domingo, abril 19, 2026

Los discípulos de Emaus (Pascua III, A,B,C)





Eduardo Sanz de Miguel, ocd

El relato de los discípulos de Emaús, que se lee hoy en misa, muestra una paradoja de la vida espiritual: los discípulos caminaban junto a Jesucristo, pero no lo reconocían. No estaban ciegos, sino condicionados por sus recuerdos del pasado. Habían conocido a Jesús como maestro, y esperaban que el Mesías actuara de un modo concreto (como rey poderoso). Cuando el Resucitado se acercó a ellos como un sencillo caminante, su memoria se convirtió en un velo. Solo cuando escucharon de nuevo las Escrituras y lo reconocieron al partir el pan comprendieron que Dios puede hacerse presente de formas siempre nuevas, más allá de nuestras expectativas.

La enseñanza de Juan de la Cruz ayuda a comprender esta experiencia. El santo explica que la memoria debe purificarse por la virtud de la esperanza: no se trata de olvidar lo vivido, sino de no quedar prisioneros de ello. Si esperamos que Dios actúe siempre como lo hizo en el pasado, corremos el riesgo de no reconocer su presencia en el presente. Dios nunca se repite; siempre se adapta a nuestra situación concreta y nos sale al encuentro de maneras nuevas. Cuando el corazón se libera del apego a sus recuerdos, recupera la capacidad de asombro y descubre que el Resucitado sigue caminando con nosotros en el presente de nuestra vida. 

ENCUENTRO DE EMAUS
(Lc. 24,13-35)
Manuel Velazquez Martín

Después de la muerte de Jesús, dos de sus discipulos, para sanar las heridas del dolor y del olvido, se dirigen a la aldea de Emaus buscando un sitio tranquilo, lejos de Jerusalén, la gran ciudad que asesina a los Profetas...

Ellos habían confiado en que Jesús sería el liberador de Israel y se habían comprometido con su causa... pero el escándalo de la cruz los había derrumbado... y habían perdido la fe y la esperanza.

Ahora se encuentran tristes y desolados, huyendo de la angustia y el fracaso... discutiendo entre ellos y enredados en un laberinto, sin salida... 
Quisieran olvidar... pero no pueden... 
Por eso quizás andan buscando, un lugar apartado para el descanso y para un retiro sanador.... 

Pero las profundas heridas del alma no se curan fácilmente con desplazamientos o con simples descansos vacacionales... ni tampoco el paso del tiempo, lo puede curar todo, como dicen algunos...
Hay desgarros que necesitan  un tratamiento bastante más eficaz.

Por eso, el mismo Jesús resucitado, medicina de Dios para este mundo, se pone a caminar a nuestro lado, sin ser reconocido, y nos pregunta de que vamos hablando por el camino. 
Porque el camino de Emaus es también nuestro camino... el camino de nuestro propio corazón, tantas veces herido, desencantado y encerrado en sí mismo.

Mientras caminamos tristes Él se acerca a nosotros respetuoso y nos pregunta interesado por nuestras dudas, temores y desánimos...
Y a través 
- de su cálida Palabra, desbloquea nuestra mente...
Y a través 
- de la fracción del Pan, hace caer la venda de nuestros ojos  para que le podamos reconocer. 

Y esta impronta que nos deja Jesús es la clave de la experiencia pascual de aquellos discípulos y de cada uno de nosotros.
Por eso, aunque la Vigilia Pascual tenga un día señalado en el calendario, el encuentro real de cada uno de nosotros con el Resucitado, tiene su propio momento:
Hay quien no pudo esperar a que amaneciera para andar buscando en el sepulcro al despuntar la aurora del día primero de la semana, como María Magdalena ... y hay quien, con una gran sensación de fracaso, como estos dos de Emaus, se van de retirada con sus esperanzas rotas.

Pero a todos nos llega el momento... porque Jesús 
- a todos nos busca y
- a todos nos alcanza.
A todos nos llega el momento de salir de nuestros miedos para empezar a "ver" con los ojos del corazón y aprender a descubrir la realidad de cada día, con los ojos de Jesús... y salir corriendo, para contarlo a los demás. 

Y quisiera terminar mi reflexión, pidiendo que miréis con atención, la reproducción del muralista Manuel Ruiz Ortega, que pongo al final del texto, en la que os destaco varios detalles significativos. 
En primer lugar, podéis  observar como la escena está definida por dos grandes diagonales de luz que parten de la figura de Jesús y de la luz solar que entra por el ventanal.
Es el momento en que Jesús 
pronuncia la bendición y parte el pan... y también el momento en que ellos lo reconocen.
Por otro lado, Cleofas, el único del que sabemos su nombre, tiene su mano en el corazón para indicar que ha prendido en él el fuego del Espíritu a través de su Palabra y con una postura de gran dinamismo, con el gesto de su pie izquierdo, que indica 
que se está levantando de la mesa, para salir corriendo. 
Y por último, el otro discípulo, que no tiene nombre, que viene a ser como, una invitación a que el observador se identifique con él... y que sintamos  que somos, cada uno de nosotros ese personaje y  que llenos de asombro, sentados con las manos abiertas al misterio, en la mesa de cada eucaristía...
Y dispuestos siempre a desandar el camino del desanimo para dar testimonio de Jesús resucitado, llenos de alegría y de entusiasmo.



Resucitados
Lidia

Si nos anclamos al pasado, no avanzamos. encuentro un símil como madre. Cuando los hijos crecen, esperamos que sigan siendo niños, aunque hayan crecido y tengan su propia forma de ser. 

No hay más ciego que el que no quiere ver, aún teniendo la verdad ante  nuestros ojos

Como decía el
Principito: sólo se puede ver bien con el corazón. 
Lo que nuestra cabeza sabe lo ha de asimilar nuestro corazón para adaptarnos a la nueva situación.

Y adaptarnos a la nueva situación es como una resurrección.

El momento de partir el pan es clave, es el momento en que reaccionan, para adaptarse a la nueva situación. Como decía Piaget, es como un proceso de adaptación: asimilación-acomodación ( a la nueva realidad), para que se produzca un equilibrio.
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