lunes, agosto 31, 2020

La falsa frontera que separa el “dentro” y “fuera” de la familia

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano
Lo que pasa en el mundo nos afecta como familia. Hoy lo vemos claramente. Un virus, que comienza en China hace unos pocos meses, y la respuestas que dan los gobiernos de los distintos niveles de la administración,
hacen que tengamos que permanecer en nuestras casas confinados, sin poder acudir a nuestros trabajos, ni, en muchos casos, acompañar a nuestros familiares en su muerte y en su entierro. Se cierran empresas, se pierden empleos… Parece claro que el mundo influye sobre la familia.
Pero también sucede al revés. Lo que hacemos como familia afecta al mundo que nos rodea. Si decidimos saltarnos el confinamiento y salir a dar un paseo, o incumplir las medidas de higiene recomendadas para evitar la propagación del virus, eso, afecta al resto del mundo.
No hay una frontera tan nítida, como a veces pensamos, entre lo que pasa de puertas para fuera del hogar y lo que pasa de puertas para dentro. No hay un “fuera” y un “dentro” tan claro como muchos proclaman. Hay interrelación.
Cuando ignoramos esta interrelación y pretendemos reafirmar esa falsa frontera entre “dentro” y “fuera” de la familia, caemos en una especie de privatización de la familia. Muchas veces esto se hace con la intención de
“blindar” la familia de lo que pasa fuera. Esperamos que la familia sea un remanso de paz, de autenticidad.
Queremos convertir la familia en una especie de oasis en el que sus miembros viven protegidos del peligroso desierto de la sociedad. En la sociedad estaría la competitividad, el conflicto, la tensión…
Esperamos que la corrupción y la falsedad del mundo no pasen al interior de la familia. Vemos la política como el más claro ejemplo
de corrupción y falsedad. Y tratamos de mantenernos alejados de la política.
Cuando vivimos así la familia, de repente descubrimos que, lo que creíamos que era un oasis, está afectado por ese “desierto” del mundo y la política del que hemos intentado mantenernos alejados. Lo que sucede con nuestros empleos, la forma de enterrar a nuestros seres queridos, dónde pasamos nuestros días... viene decidido por aquello de lo que hemos decidido “protegernos”: la política.
Nos equivocamos al alejarnos de la política. Porque el ser humano es un ser político. Hay quien dice que es un ser social. Las abejas son seres sociales. Las abejas conviven y se organizan, en esencia, de la misma manera que lo hacían hace 500 años. No tienen conciencia de su historia ni de su forma de organizarse. El instinto rige su comportamiento.
La organización de los seres humanos es muy distinta a lo que era hace, no ya 500 años, sino 50. El ser humano evoluciona en su organización social y es capaz de reflexionar sobre esa misma organización y transformar las leyes que rigen las relaciones sociales. Eso le convierte en un ser político. Sólo el hombre es una animal político por estas dos razones: porque tiene conciencia de su historia y del derecho.
Dos realidades son necesarias para el crecimiento del ser humano: la familia y la comunidad política. Nacemos en el seno de una familia, que nos influye y a la que necesitamos para recibir el cuidado y el amor que precisamos. Y nacemos en medio de una organización política determinada, que nos influye y a la que necesitamos para crecer y recibir la educación, la sanidad, las infraestructuras… que precisamos. Renunciar a una de ellas nos deja cojos.
Trabajar desde la política para hacer del mundo un lugar mejor es trabajar por la familia. Por la propia y por todas las demás. También por aquellas a las que no conozco. Hacer de la familia un lugar mejor, es hacer del mundo un lugar mejor, pero de eso hablamos más habitualmente en estas páginas.

domingo, agosto 30, 2020

¿TERRAZAS SÍ Y ACTOS SOCIALES Y RELIGIOSOS NO?


El gobierno de Canarias ha prohibido los actos con más de 10 personas. Así, sin distinguir las farras nocturnas de los actos solidarios. Las farras son las que han desbocado el virus mientras los actos sociales realizados con todas las medidas y precauciones no han generado ningún problema y aportan serenidad, paz y esperanza. Aunque el poder no lo crea el ser humano es más que un amasijo biológico. De hecho, sacan los votos precisamente de ahí: de los ideales de quienes les votan.

Por la noche me di una vuelta por Triana-Vegueta y supongo que más de lo mismo podría encontrar por Puerto-Canteras. Y vi terrazas con hasta 40 personas. Con alcohol, comida, carcajadas, gritos y sin mascarilla. ¿Esto es menos peligroso que 10 personas moviéndose ordenadamente en la catedral y con intercambios sonoros contenidos? ¿Esto es menos peligroso que una reunión para dialogar de los problemas de todos? 

Lo que pasa es que aquí -además de una pandemia- hay un lobby y un dios Baco. El lobby de la fiesta manda. Y el dios del fiestorro también. Y no nos vengan con el cuento de que los currantes del turismo comen gracias a los del fiestorro. No creemos que Canarias viva del turismo. Los lobbys canarios del turismo requeteviven y los currantes del turismo sobreviven; requetevivir y sobrevivir no es lo mismo, no los metan en el mismo saco. Ahí están las cifras de paro en los mejores momentos del turismo, las horas extra y las enfermedades laborales. 

Cómplices del poder económico tenemos a un Gobierno autonómico que dice ser de izquierda y es más bien un esbirro del capital y del consumismo. Hubo una izquierda moral con campañas antialcohol, con Casas del pueblo, con Bibliotecas. Sí, la hubo, sí y sobrevive todavía entre sus bases y votantes. Hubo una izquierda que el acto europeo por la paz más importante contra la Primera Guerra Mundial lo celebró en una catedral. Hubo un Besteiro, socialista, que prohibió retiraran el Crucifijo de su despacho de Presidente del Congreso. Hoy, desde sus miserias morales, esta falsa izquierda golpea a las pobres gentes que quieren ir a Misa. Y lo hacen porque ya no son de izquierdas o simplemente por estupidez.

Sin embargo me alegro. Sí, me alegro. Me alegro porque si nos hacen esto, si nos prohíben Misas de más de 10 personas, mientras permiten que sigan las terrazas, es porque la Iglesia no somos un lobby. Cuando los pobres vienen a Caritas frecuentemente no saben que la mayor parte de las parroquias tenemos más bien poco. Si el poder nos ningunea, si el poder nos toca las narices quizá es porque ya seamos pobres aunque no nos hayamos casi enterado. Me alegra, me alegra mucho más esto que cuando nos dan premios; ya dijo alguien que la adulación es la antesala de la deslealtad.

Eugenio A. Rodríguez


jueves, agosto 27, 2020

“La esencia de la educación es la complicidad”

Enrique Martínez, impulsor de Coordinadora de Barrios, denuncia la “judicialización” del sistema educativo

Enrique Martínez Reguera, exeducador en casas tuteladas de Madrid. JENIFER SANTARÉN


Enrique Martínez Reguera (La Coruña, 84 años), filósofo, psicólogo, profesor, humanista, es desde hace años un referente esencial en España para quienes buscan construir otras formas de tratar con niños y adolescentes, tanto en la escuela reglada como en entornos marginales. Autor de más de treinta libros (Cachorros de nadie, La calle es de todos...), fue pionero en el establecimiento de hogares de acogida en Madrid en los años 70. Junto con otros trabajadores con similares inquietudes, fundó Escuela de Marginación y la asociación Coordinadora de Barrios, dedicada al acompañamiento de niños en riesgo de exclusión, cuyo éxito en Vallecas encontró resonancia en Murcia, Valencia, Asturias, País Vasco... De Escuela de Marginación también existe una red en toda España. Le gusta decir que “necesitamos recuperar el sentido común en estricto sentido: sentir la propia vida y ponerla en común con los demás”.

¿Se está educando bien?

La esencia de la educación es la complicidad: el adulto y el niño deben tener intereses comunes, porque si son divergentes los chavales inmediatamente generan mecanismos de defensa, y así es imposible que el mensaje llegue.



domingo, agosto 23, 2020

“Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz”

De niño me enfadé mucho con Dios y firmé un pacto íntimo y secreto. Algo así como “de acuerdo, si tengo que vivir en medio de estas circunstancias, lo haré, pero pagarán por ello”. Se trata de un contrato de desamor con el mundo, algo muy común.

¿Qué le ocurrió?

A mi madre la asesinó su amante. Yo tenía 7 años. Mi padre me sentó en sus rodillas y me dijo: “Tu madre se acabó”. Me comí un pañuelo y estuve un mes sin hablar.

El alma infantil es como plastilina, las cosas impactan como meteoritos, su razonamiento no es el del adulto. Obviamente, yo quería matar al asesino, pero se suicidó. Me quedé con esa carga de rabia y de desamparo dentro.

¿Sin refugio?

Tenía a mi abuela materna. Pero al cabo de cinco años encontró una granada de la Segunda Guerra Mundial que le explotó en las manos. Crecí con esos golpes que te hacen ver que lavida no es nada, es sólo ahora, y que tiene una dimensión violenta.

¿Qué fue de usted?

Viví sin rumbo. A mi padre apenas lo conocía y le temía. En el colegio me sentía distinto porque ellos tenían madre y yo no. Esa exclusión del club de los normales me dolía muchísimo.

¿Cómo transitó por la adolescencia?

Abandoné los estudios y me fugué a la montaña. Me hice pastor de ovejas. Durante diez años viví con mi pareja en una finca en ruinas, y allí tuvimos dos hijas que crecieron entre corderos, sin electricidad, sin agua caliente: una vida arcaica. Pero mi dolor y mi locura no cejaron. Yo era un tipo violento.

¿Y quiso ser payaso?

Era otro de mis sueños. Mi madre pintaba payasos. Viajé muchísimo por el mundo con Pa-yasos sin Fronteras y me di cuenta de que todos lloramos y reímos en el mismo idioma.

Y usted ¿aprendió a reír?

Por mi viejo contrato con Dios entendí muy pronto que la vida es algo muy serio y que hay un monstruo que si eres demasiado feliz se despertará porque duerme con un ojo abierto. Me costó más de diez años de actuaciones permitirme reírme de mí mismo.

¿Aconteció de repente?

Sí, en un momento del espectáculo me rendí a la felicidad del público y así me rendí a la mía propia, reí, solté el control, acepté... Fue revelador, y empecé a trabajar con Claudio Naranjo en los programas terapéuticos SAT que se imparten por medio mundo, creé Clown Esencial.

¿La terapia del payaso?

Sí, un espacio para celebrar juntos nuestra torpeza e inutilidad –este tragicómico intento de ser nosotros mismos–, para mirarnos sin culpas ni prejuicios protegidos por una nariz roja, y así desacralizar nuestra insignificante seriedad y transformar nuestro pasado en patrimonio.

Transformó su dolor en arte.

Sí, y ese arte me hacía tener un lugar en el mundo. Todos queremos pertenecer. Y tenemos derecho a ser inútiles. Yo creo que estamos muy enfermos de una santa seriedad, un altar en el que sacrificamos mucha espontaneidad y dulzura. Somos mucho más amorosos de lo que nos mostramos.

Forma parte de nuestra torpeza.

Sufrimos mucho más por no poder amar lo suficiente que por no ser amados lo suficiente. En realidad, todo se reduce a amor y dolores de amor. Castramos nuestra sensualidad, amorosidad, nuestra capacidad de gozo..., y lo hacemos con sumo esfuerzo.

Un sinsentido.

Es legítimo que queramos ser grandes, pero es muy cansado. Cuando celebramos nuestra pequeñez nos hacemos grandes de una forma más espléndida y más relajada, y no hacemos pagar al mundo nuestro esfuerzo. Mi trabajo es celebrar la condición tragicómica de la vida.

Es necesario reparar el amor a uno mismo.

Confundimos amarnos con ser orgullosos,cuando querernos a nosotros mismos es un acto de profunda humildad: ver lo que hay dentro y reconsiderarse. Pero anida en nosotros un cansancio íntimo, casi vergonzoso, que aflora cuando nos quitamos el maquillaje del personaje de la vida social, profesional o familiar.

...

Hay un anhelo de ser nosotros mismos, sin tanto esfuerzo ni requisito, ser sin aparentar, existir sin tener que pagar nada a cambio, pero no alcanzamos ni para querernos a nosotros mismos y nos pasamos la vida pidiendo a otros que nos quieran. Vivimos llenos de autoexigencia.

Agotador.

El público ríe o llora con el clown porque se reconoce. Nos igualan nuestras imperfecciones, no nuestras grandezas. Yo soy consciente de que tengo un perro feroz dentro y otro bondadoso que despierta cada mañana dispuesto, y hay que ayudarle.

¿Cómo?

Reconociéndolo. Yo soy un torpe patético que tiene derecho a una vida buena... Hay una frase hermosa de Yvan Audouard: “Bienaventurados los fracturados porque dejan pasar la luz”.

¿Reivindica el derecho a la torpeza?

Sí, a la inutilidad, a no servir para nada y no ser condenado por ello. Colocarse la nariz es justamente brillar desde la propia inadecuación social, física o intelectual. Comunicar nuestro desamparo frente a la complejidad del mundo es más constructivo que maquillarlo.

miércoles, agosto 19, 2020

Cuando Cáritas intentaba salir del asistencialismo



Hacia 1978 llegó a su cenit el intento frecuente en Cáritas de salir del asistencialismo. Luego ha ido a más. Toda la batalla en torno al sí o no a la Renta Básica no deja de ser una batalla sobre asistencialismo.

Hoy casi han claudicado. Entonces los esfuerzos fueron ingentes. No era casualidad. ¿De dónde venían estos aires de renovación en Cáritas que incluían giro ideológico? Los lazos de Cáritas con gentes provenientes del movimiento obrero, la aplicación del concilio Vaticano II, la tarea de los sacerdotes que se habían puesto al día y desligado de la Dictadura, realidades en los seminarios como los grupos de Jesús Obrero, talleres misioneros y un largo etcétera de realidades solidarias.

La redacción es del teólogo y Secretario General de Cáritas en aquellos años, Luis González Carvajal. A algunos Delegados episcopales les he regalado una fotocopia. Fueron miles y miles de ejemplares, tengo la Décima edición pero, ¡nada! ¡ha desaparecido de las bibliotecas! Esta página es quizá la perla mejor pero todo el folleto es de más interés que todas las ambigüedades del carísimo Foessa de estos años, muy diferente del Foessa de aquellos.

lunes, agosto 10, 2020

PEGUY: PORNOGRAFÍA DE SALÓN

Cada vez más, de año en año, el
gran público se abandona, y es abandonado a todas las bajezas. (...) Y no me refiero a la pornografía de las muchedumbres, acerca de la cual nuestros moralistas hacen tanto ruido (...), sino a lapornografía elegante y sociable, a la pornografía mundana, a la pornografía de salón, del rincón junto a la chimenea, a todo lo mundanal, barbarie infinitamente peor y mucho más peligrosa que la misma obscenidad. Y de aquello en lo que se han convertido las costumbres políticas, parlamentarias, electorales, de la corrupción política, es mejor no hablar.(...)
Nadie piensa en ocultarlo, que hay un desorden creciente y sumamente inquietante. Y no, desde luego, un desorden aparente, una dificultad de fecundidad, que recubre un nuevo orden que viene, sino un desorden real de impotencia y esterilidad. nadie niega ya ese desorden, el desconcierto de los espíritus y de los corazones, la miseria que viene, el desastre que amenaza. La desbandada." (Charles Péguy. El frente está en todas partes. Editorial Nuevo Inicio)

lunes, agosto 03, 2020

A MAS AMOR MENOS MIEDO. COMPETIR O COOPERAR


IBONE OLZA

Competir o cooperar. Confiar o temer. Compartir o pelear.  Acompañar o aislar. Al final solo hay dos estados: amor o miedo, y el uno es la ausencia del otro. A más amor, menos miedo. A más miedo, menos amor. (Abuela Margarita dixit).


Simplificando mucho esas son las disyuntivas, las opciones, las decisiones vitales, siempre, en todo momento, cada día, pero ahora es urgente recordárnoslo.  Durante mucho tiempo, tal vez siglos, nos creímos el cuento de que la evolución de las especies era gracias a la competición, que solo los mejores lograban reproducirse, que todo era una lucha, una batalla, una pelea constante.  Pero, poco a poco, hemos ido descubriendo que es justo al revés. Que la evolución parte de la cooperación entre especies y entre individuos. Que la oxitocina, la hormona que facilita la propagación y reproducción de la vida, se libera en el contacto, en el mirarse a los ojos, en las caricias y en los abrazos. Qué estamos hechos para el amor, la amistad, la alegría, el bienestar y el placer. Que la empatía, la compasión, la solidaridad y el consuelo son la base del desarrollo social humano, que nuestro cerebro es social y nuestra inteligencia sobre todo el resultado de esa sociabilidad, del lenguaje que se construye desde la primera interacción entre cada recién nacido y su madre. Que, igual que los espermatozoides no compiten, sino que colaboran para fecundar al óvulo, la naturaleza y la vida florecen al máximo esplendor en la cooperación.


La pandemia nos lo está recordando. Están pasando muchas cosas simultáneamente, unas tienen que ver con el amor y otras con el miedo. Creo que las primeras las estamos contando poco, habría que visibilizarlas mucho más. Amar es cuidar, es escuchar, es acompañar y consolar y cooperar. Lo estamos viendo, está pasando: miles de personas lo están haciendo a diario. Verlo nos emociona, se nos saltan las lágrimas, bendita emoción y empatía.


El sistema del miedo, el del estrés y el cortisol, es opuesto al de la oxitocina. Está pensado para garantizar la supervivencia individual en situaciones de máximo peligro, pero no a largo plazo. Si se mantiene el miedo se genera un agotamiento, un desgaste brutal, el camino hacia la enfermedad y la ruptura de los vínculos.


No dejemos que nos gobierne el miedo, por favor. Hagamos el ejercicio consciente de elegir la oxitocina en tiempos de coronavirus, de potenciarla. Por nuestra salud, por nuestras relaciones, por la especie. Toca mirarnos más que nunca a los ojos, confiar, regalar escucha, mientras esperamos que llegue el tiempo de las caricias y los abrazos.