Ser bueno quiere decir querer el bien y hacer el bien siempre, a todos, sin excepción. Y esto no es fácil. ‘La bondad -dice Santo Tomás- es hija de la fortaleza, no se encuentra sino en almas habituadas a vencer. El amable sabe disimular las ofensas que le hacen; sabe disculpar, dispensar, perdonar, sabe interpretar bien las cosas.

No saber dispensar a los demás, es una prueba evidente de que uno se dispensa demasiado a sí mismo.

El amable es valiente. Sabe decir ‘no’ sin enfadarse, nunca devuelve mal por mal, insulto por insulto; nunca pierde la Paz cuando dice lo que tiene que decir.

El amable es servicial. Amabilidad y servicialidad son inseparables. Amar es servir. Uno de los mejores servicios que podemos ofrecer hoy es el de la animación; hay que animar a muchos. La desilusión, la atonía, el desencanto, el desánimo, están haciendo estragos. Pero para animar hay que estar animados.

Todos podemos convertirnos a la amabilidad.

El aceite no mana en ninguna fuente como el agua, hay que hacerlo y se hace estrujando, triturando, moliendo las olivas, las aceitunas, en el molino. ¿Entenderemos la lección? Nadie diga: soy así y así me tenéis que aguantar. ¿Eres áspero, de temperamento fuerte? ¡Al molino aceitero!

No seamos zarzas a la vera del camino. No es un modelo de virtud el tipo de persona que describe el adagio: ‘cara de beato y uñas de gato’.

La mayor parte de personas que encontramos por la vida tienen necesidad de cariño, sienten hambre de simpatía.

Hay que ser no sólo buenos, sino muy buenos, dice San Francisco de Asís.

Santa María, madre amable, ruega por nosotros

Citas extraídas del citado libro Sub tuum praesidium Sancta Maria, Mater Ecclesiae en las páginas 246 a 255, Editorial EDICE, Madrid 2016). Por La Asociación Misericordia



martes, julio 28, 2026

Ernesto Brotons: Documento El corazón habla al corazón

Ernesto Brotons con el comic de Rovirosa (2015)
con amigos de Encuentro y Solidaridad

domingo, julio 12, 2026

¿Será clericalismo poner la lupa sobre Argüello?

Eugenio A. Rodríguez

Poner la lupa sobre Argüello no deja de ser una forma de clericalismo. Se puede estar en desacuerdo con él y no caer en las exigencias en que se está cayendo desde el podium. ¿Qué no puede expresar su opinión por ser obispo? ¿Y eso de donde viene?

Las expresiones de Argüello no son vinculantes. Sánchez puede cambiar de opinión sobre Marruecos-Sahara e ir contra su programa electoral y eso tiene consecuencias políticas. Conde Pumpido lo mismo. Feijoó puede aliarse con el empresariado e insultar a los trabajadores, etc etc pero Argüello no puede opinar.

Puedo estar en desacuerdo con algunas ideas de Argüello pero poner la lupa sobre sus palabras, seleccionarlas, diseccionarlas y decirle lo que puede y lo que no puede decir no es más que una forma de clericalismo aunque aparente lo contrario. Unos disparan desde "la caverna" y otros desde su propio "podium". Da igual.

A mi me parece brillante que se atreva a decir que le parece exagerado usar la palabra "colapso". Eso sí que es interesante. Un tipo capaz de llevarle la contraria al título del curso que le convoca es un tipo con un alto grado de libertad. Tiene razón, hay problemas serios pero un colapso en otra cosa. Como bien dice él la palabra colapso le recuerda un derrumbe total.

Es digno de alabanza que camine con la Fundación Pablo VI, que a mi juicio tiene mucho de Fundación y poco de Pablo VI.  Puedo estar en desacuerdo con Argüello en los extremos a que lleva la teología del cuerpo, desde luego pero de ahí a no dejarle opinar hay un abismo.

A mí me preocupa mucho más el Foessa-Caritas. No sé cuanto ha costado el último, el anterior varios cientos de miles de euros pero ya dijo uno de sus autores brillantemente: ¿y ahora quien le pone el cascabel al gato?  Hace meses intenté explicarlo (aquí). Argüello, sin embargo, que no nos cuesta un euro, sí que le pone más de un cascabel al gato.

¿Estamos en un censura ahora progresista pero tan censura como la franquista? En tiempos de Franco el nuncio llamó al obispo Pildain porque no podía escribir contra el sindicato franquista. Al cardenal Vidal i Barraquer (sí un cardenal) Franco no le dejó volver del exilio (sí, del exilio). ¿Ahora se va a tener que ser sanchista como antes hubo que ser franquista? ¿Qué ahora por haber elecciones libres se pierde la libertad de expresión? ¡Vaya paradoja pretenden algunos!

Que el obispo tenga que decir lo que le diga el gobierno, o periódicos digitales influyentes, los empresarios, los sindicatos o quien sea es volver a un clericalismo que no debería formar parte de los valores de nuestra tiempo.



martes, mayo 12, 2026

miércoles, abril 08, 2026

CARDENAL DE BOGOTÁ LAVA LOS PIES A PROSTITUTAS


El Cardenal Luis José Rueda Aparicio, máxima autoridad católica en Colombia, protagonizó un acto de profunda carga simbólica este Jueves Santo al trasladarse al barrio Santa Fe, una de las zonas de tolerancia más complejas de Bogotá. En un gesto que evoca el mandato de humildad del Evangelio, el purpurado se arrodilló para lavar los pies de mujeres trabajadoras s*x*al* y mujeres trans, enviando un mensaje contundente contra la discriminación y lo que él denomina el "sistema de castas" que fractura a la sociedad actual. Este es el segundo año consecutivo que el Cardenal elige este entorno para el rito, reafirmando una pastoral de cercanía con las comunidades más estigmatizadas.
Fuente: Noticias Uno / Arquidiócesis de Bogotá.

martes, marzo 03, 2026

Felipe Bermúdez: Sinodalidad. Hacia la asamblea eclesial de 2028

"Lo que afecta a todos debe decidirse entre todos"
 


lunes, diciembre 15, 2025

Interpretando el declive - En las meditaciones de Adviento con el Papa y la Curia

Sesenta años después del Concilio Vaticano II, podemos permitirnos observar con mayor claridad lo que se aclamó, quizás con cierto exceso de optimismo, como una «primavera del Espíritu». Al igual que los primeros cristianos que esperaban el regreso del Señor, también nosotros estamos llamados a replantear nuestras esperanzas: las intuiciones proféticas del Concilio requirieron un período más largo y complejo, pues estaban profundamente entrelazadas con la maduración eclesial y las transformaciones culturales.


Si no nos reconciliamos con esta larga gestación, corremos el riesgo de no comprender el tiempo que vivimos: un tiempo en el que coexisten elementos críticos y signos de una vitalidad sorprendente. Por un lado, se observa un claro declive en las prácticas, los números y las estructuras históricas de la vida cristiana; Por otro lado, surgen nuevos fermentos del Espíritu: la centralidad de la Palabra de Dios crece, los laicos desarrollan una presencia más libre y misionera, el camino sinodal se consolida como una forma necesaria, el cristianismo florece en muchas regiones del mundo y una nueva comprensión de la fe busca combinar la herencia ancestral con una comprensión más profunda de la humanidad.


Decadencia y fermento no son mutuamente excluyentes: son dos caras de la misma labor, en la que el Espíritu purifica lo que puede abandonarse y da a luz lo que necesita crecer. Después de todo, ¿no es esto lo que Jesús nos enseñó cuando describió la expansión del Reino de Dios a través de la lógica de la semilla?


‘En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto’ (Jn 12,24).


Toda renovación implica realidades que florecen y otras que mueren. Esto no debería sorprendernos: es la dinámica pascual, en la que la muerte y la resurrección son inseparables. Por supuesto, siempre nos resulta difícil aceptar la muerte y reconocer en momentos de decadencia el atisbo de una mayor esperanza.


Interpretamos espontáneamente la disminución numérica como una crisis que debe resolverse de inmediato. De hecho, la propia interpretación de este delicado momento en la historia de la Iglesia, especialmente en Occidente, se ha convertido en un campo de batalla: cada bando responsabiliza al otro de la crisis e intenta imponer su propia visión de la Iglesia. Algunos interpretan la situación actual como consecuencia del incumplimiento del Concilio; otros, por el contrario, ven el propio Concilio como la causa de cierto empobrecimiento de la comunidad y del testimonio cristiano. Estas interpretaciones opuestas, reflejadas en su rigidez, corren el riesgo de convertir en arma todo tradicionalismo y progresismo, atrincherando a la Iglesia en posiciones ideológicas que no surgen del discernimiento, sino del miedo.


Quizás la verdad sea más simple y exigente: en un cambio trascendental sin precedentes, incluso la Iglesia lucha por salvaguardar sus cimientos. Ante transformaciones rápidas y a veces indescifrables, la comunidad cristiana tiende a polarizarse, oscilando entre dos tentaciones opuestas: refugiarse en certezas intocables o abrirse a toda novedad para seguir siendo relevante. Pero ambas reacciones exponen a la Iglesia a un grave riesgo: transformar un tiempo de decadencia en uno de decadencia, donde no solo disminuyen los números, sino también la confianza, la claridad y la amplitud espiritual.


La decadencia se convierte en decadencia cuando la Iglesia pierde la conciencia de su naturaleza sacramental y se percibe como una organización social; cuando la fe se reduce a la ética o al bienestar, la liturgia a la representación, la teología se debilita y la vida cristiana se desliza hacia el moralismo.


En un contexto tan complejo, la tentación de simplificar es fuerte: la nostalgia del pasado o la expectativa de un futuro indefinido. Sin embargo, el propio declive puede convertirse en un tiempo de gracia, si se afronta sin miedo. Un tiempo que nos invita a abandonar la ilusión de una Iglesia siempre fuerte, siempre socialmente relevante, siempre en el centro de atención. Un tiempo que nos hace redescubrir la Iglesia como una obra que no nos pertenece, que no está garantizada por estrategias ni proyectos humanos, sino que florece cada vez que volvemos al corazón del Evangelio. Aceptar el declive no significa rendirse. Significa, más bien, alejarse de los conflictos que dividen y estérilizan todo diálogo. Significa no buscar soluciones inmediatas ni fáciles, sino aprender a permanecer fieles incluso cuando las costumbres se debilitan. Es una invitación a vivir con sobriedad y confianza, sin dejarnos llevar por el miedo ni la ansiedad de tener que salvarlo todo.


Este es el espíritu de los repatriados que regresan a Jerusalén: no reconstruyen toda la ciudad, sino que se dedican a una pequeña sección del muro, el trozo que está frente a su casa. Para nosotros también, la renovación llega a través de gestos humildes y concretos. Cada uno puede ofrecer un fragmento de su fidelidad, su paciencia, su caridad. Nadie solo puede renovar toda la Iglesia. Sin embargo, la Iglesia se renueva solo a través de la pequeña porción que cada uno de nosotros, día tras día, se compromete a reconstruir.


En definitiva, la Iglesia no es algo que se construya según nuestros propios criterios: es un don que hay que recibir, cuidar y servir. El Apocalipsis nos lo recuerda con fuerza: la «nueva Jerusalén» no surge de nuestras manos, sino que desciende del cielo, de Dios, ya preparada. Es la imagen más alta de la Iglesia como una realidad recibida, no producida: el hogar donde cada lágrima será enjugada y cada distancia salvada. Acoger a la Iglesia como un don —incluso hoy, en tiempos de decadencia y nuevos comienzos— significa vivir ya según la promesa que nos guía hacia esa plenitud en la que Dios será todo en todos.


Oremos:


Oh Dios, que con piedras vivas y escogidas preparas una morada eterna para tu gloria, continúa derramando sobre la Iglesia la gracia que le has concedido, para que el pueblo creyente progrese siempre en la construcción de la Jerusalén celestial. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia


Meditación completa en

https://escucharlavozdelamor.blogspot.com/2025/12/p-roberto-pasolini-en-la-2-meditacion.html


miércoles, noviembre 05, 2025

LAS INTUICIONES DEL CARDENAL SALIÈGE - Jean Guittón. (24 de febrero de 1870 - 5 de noviembre de 1956)

Jean Guitton fue conocedor y admirador del cardenal Saliège
Fotografía del libro que le dedicó


Guitton, J., & Pérez Gutiérrez, F. (1963). Diálogo con los precursores Diario ecuménico 1922-1962 / Traducción del P. Francisco Pérez. Taurus. (1955) [páginas 223-233]

Ha muerto el cardenal Saliège. Era para mí, desde hacía veinte años, una roca amiga, y cuántas veces había yo hablado con él del problema de la unión de los cristianos. En otras circunstancias, hubiera podido relevar al cardenal Mercier, a quien se asemejaba bajo un cierto aspecto. Y durante la última guerra había tenido también el privilegio de hacer oír frente al adversario de la voz de la conciencia, lo que le había dado la popularidad, la autoridad. En los últimos tiempos sus achaques le hacían difícil la comprensión. Pero era capaz de trascender. Le daban concentración. ¡Él buscaba la esencia! Y meditaba largamente su noche encerrado en su prisión carnal, las palabras, los axiomas, las semillas, porque pensaba que su oficio era el de sembrador profético.

Precursor, profeta, oráculo enigmático, optimista empedernido, tales eran los elementos de su vocación propia.

Newman creía poder discernir en la Iglesia dos corrientes entremezcladas que acostumbraba llamar la tradición sacerdotal y la tradición profética. Si se ha de hacer caso a Newman, el cardenal pertenecía también, aunque fuera obispo, a la segunda especie. Recuerdo que le gustaba decirme con tono de coquetería y bravata: «Los demás no ven nada. Están atrasados». Le gustaba ser el único que viera. Nunca se hubiera perdonado encontrarse en un momento dado en retraso con respecto a la marcha de las cosas. He de confesar que a veces me costaba mucho seguirle. Tenía la intuición de vivir en una sociedad que en una gran parte se sobrevivía a sí misma. Discernía en la situación actual de las costumbres lo que provenía del pasado, lo que no hacía más que conservarse, sin savia, por tanto, y por otra parte lo que se hallaba en estado germina, imperceptible todavía, pero cargado de futuro. Y pensaba que le correspondía, en tanto que jefe espiritual, la tarea de señalar los fenómenos de lenta deriva, de desenmascarar lo que no tenía más que una existencia de préstamo, de enardecer cuanto fuera un germen. Dijo una vez la princesa Bibesco a propósito de sir Winston Churchill: «Su larga frente en forma de globo parecía meditar sobre el fin próximo del mundo sin pesar excesivo». Era también un rasgo propio del cardenal su júbilo al ver desaparecer las cosas que juzgaba muertas. Sin embargo, no es que se dedicara a predecir el fin próximo del mundo, ni el retorno del Mesías sobre las nubes del cielo. Tampoco pensaba que la era atómica anunciara el fin de la especie humana. Era desesperadamente optimista.

El 30 de junio de 1940 escribía:

Ha habido mutaciones biológicas que han señalado la aparición de nuevas especies de animales.

¿Acaso no estamos asistiendo a un género de mutación que habrá de modificar profundamente la estructura humana, quiero decir, la estructura mental y psicológica del hombre?

A esta cuestión, que los filósofos encontrarán impertinente, se podrá responder dentro de quinientos años.

Había en él una mezcla (cuya dosis es difícil determinar) entre un sentimiento místico sobre el tránsito del tiempo hacia lo Eterno y la idea de una revolución próxima, a la vez técnica y social, que haría entrar a la humanidad en una zona nueva de existencia. La idea del progreso, científico y social, no constituía un obstáculo para su fe. Intuía de una manera viva, aguda, irritada, a veces irritante, que era un error el enfrentamiento de estas dos fuentes, de estas dos perspectivas, como si una fuera la de la Iglesia y otra la de una contra-Iglesia llamada el «siglo» o el «mundo». Entre la inspiración de los antiguos profetas y la inteligencia de los grandes sabios modernos no encontraba ninguna discontinuidad. Por el contrario, los descubrimientos de los modernos le parecían ser una verificación positiva de ciertos presentimientos sagrados…

Vuelvo a copiar algunas de sus fulguraciones:

¿Es que la humanidad ha llegado a su cenit?

Responded.

La tierra es pequeña, las unidades humanas se multiplican y se estrechan. Las naciones se conducen como los individuos. El aislamiento se convierte en imposible. Por todas partes lo colectivo, lo solidario. Se diría que en el plano humano se dibuja la imagen del Cuerpo Místico. «Se diría», porque el Cuerpo Místico no comprende sino voluntarios unidos desde dentro y no por la presión de fuerzas exteriores.

Nunca la fe ha sido tan dulce y tan fácil.

No es improbable que dentro de un siglo un organismo político gobierne todo el planeta.

Esta perspectiva no tiene por qué asustarnos. Como católicos y como franceses siempre hemos tendido a la universalidad. Cristo ha muerto por todos los hombres. Su Iglesia es universal. El espíritu francés no conoce fronteras. A causa de las influencias que le han formado, es personalista y nada humano le es extraño.

Se dibuja cada vez con más nitidez el movimiento hacia la unidad de los habitantes de nuestro planeta.

La unidad puede ser llevada a cabo con el respeto de la dignidad de la persona humana fundada sobre la adopción divina.

La unidad puede efectuarse mediante el aplastamiento y el desprecio de la persona humana.

¿Cómo se hará la unidad, puesto que de hecho se hará?

A los cristianos les toca responder.

Ni comunismo ni liberalismo, sino la síntesis: la comunidad humana que une a través del respeto a las personas. Fórmula que hay que traducir a la realidad. Fórmula con porvenir. Capitalismo liberal y comunismo tardarán su tiempo en morir, pero morirán. Como siempre, su muerte será una transformación, no un aniquilamiento. El régimen soviético no es el comunismo. El régimen capitalista empieza a ceder en muchos puntos.

Demasiado apoyarse en palabras. Se es anticomunista. Se es anticapitalista. Pero no se combate al uno ni al otro más que sobrepasándolos, realizando la comunidad humana. La comunidad no puede existir sin amor. Nuestro Dios es amor.

¿Es que la caridad no podría adquirir hoy el carácter de voluntad de justicia social?

Cualesquiera que sean las apariencias en contra, el mundo anda en busca de Dios.

He aquí por qué soy optimista. He aquí por qué pido a todos que seáis optimistas.



Monseñor Loris Capovilla, secretario particular de Juan XXIII, ha contado la pequeña anécdota siguiente, que para mí tiene un gran peso. Era el 3 de octubre de 1959. El Papa, después de haber acabado el trabajo del día, había abierto mi libro sobre El cardenal Saliège, cuyo tono había tenido la bondad de encontrar amable. El libro se abre naturalmente por su mitad, en la página 184, en que yo reproducía una carta del cardenal, de junio de 1943, titulada «A propósito de una impresión optimista de los acontecimientos». Aquella impresión tenía su mérito: era julio de 1943.

El cardenal escribía:

La unidad romana preparó en otro tiempo los caminos a los apóstoles del Cristo, a los portadores de la buena nueva, a los mensajeros del Evangelio.

Únicamente a la virtud y al heroísmo de los cristianos podrá deberse que la unidad que se anuncia vaya a preparar una extensión y una profundización del cristianismo en el mundo.

Los hombres, por su parte, trabajan en proyectos que los sobrepasan y que los ignoran.

Es una cosa cierta que se vislumbra en todos los países entre los creyentes en Cristo un movimiento en favor de esta unidad. Se la busca, se la desea, se la presiente, se ruega por su realización.

La guerra actual, al aumentar las persecuciones en vez de disminuirlas, ha acelerado ese movimiento y dado una fuerza más grande a ese deseo, a la necesidad de los creyentes de reencontrar la unidad perdida.

En medio de la desgracia, el vínculo de la caridad ha unido los corazones, unión de corazones en la misma esperanza, signo, presagio de la unión de la verdad.

Y el cardenal terminaba así:

Esta unión no está todavía hecha. Se hará. Está en los designios de Dios. Ha sido el objeto de la oración de muchos cristianos fervientes.

No es algo perteneciente al futuro; es un presentimiento general que debe llevarse a cabo la unión de los cristianos. Es una condición de la victoria del espíritu sobre la materia, una condición de triunfo de la Verdad religiosa contra todos los materialismos, así como una condición de la libertad de los hombres, tan malparada en la hora actual; una condición, en fin, del respeto por la persona humana y del amor fraternal entre los pueblos.

Monseñor Capovilla contemplaba el rostro del Padre Santo. Leía las líneas que acabo de subrayar, nos dice aquél con accento vibrato e solemne[1].

Ese mismo año, 1943, escribía el cardenal:

Muy queridos hermanos míos:

Desde el 18 de enero, fiesta de la cátedra de San Pedro, hasta el 25 del mismo mes, festividad de la conversión de San Pablo, se elevará al Señor, desde todos los rincones del mundo, desde los monasterios y las parroquias, desde las almas solitarias, la ardiente súplica por la unidad cristiana.

La Iglesia romana pide por la unidad; las Iglesias separadas piden por la unidad. Aspiración común a todos los cristianos hacia la unidad, que proviene de Dios y que los acontecimientos presentes hacen más oportuna y más urgente.

Sea cualquiera que sea el resultado de la guerra mundial, está claro que bajo formas diversas, las más peligrosas, emparentadas con un vago sentimiento religioso, ni la incredulidad, ni el ateísmo, ni el materialismo, habrán perdido sus adeptos, ni su prestigio, ni su poder propagandístico. Se constituirá un frente nuevo, cuyos elementos es ya posible desde ahora denunciar, que entablará la lucha contra el cristianismo con los procedimientos renovados del modernismo y de la biología. Tal perspectiva no puede dejar indiferente a ningún cristiano. La fe en Jesucristo, Hijo de Dios, o la fe en la Naturaleza-Dios, en la Materia-Dios. Los hombres se verán llamados a elegir. ¡Qué urgencia para los cristianos todos la de pensar en la unidad cristiana, la de trabajar por su realización con la plegaria y el deseo!

El deseo de la unidad que manifiestan las Iglesias separadas viene a unirse con el de la Iglesia madre, que jamás ha podido consolarse de la ruptura. ¿Va a ser temerario creer que el Espíritu Santo no es ajeno a esta aspiración hacia la unidad?

La plegaria de Cristo ut unum sint sigue siendo actual. Está presente. Lo está hoy y lo estará mañana. El Padre la escucha. El Espíritu Santo obra. Es cierto: los hombres tienen mucho camino que recorrer por una parte, y, por otra, la acción divina acostumbra a ser lenta. La gracia camina con lentitud porque prepara el porvenir…

Pedir para que nuestros hermanos separados crezcan en fervor, en la fe de Jesucristo, eso equivale también a pedir por la unidad, de la misma manera que pedir porque los católicos vivan un cristianismo leal.

La santidad hace nacer la inquietud en las almas que son sus testigos. Desarregla sus pequeñas combinaciones, su sistema de compromisos o su posición sobre el sentido y el valor de la vida.

Oración por la unidad, sí ciertamente. Vida por la unidad, todavía más. La oración es cosa de un día, de una semana, de un momento. La vida es de todos los días, de todas las horas, de todos los instantes.

Ha habido vidas ofrecidas por la unidad cristiana y cuyo ofrecimiento ha sido aceptado.

Por la unidad cristiana sube hasta el Señor desde ciertos monasterios una plegaria incesante como el deseo que expresa.

La unidad cristiana no va a realizase mañana. Depende muchísimo de los católicos su preparación por su plegaria y por su vida.

Releo su última llamada, en enero de 1956. Sin embargo, se dibujan algunas sombras; se adivinan algunas decepciones.

Mis muy queridos hermanos:

Cuanto más reflexiono en el problema de la unidad de las Iglesias, más me doy cuenta de que la solución del problema exige numerosas condiciones:

1) Que las diferentes Iglesias guarden cada una con relación a las demás un silencio respetuoso.

2) Que cada Iglesia se haga cargo con exactitud de la posición doctrinal de las otras.

3) Que los miembros de cada Iglesia pidan con lealtad y fervor por la unidad de la Iglesia.

Que haya cristianos que perciben la inseguridad de la situación y que, para darse valor, ataquen a la Iglesia católica atribuyéndole ideas que le son completamente extrañas, eso se comprende bien desde un punto de vista psicológico. Pero desde el punto de vista de la unidad y del esfuerzo por la unidad, eso no se comprende en absoluto. Mejor sería informarse, si es posible. En cualquier caso, más valdría callarse y rezar.

Las verdades cristianas se llaman unas a otras.

Se reflexiona sobre lo que separa. Pero no se piensa en lo que une.

Se habla de lo que separa. Pero no se habla de lo que une.

En estas condiciones, la solución del problema de la unidad sigue estando lejana.

Yo sé que esta solución depende de la acción del Espíritu Santo en las almas. Pero también es necesario que esta acción sea facilitada por la buena voluntad.

Yo creo en la sinceridad y en el valor del deseo de unidad.

Para que este deseo llegue a ser eficaz, yo creo en el valor y en la necesidad de la oración


[1] Juan XXIII: Cinque lettere, Tipografia poliglotta vaticana, 1961, pág. 51.

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Las grandes ideas espirituales del cardenal Saliège

Análisis a partir de fuentes documentales verificadas

 1. La Biblia como fuente espiritual única

Toda su energía espiritual manaba del Antiguo y del Nuevo Testamento de forma solidaria. Esta es la clave interpretativa de todo lo demás. Sus dos frases más lapidarias al respecto, pronunciadas el 16 de septiembre de 1945:

«El Nuevo Testamento es solidario del Antiguo. El Cristianismo es solidario de Israel. El antisemitismo, a través de Israel, ataca a Dios.»

No es una posición política: es teología pura. Atacar al judío es atacar a Dios mismo, porque el cristianismo no existe sin sus raíces hebreas.

2. La primacía de lo espiritual sobre lo político (Maritain)

Ya como obispo de Gap, Saliège tomó posición clara a favor de la primacía de lo espiritual sobre lo político en la condena pontificia de la Action Française, orientación que se inspiraba en el tomismo de Jacques Maritain. El libro Primauté du spirituel de Maritain fue escrito precisamente en ese contexto: publicado en julio de 1927, seis meses después de la condena pontificia de la Action Française el 29 de diciembre de 1926. La conexión entre Saliège y Maritain en esos años es real y documentada.

Esta idea —que el orden espiritual no puede subordinarse al poder temporal ni al nacionalismo— fue la columna vertebral de toda su actuación posterior. Es lo que le permitió separarse de otros obispos que identificaban a Pétain con Francia.

3. La denuncia del antisemitismo desde 1933, nueve años antes de la carta pastoral

El 12 de abril de 1933, apenas semanas después de la llegada de Hitler al poder, Saliège declaró públicamente en el Teatro del Capitolio de Toulouse:

«El catolicismo no puede aceptar que la pertenencia a una raza determinada sitúe a los hombres en derechos inferiores. Proclama la igualdad esencial entre todos los hombres.»

Esta intervención tuvo lugar nueve años antes de su famosa carta pastoral de 1942, junto al rabino, el pastor protestante y representantes de la sociedad civil. No fue un acto de guerra: fue una posición teológica sostenida durante décadas.

4. La dignidad humana como fundamento absoluto

En agosto de 1942, su carta pastoral sobre «la persona humana» nombró lo innombrable con una precisión que las autoridades temieron. La fuerza del texto reside en su sencillez teológica: la persona humana tiene derechos que vienen de Dios y que ningún mortal puede suprimir.

«Los judíos son hombres, las extranjeras son mujeres. No todo está permitido contra ellos. Son nuestros hermanos como tantos otros. Un cristiano no puede olvidarlo.»

Los historiadores han calificado esta declaración de «18 de junio espiritual». En el espacio de una noche, el documento se convirtió en un manifiesto del que se copiaron y distribuyeron cientos de miles de ejemplares. Aunque conviene matizar: su trayectoria anterior no fue de oposición sistemática a Vichy desde el primer día; hubo simpatías iniciales con la «renovación nacional», y su ruptura fue gradual pero real.

5. La conciencia cristiana como obligación de hablar

El silencio ante la injusticia es una traición a la fe. Cuando las mujeres en los campos le preguntan «¿quién hablará por nosotras?», Saliège entiende que callar sería apostasía práctica. La voz profética forma parte del ministerio episcopal. Su respuesta a la policía que llamaba a su puerta para intimidarle lo resume todo: «Dígales que lo que he dicho, dicho está.»

El Vaticano ha recogido esta dimensión en el 80.º aniversario de la carta: ser una «sentinela», como el profeta Ezequiel, es la vocación del que habla cuando otros callan. Sólo cinco obispos de más de cien protestaron públicamente contra las redadas antisemitas.

6. La esperanza como virtud activa

Su famosa frase sobre el pueblo vencido lo resume: lo catastrófico no es caer, sino quedarse abatido. La esperanza en Saliège no es resignación ni espera quieta, sino impulso para levantarse. Tiene una dimensión casi encarnada, física.

«No estamos desanimados, conservamos la esperanza, nos levantamos, nos levantaremos. No siempre sopla el mismo viento… No es agradable ser un pueblo vencido. Lo que sería aún peor sería un pueblo abatido.»

Este gran paralítico —que desde 1937 ya no podía hablar en público— escribía semanalmente durante diez años sus «Menus propos» en la prensa diocesana, abordando con extraordinaria libertad de tono los asuntos más variados de la actualidad. La voz escrita como vocación obstinada.

7. La misericordia por encima de la venganza

Su frase de octubre de 1945, pronunciada cuando la tentación de la venganza era máxima tras la liberación, añade una dimensión que va más allá de la guerra:

«El hombre sin Dios no es más que una fiera. El deseo de venganza pertenece a la animalidad, no al espíritu. Destruye, no edifica. Hitler lo desencadenó sobre Francia. ¡Humanos, tendeos la mano!»

La misericordia no como debilidad, sino como imperativo espiritual. Y el nazismo como regresión antropológica, no sólo como crimen político.

8. La lucha contra el antijudaísmo dentro de la propia Iglesia

Su aportación más visionaria y menos conocida. En los años 1950, su combate no se detuvo en el antisemitismo nazi, sino que atacó también el antijudaísmo cristiano presente aún en la Iglesia católica y en su enseñanza. Prologó el estudio decisivo del padre Paul Démann sobre más de 2.000 manuales de catequesis, denunciando que muchos reproducían, sin saberlo, lo que Jules Isaac llamó «la enseñanza del desprecio» hacia los judíos.

Junto a Démann, e inspirándose en el libro Jésus et Israël de Jules Isaac, contribuyó a cambiar la catequesis francesa sobre los judíos, de modo que emergiera una imagen positiva de ellos. Esto anticipó en más de una década la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II (1965).

 Lo que unifica todo esto es una fe muy encarnada: Dios no hace ejércitos por nosotros, no nos salva de nuestras cobardías. La gracia actúa a través de la responsabilidad humana. Saliège es una figura que anticipa el Vaticano II desde dentro: bíblico en su raíz, profético en su acción, y suficientemente lúcido para ver que el enemigo no estaba solo fuera de la Iglesia, sino también en ciertos hábitos de su propia enseñanza.

Fuentes documentales consultadas:

Service national pour les relations avec le Judaïsme, Église catholique de France (relationsjudaisme.catholique.fr)

Ordre de la Libération — ficha biográfica Jules Saliège (ordredelaliberation.fr)

Wikipedia fr — Jules Saliège (fr.m.wikipedia.org)

Cairn.info — Jean Claude Meyer, Deux destins toulousains (Archives de sciences sociales des religions, 2019)

Cairn.info — Chapitre VIII. Sur le retentissement de la lettre pastorale de Mgr Saliège

Église catholique en France — Lettre pastorale du Cardinal Saliège sur «la personne humaine» (eglise.catholique.fr)

Vatican — Message pour le 80e anniversaire de la Lettre de Mgr Saliège (christianunity.va)

Chemins de mémoire — Jules Saliège (cheminsdememoire.gouv.fr)

Jean Guitton, «El cardenal Saliège», Grasset, 1958



+ info sobre el cardenal

miércoles, abril 23, 2025

Hizo de los gestos una obra de arte - Francisco


Parece que algunas personas son capaces de morir cuando quieren. Se dice de Pablo VI que deseaba morir la fiesta de la Transfiguración, Juan Pablo II murió el día de la divina misericordia, Teilhard de Chardin el día de Pascua. Francisco, en el calendario un día después de Pascua, pero litúrgicamente solemos decir que esta Semana es un prolongación del día de Pascua.

Francisco en más de una cosa ha sido revolucionario. Empezando por la forma de salir al balcón de san Pedro sin las vestimentas que habían usado otros, siguiendo por insistir en que era obispo de Roma y -sobre todo- pìndiendo la bendición al pueblo antes de impartirla. Francisco es inconcebible si no se parte de tener una fuerte personalidad que le permite innovar, no arredrarse, no temer equivocarse. Hay que ser atrevido para llamarse Francisco, el santo de los santos, el que a todos nos resulta más inalcanzable, alguien que no tiene grandes escritos, pero no hay nadie más admirado en la historia de la humanidad. ¿Cuántas veces le habrán dicho que un Papa nunca ha hecho algo así? Creo que los que doblegaron a Nenedictop tantas veces, más de una no han podido con Francisco.

Francisco en lo del pueblo ha sido todo un revolucionario. Se lo debe a la teología argentina que supo encontrar una forma de peculiar teología de liberación distinta de la más conocida en Europa, no de gran nivel pero sí con muchos aciertos pastorales.

Además le dio por vivir en "Santa Marta" un poco retirado de las manías palaciegas, aceptó el sencillo coche de un cura, rechazó las usuales formas de protección y -lo mejor- siguión con sus mismos zapatos, literalmente, esos zapatos negros gastados que se alejaban de los zapatos rojos que venían de otro país. 

Desde el principio hizo de los gestos una obra de arte. El abrazo al enfermo, el trato con los pobres, el aliento a grupos marginales, el apoyo a los movimientos populares, las llamadas telefónicas a este o aquella. Por doquier se comentaban. Sin pretenderlo estaba siempre en campaña.

En ese sentido de ser pueblo ha sido insistente. No hizo un encíclica programática, supongo que le parecería ampuloso, y termin´aquella "Lumen Fidei" en que los expertos distinguen que es de Benedicto y que es de Francisco pero él la firmó entera.

Después presentó su plan pastoral en Evangelii Gaudium, con sus ideas clara  y quizá demasiado largamente expuestas, pero partiendo de un Sínodo. Era una exhortación sinodal. En ello se pone de manifiesto que estamos más ante un discípulo misionero que ante un teólogo. Y acierta plenamente porque sus "hagan lío", "prefiero una iglesia accidentada a enferma" etc han sido un aliento en el cogote de todos los que queremos hacer algo más que transmitir un tesoro enorme pero que puede parecer anquilosado. Queremos transmitir, siguiendo una imagen conocida, fuego y no cenizas.

Como teólogo no ha destacado. Ha sido inteligente en recomendar una y otra vez a Kasper, que era quien nos recomendaban en Teología una y otra vez cuando yo estudiaba. También confió en el español Ladaria y luego en alguien mucho más joven a quien admirábamos los que le leíamos incluso en su facebook: Victor Manuel Fernández. Un gran acierto. Las huestes del conservadurismo hicieron que desapareciera un buen libro de este teólogo porque, sin llegar a la erótica del Cantar de los Cantares o de san Juan de la Cruz, hacía sugerencias más cercanas bajo el título  Sáname con tu boca. El arte de besar. Sabemos de buena fuente que el recién elegido Papa le hizo obispo y le pidió que mantuviera un perfil bajo. Se dice que no le dio las razones pero años después le llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Precisamente de este teólogo hay párrafos enteros en Amoris Laetitia, donde Francisco dio muestras de nuevo de una gran inteligencia práctica. El tema era tan polémico y las cuestiones de familia están tan enredadísimas en la Iglesia, donde conviven las engreídas "buenas familias",(aparentemente buenas pero alejadísimas de ser pueblo) con familias pueblo tantas veces con sus imperfecciones y su heroísmo, todo mezclado. El lío era tan grande que Francisco decidió separar en dos sesiones con un año de diferencia (algo inédito) el Sínodo sobre la familia. Finalmente, después de mucha preparación realmente cambió la doctrina según la cual de ninguna manera podían comulgar las personas que estaban en las entonces llamadas "situaciones irregulares". Por más que lo intenten algunos es imposible negar que hubo un cambio.

Otra cosa destacada en Francisco ha sido el que a mi me ha parecido su mejor documento: "Alégrense y regocíjense" donde plantea perfectamente que esa nueva pastoral exige auténticos sujetos, amigos de Jesús, en proceso de conversión y alejados igualmente del espiritualismo y del secularismo.

De lo acertado de sus encíclicas sociales no me parece oportuno hablar aquí. son conocidos sus mensajes sociales. Básicamente sobre la Fraternidad y sobre la Casa Común. Su última encíclica, dedicada al Sagrado Corazón la he comentado recientemente. De las sombras de Francisco también conviene hablar pero no hoy.

Empatía desde la sensibilidad
Pidiendo bendición al pueblo

Liturgia encarnada y sociedad
El trabajo - Olor a oveja
En la tumba de Milani
Entrada en Jerusalén - Hagan lío 




domingo, enero 19, 2025

El cura Tomás Malagón "adivinó" en 1962 lo que hoy ocurre en Venezuela

Del caos que vive hoy Venezuela habló entonces el sacerdote español Tomás Malagón. Exactamente en enero de 1962 escribió al arzobispo de Valencia (Venezuela) con un informe respecto de su estancia de mes y medio en Venezuela.

Malagón explicaba que la situación del país llevaría a alguna forma de «castrismo».

Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia. Ante esa situación la respuesta eclesial era de religiosidad popular piadosa y un laicado de conciencia social muy baja. Vio un pueblo piadoso y unas organizaciones católicas sin vigor.

El sencillo y valiente Malagón también le proponía un plan. 

- Una serie de cursillos que se dedicaran a la formación de militantes.

- Un semanario técnicamente bien hecho de alto sentido moral.

- La constitución de una serie de pequeños grupos (¡creía que bastaban cien!) que conocieran la legislación venezolana y trabajaran por su mejora desde partidos y sindicatos que no estuvieran desprestigiados.

No sabemos los debates que se dieron entonces entre los que recibieron el mensaje.

Lo que sí sabemos es que no se le tuvo realmente en cuenta. Más de sesenta años después vemos que Don Tomás tuvo razón.

Don Tomás no era un visionario. Era un hombre profundamente creyente que conocía bien el Ver-Juzgar-Actuar del que amigos y enemigos dicen tantas tonterías.

Experimentar el método de encuesta lleva a saber por donde puede ir el mundo en el que se vive y actuar adecuadamente para transformarlo.

Lo de Venezuela hoy ocupa portadas y no es cuestión baladí, pero menos baladí es la cuestión de fondo que planteaba Malagón: El cristiano ha de conocer la realidad en que vive y ha de hacer una inmersión en ella que la transforme realmente. Para ello no vale un cristianismo tradicional o de formas externas, para ello no es suficiente la Acción Católica. Para ello hacen falta militantes (no demasiados, no más de cien grupos de cinco a siete personas, para un país como Venezuela) que se tomen en serio la caridad política.

¿Los tiene la Iglesia española? Nos tememos que tampoco. Y nos tememos que los Congresos y reuniones que se van celebrando no den ni un solo paso en esa dirección.

Malagón se quedó sin carrera eclesiástica, sin carrera civil, sin prestigio. Su diócesis le marginó. Los curas "carcas" decían que hacía el juego al comunismo mientras los "progres" le acusaban de anticuado.

Entre los grupos que le admiramos tampoco le tomamos hoy demasiado en serio. No fue un visionario pero supo amar y ver hacia adelante. Los "quietistas" de todos los tiempos decidieron y deciden no escuchar su grito de angustia los "activistas" de todos los tiempos se dedican a perder el tiempo. Hoy Venezuela lo paga caro.

¿Y España? Lo mismo. Hoy se vuelven a escenificar las dos Españas porque ni en una ni en otra hay cien pequeños equipos que pongan su carne en la caridad política. Cada mes de enero procuro recordarlo. Enero es el mes de La Paz ¿pero puede haber paz sin justicia?

Eugenio Rodríguez