jueves, abril 30, 2026

LA IGLESIA COMO OBSTACULO Y CAMINO* - J. LOEW


Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento,
Tampoco ha venido a explicarlo;
Ha venido a llenarlo con su presencia
(Paul Claudel)


Jesús dijo: “Mi reino se parece una pequeña semilla plantada en el suelo… Para que crezca, ha de aceptar morir en tierra, pero pronto se convierte en el árbol muy grande en cuyas ramas hacen sus nidos las aves del cielo”.

La semilla es el mismo Jesús y su muerte en la cruz ha sido el nacimiento de la Iglesia. Desde entonces, la vida toda de Dios pasa a la Iglesia como la semilla hace pasar toda su vitalidad al árbol inmenso que nace de ella y se hace una sola cosa con ella.

Árbol y semilla no son dos cosas, sino sólo una. De la misma forma, los cristianos son uno con Jesús. La semilla contiene ya en germen todo el árbol: Jesús se desarrolla en los cristianos.

Pero ha habido transeúntes estúpidos que han dejado sobre ese tronco sus huellas nada hermosas. Han grabado en él, con sus navajas, frases tontas, y no ha faltado quien diese algún hachazo. El polvo y la basura han manchado y, a veces, han deshonrado al árbol y a sus inmediaciones. Está lleno de líquenes y de parásitos. Sin embargo, bajo la corteza estropeada, la savia asciende todavía pujante y fuerte.

También el gran árbol de la Iglesia está, a veces, desfigurado. Cada época deja en él su huella, su mentalidad, sus alegrías, su fealdad, sus miserias y sus dramas.

Un siglo de intolerancia generalizada y nos encontramos en la Inquisición. Una época de fanatismo y nacen las guerras religiosas. El interés político se disfraza y tenemos las matanzas de san Bartolomé, mientras suenan las campanas de san Germán de Auxerre.

Pero la Iglesia es más fuerte que el mal y los poderes de la muerte no podrán con ella. Su vida es indestructible porque es la vida del mismo Cristo.

Es un misterio el punto de unión de las dos verdades, un misterio que no alcanzamos, aunque comprendamos separadamente esas verdades.

En el encuentro de Dios y el hombre hay siempre un misterio: este Dios al que comprendemos tan inmenso y por encima de todo; y el hombre que, al mirarnos a nosotros mismos, sabemos que mediocre y ordinario es. ¿Cómo puede realizarse tal unión?

El punto que Dios ha escogido para unirse a nuestra humanidad a lo largo de toda la historia, es la Iglesia. Sólo la dimensión del infinito amor de Dios puede hacer creíble un designio semejante.

Es un misterio esta Iglesia que se mezcla con el pecado de sus hijos, pero como quien se mezcla con el enemigo con el que lucha hasta el fin de los tiempos.

Misterio, esta Iglesia santa que no es una Iglesia ideal, pero que es, sencillamente, la Iglesia de la historia, el cuerpo de Cristo que se prolonga en la humanidad.

Misterio, la Iglesia, que es extensión, comunión, supervivencia de Jesús de Nazaret, y que se continúa en la Iglesia de Pedro, en la Iglesia de Roma.

Misterio, una Iglesia cuyo tronco es solidario de la historia terrestre, pero cuya cima está ya en el cielo. Una Iglesia a la vez santa y compuesta de miembros pecadores.

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* Es un capítulo del libro que aparece en la foto

Trabajando aprendió Jesús a ser Cristo (1 de Mayo)


Xavier Pikaza/Facebook

Mc 6, 3 le llama tekton o artesano, obrero de la construcción (cantero, carpintero, albañil...), un galileo sin propiedad (herencia), que debe vender su trabajo, conforme a la oferta y demanda del mercado, en un mundo de dura carencia. No era simplemente tekton (un artesano), sino ho tekton, con artículo definido, el artesano de Nazaret, alguien que vive del trabajo y sueldo de otros. 

Antes de llamarse el Cristo ha sido el tekton, y su situación implicaba una fuerte disonancia, ya que no respondía a lo que Dios había “prometido” a su pueblo, pues no dependía de sí mismo (y de Dios), sino del trabajo que otros quisieran ofrecerle. De todas formas, su misma situación le permitió conocer cosas que ignoraban los sabios de escuela y los sacerdotes del templo. Antes que por vocación fue marginal por haber nacido en un mundo cada vez más controlado por escribas, sacerdotes y miembros de una aristocracia que había pactado con Roma) . 

1. Un proyecto económico desde la marginación. Era un campesino obligado a vender su trabajo para así vivir y/o mantener a su familia, y, de esa forma, cuando habla de “pobreza” y llama bienaventurados a los ptojoi (mendigos sin nada), Jesús está evocando su propia situación de marginado económico, que conoce y comparte la suma pobreza de las gentes de su entorno. No es un marginal alejado de la vida, sino un marginado que se enfrenta a los poderes causantes de la marginación y los rechaza, para superarlos, no para mejorar el sistema con pequeños retoques, sino para recrearlo totalmente, desde aquellos que, como él, carecen de tierra y estabilidad económica.

No fue pensador de tiempo libre, experto en pequeñas mejoras, sino profeta en un mundo de opresión, decidido a proclamar e iniciar el camino del Reino, como los hombres de un mercado de trabajo sin trabajo (cf. Mt 20, 1-16). Su mensaje no fue un “lujo espiritual” desconectado de la realidad, sino una propuesta de transformación para la vida en un contexto de muerte. Quizá trabajó en un tiempo al servcio del rey Antipas, en sus nuevas ciudades (en Séforis, junto a Nazaret; o en Tiberíades, a la vera del lago), o de otros propietarios. Ciertamente, pudo tener más movilidad y más conocimiento que un agricultor propietario (atado a su tierra), pero dependiendo de otros .

Los artesanos de Galilea se parecían a los hebreos de Egipto, no tenían seguridad material o social, pues habían perdido o estaban perdiendo la “herencia de Dios” (tierra). No tenían patrimonio (vinculado al patriarcado), ni tierras para herencia, pues carecían de herencia y de casa (estructura familiar). Desde ese fondo, planeó Jesús la revolución de Reino. Posiblemente, como heredero de una familia de Belén, Jesús se sentía portador no sólo de la promesa de Abrahán (familia, tierra), sino también de la esperanza de David, que incluye la posesión de una tierra, de la que todos han de ser propietarios, compartiendo el don del Reino. Pero, al mismo tiempo, era de la gran masa de hombres y mujeres que habían perdido la tierra y parecían expulsados de la herencia de Abrahán y David, teniendo que reinterpretar su experiencia israelita. En ese contexto es bueno precisar el sentido de “clase” social, su lugar en la economía del mundo .

2. Comerciantes y campesinos, una sociedad de clases. Los campesinos y pastores del principio de Israel habían desarrollado una agricultura de subsistencia, con intercambio directo de bienes; pero, en un momento dado, con el despliegue de la monarquía y el auge de poder económico-social del templo, surgió una clase especial de burócratas mercantiles, al servicio de las élites político/religiosas, que controlaban la riqueza:

‒ Los mercaderes como “clase” dependen del trabajo productor de agricultores, pastores y obreros, pero de tal forma lo controlan que acaban haciéndose dueños de sus beneficios. Frente al trabajo que produce bienes, surge y se desarrolla el dinero del mercado, de manera que el valor primario no es ya la persona, ni el trabajo o la familia, ni las relaciones directas, sino el Capital Mammón, dios objetivado, diablo verdadero (cf. Mt 6, 24).

‒ Los mercaderes con dinero, con los “reyes” y funcionarios superiores y los sacerdotes (que sacralizan de algún modo ese dinero), se hacen árbitros de la sociedad y dirigen el proceso real de la producción y distribución de bienes. Así se relacionan con un dinero que, por un lado “pertenece al César” (cf. Mc 12, 16-17), pero que, por otro (¿al mismo tiempo?), tiende a convertirse en Mammón sobre el mismo César (Mt 6, 24).

No parece que Jesús haya sido un purista antimonetario, ni un reformador económico sin más, pues no ha condenado directamente a los comerciantes (como supone EvTom 67), pero ha querido poner el comercio y dinero al servicio de la vida (de los pobres), de un modo gratuito (por comunicación directa), iniciando un cambio intenso, no una pequeña reforma en el pueblo .

‒ El símbolo ideal de Jesús era una sociedad igualitaria (no mercantil, no imperial), de agricultores, pastores (y pescadores), compartiendo bienes y trabajos. Parece difícil pensar que en ese “imaginario” cupiera la existencia de liberados para servicios religiosos (sacerdotes/levitas), que recibirían una parte de la producción de otros (los diezmos), sin volverse por ello superiores.

‒ Pero de hecho gran parte de los agricultores se habían ido convirtiendo en campesinos sometidos, al servicio de una estructura político-monetaria, centrada en las ciudades (en Roma), en un proceso que estaba culminando en aquel tiempo en Galilea. En general, ellos quedaron “controlados” por los mercaderes (comerciantes), de manera que muchos agricultores se volvieron campesinos sin campo, perdiendo así su autonomía, bajo el control de unas ciudades y/o de unos comerciantes, que poseían/consumían gran parte de su producción .

3. De artesanos a excluidos. Jesús se ha ocupado de esos campesinos sin campo, renteros, braceros o artesanos al margen de la sociedad y de los pobres (mendigos, enfermos…), y también de los huérfanos, viudas y extranjeros de la ley fundamental del Pentateuco, cuya situación he precisado al ocuparme del Antiguo Testamento, (cf. Mt 25, 31-46) . Por eso es bueno precisar la situación que ellos tenían:

‒ Podía haber artesanos asentados e incluso ricos, clientes del sistema político, económico y/o religioso al que sostenían. Ellos actuaban en general como operarios al servicio de gobernantes, ciudades y/o templos, como el de Jerusalén, con miles de obreros privilegiados quienes, como es normal, no respaldarán a Jesús pues se encuentran bien con su trabajo.

‒ Pero la mayoría eran marginados, itinerantes sin estabilidad, eventuales al servicio de agricultores más ricos o de comerciantes. Entre éstos parece haberse hallado Jesús, que no ha sido (presumiblemente) obrero de la construcción del templo de Jerusalén, ni de las ciudades y cortes de los reyes galileos, dependiendo de un “mercado” de trabajo inestable o sin medios fijos de subsistencia.

En el último escalón había grupos y gentes que se hallaban fuera del esquema anterior, y no se podían llamar ni siquiera pobres, es decir, trabajadores con pocos recursos (penes, penetes), sino ptojoi estrictamente dichos (por-dioseros, mendigos sin propiedad, extranjeros, enfermos, encarcelados). Entre ellos podemos distinguir tres grupos.

− Esclavos. Eran muchos en el Imperio de Roma, pero en el contexto rural de Galilea tenían menos importancia (casi ni existían). De manera consecuente, Jesús no ha iniciado una “rebelión de esclavos” (como Espartaco, el 71 a. C.), sino un movimiento de Reino, con campesinos, artesanos y mendigos.

− Impuros, degradados… No parece que en Galilea formaran una clase especial (como en la India), pero los hallamos con frecuencia en el evangelio, como enfermos (leprosos) y en especial como posesos o endemoniados, y quizá también como publicanos y prostitutas, que formaban el corazón del evangelio (mensaje) de Jesús

− Prescindibles. Son los que carecen de todo valor para el sistema, pues no tienen influjo ninguno, ni en un plano laboral, ni en un plano afectivo o simbólico (prostitutas envejecidas, enfermos abandonados, locos). Entre estos pobres en sentido estricto ha iniciado Jesús su movimiento de trasformación, es decir, de Reino 

Rafa Pascual: Jesús es la puerta (A, PASCUA IV)



martes, abril 28, 2026

Reflexionar para vivir 2

5/ Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: Diálogo y decisión
4/ Celeste Caeiro: La mujer que puso en marcha la Revolución de los claveles
3/ Moisés Mato: Al que lucha

2/ Facundo Cabral: Ahora

1/ Traumatóloga Geek: ¿Por qué se usa el verde en los quirófanos?

domingo, abril 26, 2026

¿Y hasta cuándo le vas a dar pecho?


Entre Mamás/FACEBOOK
🤱💬 “¿Y hasta cuándo le vas a dar pecho?”
La pregunta que nadie pidió…
pero todos hacen.
Y la verdad…
la respuesta es simple:
hasta cuando yo quiera…
y mi bebé también.
💭 Porque la lactancia no es tema público.
Es algo íntimo.
De dos.
No es solo alimento.
Es contacto.
Es calma.
Es vínculo.
Es refugio.
💛 Para muchos bebés…
el pecho no es costumbre…
es seguridad.
Pero aún así…
siempre aparecen las opiniones:
“ya está muy grande”
“lo vas a malacostumbrar”
“ya quítaselo”
😔 Como si criar tuviera reglas universales.
🔬 La realidad:
cada bebé es distinto.
cada mamá es distinta.
y no hay una sola forma correcta.
Algunos dejan el pecho pronto…
otros necesitan más tiempo.
✨ Y ambas están bien.
💭 El problema no es la lactancia…
es la presión.
Porque mientras una mamá intenta hacerlo lo mejor posible…
también tiene que cargar
con opiniones que nadie le pidió.
💛 Lo que una mamá necesita no es juicio…
es apoyo.
Respeto.
Información.
Acompañamiento.
Porque ya es bastante difícil…
como para estar dando explicaciones.
✨ A veces el mejor consejo es este:
si no es tu bebé…
no es tu decisión.
💬 Dime…
¿cuántas veces ya te preguntaron eso?

sábado, abril 25, 2026

María Montessori: eliminar premios y castigos


Ricardo Rambaudi/facebook

Para comprender por qué la propuesta de María Montessori de eliminar premios y castigos causó tal conmoción, debemos trasladarnos a la Italia de 1907, un mundo donde la infancia se consideraba una "imperfección" que debía corregirse mediante la fuerza. En aquel entonces, las aulas eran extensiones del cuartel, los niños permanecían anclados a bancos de madera pesados, obligados a la inmovilidad total bajo la amenaza de la palmeta, el rincón de la vergüenza o el escarnio público. El aprendizaje era un acto de sumisión, y el maestro, un dictador de verdades absolutas.
Cuando Montessori abrió la primera Casa dei Bambini en el degradado barrio de San Lorenzo, en Roma, rompió el contrato social de la educación de un solo golpe. Al observar a los hijos de obreros analfabetos, se dio cuenta de algo que escandalizó a los académicos de la época, el niño no es un ser caótico que necesita ser domesticado, sino un individuo con una "mente absorbente" que busca el orden de forma natural. Montessori decidió que, si el ambiente era el adecuado y el material despertaba el interés, el castigo se volvía innecesario y el premio, un estorbo.
El escándalo estalló cuando los inspectores y pedagogos de la vieja guardia visitaron sus salones. Esperaban encontrar el desorden propio de la falta de disciplina, pero se toparon con una escena que les pareció casi sobrenatural, niños de cuatro y cinco años moviéndose en silencio, concentrados en tareas complejas sin que nadie les gritara o les prometiera una medalla a cambio. Para la sociedad de principios del siglo XX, esto era peligroso. Se argumentaba que Montessori estaba criando rebeldes, pues un niño que no teme al castigo es un ciudadano que no podrá ser controlado fácilmente por el Estado o la Iglesia.
Históricamente, su enfoque fue una afrenta directa a la psicología conductista naciente, que veía al ser humano como un animal que solo reacciona al "palo y la zanahoria". Montessori demostró con datos y resultados que los premios destruyen la motivación intrínseca; el niño que trabaja por una estrellita dorada deja de interesarse en el conocimiento para interesarse solo en el trofeo. Esta revelación fue vista como una amenaza al orden jerárquico, ya que eliminaba la dependencia del niño hacia la autoridad externa para validar su propio valor. Al final, el tiempo le dio la razón: mientras los regímenes totalitarios de la época intentaban prohibir sus escuelas por considerarlas "demasiado libres", sus alumnos demostraban una capacidad intelectual y una autodisciplina que el método tradicional, con toda su violencia, nunca pudo alcanzar.

jueves, abril 23, 2026

HUSSERL Y LA CAPTACIÓN DIRECTA


Imagina que despiertas con un fuerte dolor de espalda y tu primera reacción es calcular cuántos analgésicos necesitas para calmar la molestia y comenzar la jornada laboral del día. El cuerpo se ha convertido en una máquina que requiere ajustes químicos. Una visita el fin de semana al bosque termina siendo una colección de fotos para redes sociales sin que recuerdes cómo olía la tierra húmeda o el pasto recién cortado. Estas escenas cotidianas Edmund Husserl, el matemático y filósofo alemán que revolucionó el pensamiento europeo a inicios del siglo XX, las habría diagnosticado como síntomas de una misma enfermedad cultural.
Por Redacción Nota Antropológica
El texto que Husserl publicó en 1911 en la revista Logos con el título La filosofía, ciencia rigurosa contiene una advertencia que hoy adquiere actualidad. Él sostenía que la civilización occidental había caído bajo el hechizo del naturalismo. ¿Qué significa esa palabra que suena a tratado académico del siglo antepasado? Significa exactamente lo que haces cuando abres la aplicación del smartwatch para ver cuántas calorías has quemado sin preguntarte si disfrutaste la caminata. Significa mirar un río contaminado y pensar primero en el costo del tratamiento químico para limpiarlo antes que en la pérdida del lugar donde pasabas durante la infancia.
Miguel García-Baró, responsable de la traducción más reciente de esta obra al español, explica que Husserl no escribía contra la ciencia sino contra una manera empobrecedora de entenderla. El naturalista —y todos podemos comportarnos como uno en diferentes momentos del día— contempla el mundo como si solo existieran piezas de un enorme rompecabezas físico gobernado por leyes exactas. Tu ansiedad no sería una experiencia con significado sino un desequilibrio de neurotransmisores. El canto del cenzontle no sería una presencia viva en la madrugada sino una vibración acústica medible en decibeles.
El filósofo señalaba que esta postura resulta insostenible porque se contradice a sí misma en la práctica. El médico que prescribe el antidepresivo confía en que existe una verdad objetiva sobre su efectividad y que actuar conforme a ella es bueno para su paciente. Si todo fuera solo química cerebral y condicionamiento evolutivo —razonaba Husserl— esas mismas convicciones del médico serían también meros subproductos de reacciones físicas sin valor real. La mano que escribe la receta estaría negando lo que la mente que la guía afirma implícitamente.
Pero el asunto va más allá de una discusión entre especialistas. Cuando reduces tu espalda adolorida a un problema de alineación vertebral que corrige el quiropráctico, ¿qué espacio dejas para entender el cansancio acumulado por semanas de presiones laborales sin descanso? La naturaleza física y la naturaleza que somos —nuestro cuerpo vivido, nuestra biografía inscrita en los músculos— se vuelven una sola cosa regida por el mismo principio de reparación técnica. Así como mandas ajustar el motor del automóvil, agendas una cita para que te ajusten las cervicales.
Husserl distinguía con precisión dos reinos que el naturalismo confunde peligrosamente. La piedra que cae, la hoja que se mece con el viento, el agua que hierve a cien grados existen como unidades que aparecen de maneras distintas según quién y cómo las observe; pero detrás de esas apariencias hay algo idéntico que permanece. Tu percepción del atardecer, en cambio, es exactamente lo que aparece en ese instante único. No hay un atardecer verdadero escondido tras el atardecer que ves. El río de tu conciencia —esa imagen que el filósofo usaba para describir el flujo de vivencias— no se puede seccionar en componentes físicos como quien desarma un reloj. Pretender que sí equivale a preguntar cuánto pesa la nostalgia.
La intuición de esencias era para Husserl una capacidad humana tan básica como oír un sonido. Consiste en captar aquello que hace que algo sea lo que es y no otra cosa. El color rojo, antes de medirse en longitudes de onda, es una cualidad que reconoces inmediatamente. La generosidad, antes de estudiarse en experimentos de psicología social, es una forma de presencia humana que intuyes cuando alguien comparte su comida sin esperar retribución. El problema, advertía el autor, es que el imperio del pensamiento naturalista nos ha ido dejando ciegos para este tipo de captación directa. Hemos cambiado el ver por el medir; y al hacerlo, hemos ido perdiendo la capacidad de respetar lo que las cosas valen por sí mismas.
Un bosque talado para construir un complejo habitacional deja de ser el lugar donde alguna vez escuchaste el crujir de las ramas bajo tus pies para convertirse en metros cuadrados de terreno urbanizable. Un río entubado pierde su condición de ser vivo que albergaba libélulas y renacuajos para volverse un problema de ingeniería hidráulica. La pregunta que Husserl nos obliga a enfrentar no es si debemos dejar de usar la ciencia para curar enfermedades o gestionar recursos. Sería absurdo renunciar a la anestesia o al tratamiento de aguas residuales. La cuestión es si ese saber técnico agota todo lo que podemos y debemos saber sobre nuestro estar en el mundo.
La fenomenología —esa ciencia de la conciencia pura que Husserl proponía como base de toda filosofía auténticamente rigurosa— no pide que abandonemos las clínicas o el laboratorio. Pide que recordemos que antes de ser pacientes con niveles de colesterol somos personas que desayunan con prisa, discuten con la pareja y sienten el vacío en el estómago antes de una decisión importante. Pide que antes de administrar un área natural protegida como quien lleva la contabilidad de un almacén, recuperemos la memoria de lo que significa mojarse los pies en un arroyo sin otro propósito que sentir el agua fría.
Husserl creía que su época atravesaba una carencia vital y es que las ciencias proporcionaban montañas de datos sobre el universo pero ninguna orientación para habitarlo. Hoy que podemos conocer en tiempo real la calidad del aire que respiramos y el ritmo cardíaco con el que subimos escaleras, la pregunta resuena con más fuerza que hace cien años. ¿Sabemos aún qué significa estar vivos o solo estamos monitoreando nuestras constantes vitales?
¿Has notado que a veces revisas más la pantalla del teléfono durante una comida que el rostro de quien se sienta frente a ti? Si este texto te hizo pensar en algún hábito cotidiano que podrías mirar con otros ojos, compártela déjanos una reacción para saber que estuviste aquí y sigue la página para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.
Fuente: Husserl, E. (2009). La filosofía, ciencia rigurosa (Trad. M. García-Baró). Ediciones Encuentro. (Trabajo original publicado en 1911 en Logos).

miércoles, abril 22, 2026

Paternalismo de los satisfechos en la actual legalización de migrantes

A lo largo de los años he ido observando esa pose de desmedida satisfacción que produce el paternalismo. Lo he visto hasta la saciedad en la vida. Aprendí desde niño -y más después- a rechazarlo en la Frater, una asociación de los llamados entonces “minusválidos” que rechazaba frontalmente ser llamados “inválidos” y donde exigían hacer por si mismos lo que podían hacer; recuerdo especialmente a Sagrario que siguió trabajando en un taller de camisas aunque la querían jubilar. La Frater ha seguido y hoy exige que se hable de “personas con discapacidad”. Prefieren una rampa a que los lleves en brazos. 


En aquel Seminario al que llegué a los once años esta visión no se reducía sino que se fundamentaba. Estaba toda la teología del Vaticano II desde la perspectiva de la encarnación tan acentuada por aquel Marcelino Legido que con tres doctorados dejaba la Universidad para irse a servir a los pobres. Los otros curas, especialmente Domingo Martín y Antonio Romo defendían lo mismo en realidad aunque no lo explicaran con la brillantez de Legido.


Precisamente con Antonio Romo compartí unos años de juventud en un barrio empobrecido y luchador de Salamanca, Puente Ladrillo, donde llamaban a las asistentes sociales “las moscas de la carne” para ridiculizar su forma de hurgar en la mierda. Pude con ellos reírme del paternalismo y disfruté de estar de su parte en su inteligencia para los engaños, la venta de ropa o la recogida de cartones. En Las Palmas no ha sido distinto. A mí el paternalismo me produce asco. Es así. Me produce un rechazo visceral todo ese mundo del limosneo.


Quien no haya tenido estas experiencias puede recurrir al cine. Recuerden la escena de los Santos Inocentes en que la señorona da limosna con motivo de la Primera comunión del niño. O el trato del señorito que hace que Azarías le termine matando. No he leído que nadie censure moralmente este asesinato que suscita hasta empatía. A mí me parece colosal, aunque menos conocida, la escena en Las cenizas de Ángela (hacia minuto 26) en que ponen a los pobres en fila y los humillan con preguntas y les dan vales para que adquieran alguna cosa de segunda mano: “Es bonito el abrigo que lleva”, “he dicho que hay mucha ignorancia en el mundo” (y todos los pobres se ven obligados a repetir a coro “hay mucha ignorancia en el mundo”), “le daré un vale para una cama de segunda mano”, “los mendigos no eligen” le responde a su petición: “preferiría no dormir en una cama en que haya muerto alguien”. 

A mi esta “legalización” de migrantes me tiene perplejo por la satisfacción que produce el paternalismo. La realidad es que estos migrantes son un chollo para el sistema, para las pensiones, para los señoritos a quienes hacen la cama. La realidad es que es un robo a los países empobrecidos. La realidad es que estos migrantes no van a poder cuidar a sus padres y a veces no van a poder ir ni al funeral. La realidad es que son el viejo “ejército de reserva del proletariado” que, contra su voluntad, son utilizados para bajar los salarios. Sí que hay Jornaleras en Andalucía pero se traen de Marruecos y de América para pagarles menos, para elevar la demanda de empleo y así bajar el precio del trabajo, tratado como mercancía de mercado.


En las películas sobre esclavos se ven claramente dos tipos de esclavistas: los crueles y los paternalistas. Los crueles azotan y maltratan, los paternalistas le sacan el jugo igualmente a los esclavos pero son más suaves. Hasta quizá sea más rentable ser paternalista. La derecha política oficial de España se parece a los esclavistas crueles, la izquierda oficial de España a los esclavistas paternalistas.


Joseph Bouchaud, Hijo de la Caridad, y Fredy Kunz, militante de la JOC, lo aquilataron desde su experiencia: “Si un rico da a un pobre no se trata de compartir, es un reembolso. Si un pobre da a un rico, no es compartir, es servidumbre.  Compartir es un don que exige un sacrificio y que realizan mutuamente dos hombres que se saben hermanos. Compartir es una comunión. El compartir de dos pobres es la única manera de ayuda que valora a quien la recibe y a quien la da.” 


¡Si me están pisando también yo prefiero ese paternalismo a la crueldad! ¡Lógico! Pero no creamos que esto es solidaridad. Los partidarios de esta legalización no debían -creo- sacar tanto pecho. Deberían recordar aquellas palabras, qujzá no literales, de san Vicente de Paul en una de sus biografías: “Háganse perdonar la sopa que dan”. Ni el Gobierno de España ni los empresarios están en clave de solidaridad. Están en clave de negocio, en clave de explotación. Paternalista pero explotación. ¡No nos chiflemos!

Puede verse entera: http://ok.ru/video/7377201269259


martes, abril 21, 2026

REFLEXIONAR PARA VIVIR


25/ Concepción Arenal: Feminismo en el XIX   
24/ Traumatóloga Geek: Napoleón murió por la decoración
23/ Traumatóloga Geek: Madame Curie
22/ Antropóloga de mamás: ¿Por qué no tenemos más hijos?
21/ Traumatóloga Geek: Vivien Thomas, el cirujano negro que no podía operar
20/ Joan Ramón Laporte: Medicalización
19/ Isabel Saavedra: Vivienda y mercado
18/ Traumatóloga Geek: Jacinto Convit y la lepra
17/ Irene Vallejo: El amor (Cristina Peri Rosi)
16/ Gian Luca y abuela María: Despedida de un migrante
15/ Paula Fraga: Postureo negocio de Bad Bunny
14/ Traumatóloga Geek: ¿Y la abuela murió por la cadera rota o por la cama recetada?
13/ Francesco Tonucci:  El placer del juego
12/ Victoria Camps: ¿Son fascistas los jóvenes de hoy?
11/ David Jiménez: En la trinchera en Afganistan se pasa mal, pero en despacho de director de periódico si quieres contar la verdad tampoco se pasa bien.
10/ Cristina López Schlichting: El párroco de Adamuz
9/ Rafa Pascual, Bombillas y obsolescencia programada
8/ Traumatóloga GEEK, El científico que rompió el cheque
7/ Jesús Quintero: "Con el tiempo..."
6/ Candela Antón: "Cerebro maternal"
5/ Revolución Crianza
 4/ Microquimerismo materno fetal y Dios 3/ 1550
2/ No se dice

1/ M. Foucault: ¿Por qué se enseña a obedecer?

domingo, abril 19, 2026

Los discípulos de Emaus (Pascua III, A,B,C)





Eduardo Sanz de Miguel, ocd

El relato de los discípulos de Emaús, que se lee hoy en misa, muestra una paradoja de la vida espiritual: los discípulos caminaban junto a Jesucristo, pero no lo reconocían. No estaban ciegos, sino condicionados por sus recuerdos del pasado. Habían conocido a Jesús como maestro, y esperaban que el Mesías actuara de un modo concreto (como rey poderoso). Cuando el Resucitado se acercó a ellos como un sencillo caminante, su memoria se convirtió en un velo. Solo cuando escucharon de nuevo las Escrituras y lo reconocieron al partir el pan comprendieron que Dios puede hacerse presente de formas siempre nuevas, más allá de nuestras expectativas.

La enseñanza de Juan de la Cruz ayuda a comprender esta experiencia. El santo explica que la memoria debe purificarse por la virtud de la esperanza: no se trata de olvidar lo vivido, sino de no quedar prisioneros de ello. Si esperamos que Dios actúe siempre como lo hizo en el pasado, corremos el riesgo de no reconocer su presencia en el presente. Dios nunca se repite; siempre se adapta a nuestra situación concreta y nos sale al encuentro de maneras nuevas. Cuando el corazón se libera del apego a sus recuerdos, recupera la capacidad de asombro y descubre que el Resucitado sigue caminando con nosotros en el presente de nuestra vida. 

ENCUENTRO DE EMAUS
(Lc. 24,13-35)
Manuel Velazquez Martín

Después de la muerte de Jesús, dos de sus discipulos, para sanar las heridas del dolor y del olvido, se dirigen a la aldea de Emaus buscando un sitio tranquilo, lejos de Jerusalén, la gran ciudad que asesina a los Profetas...

Ellos habían confiado en que Jesús sería el liberador de Israel y se habían comprometido con su causa... pero el escándalo de la cruz los había derrumbado... y habían perdido la fe y la esperanza.

Ahora se encuentran tristes y desolados, huyendo de la angustia y el fracaso... discutiendo entre ellos y enredados en un laberinto, sin salida... 
Quisieran olvidar... pero no pueden... 
Por eso quizás andan buscando, un lugar apartado para el descanso y para un retiro sanador.... 

Pero las profundas heridas del alma no se curan fácilmente con desplazamientos o con simples descansos vacacionales... ni tampoco el paso del tiempo, lo puede curar todo, como dicen algunos...
Hay desgarros que necesitan  un tratamiento bastante más eficaz.

Por eso, el mismo Jesús resucitado, medicina de Dios para este mundo, se pone a caminar a nuestro lado, sin ser reconocido, y nos pregunta de que vamos hablando por el camino. 
Porque el camino de Emaus es también nuestro camino... el camino de nuestro propio corazón, tantas veces herido, desencantado y encerrado en sí mismo.

Mientras caminamos tristes Él se acerca a nosotros respetuoso y nos pregunta interesado por nuestras dudas, temores y desánimos...
Y a través 
- de su cálida Palabra, desbloquea nuestra mente...
Y a través 
- de la fracción del Pan, hace caer la venda de nuestros ojos  para que le podamos reconocer. 

Y esta impronta que nos deja Jesús es la clave de la experiencia pascual de aquellos discípulos y de cada uno de nosotros.
Por eso, aunque la Vigilia Pascual tenga un día señalado en el calendario, el encuentro real de cada uno de nosotros con el Resucitado, tiene su propio momento:
Hay quien no pudo esperar a que amaneciera para andar buscando en el sepulcro al despuntar la aurora del día primero de la semana, como María Magdalena ... y hay quien, con una gran sensación de fracaso, como estos dos de Emaus, se van de retirada con sus esperanzas rotas.

Pero a todos nos llega el momento... porque Jesús 
- a todos nos busca y
- a todos nos alcanza.
A todos nos llega el momento de salir de nuestros miedos para empezar a "ver" con los ojos del corazón y aprender a descubrir la realidad de cada día, con los ojos de Jesús... y salir corriendo, para contarlo a los demás. 

Y quisiera terminar mi reflexión, pidiendo que miréis con atención, la reproducción del muralista Manuel Ruiz Ortega, que pongo al final del texto, en la que os destaco varios detalles significativos. 
En primer lugar, podéis  observar como la escena está definida por dos grandes diagonales de luz que parten de la figura de Jesús y de la luz solar que entra por el ventanal.
Es el momento en que Jesús 
pronuncia la bendición y parte el pan... y también el momento en que ellos lo reconocen.
Por otro lado, Cleofas, el único del que sabemos su nombre, tiene su mano en el corazón para indicar que ha prendido en él el fuego del Espíritu a través de su Palabra y con una postura de gran dinamismo, con el gesto de su pie izquierdo, que indica 
que se está levantando de la mesa, para salir corriendo. 
Y por último, el otro discípulo, que no tiene nombre, que viene a ser como, una invitación a que el observador se identifique con él... y que sintamos  que somos, cada uno de nosotros ese personaje y  que llenos de asombro, sentados con las manos abiertas al misterio, en la mesa de cada eucaristía...
Y dispuestos siempre a desandar el camino del desanimo para dar testimonio de Jesús resucitado, llenos de alegría y de entusiasmo.



Resucitados
Lidia

Si nos anclamos al pasado, no avanzamos. encuentro un símil como madre. Cuando los hijos crecen, esperamos que sigan siendo niños, aunque hayan crecido y tengan su propia forma de ser. 

No hay más ciego que el que no quiere ver, aún teniendo la verdad ante  nuestros ojos

Como decía el
Principito: sólo se puede ver bien con el corazón. 
Lo que nuestra cabeza sabe lo ha de asimilar nuestro corazón para adaptarnos a la nueva situación.

Y adaptarnos a la nueva situación es como una resurrección.

El momento de partir el pan es clave, es el momento en que reaccionan, para adaptarse a la nueva situación. Como decía Piaget, es como un proceso de adaptación: asimilación-acomodación ( a la nueva realidad), para que se produzca un equilibrio.
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domingo, abril 12, 2026

También nuestros enemigos son sacramento

Tomás Martín/www.solidaridad.net

La idea del otro como sacramento responde a la intuición profunda de que la presencia del otro —su rostro, su palabra, su vulnerabilidad— puede convertirse en un espacio donde se transparenta lo esencial, lo divino, lo verdaderamente humano. Entre todas las formas en que ese otro se nos presenta es en el rostro del pobre donde esta dimensión sacramental se revela con una particular contundencia. Allí, en los más necesitados, frágiles, descartados y empobrecidos, el misterio se hace casi visible. Esta afirmación se sitúa en continuidad con la tradición bíblica y eclesial que reconoce que el Dios cristiano se revela en la historia concreta «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). El papa Francisco nos recuerda que «En cada pobre está presente Cristo mismo» (EG 197).

La solidaridad no aparece con un gesto ocasional, sino una forma estable de relación, profundamente vinculada a la dignidad del otro. El pobre se convierte así, en cuanto sujeto y no como mero receptor, en un lugar privilegiado de promoción humana y espiritual. Y ahora nos preguntamos: ¿Qué ocurre cuando ese otro, que decimos sacramento, aparece bajo formas que no elegimos ni deseamos? ¿Y si se presenta cómo adversario que desafía? ¿Y si su rostro no despierta compasión, sino rechazo, temor e incluso hostilidad?

El enemigo es prójimo que nos interpela

Si creemos que la alteridad es sacramento, el enemigo lo es en toda su amplitud. Este artículo quiere adentrarse ahí, en esa frontera donde el otro deja de ser cómodo y se convierte en desafío; donde la espi- ritualidad se mide no en ideas, sino en decisiones y miradas concretas.

Reconocer al enemigo como sacramento no signifi- ca negar la injusticia ni suspender la responsabilidad histórica. La tradición cristiana nunca ha identificado misericordia con pasividad. Por el contrario, la Escritura muestra una constante tensión entre el amor al enemigo y la denuncia profética del mal. Jesús ama a quienes lo persiguen, pero no deja de desenmascarar la hipocresía y la opresión (Mt 23).

El fundamento de esta tensión es teológico: la dignidad de la persona no se anula por el conflicto, porque está arraigada en la creación misma: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). Esta imagen permanece incluso cuando se oscurece por el pecado personal o estructural.

Por eso, la tradición eclesial ha insistido en que la acción cristiana en el mundo no puede reducirse a gestos aislados ni a prácticas tranquilizadoras de conciencia. La fe, especialmente en la vocación laical, está llamada a encarnarse en la transformación de la realidad histórica. El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad al afirmar que «corresponde a los laicos ordenar los asuntos temporales según Dios» (LG 31).

En este marco, el enemigo no es solo una figura interpersonal, sino también social, política y estructural. Reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia, sino luchar por ella sin perder el hori- zonte evangélico.

Aquí puede hablarse con propiedad de caridad política, entendida como la forma social y estructu- ral del amor cristiano. El papa Francisco lo expresa con claridad cuando afirma que la caridad auténtica implica una apertura a la vida social, económica y política y busca cambiar las causas que producen pobreza, desigualdad y descarte (Fratelli Tutti 180-182).

El enemigo sacramento de máxima exigencia

Si la sacramentalidad del otro solo se reconoce allí donde hay cercanía o vulnerabilidad queda in- completa. Es precisamente en el enemigo donde esta categoría alcanza su máxima exigencia. El enemigo es sacramento límite: aquel que pone a prueba si creemos realmente que Dios actúa en la historia y no solo en los espacios protegidos de la religiosidad.

La cruz constituye aquí la clave definitiva. Jesús no muere rodeado de amigos, sino enfrentado a la violencia, la incomprensión y la traición. Y desde ese lugar pronuncia unas palabras que abre un horizonte nuevo: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen» (LC 23, 24).

La presencia del enemigo pone a prueba la pro- fundidad de nuestra fe y la coherencia de nuestra mirada. San Agustín decía que «el enemigo no debe ser amado por su conducta, sino por su condición de persona» (Sermón 48, 7).

La alteridad conflictiva posee una capacidad reve- ladora. El enemigo no solo nos dice algo de sí mismo; revela algo de nosotros. Ante él emergen nuestras reacciones más inmediatas: el miedo, la ira, la rapidez con la que justificamos la exclusión.

El Evangelio nos propone, no una fe de segurida- des, sino una fe de fidelidad capaz de sostenerse in- cluso cuando desaparecen las evidencias favorables, y en los escenarios de tensión y conflicto, o sea, cuando el enemigo está presente.

Hacia una visión de fe del enemigo

Reconocer al enemigo como otro, como sacra- mento del encuentro con Dios, constituye uno de los desafíos para una teología encarnada. No se trata de una afirmación marginal ni de un añadido piadoso, sino de una consecuencia directa de la lógica de la encarnación: si Dios ha querido habitar en la historia humana sin condiciones previas, entonces ningún rostro queda definitivamente excluido del ámbito donde puede acontecer el encuentro con Él.

Esta convicción exige una fe de fidelidad, más que una fe apoyada en seguridad religiosa o consensos sociales. La vida cristiana transcurre en una tensión permanente «no os acomodéis a este mundo, sino transformaos» (Rm 12, 2). En este proceso de trans- formación, el enemigo aparece como una figura que pone a prueba la solidez de nuestras opciones, obli- gándonos a discernir si nuestra relación con el otro se funda en el Evangelio o en la autodefensa.

Desde esta perspectiva, la sacramentalidad del enemigo no debilita el compromiso histórico, sino que lo profundiza. La solidaridad, entendida no como mera empatía sino como opción estable por la dignidad del otro, se amplía hasta incluir también los espacios de conflicto. Del mismo modo la promoción de la persona no puede limitarse a contextos favora- bles, sino que ha de sostenerse allí donde la relación se vuelve más difícil y tensa. A este respecto san Juan Crisóstomo decía «amar al enemigo es más grande que amar al amigo, porque en él se prueba la pureza del amor (Homilía sobre Mateo 33, 3) y san Agustín afirma «odia el pecado, ama al pecador; el enemigo no deja de ser hermano en humanidad» (Comenta- rios sobre salmos 140, 2).

El enemigo, entendido también en su dimensión social y estructural, se convierte así en un lugar de discernimiento eclesial, reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia ni diluir la denuncia profética; significa más bien, sostener el compromiso de transformación sin reproducir la lógica de exclu- sión que se pretende superar.

Desde aquí, la sacramentalidad del otro, también cuando es enemigo, se revela como criterio de auten- ticidad de la fe cristiana. No se verifica en declara- ciones de principios, sino en la capacidad de integrar contemplación y acción, misericordia y justicia, fe y responsabilidad histórica.

Queda así abierta una tarea que no se agota en este artículo: discernir cómo vivir hoy una fe fiel al Evangelio en medio del conflicto, cómo sostener la solidaridad cuando se vuelve costosa, cómo promo- ver la dignidad humana y cómo ejercer una caridad política que transforme la realidad sin perder el rostro del otro.

Es en este espacio donde la fe cristiana se juega su credibilidad y donde el enemigo puede convertirse en uno de los lugares más exigentes y reveladores del encuentro con Dios.