Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
jueves, septiembre 10, 2026
PERSECUCIÓN integrista AL CARDENAL VICTOR MANUEL FERNÁNDEZ
sábado, julio 18, 2026
Las creencias del entrenador de España
Las palabras sobre la oración del entrenador de fútbol de España me vienen al pelo para hablar de algo, sobre lo que dialogo con muchas personas y que es uno de mis más profundos centros de interés.
Llama muchísimo la atención a todo el que lo haya oído contar aquello de Francisco de Asís que decía: Hay que salir a predicar, a veces incluso con las palabras. Y nos llama la atención. Porque a cualquiera nos parece que la forma habitual de predicar es hablar, expresarse, decir. Incluso, a veces tengo la sensación de que confundimos conversar con dialogar. Y dialogar es mucho más que conversar. Hay una forma magistral de diálogo que es el diálogo vital.
Y en este sentido, valoramos que un personaje público como un triunfante entrenador de fútbol diga que él reza. Y valoramos más aún que señale que no reza para pedir ganar sino que reza porque vive. Y que reza más por la salud que por la victoria
Sin embargo, deberíamos de preguntarnos también si la misma lógica por la cual el cree que no puede pedir la victoria no nos llevaría de hecho a no pedir la salud. Este miércoles me pasó algo que me ha pasado muchas veces. Una persona que, además de creer comulga, me decía: "Yo le digo a Dios ¿cuánto me queda por pasar? Porque llevo un año".
Lógicamente, en ese momento, apenas dije nada, poco más que un gesto de compresión. Pero sí diré a V., en otro momento, que la salud no es signo de la presencia de Dios. Quizá porque he tenido la enfermedad bien cerca. O por lo que sea. Dios es hermano, compañero, amigo, fuerza, salvación, pero no un agente de salud en el sentido estricto del término.
Yo me alegro de que haya personajes públicos confesantes de su fe. Pero no me alegro de que una oración acompañara la salida del Enola gay antes de tirar la bomba atómica. Ni de ver la cruz del miércoles de ceniza sobre la frente del confesante secretario de estado de Trump. No me gustan palabras confesantes que se quedan a medias. Palabras confesantes exigen vidas confesantes. Nada mejor que el amor desvela nuestra fe.
domingo, junio 21, 2026
Cara de beato, uñas de gato
Se lo oí decir así literalmente a don Damián Iguacen, el admirado obispo de Tenerife ya fallecido. Un hombre de una bonhomía excepcional, en quien la frase impactaba aún más. No tuve trato cotidiano con él, y no sé si la decía con frecuencia. Después le entrevisté para radio Tamaraceite (hoy Diocesana de Canarias), y lo explicó de nuevo. Él hacía girar su espiritualidad -algo original- en torno a la Incondicionalidad. En sentido fuerte. Una capacidad grande para ser libre, para estar dispuesto.
La vida me ha ido poniendo de manifiesto la profunda mirada que hay en esta frase. ¿Por qué mucha gente presupone que ser religioso te hace siempre mejor persona? Esto se piensa con fundamento en la realidad, es decir, si se pregunta por las mejores personas del mundo se dice, por ejemplo, Luther King, que era religioso, Gandhi, que era religioso, Teresa de Calcuta, que era religiosa. Y la persona más importante del segundo milenio, para muchos, es Francisco de Asís, que era religioso. Entonces, partimos de la realidad cuando decimos que ser religiosos normalmente nos hace mejores personas. Partimos de vivencias parciales, pero que tienen la solidez de lo vivido. Nuestra propia experiencia nos dice que, a veces, ese voluntario, ese familiar más generoso, es una persona religiosa.
Pero la vida también nos habla de la crueldad del que tiene razonamientos, palabras o pensamientos religiosos. Cuántas veces hemos oído hechos que ponían de manifiesto la poca altura ética de las mandonas de las parroquias. No siempre, pero sí muchas veces. La vieja oración del fariseo es muy actual.
El gran Peguy decía con certeza: No me gustan los beatos. Como no aman a nadie, creen que aman a Dios.
Jiménez Lozano, en su magnífica 'Historia de un otoño" nos cuenta la historia de las monjas de Port Royal y dice: "Castas como ángeles, malas como demonios". Es la vida la que nos dice que existe este personaje. No solo la monja dura que todavía cuentan los mayores El beato o beata mira con lupa lo que hace el cura y lo examina continuamente, como vigila qué hace y qué no la vecina. He visto beatos presionando obispos sobre algún elemento del que el obispo hubiera preferido prescindir en ese momento.
El beato disfruta si encuentra un error o un olvido en una celebración religiosa. El beato y la beata dicen lo buenos que son y te explican cómo hacer los ritos que "siempre se han hecho así".
Después de tanto observar al beato religioso, el cristiano converso y socialista Julián Gómez del Castillo nos descubrió que también había beatos laicos. Es decir, personas que son beatas y no son religiosas. Son beatas de otras realidades.
El liberal puede ser beato del liberalismo y dejar morir de hambre al perdedor. El nacionalista puede ser beato de su bandera o terruño y hasta matar. No digamos el beato del Che Guevara que no ha leído nada de su vida. O el beato de Lenin. Beatos hay de Aznar y de González. También de esta o aquella marca. Su ídolo puede tener virtudes grandes, pero el beato las deforma y desorbita, lo mismo que el beato religioso.
Por eso hay que estar contra las beaterÍas y tener misericordia con la persona, víctima del mal de beatería.
Una beatería potente es la beatería hacia nosotros mismos. Una frase que lo representa bien es "yo haría". Sin mala fe decimos "yo haría", pero no lo voy a hacer yo, lo va a hacer él. Pero le digo "yo haría". Acabáramos.
El referente no es Gandhi o la abuela sino mi agrandado "yooooo". Soy de los que he dejado de decirlo para ir dejando de creerlo, ¿exagero?, observa y veras que hay gente que no dice "yo haría". Suelen ser muy interesantes.
De forma que hay que evitar con fuerza y discernir para no convertimos en beatos. Ni de nosotros mismos, ni de causas justas, ni religiosas. Ser personas, sí. Con otros, claro.
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| LA PROVINCIA 5 AGOSTO 2026 |
jueves, febrero 05, 2026
La Prostitución Espiritual
Lo Que Dice La Palabra De Dios/facebook
Ezequiel 23 no solo es simbólicamente incómodo, sino que es intencionalmente gráfico, sexual y perturbador. Y no fue casualidad, exageración ni rareza cultural.
Las metáforas no son sutiles. Su propósito es provocar repulsión en el lector. ¿Por qué?
Y su mensaje sigue vigente:
A Dios no le ofende el arrepentimiento sincero;
le provoca la infidelidad espiritual disfrazada de sabiduría, progreso o pragmatismo.
jueves, enero 08, 2026
jueves, noviembre 13, 2025
El espejismo del retorno religioso: nostalgia clerical, liturgias pop y misticismo de elites.
Guillermo Jesús Kowalski/religiondigital.com
Hay fenómenos con sensibilidad espiritual como lux de Rosalía, el simbolismo del film Los domingos o los masivos conciertos juveniles de Hakuna— que indican que lo religioso conserva una fuerza estética y simbólica en la cultura. Pero esto no significa necesariamente una vuelta a la fe eclesial. Más bien evidencia que el anhelo de profundidad sigue vivo, aunque no encuentre un cauce institucional claro.
Muchos prelados, sin embargo, interpretan estos signos como confirmación de que la Iglesia está recuperando su centralidad social perdida. Pero es una nostalgia engañosa. Se corre el riesgo de confundir un destello cultural con un renacimiento religioso, de ver en cada guiño espiritual un retorno a la “religión de antes”, que "tapa" las incómodas heridas provocadas por la Iglesia, que todavía supuran: imposición violenta de la religión, abusos encubiertos, clericalismo estructural, descarte de mujeres y sacerdotes casados, etc.
La cultura -con sus poetas, músicos y narrativas cinematográficas- está planteando preguntas espirituales, pero no necesariamente está buscando los pastores de siempre con sus respuestas prefabricadas. Dorothee Sölle lo expresó con lucidez: “Cuando la religión institucional deja de hablar el lenguaje del sufrimiento, los artistas y los marginados lo hablan en su lugar.”
La tarea pastoral entonces no consiste en “adueñarse” de estos fenómenos, ni en utilizarlos como marketing proselitista, sino en escucharlos, discernir y aprender. En preguntarse por qué las nuevas generaciones buscan espiritualidad fuera de la religión instituida. Y en asumir que la Iglesia debe convertirse en un espacio donde la sed humana de justicia, belleza y compasión encuentre hogar.
El revival neocon: mística sin conflicto y fe sin pobres
Entre los sucesos más celebrados están Hakuna y movimientos similares. Sus adoraciones luminosas, su estética cuidada, sus cantos de sensibilidad afectiva y disciplina juvenil brindan una imagen atractiva para quienes anhelan ver iglesias llenas de jóvenes “alegres en la fe”. Sin embargo, estos grupos plantean desafíos teológicos y pastorales que no deben ocultarse bajo la alfombra del triunfalismo.
La espiritualidad que proponen es intensa pero políticamente aséptica: mucho brillo, poca carne; mucha emoción, poca compasión estructural. Una fe desconectada del sufrimiento del mundo corre el riesgo de transformarse en mero bienestar religioso, en un refugio emocional que evita preguntas radicales sobre justicia, desigualdad, migración, violencia o pobreza.
Metz definió esta tentación con claridad: “Religión burguesa del sentimiento”, capaz de consolar pero no de transformar. Y Sölle fue aún más incisiva: “Cuando la mística olvida el sufrimiento ajeno, se convierte en narcisismo espiritual”.
Este tipo de revival de -la fe como “experiencia” emocional para jóvenes de clases acomodadas- corre el riesgo de convertirse en la banda sonora religiosa de su statu quo. Es una fe amable, luminosa, pero desencarnada; con lágrimas sinceras, pero sin memoria del sufrimiento; con guitarras, pero sin margen para los crucificados de la historia.
Por eso la Iglesia no puede celebrar estos movimientos como ovejas que vuelven al redil institucional. Más bien debe acompañarlos para que sus búsquedas espirituales se encarnen, tomen conciencia de sus sesgos de clase, se abran al dolor del mundo, abracen a migrantes, mujeres excluidas, pobres y descartados.
El desafío pastoral es profundo: ayudar a transformar una mística de consumo en una espiritualidad de compasión; pasar de las lágrimas ante el Santísimo a las lágrimas compartidas con los crucificados contemporáneos.
La tentación clericalista más persistente consiste en interpretar todo fenómeno espiritual como una oportunidad para “recuperar fieles”, “volver a llenar los templos”, “reconquistar influencia” o “restaurar la religión de antes”. Pero la fe cristiana nunca fue una empresa de clientes espirituales. Es acontecimiento, no marketing. Es compasión, no prestigio. Es servicio, no poder.
Zygmunt Bauman definió este proyecto restauracionista como “retrotopía sacralizada”: el intento nostálgico de reconstruir un mundo que el Espíritu ya desmontó.
Por eso la Iglesia debe renunciar a la interpretación triunfalista de estos fenómenos y adoptar una escucha más humilde. En vez de ver en ellos un regreso de la religión institucional, debe preguntarse qué está diciendo el Espíritu a través de la cultura, qué voces emergen en las periferias, qué reclaman los jóvenes, qué heridas necesitan ser cuidadas. Metz decía: “El futuro de la fe no depende de su triunfo, sino de su compasión”.
Y Francisco lo amplía desde una clave pastoral imprescindible: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir que enferma por encerrarse.” (Evangelii Gaudium, 49)
Estos fenómenos contemporáneos no son un test para medir la salud del catolicismo, ni son la tabla de salvación de la Iglesia. Son llamadas, grietas, susurros. Son el recordatorio de que el mundo sigue buscando. Y la pregunta decisiva es si la Iglesia será capaz de acompañar esa búsqueda con humildad y compasión, o si preferirá reclutarla para un proyecto de restauración identitaria que no conduce al Reino de Dios.
La esperanza no es celebrar “retornos” religiosos que tal vez no existen, ni en instrumentalizar fenómenos culturales para reforzar un clericalismo moribundo. La esperanza nace allí donde la Iglesia se atreve a escuchar sin miedo, a discernir sin triunfalismo y acompañar sin controlar.
Fenómenos, entre muchos otros, como Rosalía, Los domingos o Hakuna no son la tierra prometida para reivindicar el poder perdido, sino oportunidades para abrir los ojos. Son señales de que el alma humana sigue buscando algo más, aunque sea en claves ambiguas o fragmentarias. Y también son reclamos a la propia Iglesia: a purificar su historia, a reconocer sus sombras, a abandonar la retrotopía sacralizada de la religión “de antes”, a renunciar al proselitismo superficial que tantas víctimas ha dejado.
El criterio final del discernimiento no puede ser la estética ni la cantidad de fieles, sino aquello que Jesús mostró como signo más claro del Reino: la compasión y la justicia, el cuidado de los descartados, la cercanía con los migrantes, con las mujeres excluidas, con los rotos del sistema —incluyendo los rotos que la Iglesia produce dentro de sí misma.
Metz nos recuerda que no hay fe sin memoria del sufrimiento. Francisco insiste en una Iglesia que se ensucie en las periferias. Sölle clama contra la mística sin carne. Gutiérrez nos grita desde los pobres que “la teología nace del clamor de los oprimidos, no del aplauso de los poderosos”.”
Por eso el futuro de la fe no pasa por reproducir viejas formas religiosas ni por coronar nuevos festivales devocionales. Pasa por caminar con humanidad, por escuchar donde el Espíritu habla hoy, por acompañar con ternura las búsquedas espirituales de nuestro tiempo sin domesticarlas ni utilizarlas.
poliedroyperiferia@gmail.com
Bibliografía fundamental
Papa Francisco: Evangelii Gaudium, 2013. Contra el clericalismo, el triunfalismo pastoral y la Iglesia autorreferencial. Fratelli Tutti, 2020. Enfatiza el “nosotros” inclusivo frente al individualismo espiritual. Christus Vivit, 2019. Importante para leer críticamente los movimientos juveniles. Laudato Si', 2015. Espiritualidad de justicia social unida a la justicia ecológica.
Teología política, memoria y sufrimiento: Metz, Johann Baptist. Memoria passionis, 2007 (ed. original 1977). Obra clave para comprender la crítica a una religión sin memoria del sufrimiento. Metz, Johann Baptist. La fe en la historia y la sociedad, 1979. Fundamenta la necesidad de una fe históricamente responsable. Gutiérrez, Gustavo. Teología de la liberación, 1972. Base para la comprensión del vínculo entre fe, justicia y opción por los pobres. Gutiérrez, Gustavo. Beber en su propio pozo, 1983. Sobre la espiritualidad que brota del compromiso con los oprimidos. Sobrino, Jon. Jesucristo liberador, 1991. Profundiza en la centralidad del crucificado en la fe cristiana. Boff, Leonardo. Iglesia, carisma y poder, 1984. Crítica al clericalismo y a la estructura piramidal de la Iglesia.
Mística crítica y teologías de la resistencia: Sölle, Dorothee. Mística y resistencia, 1997. Obra imprescindible para la crítica a las espiritualidades evasivas. Lash, Nicholas. Theology on the Way to Emmaus, 1986. Sobre el discernimiento comunitario en medio de crisis culturales.
Crítica sociológica a la “retrotopía” religiosa y al triunfo del espectáculo: Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida, 2000. Sobre la inestabilidad y volatilidad de la vida moderna. Retrotopía. 2017. Analiza el deseo contemporáneo de volver a modelos idealizados del pasado. Bauman, Zygmunt. Vidas de consumo. 2007. Sobre la conversión de experiencias humanas en productos emocionales. Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. 1983. Clave para entender el trasfondo de espiritualidades sin densidad social.
Teología pastoral y crítica al clericalismo: Castillo, José María. La humanidad de Jesús, 2011. Para entender la fe desde la compasión y no desde el poder. Martini, Carlo Maria. Conversaciones nocturnas en Jerusalén, 2008. Sobre las crisis de credibilidad eclesial. Scannone, Juan Carlos. La teología del pueblo, 2013. Marco interpretativo para leer la religiosidad popular sin instrumentalizarla.
Abusos estructurales y credibilidad eclesial: Doyle, Thomas; Wall, Patrick; Dominic, Thomas. Sex, Priests, and Secret Codes, 2006. Sobre los mecanismos institucionales que permitieron el encubrimiento. Faggioli, Massimo. Catolicismo y ciudadanía, 2017. Para comprender los desafíos de la Iglesia en la esfera pública actual.Kepel, Gilles. La revancha de Dios, 1991. Aunque anterior, ilumina ciclos de “revival religioso” en clave crítica. Hervieu-Léger, Danièle. La religión, hilo de memoria, 2005. Fundamental para interpretar las espiritualidades líquidas.
domingo, noviembre 09, 2025
ROSALÍA. ¡QUÉ CRUZ!
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Imanol zubero/ Facebook
domingo, noviembre 17, 2024
Ana Iris Simón - ¿cristianismo burgués? prefiero Pasolini
"ANALISIS LINGÜÍSTICO DE UN SLOGAN” publicado en la colección Escreito Corsarios de Pier Paolo Pasolini.
viernes, junio 21, 2024
Cristianismo burgués
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| No, mujer; lo de la libertad de conciencia es para tranquilizar a la gente moderna. Porque al cielo, lo que se dice ir al Cielo, iremos los de siempre |
José María Torralba / ABC
El cristianismo burgués es una forma defectuosa de entender y vivir el Evangelio, presente en algunas sociedades contemporáneas como la nuestra. ¿En qué consiste? Al igual que otros conceptos relevantes, burgués es una expresión polisémica. En su sentido más común, sirve para referirse a un miembro de la clase social acomodada, que desempeña una profesión liberal o –en terminología marxista– es dueño de los medios de producción. En otro sentido frecuente, describe la actitud de quien evita la exigencia y procura llevar una vida aburguesada, cómoda. De este modo se emplea, a veces, en contextos religiosos para recriminar a quienes viven un cristianismo que excluye la cruz. Sin embargo, ninguno de estos sentidos es el relevante para lo aquí se pretende explicar.
A un cristiano burgués le definen dos rasgos característicos. Primero, concebir la religión de manera individualista y, segundo, haber olvidado el fuerte sentido de misión presente en la Iglesia desde sus orígenes. Podría decirse que se trata de una fe egoísta, pues la máxima preocupación consiste en salvar la propia alma. Además, y esto es quizá lo más distintivo, su principal deseo es alcanzar la seguridad y la estabilidad. De este modo se anega el ímpetu creador de quien concibe la vida como respuesta a una llamada. El horizonte espiritual de alguien así resulta previsible, incluso aburrido.
Empleando conceptos de Ortega y Gasset, podría hablarse de un cristianismo con mentalidad de masa, que no desea salir de la vulgaridad –la media sociológica– ni aspirar a la existencia noble de quien pone sus talentos al servicio de un ideal superior. Reinan el conformismo y la asimilación. Al igual que sucede con el hombre-masa de Ortega, el cristianismo burgués no es un fenómeno exclusivo de una clase social, puede darse en personas de distinta condición. De modo paradójico, esta mentalidad a veces se encuentra entre aquellos que respetan los principales mandamientos, participan en actos piadosos y dan limosna, es decir, quienes parecen llevar una vida cristiana exigente.
La clave para explicar este fenómeno se encuentra en la sociología religiosa, pues la cultura propia de cada momento histórico configura la manera en que las personas encarnan la fe. Cultura y religión forman un binomio difícil de separar. Incluso en sociedades post-cristianas como la española, resulta innegable el influjo que lo religioso sigue ejerciendo. A la vez, como en todo binomio, también hay influencia en la otra dirección. Por su carácter histórico, la religión cristiana no es impermeable a los valores dominantes de cada época.
Fue Benedicto XVI quien más claramente denunció semejante deriva del mensaje de Jesús. Según sostiene en 'Spe Salvi', se ha llegado a pensar en el cristianismo como algo «estrictamente individualista» o una «búsqueda egoísta de la salvación» por influjo de algunas ideas propias de las sociedades modernas. En concreto, sería el resultado de haber privatizado la noción cristiana de esperanza. El intento de resolver los problemas del mundo «como si Dios no existiera» provocó que la religión quedara recluida en la esfera de la conciencia, el hogar y el templo, como bien ha explicado Charles Taylor en 'La era secular'.
Es cierto que esta evolución histórica trajo efectos positivos como la separación Iglesia-Estado y la consagración de la conciencia personal como un ámbito inviolable. Sin embargo, también tuvo secuelas negativas. Los creyentes olvidaron la dimensión social de su fe, según advirtió Henri de Lubac en 'Catolicismo. Aspectos sociales del dogma'. Además, surgieron actitudes moralistas, que reducen la religión a lo ético (es decir, a lo puramente natural), traicionando así la esencia del cristianismo, por utilizar la conocida expresión de Romano Guardini.
Lo que falta en un cristiano burgués es el interés por transformar la realidad. Aunque la fe no se identifica con ninguna estructura política u organización social concreta, tampoco se desentiende del destino del mundo. En nuestras manos está tratar de abrir los corazones –el propio y el de los demás– para que Dios pueda actuar en ellos. Tal es la aportación específica de los cristianos a la sociedad: compartir la alegría del Evangelio, la ley de la caridad y la visión esperanzada sobre el futuro.
En nuestro país se echa en falta la contribución cristiana, que tanto beneficiaría a todos. Esta situación se debe más a la inacción o indiferencia de los creyentes que al laicismo rampante. Es, con gran probabilidad, la principal consecuencia del cristianismo burgués. En una sociedad de profundas raíces religiosas y con una red tan extensa de instituciones educativas de ideario católico –muchas de ellas de primer nivel– resulta sorprendente la escasa presencia pública (en la cultura, la economía o la política) del mensaje evangélico. Los números no cuadran. Ha habido una clara dejación de funciones: quienes estaban en condiciones de liderar no han querido o no han sabido hacerlo. Puede que hayan confundido el triunfo profesional con el brillo del rendimiento y la eficacia, en vez de medirlo en términos de fecundidad y contribución al bien común. Más allá de la imprescindible, generosa y meritoria actividad de organizaciones como Cáritas en la atención de los marginados, ¿dónde está la respuesta cristiana ante la 'cultura del pelotazo' de nuestro sistema económico, la desesperada búsqueda de sentido de tantos jóvenes o la creciente fractura cívica que lamina, día a día, el tejido social?
«Es frecuente, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos». Así se expresaba un contemporáneo español, Josemaría Escrivá. Incluso, cabría añadir, esos deberes cívicos se identifican –en el mejor de los casos– con pagar impuestos y cumplir las leyes, es decir, lo propio de una persona respetable, un buen burgués. En su diagnóstico, este santo contemporáneo concluía que en la mayor parte de los casos el problema no es de mala voluntad, sino de falta de formación. Ha habido una deficiente transmisión de la fe en la familia, la parroquia y la escuela. Por ello, la solución se halla, como para casi todo lo importante, en la educación.
Una expresión que un amigo emplea con frecuencia sintetiza bien lo que aquí se ha expuesto: quien cree, crea. El creyente crea familia, crea cultura, crea comunidad. Todo lo vivo es fecundo. En cambio, una fe burguesa resulta estéril. No se trata necesariamente de crear algo nuevo (estructuras, instituciones o partidos), sino de realizar de otra manera –con sentido de misión– lo ordinario, de modo particular el trabajo, pues es donde habitualmente convivimos con los otros ciudadanos y podría convertirse en el lugar por excelencia de participación social. Las profesiones –en todas sus formas: de las más reputadas a las más humildes– poseen un extraordinario poder transformador cuando se realizan con mentalidad de servicio y no meramente como un medio para obtener sustento, satisfacción personal o éxito.
José María Torralba es subdirector del máster en Cristianismo y Cultura Contemporánea de la Universidad de Navarra.
Este artículo se publicó originalmente en ABC.
sábado, abril 13, 2024
Nueva evangelización: no es oro todo lo que reluce
Simplificando las respuestas, y tras profusos análisis sobre el contexto actual de la sociedad postsecular y su particular realización en España, el contexto de diálogo entre fe y cultura de esta propuesta de los Papas contemporáneos, la novedad en la continuidad en las casi seis décadas de su desarrollo magisterial y la suerte de desafíos actuales de la nueva evangelización, no deberíamos obviar, al menos, tanto tres elementos fraudulentos como tres elementos orientadores para testar la adulteración o la autenticidad de la nueva evangelización.
Entre los elementos fraudulentos conviene advertir el advenimiento del neointegrismo ideológico, del sentimentalismo impactante y del elitismo religioso. Entre los elementos orientadores, parecen insoslayables el fomento de las comunidades creativas, los procesos iniciáticos y de acompañamiento y la descentralización de la vida y la misión de la Iglesia hacia las periferias geográficas y existenciales.
Con la evangelización no se juega. Tampoco con la nueva evangelización, prefigurada por san Juan XXIII, san Pablo VI y el Concilio Vaticano II; propuesta por san Juan Pablo II y secundada tanto por Benedicto XVI como por el Papa Francisco, con sus propias aportaciones. Tanto su «nuevo ardor», como sus «nuevos métodos y expresiones» no se improvisan poniendo en juego solamente la imaginación y un aggiornamento a la cultura mediática. Exigen procesos de conversión y de creatividad. Conversión bajo el signo de la cruz, a la escucha de lo que el Espíritu nos dice en el momento en el que nuestras sociedades líquidas tocan fondo en la parábola de la posmodernidad y se debaten entre la prescindencia religiosa y la búsqueda de espiritualidades difusas. Y creatividad bajo el signo de la caridad, que se traduce en diálogo sin afanes proselitistas y sin pretensiones triunfalistas y en el testimonio de la Iglesia como hospital de campaña, sobre todo hoy, más madre que maestra. El mismo san Juan Pablo II, que vio de un modo verdaderamente revolucionario la necesidad de una nueva evangelización distinta a las reiteradas propuestas de mera reevangelización, decía que «una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos».
¿Elementos fraudulentos y elementos orientadores de la nueva evangelización? En primer lugar, no habría que dejarse engañar por el aparente éxito de iniciativas vinculadas al auge de los movimientos neoconservadores, que, contradictoriamente, mientras proponen un beligerante combate cultural de la fe en algunas causas, asumen acríticamente los imperativos del neoliberalismo, descafeinando la doctrina social de la Iglesia. Falsificando la memoria de Juan Pablo II, manipulada políticamente, confunden la nueva evangelización con algo tan antinovedoso como la nostalgia de idealizadas cristiandades. Colindantes al catolicismo cultural de ateos y agnósticos extremistas, reabren la polarización social de hace dos siglos, especialmente beligerante en España. Aunque este nacionalcatolicismo de nuevo cuño arrastre a muchos jóvenes, aleccionados por sacerdotes rebeldes al borde o fuera de la comunión eclesial, no hay evangelización que valga, sino ideologización política identitaria, estéticamente disfrazada de ritualidad religiosa. Globos que se inflan y desinflan con la misma facilidad, y vocaciones tanto laicales como clericales de exigua duración, la que aguanta un estandarte desempolvado o una sotana contestataria.
Otra cosa bien distinta es la generación de comunidades creativas y significativas, acogedoras y atractivas, donde se comparte la vida y se promueven procesos de iniciación cristiana. Comunidades, como dice el cardenal José Cobo, «abiertas, familiares y, sobre todo, que remitan a Dios, que proclamen con obras, palabras y celebraciones la fuerza seductora del Evangelio». A ellas parecen dirigirse hoy los movimientos eclesiales otrora multitudinarios, ahora purificados en la humildad, en proceso de revalorización de sus carismas a la luz de su mayor inserción diocesana. También las parroquias que no caen en la tentación de autoproclamarse «de nueva evangelización» por acoger inventos importados de origen extraeclesial. Parroquias que, en lugar de pretender ser «comunidad de comunidades», atravesadas por una espiritualidad de comunión, se configuran al modo de los centros comerciales, espacios de reparto de franquicias que ofrecen experiencias fuertemente impresionables. Su éxito inmediato las confunde con iniciativas de primer anuncio, cuando en realidad lo son más bien de primer impacto, y triplemente reduccionistas: reduccionismo selectivo (élites sociales), reduccionismo perceptivo (hiperemocionales), y reduccionismo propositivo (hiperespiritualistas).
Una Iglesia elitista e intransigente que perdiese su condición de pueblo (en el que todos tienen cabida), orientada a ocupar los espacios de poder e influencia escudándose en una supuesta coincidencia de estos con los nuevos areópagos de la nueva evangelización (la cultura, los medios, la ciencia y la política), se olvidaría de su misión más genuina: la de evangelizar a los pobres. Una nueva evangelización que no se promueva desde las periferias no miraría a la humanidad con los ojos de Dios, sino que se dejaría seducir por los focos del mundo. Transmitiría firmes creencias, sería baluarte de seguridades en medio de tanta confusión, pero no generaría esperanza.
viernes, febrero 02, 2024
La adoración eucarística invita a “consentir a Dios”, no a “sentir a Dios”. (Beaterías a reciclaje)
https://omnesmag.com/recursos/la-adoracion-eucaristica/
La adoración eucarística se emplea a veces como medio para fines de promoción de la pastoral juvenil, de respuesta a necesidades intimistas, o buscando efectos milagrosos, etc. Este artículo propone algunas coordenadas para evaluar prácticas pastorales que, bajo apariencia de un bien espiritual, pueden resultar poco convenientes para la experiencia fructuosa de la fe en nuestras comunidades.
En la Misa matutina del lunes 5 de febrero de 2018, el Papa Francisco exhortaba a un pequeño grupo de sacerdotes recién nombrados párrocos. ¿Qué consejo les dio el Romano Pontífice al inicio de su oficio pastoral? El Papa se expresó así: “Enseñad al pueblo a adorar en silencio”, para que “así aprendan desde ahora qué haremos todos allí, cuando por la gracia de Dios lleguemos al cielo”. Un camino, el de la adoración, duro y fatigoso como el del pueblo de Israel por el desierto. “Tantas veces pienso que nosotros no enseñamos a nuestro pueblo a adorar. Sí, les enseñamos a rezar, a cantar, a alabar a Dios, pero a adorar…”. La oración de adoración, dijo el Papa, “nos aniquila sin aniquilarnos: en el aniquilamiento de la adoración nos da nobleza y grandeza”.
Sin duda alguna, los que somos pastores del pueblo de Dios llevamos muy dentro del corazón el deseo de que nuestros fieles amen cada vez más a Jesucristo en la Eucaristía, haciendo de ella el centro de la vida parroquial y de nuestras comunidades de fe. La adoración es, además, condición para comulgar adecuadamente, como enseñaba san Agustín, y que es continuación natural del misterio y de la presencia real de Cristo en el sacramento.
En este sentido, los pastores del rebaño de Cristo debemos procurar una celebración no sólo bella y significativa, sino también respetuosa y acorde con la verdad de la fe y la disciplina de la Iglesia, que busca cuidarla adecuadamente.
En los últimos decenios, gracias al magisterio de los últimos Papas y a la labor incansable de innumerables sacerdotes anónimos, la adoración eucarística no sólo ha experimentado una recuperación justa, sino una popularidad beneficiosa para la vida espiritual de los cristianos.
Igualmente, este deseo y fervor eucarístico no siempre ha ido acompañado del discernimiento necesario, observándose en no pocas ocasiones errores, omisiones o incluso abusos litúrgicos, que muchas veces no se deben a una mala intención sino a una deficiente formación teológico-litúrgica de algunos agentes de pastoral.
Este artículo querría proponer algunas coordenadas para evaluar posibles prácticas pastorales que, bajo apariencia de un bien espiritual, pueden resultar poco convenientes para una verdadera y fructuosa experiencia de la fe en nuestras comunidades.
La exposición del Santísimo
En primer lugar, es bueno recordar que gracias a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la adoración eucarística ha dejado de ser una simple práctica de devoción eucarística, para convertirse en una celebración litúrgica de pleno derecho.
Como celebración litúrgica, implica un ritual, una asamblea litúrgicamente constituida, una normativa litúrgica y unas orientaciones pastorales propias. Por ello, el marco imprescindible de referencia es el “Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto fuera a la Eucaristía fuera de la Misa”.
Los ministros deben celebrar la exposición del Santísimo según la ritualidad establecida, tal y como hacen cuando celebran cualquiera de los otros sacramentos o sacramentales. Bien es cierto que el actual ritual es bastante flexible a la hora de celebrar la exposición, siempre y cuando se respete el mínimo indicado. Ahora nos referiremos a algunas prácticas que se han extendido, pero que en su ritualidad y significado no concuerdan con lo que la Iglesia enseña en su liturgia y en la historia del dogma eucarístico.
Por un lado, es importante no romper el estrecho vínculo litúrgico-teológico existente entre la exposición de la Eucaristía y su celebración. La primera nace y se entiende desde la segunda. De hecho, la Iglesia entiende la adoración eucarística como prolongación de la Comunión sacramental, o como medio para una preparación adecuada a ella.
Afirma el Ritual: “Permaneciendo ante Cristo […] fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre”. Por eso es importante educar a los fieles para que la adoración eucarística no llegue a comprenderse como un sustitutivo de la Comunión sacramental, o como una forma de “comunión” fácil o más sensitiva que la sacramental.
También debido a este vínculo entre exposición y sacrificio, la Iglesia no permite exponer el Santísimo Sacramento fuera del altar, y menos aún, en un lugar que no sea una iglesia. Solo en el caso de que la exposición sea prolongada puede colocarse la custodia en un expositorio elevado, siempre y cuando esté cerca del altar.
Ni la montaña, ni la playa, ni una casa particular, ni un jardín, ni un autocar, ni una barca en el mar de Galilea son lugares donde dar culto digno a Dios sacramentado, tal y como la Iglesia nos recuerda constantemente en sus documentos magisteriales, litúrgicos y canónicos tras la reforma del Concilio Vaticano II. En este sentido, tampoco está permitido que el Santísimo esté expuesto a solas, sin una asamblea litúrgica presente que esté rezando en adoración.
Por otro lado, la Iglesia ha enseñado durante siglos que la exposición del Santísimo tiene como finalidad única y primordial tributar adoración pública a Cristo en la Eucaristía, confesando rectamente la fe en la presencia real y desagraviando las ofensas que Dios pueda recibir, especialmente contra las mismas especies eucarísticas.
En este sentido, se hace cada vez más necesario un profundo discernimiento de la autoridad eclesiástica para velar por este fin cultual (latréutico) de la celebración de la exposición. De manera cada vez más frecuente se observa el uso de esta celebración (la exposición y adoración) como método de evangelización, como medio de aglutinar y promocionar la pastoral juvenil, como recurso para responder a las necesidades intimistas y emotivas de algunos perfiles espirituales o incluso como instrumentalización casi supersticiosa, pretendiendo del sacramento poderes o efectos milagrosos. En la adoración, la Iglesia nos enseña a confesar la verdad de la fe eucarística, el abandono en la voluntad de Dios, el silencio y la alabanza sencilla. En la adoración, la tradición litúrgica nos invita a “consentir a Dios”, no a “sentir a Dios”.
La consideración y el reconocimiento de la exposición del Santísimo como una verdadera celebración litúrgica, cuyo centro es Cristo que preside la asamblea eclesial, debe ayudarnos también a evitar manifestaciones rituales o espirituales que reducen este carácter de “cuerpo eclesial”.
Actualmente, nuestras comunidades no viven fuera de la cultura individualista y emotivista occidental, ni de la cada vez más fuerte influencia de la espiritualidad y ritualidad propia de grupos y comunidades evangélicas y pentecostales que no entienden las realidades sacramentales.
Tal y como nos enseña la Iglesia, la presencia de Cristo en la Eucaristía es sacramental y sustancial. Esto implica por un lado, que su presencia real no se da sin el signo sensible, que en este caso son las especies de pan y vino. Todo debilitarse el signo de pan y vino implica un ocultar la verdad del sacramento que es el mismo Cristo.
Ciertas celebraciones que se asemejan a “performances litúrgico-festivas” porque iluminan, encuadran, decoran o transforman las especies de pan y vino para generar un impacto sensible, desvirtúan el modo de presencia de Cristo en el sacramento. Igualmente, presentar la presencia de Cristo como si fuera algo más que sustancial hace difícil que nuestra relación eucarística con Él sea verdadera y fructuosa. Su presencia no es corporal, pues Cristo está en el cielo, sino sacramental. Pongamos algunos ejemplos.
La presencia sacramental y sustancial del Señor implica que no podemos entenderla en términos fisicistas, como parece que empieza a vivirse en algunos ambientes eclesiales.
En este sentido, un fiel no comulga más a Dios porque consuma más cantidad de pan consagrado (accidente cantidad), ni tampoco porque consuma de la forma del sacerdote (accidente cualidad). Igualmente, Dios no está más cerca de mí porque me acerquen el copón o la custodia, ni Dios me bendice más porque el sacerdote me bendiga a mí solo con la custodia (accidente lugar).
La fe de la Iglesia nos enseña que el único efecto que puede provocar esta práctica (reprobable) es la de excitar la sensibilidad subjetiva.
Son costumbres que no reflejan la fe verdadera de la Iglesia. En efecto, Cristo en las especies eucarísticas ni se mueve, ni se pasea físicamente, ni está físicamente delante o cerca de mí. Su presencia es solamente sustancial y no está sometida a ese tipo de cambios.
La fe nos enseña que los accidentes (locativo, cuantitativo, cualitativo) de Cristo están en el cielo. Por lo tanto, como decimos, Cristo no “me bendice” más y mejor, o más cerca o más lejos por desplazar la custodia, bendecir individualmente o exponer al Señor en cualquier lugar, como para simular que está fisicamente presente como en las escenas del Evangelio. La bendición es del ministro sagrado, y la bendición es sobre la asamblea litúrgica en su conjunto, como cuerpo de Cristo que es. Otra práctica insinuaría una comunión más plena con Cristo que la sacramental al comulgar en gracia de Dios. La preocupación de la Iglesia por una adecuada compresión de la presencia real lleva a que estas prácticas estén expresamente prohibidas, por contradecir las rúbricas establecidas en el ritual.
Celebraciones a través de la televisión
Igualmente, tampoco Cristo está presente ante mí, o me bendicen con Él, si veo una retransmisión por televisión o por internet. Lo que el fiel tiene delante no es el Señor, sino solo una pantalla, ante la que no corresponde arrodillarse ni pensar que nos bendice.
No hay sacramento ni celebración sacramental en el televidente, y solo hay una unión espiritual con la celebración que se visualiza si es en directo. Por otra parte, la única bendición a distancia que existe, y no necesita de YouTube, es la bendición “Urbi et Orbi”, que es un sacramental de la Iglesia referido solo al oficio del Romano Pontífice. Cualquier otro tipo de bendición retransmitida, más aún si pretende ser eucarística, no es en realidad bendición alguna. Es encomiable en este sentido, el esfuerzo de todos los pastores de la Iglesia para explicar bien a los fieles que una retransmisión litúrgica en directo no es participación en ella, sino solo un medio de carácter devocional para paliar la imposibilidad de asistir a ella, y para unirse con ella mentalmente. Otro modo de plantearlo supondría debilitar en sus fundamentos la misma realidad sacramental, y debilitar la importancia y necesidad de la Comunión a los enfermos y personas mayores.
Las procesiones con el Santísimo Sacramento
Por último, hemos de recordar que el culto eucarístico en la historia de la Iglesia se ha hecho solemne y público para confesar pública y solemnemente la presencia real de Cristo: bien porque se pone en duda, o bien porque sacrílegamente se ha atentado contra las mismas especies sagradas.
Tal como enseña el ritual, las procesiones con el Santísimo Sacramento, especialmente las del Corpus Christi, y las bendiciones en ellas previstas, tienen como finalidad respetar este carácter de confesión publica y culto de adoración.
Por ello, no se debe instrumentalizar el Santísimo Sacramento expuesto para otras finalidades que la de manifestar la fe de la Iglesia en la presencia real.
El Santísimo en la custodia, por ejemplo, no puede ser utilizado para hacer cordones sanitarios antivirus pandémicos, para hacer pensar a los fieles desde los campanarios o incluso helicópteros que Dios no se olvida de ellos, para bendecir los campos o pedir la lluvia, para realizar oraciones teatralizadas como si Dios hablara desde la custodia, para realizar curaciones físicas o para expulsar demonios y desinfestar un domicilio de la presencia maligna.
Cualquier abuso en este sentido, además de no confesar rectamente la fe de la doctrina eucarística, supondría una instrumentalización del Santísimo Sacramento como talismán y como remedio supersticioso, y una falta de fe y confianza en los sacramentales que la Iglesia ha instituido para esos fines concretos.
martes, diciembre 07, 2021
viernes, diciembre 03, 2021
FRANCISCO : MEDIOCRIDAD DE LOS CRISTIANOS
sábado, agosto 28, 2021
¿NETFLIX CONTRA LOS JUDÍOS?
INTERESANTE
El gigante de contenidos audiovisuales parece empeñado en desprestigiar a los judíos y al sentimiento religioso en general
https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/series-netflix-judios.html
viernes, febrero 26, 2021
Maribel Rodríguez: ¿Necesitamos un "yo" en el camino espiritual?
sábado, enero 16, 2021
León Ferrari, la libertad y el arte van de la mano
"¡Pero cómo se puede considerar que el director del museo incurre en delitos contra los sentimientos religiosos y de incitación al odio…! (...) Ferrari jamás criticó las creencias, sino la manipulación de los símbolos a manos de las instituciones de poder"
León Ferrari… ¿De verdad, hay quien aún lleva al Arte ante los tribunales? Parece que en España, sí, por más vergonzoso que nos parezca. Si pensabas que lo habías visto todo de este siniestro 2020, te equivocabas. La asociación española de abogados cristianos (y no pienso poner ni una sola de estas palabras en mayúsculas), vuelve a superarse a sí misma…
Han denunciado al director del Centro de Arte Reina Sofía a causa de la exposición retrospectiva sobre el artista argentino León Ferrari (Buenos Aires, 1920-2013).
martes, julio 31, 2018
La hipocresía de VOX con la Cruz
Cuando la misma persona defiende la Cruz como símbolo cultural y humilla a los Crucificados de hoy estamos ante un acto de hipocresía. La Cruz llega a ser símbolo cultural porque en ella murió un inocente, el gran inocente. Muchísimos creemos además que era Hijo de Dios; aunque eso no se crea ha merecido el respeto y la admiración de la inmensa mayoría de quienes con sus pequeños gestos y trabajos sostiene el universo.
Me refiero concretamente a que el secretario general de VOX, Javier Ortega Smith se acercó a Callosa de Segura a manifestar su respeto hacia la Cruz; manifestó su solidaridad a los vecinos que proyectaban una cruz luminosa sobre una pared en la plaza en que el Ayuntamiento había retirado la cruz. Creemos que los vecinos tienen razón: no debe retirarse el símbolo de paz que es la cruz.
Pero a los pocos días nos encontramos con algo contradictorio: gran parte de la población (incluido el Papa) llamamos crucificados de hoy a los migrantes que llegan en patera pero el mismo Javier Ortega Smuith los humilla e insulta llamándoles delincuentes y acusándoles de ser militares entrenados, invasores agresivos, etc. Creemos que los considera verdugos y no víctimas.
Decimos que es contradictorio porque el crucificado es una vícitma y no es honrado defender la cruz y odiar a los crucificados de hoy. Cuando los que hablan de la Cruz odian a los crucificados generan que todos los com-pasivos odien la Cruz
La Cruz es sin duda el símbolo más universal que existe y el que merece más respeto. Con razón nos ofendemos cuando se maltrata, lo haga un dirigente político o un espectáculo carnavalero. Cuando ocurren esos sucesos muchos creyentes manifestamos que nos sentimos en parte responsables de esos lamnetables actos porque hemos tolerado cobardemente que haya quien defiende la Cruz y humilla a los Crucificados. Por eso hoy creo que es necesario decir que quien defienda la Cruz tiene obligación moral de defender a aquellos con quienes decidió identificarse el Crucificado: "Vengan benditos de mi Padre porque tuve hambre y me dieron de comer". Jesús no dijo que fuéramos los que defendiéramos su símbolo sino su carne. Si los que dicen amar su nombre odian y mienten sobre su carne estamos obligados a combatirles con amor..
domingo, julio 29, 2018
EGOÍSMO ESPIRITUAL
miércoles, junio 06, 2018
Lamentamos. El SEÑORITISMO alardea de "resistencia" desde la Cope
martes, mayo 22, 2018
Willy toledo provoca un lamentable lío entre progres y regres
Lamentable. Hoy hemos sentido el dolor del triste espéctaculo del "cristianismo a la carta" (donde cada uno coge lo que quiere) que tantas veces han denunciado tantos creyentes.
1. Se le va la olla a un actor y suelta una blasfemia. Mal está. Ofende sin necesidad. Ofende por ofender.
2. Salen los carcas, los REGRES, de "abogados cristianos" (que se apropian ilegítimamente del apelativo 'cristiano' como bien claro explica el documento "Católicos en la vida pública") y llevan el tema a los Tribunales.
3. Salen los del postureo postmoderno, los PROGRES, y meten la rueda de prensa de Willy Toledo con un Cristo detrás en un escenario más que pensado en la llamada iglesia roja: y hasta mienten diciendo -concretamente Benjamín Forcamo- que ningún cura ha dicho nunca las palabras proféticas de Jesús. ¿En que mundo vive este clérigo o exclérigo?
Máxima cobertura de los medios de intoxicación porque interesa dar máxima cobertura a esa ruptura del tejido eclesial.
Se ve que tiene razón Francisco cuando en "Gaudete et exsultate" explica que hoy sigue habiendo gnósticos y pelagianos. Palabras raras, sí, pero certeras. Explican bien este jaleo. Dichas palabras extrañas quizá puedan verse claras si vemos que los REGRES (o espiritualistas siguiendo otra nomenclatura) tienen mucho que ver con los gnósticos y los PROGRES (o secularistas siguiendo otra nomenclatura) tienen mucho que ver con los pelagianos. Lamentable,ver así a la familia de seguidores de Jesús haciendo estos seguidismos a mentiras, sean regres o progres.












