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jueves, abril 09, 2026

El joven pastor de gafas redondas debería haber estado a salvo


La casa del saber/Facebook

Dietrich Bonhoeffer venía del privilegio. Dinero. Educación. Una familia que podía haberlo protegido de la tormenta que se formaba sobre Alemania en los años treinta.

Podría haber agachado la cabeza. Predicar sermones tranquilos los domingos. Guardar silencio mientras el mundo ardía a su alrededor.

Pero Bonhoeffer vio lo que se venía antes que la mayoría.

Vio iglesias doblarse ante la voluntad de Hitler. Vio vecinos desaparecer en la noche. Oyó el golpe de las botas sobre los adoquines y entendió que el silencio se había convertido en una forma de pecado.

Así que habló.

Primero con cuidado. Luego con firmeza. Luego con todo lo que tenía.

El joven teólogo brillante empezó a enseñar en un seminario clandestino. Ayudó a sacar judíos hacia lugares más seguros. Y terminó vinculado a círculos de resistencia que buscaban derribar al régimen, incluso a Hitler.

Por eso, la Gestapo fue a por él.

Lo arrestaron el 5 de abril de 1943. Lo arrancaron de su casa familiar y lo llevaron a la prisión de Tegel, en Berlín.

Los guardias esperaban que se quebrara. A los intelectuales les pasaba a menudo. Hombres de manos suaves que se desmoronaban bajo presión.

Pero en esa prisión fría y gris ocurrió algo extraño.

Cada noche, otros presos escuchaban sus pasos. No las botas pesadas de los oficiales de las SS —esas traían terror—, sino el andar constante y sereno de Bonhoeffer.

Se movía por los pasillos como una sombra de esperanza.

Recitaba las Escrituras de memoria a hombres que habían olvidado cómo rezar. Compartía su comida escasa con los que se morían de hambre. Consolaba por igual a criminales y a disidentes.

Un preso escribió después: “Cuando Bonhoeffer hablaba, las paredes parecían desaparecer. Por unos minutos, recordábamos lo que se sentía ser humanos”.

Los guardias no sabían qué hacer con él.

Ahí estaba un hombre frente a una muerte casi segura y, aun así, parecía más libre que quienes tenían las llaves.

En 1944, la Gestapo encontró documentos que lo vinculaban a la resistencia contra Hitler. Lo trasladaron al campo de concentración de Buchenwald. Y luego a Flossenbürg.

Un lugar donde la esperanza iba a morir.

Pero incluso allí, rodeado de alambre de púas y del olor de la muerte, Bonhoeffer siguió haciendo lo que siempre había hecho.

Rezaba con los enfermos. Acompañaba a hombres al borde de perder la razón. Compartía su manta con presos que temblaban de frío.

Cuando alguien le preguntó por qué se molestaba —si él mismo estaba marcado para la ejecución—, su respuesta fue simple:

“Porque todavía estoy vivo”.

El domingo 8 de abril de 1945, Bonhoeffer celebró un último servicio. Leyó de Isaías: “Por sus heridas hemos sido sanados”.

Los presos lloraron mientras hablaba. Ellos lo sabían. Él lo sabía.

El final se acercaba.

Esa noche, guardias de las SS entraron en su celda. Le dijeron que los acompañara.

No preguntó a dónde. Ya lo sabía.

Bonhoeffer dobló su manta con cuidado. Susurró una oración. Y le dejó un mensaje a un compañero de cautiverio, el oficial británico Payne Best.

“Dile a mi amigo el obispo Bell que, para mí, esto no es el fin, sino el comienzo de la vida”.

Y caminó.

El sol aún no había salido. El patio estaba vacío, salvo por la horca esperando en la luz gris del amanecer.

Un testigo contó después que Bonhoeffer no dejó de orar. Su voz firme. Sus manos tranquilas. Su rostro en una paz que inquietaba incluso a los verdugos.

No era fanfarronería. No era negación.

Era la certeza silenciosa de un hombre que ya lo había entregado todo, salvo su alma.

Tal vez era porque Bonhoeffer creía que la muerte no era un final, sino una puerta. Tal vez porque sabía que sus palabras sobrevivirían al régimen que lo estaba matando.

O tal vez porque había decidido, mucho antes, que hay cosas que valen más que respirar.

Lo ahorcaron al amanecer del 9 de abril de 1945.

Sin ceremonia. Sin últimas palabras registradas. Sin una tumba con su nombre.

Solo un pastor de 39 años que eligió el coraje por encima de la comodidad, la verdad por encima de la seguridad, el amor por encima de la vida.

Dos semanas después, las fuerzas aliadas liberaron Flossenbürg.

Hitler estaba muerto en menos de un mes.

El supuesto “Reich de mil años” duró doce.

Pero las cartas y los escritos de Bonhoeffer siguieron vivos. Su mensaje final llegó al obispo Bell. Y su historia se extendió por un mundo roto, hambriento de ejemplos de una fe que no se quiebra.

Hoy, millones leen sus palabras y descubren algo extraordinario:

El valor real no siempre ruge. A veces susurra oraciones en una celda. A veces camina sereno hacia la muerte, cantando bajito sobre la vida.

Y a veces, solo a veces, ese coraje silencioso resuena más que todos los gritos juntos.

Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Dietrich Bonhoeffer", s. f.)

martes, abril 07, 2026

miércoles, noviembre 06, 2024

Los santos que cita Francisco en Dilexit nos

Amigos de Carlos de Foucauld/Facebook

En su recién publicada encíclica Dilexit Nos (“Nos amó”), el Papa Francisco profundiza la necesidad de adentrarse en la espiritualidad del Corazón de Jesús en la era moderna. A lo largo del documento, cita a diversos santos que han influido en la reflexión teológica sobre esta devoción. Aquí exploramos a algunos de los santos citados.

San Pablo

En el documento se cita a San Pablo, apóstol y quien tuvo una participación decisiva en la expansión de la Iglesia y el cristianismo. En su carta a los Romanos (8,38-39), San Pablo expresa que nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
En Dilexit Nos, el Papa Francisco cita a San Pablo para subrayar esta certeza del amor inquebrantable de Cristo. La encíclica utiliza sus palabras al inicio para recordarnos que “nada puede separarnos” del amor de Cristo y que Él “me amó y se entregó por mí”. “Cuando muchas personas buscaban en diversas propuestas religiosas su salvación, su bienestar o su seguridad, Pablo, tocado por el Espíritu, fue capaz de mirar más allá y de maravillarse por lo más grande y fundamental: ‘Me amó’”, escribe Francisco.
San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, desarrolló una profunda espiritualidad basada en los Ejercicios Espirituales, un camino de discernimiento que invita al creyente a reorganizar su vida desde el afecto, a partir de un “un querer fundamental —con toda la fuerza del corazón— que da potencia y recursos a la tarea de reorganizar la vida”.
El Papa Francisco menciona a San Ignacio en Dilexit Nos al señalar que "las mociones del corazón" son la clave para un "nuevo ordenamiento de la vida". Según el Papa, la enseñanza de San Ignacio invita a vivir una espiritualidad no basada en reglas o teorías, sino en el querer fundamental del corazón, en la búsqueda sincera de Dios.
San Buenaventura

Teólogo franciscano y Doctor de la Iglesia, enseñaba que la fe no se trata sólo de conocimiento, sino de afecto: un fuego que enciende el corazón. Para Buenaventura, según el Papa, “conocer que Cristo ha muerto por nosotros no se queda en conocimiento, sino que necesariamente se convierte en afecto, en amor”.
El Papa Francisco cita esta enseñanza de Buenaventura en Dilexit Nos, recordándonos que la fe que nos mueve hacia el Corazón de Cristo es más que un acto intelectual. La encíclica explica que San Buenaventura “une las dos líneas espirituales en torno al Corazón de Cristo: al mismo tiempo que lo presenta como la fuente de los sacramentos y de la gracia, propone que esta contemplación se convierta en una relación de amigos, en un encuentro personal de amor”.
San John Henry Newman
Figura prominente del catolicismo británico, teólogo brillante e influyente, y uno de los más celebrados conversos al catolicismo de los últimos siglos, es conocido por su lema “Cor ad cor loquitur” (El corazón habla al corazón). Para él, la verdadera comunión con Cristo no se da únicamente a través de la reflexión, sino mediante un diálogo íntimo y orante de corazón a corazón.
En Dilexit Nos, el Papa Francisco recuerda que el Cardenal Newman “encontraba en la Eucaristía el Corazón de Jesucristo vivo, capaz de liberar, de dar sentido a cada momento y de derramar la verdadera paz al ser humano”. El Papa invita a los fieles a entrar en este diálogo profundo, donde el corazón humano se une con el Sagrado Corazón de Jesús en una relación personal y transformadora.
San Juan de la Cruz.

Religioso y poeta místico del renacimiento español, describe el amor de Cristo como un encuentro mutuo y profundo entre el alma y Dios. En su poesía, este místico “entiende la figura del costado herido de Cristo como un llamado a la unión plena con el Señor”, explica Francisco en Dilexit Nos.

También menciona que San Juan de la Cruz quiso expresar que “la experiencia mística el amor inconmensurable de Cristo resucitado no se siente como ajeno a nuestra vida”, sino que nos invita a una unión total. “El Infinito de algún modo se abaja”, escribe el Papa, citando al místico, para encontrarse con nosotros en nuestro sufrimiento y nuestras heridas. “Él es el ciervo vulnerado, herido cuando todavía no nos hemos dejado alcanzar por su amor, que baja a las corrientes de aguas para saciar su propia sed y encuentra consuelo cada vez que nos volvemos a él”.
Santa Margarita María Alacoque

Es conocida por haber sido la destinataria de las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús, que dieron origen a la devoción tal como la conocemos hoy. A través de visiones místicas, fue instruida para promover esta devoción, subrayando el amor misericordioso de Cristo hacia la humanidad.
El Papa Francisco, en Dilexit Nos, presenta a Santa Margarita como una figura clave para entender la misericordia del Corazón de Jesús. “Este intenso reconocimiento del amor de Jesucristo que nos transmitió Santa Margarita María nos ofrece valiosos estímulos para nuestra unión con él”, recordó.
San Claudio de La Colombière.
Fue un ferviente defensor de las visiones de Santa Margarita y jugó un papel crucial en la difusión de la devoción al Sagrado Corazón. Para él, la confianza absoluta en Cristo era el camino hacia la paz interior y la verdadera libertad espiritual.
En Dilexit Nos, el Papa Francisco cita una oración de San Claudio que encapsula esta confianza total: “He determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargándome en Ti de todas mis solicitudes”. Según el Pontífice, San Claudio “evidencia que la contemplación del Corazón de Cristo, si es auténtica, no provoca una complacencia en uno mismo o una vanagloria en experiencias o en esfuerzos humanos, sino un indescriptible abandono en Cristo que llena la vida de paz, de seguridad, de decisión”.
Santa Teresita del Niño Jesús.
Conocida como Santa Teresita del Niño Jesús, es una de las santas más queridas por su espiritualidad de la “pequeña vía”, que se basa en la confianza total en el amor misericordioso de Dios.
En Dilexit Nos, el Papa Francisco la cita: “La actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo”. En este sentido, asegura que ella vivía esta experiencia “con intensidad porque había descubierto en el Corazón de Cristo que Dios es amor”.
San Carlos de Foucauld .
Reconocido por su vida de imitación radical de Cristo en su pobreza y humildad, es otro de los santos mencionados en Dilexit Nos. A través de su estancia en el desierto, San Carlos vivió en constante unión con el Corazón de Jesús, buscando imitar su humildad y simplicidad.
El Papa Francisco lo menciona de la siguiente manera: “Su amistad con Jesús, corazón a corazón, no tenía nada de un devocionalismo intimista. Era la raíz de esa vida despojada de Nazaret con la cual Carlos quería imitar a Cristo y configurarse con él. Aquella tierna devoción al Corazón de Cristo tuvo consecuencias muy concretas en su estilo de vida y su Nazaret se alimentaba de esa relación tan personal con el Corazón de Cristo”.

viernes, marzo 31, 2023

lunes, agosto 10, 2020

PEGUY: PORNOGRAFÍA DE SALÓN

Cada vez más, de año en año, el
gran público se abandona, y es abandonado a todas las bajezas. (...) Y no me refiero a la pornografía de las muchedumbres, acerca de la cual nuestros moralistas hacen tanto ruido (...), sino a lapornografía elegante y sociable, a la pornografía mundana, a la pornografía de salón, del rincón junto a la chimenea, a todo lo mundanal, barbarie infinitamente peor y mucho más peligrosa que la misma obscenidad. Y de aquello en lo que se han convertido las costumbres políticas, parlamentarias, electorales, de la corrupción política, es mejor no hablar.(...)
Nadie piensa en ocultarlo, que hay un desorden creciente y sumamente inquietante. Y no, desde luego, un desorden aparente, una dificultad de fecundidad, que recubre un nuevo orden que viene, sino un desorden real de impotencia y esterilidad. nadie niega ya ese desorden, el desconcierto de los espíritus y de los corazones, la miseria que viene, el desastre que amenaza. La desbandada." (Charles Péguy. El frente está en todas partes. Editorial Nuevo Inicio)

miércoles, mayo 19, 2010

El gruñón ignorante

Cuando llegué a aquel pueblo tropecé con un anciano que iba mascullando su mala suerte y me le quedé mirando.

-Ese, el Perico, siempre se está quejando. Es un gruñón y un ignorante – me dijo un oriundo.

Siempre me ha gustado, cuando llego a algún sitio, antes de ir a ver los grandes monumentos y construcciones, buscar el lugar de reunión popular. Y así descubrí “El Cobertizo”, que era el barucho donde se juntaban los más burros de la vecindad.

Mientras hablaba y bebía con los trabajadores del campo, apareció nuevamente “el Perico”, gruñendo y maldiciendo su mala suerte.

-Buenos días, Perico – le dijeron desde la barra.

-Buen ánima a todos – contestó él.

No tardaron en arrimarse a mi oído y susurrarme:

-¿Ves qué ignorante, que no sabe decir “buen ánimo” siquiera?

-¿Hoy tampoco te quedas un rato? – le preguntaron.

-¡Qué más quisiera! Yo es que tengo muy mala suerte. Todo me ocurre a mí. Vengo para tomarme un trago y descansar un minuto que, si no, no llego.

Se tomó una copa de orujo de un trago, soltó un suspiró y puso pies en polvorosa.

Como me habían hablado tanto de él, me picó la curiosidad y decidí seguirle. Pronto se percató de mi presencia y preguntó:

-Ay hijo, ¿qué es, que me estás siguiendo?

-Sí, bueno... esto... yo...

-Nada, nada, si no es ná malo lo que estás haciendo. Que me viene bien que me acompañes, a ver si me echas una mano, tú que eres joven.

-Si me dice primero de qué se trata...

-Si no tienes buen ánima no vengas, ¿eh?, que los vagos no me sirven.

-Está bien, no se ponga así, yo le ayudo.

-¡Pero con buen ánima!

-Con buen ánimo, querrá decir.

-Ay, hijo, yo no sé lo que es eso. Yo sé que es el ánima, pero no sé lo que es el ánimo.

-¿Y qué piensa usted que es el ánima?

-Pues esa cosa que te mete Dios pa’l cuerpo, que como es cosa divina, si está bien todo está bien, y ya más ná necesitas. Pero como esté mal, todos los dolores te duelen.

-Pues me dicen que usted se pasa el día gruñendo.

-Ay, si es que me pasa todo a mí. Que no puedo ni descansar un rato.

-Pues cuénteme, ¿qué es lo que le pasa?

-Vale, pero andando, que no llegamos... Mira, te pondré un ejemplo de lo que me ha ocurrido esta mañana. Iba yo a tomar un trago a “El Cobertizo”, pa’ jugar a las cartas con la gente, y esas cosas... Que a tol mundo le gusta. ¿O no? A ti también, ¡pájaro! Pues ¿no voy y me encuentro con el abrevadero partío por la mitad? Que esta es una región ganadera. Mira, ¿ve allí en aquel monte? Vacas ¿Y allí? Más vacas. Pero esas son pa’ la leche. Y ¿dónde beben todas? En el abrevadero de este pueblo. ¿Y no voy yo y tengo la mala suerte de verlo roto?

-Pero hombre, eso no es problema suyo...

-¡Ay que no! Si no lo hubiera visto, no lo hubiera sido. Que cuando muerto, me hubiera preguntado el Señor: ¿Perico, por qué no arreglaste el abrevadero? Y yo le hubiera contestado: No lo vi, Señor, es que no lo ví... Pero es que sí lo vi. Sí que lo vi. Y cuando muera, ¿qué le digo yo al Señor? Porque él lo sabe todo. Y sabe que yo vi que el abrevadero estaba roto y alguien tenía que arreglarlo, y yo no quise... ¿Qué le dirías tú? Na`, pues claro. Así que me fui a la carpintería, a por materiales pa’ arreglarlo. Y allí estaba la Martuca, la pequeña de Camposanto, y me dice que todavía no se sabe los colores. ¡Fíjate qué mala suerte la mía! Aunque también habría que preguntarle a los profesores, que esa niña no es muy lista, pero ya tendrían que haberle enseñado los colores. Pues nada, toda la mañana me la pasé para enseñarle el rojo, el amarillo y el azul. Y mañana me toca más, porque se le habrán olvidado... y tendré que enseñarle alguno otro, como usted comprenderá, porque con tres colores no se pué vivir... Así que a mediodía no pude irme a casa, porque todavía me faltaba el abrevadero. Que tuve que rehacerlo casi entero, porque el agua se colaba por los lados, y allí las vacas no podían beber.

-Pero comió por la tarde...

-Ay, hijo... ¿Que no voy para casa y oigo un lamento? Que estaba la plaza con otras personas y yo pregunté: “Pero ¿es que no oís el lamento?” Pero se ve que en ese momento estaban todos con el ánima mala, y nadie quiso ir a ver de dónde venía. Así que tuve que ir yo. Y es que resulta que la viuda del Andrés se había puesto mala. Y como a mí me ha tocado atender ya a más de una viuda enferma, pues sé lo que hay que hacer en estos casos. Pero, fíjate mi mala suerte, que va la mujer y se muere. Que yo le dije a Dios: ¿pero Señor, no podías haberte esperao un poquito, que tiene mi esposa la comida ya fría en la mesa? Pues nada. Que yo no sé lo que hago mal, que el Señor me está poniendo tol día a prueba. Y otra vez que me tocó preparar el entierro. Ya he llamado al cura y a los de la funeraria...

Cuanto más hablaba el hombre más escamado estaba yo. Pensaba que este exageraba, que, por como lo trataban, tenía que estar mintiéndome. Pero entonces llegamos a una casa y en una habitación reposaba el cadáver de una anciana, vestida de negro. Perico puso los brazos en jarras, aunque no duró mucho así.

-Necesita un Rosario, pa’ ponerle entre las manos. Seguro que tiene alguno en algún lugar. Tú busca por el comedor, que yo miro en esta habitación... ¡Pero con buen ánima, eh!

Al cabo de un rato de búsqueda infructuosa, me preguntó si tenía yo alguno. Mi respuesta fue negativa.

-¡Pero será posible! Ni un poquito de buena suerte... – dijo mientras se marchaba.

-¿Adónde va?

-¿Pues a dónde va ser? A por el Rosario de mi mujer, que ya le compraré otro.

Esperé junto al cadáver. A su regreso, Perico trajo consigo a la esposa, la cual puso un Rosario entre las manos de la muerta. También le acompañaba el sacerdote y no tardaron los de la funeraria. Dimos sepultura a la anciana aquella misma tarde. Perico fue el que corrió con los gastos.

Había caído la noche cuando acabamos.

-Muchacho, muchas gracias. Pero ahora te tengo que dejar. ¡Que me cago en mi suerte! ¿No voy y me encuentro que la casa del cojo Juan tiene goteras por un agujero en el tejado? Y tenía que ser el cojo, que no puede subirse allí arriba...

Algo se removió en mi interior. Sentía vergüenza y alegría a un tiempo, por haber conocido al viejo Perico.

Cuando regresé a “El Cobertizo” y les solté:

-¡Aquí hay mucho gruñón y mucho ignorante, pero nada de eso es Perico! – empezaron a caerme palos por todos los lados, hasta el punto de que en dos minutos me habían sacado del pueblo a patadas. Todavía les quedó tiempo para espetarme:

-Mira que dejarte convencer por este zoquete... Eres el viajero más tonto que hemos conocido.

No me volvieron a dejar entrar, pero yo, cada vez que mi camino pasa cerca, me quedo un rato mirando con la esperanza de ver, siquiera a lo lejos, al santo gruñón.