domingo, agosto 30, 2026

Vida, de José Hierro



Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

Atentos al título que le pone al poeta a su poema, Vida, y atentos al contenido. A esa insistente ida sin vuelta del todo a la nada, a esa ceniza de la nada, a ese «después de tanto todo para nada».

Este poema, un soneto formalmente perfecto con sus catorce endecasílabos y solo dos rimas (nada, todo), es uno de los más emblemáticos de José Hierro (1922-2002), uno de los poetas de la llamada poesía desarraiga de la primera generación de la postguerra española. Así llamada por ser los opuestos a los de la poesía arraigada, la protegida por el régimen franquista tras la Guerra Civil. En esta, en la poesía arraigada, estaban Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero… En la poesía desarraigada, además de Hierro, Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Victoriano Crémer, Carlos Bousoño… Muchos de estos y de aquellos pasarán por este blog.

Hierro, madrileño de nacimiento y santanderino desde muy niño, pasó cinco años en las cárceles franquistas, acusado de pertenecer a una organización que apoyaba a los presos políticos. Uno de ellos era su propio padre. Se abrió camino después como crítico de arte, periodista… y poeta reconocido y galardonado. Ganó el Premio Adonais, el Nacional de Poesía, el de la Crítica (tres veces), el Príncipe de Asturias (1981) el Cervantes (1998).

Los versos de hoy pertenecen a Cuaderno en Nueva York, considerada su obra maestra. Muy tardía, de finales de los años noventa y de su vida. El poeta que había comenzado en la poesía social era ya, sin dejar de serlo, un poeta existencial

TOMAR LA CRUZ Y NEGARSE (ORD XXII A)

Rafa Pascual

El domingo pasado Pedro reconocía Jesús como El Salvador. Pues muy bien, creer en Dios, está muy bien. Pero creer solo en Dios no basta. Es preciso además concebir a Dios como realmente es y descubrir el modo como salva. 

A partir de este domingo y hasta finales de noviembre, que comencemos el tiempo de preparación a Navidad, los evangelios se van a dedicar precisamente a eso, primero a explicarnos los métodos salvadores de Dios, que no coinciden para nada con los métodos que este mundo considera salvadores. Y a describir casos concretos de la vida, casos muy prácticos y la resolución de los mismos que como iremos viendo a lo largo de los trece domingos siguientes tampoco suelen coincidir con la mentalidad mundana que tenemos, propia de este mundo en que vivimos. En definitiva, que una cosa es creer en Dios y decir como Pedro el domingo pasado "Tú eres el Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios vivo" y otra cosa es ajustar tu vida y tu mente a la de Dios, superando los criterios del mundo en el que vives. Así, en el evangelio de este domingo vemos cómo el mismo Pedro que el domingo pasado había reconocido a Jesús como el Salvador y había sido piropeado por Jesús "dichoso tu  Simón", ahora, en el evangelio de este domingo, no está de acuerdo con la forma de salvar que Jesús tiene y por eso Jesús lo llama satanás y le dice que su pensamiento es mundano, no es de Dios. Piensas como los hombres y no como Dios. Es decir, puedes llamarte y considerarte creyente y cristiano, pero parecerte muy poco a Dios y a su mentalidad en la vida práctica y concreta, ya que tú vives de acuerdo con la mentalidad del mundo en el que estás. 

Este mundo entiende cómo camino triunfador y salvador imponerse. Triunfa el que es más fuerte. Prevalecer tú, ganar, triunfar, tener. Por eso este mundo está organizado en torno a la competición, las oposiciones, los campeonatos, las medallas, los títulos. Y los héroes y semidioses son los que ganan, los que tienen más, en consecuencia los que más mandan, una ínfima minoría, triunfa. Según los criterios mundanos, por lo tanto, si esto fuera la meta y lo correcto y lo que da felicidad y salva, habríamos fracasado como humanidad, pues solo una ínfima minoría triunfa, según lo que este mundo considera triunfar y salvarse. 

El evangelio de hoy viene a recordarnos que todo es  exactamente al revés. El triunfo de verdad es exactamente lo contrario: el triunfador de esta vida es el que se da, el que se entrega. No el que compite con el semejante para situarse un escalón más arriba de él y luego vivir en alerta permanente porque sabe que puede venir otro como el a desbancarlo. El triunfador de esta vida no es el que más tiene y está centrado en su ego, en su yo-yo, sino el que tiene lo que necesita realmente -que por cierto no necesitamos tanto- y saliendo de su yo, sabe mirar a los demás y ponerse en su pellejo. El auténtico triunfo solo lo da el amor y solo triunfa realmente el que ama. No el que más fuerza tiene porque las fuerzas al final se acaban, ni tampoco el que más cosas posee porque no te vas a llevar ni una de las cosas que amontonas. Por eso en realidad la mentalidad mundana es una mentalidad de perdedores que ensalzan triunfos que en realidad solo son humo y paja. 

No cabe duda, ¿Eh? Jesús comienza duro. Y dando caña y dando en el centro de la diana este domingo en el principio de su enseñanza, de cual es el camino salvador según la mentalidad de Dios tan alejada de la mentalidad mundana. A este mundo con su filosofía de vida no se le ve especialmente feliz que digamos. Ni siquiera se ve felices a los triunfadores. Metidos en una loca carrera sin fin en la que nunca tienen bastantes títulos ni parece satisfacerles nada. 

Y yo no creo que sea una "crisis de valores" como todo el mundo anda diciendo por ahí, no. Sencillamente es que se ha puesto como valor lo que realmente no vale nada. 

Jesús comenzaba el evangelio de hoy diciendo que era preciso e ineludible para él subir a Jerusalén. Que traducido a nuestra vida es: es preciso e ineludible para todos hacer el camino de la vida en la sociedad y en el mundo que te toca. Y añadía: "Y tener muchas diferencias con los senadores, los sumo sacerdote y los letrados". Tres tipos de gente que representan las tres vertientes del poder mundano. Los senadores representan el poder económico, el dinero. Que necesario es pero según la filosofía insaciable por la que actualmente se rigen, resulta ser nefasto. Los sumos sacerdotes representan el poder de la religión, que a veces es una religión mal entendida que se dedica a someter por el miedo lo más íntimo de las personas, tu conciencia, a poco que te descuidas. Y los letrados, que representan el poder intelectual, con su verborrea ideológica, que con sus flautas de Hamelín, repitiendo sin pausa sus consignas pretenden llevarte a su cueva a poco que te despistas. 

El evangelio recuerda que es ineludible hacer el camino de la vida. Y a poco que seas coherente también es ineludible tener tus grandes y graves diferencias con los poderes de este mundo. El económico, el religioso y el intelectual. Porque absolutamente todo lo que huela a poder es detestable y por tanto rechazable. Da igual que sea el poder económico, el religioso o el intelectual. Todo lo que huele a poder es radicalmente malo porque poder implica fuerza, imposición. Y la fuerza no es camino salvador, ni de felicidad, ni de dicha, ni de triunfo. Solo la entrega y el amor no engañan. Solo la entrega y el amor son el único camino Salvador. En el ser humano que veas -sea economista, religioso o intelectual- que mira por el entorno para mejorarlo, que no guía su vida en torno a su yo-yo y mío mío... Donde veas un economista un religioso, un intelectual... que como considera que tiene suficiente hace cantidad de cosas gratis y sencillamente porque sí, en este mundo donde todo cuesta un montón de euros, ahí tienes unos seres humanos cuerdos, triunfadores que han encontrado el filón de la felicidad. A esos imítalos y síguelos. Y pasa olímpicamente de los principios triunfadores y de poder que rigen  este mundo y de los que se los creen y de los que los siguen. Todo lo que huela a poder y a ego es rechazable. No es camino salvador, Dios ni es ni actúa ni salva de ese modo. 

Y eso es lo que significa la frase "negarse a sí mismo y cargar con la cruz". Que no es una frase que indique renuncia, penitencia... ¡Que no, hombre, que no! exactamente lo contrario. Esa frase es la máxima afirmación y la máxima liberación. No hay mayor afirmación en este mundo que la total negación del poder y su rechazo. Y la cruz para nosotros no significa suplicio y atadura. Es el símbolo de la liberación y de la entrega total. La filosofía triunfadora de este mundo es un auténtico y total engaño. Y siguiendola, dice el evangelio de hoy, te perderás. Y haciendo exactamente lo contrario, te encontrarás y te salvarás.

Cómo nos decía san Pablo en la lectura que hemos leído previa al evangelio: no os ajustéis a este mundo, transformaos por la renovación de la mente. Y haríamos muy bien haciéndole caso. Aunque por desgracia, lo que iempre está de moda en este mundo, es la aceptación de los cánones del poder y el seguidismo bobo. No os ajustéis a este mundo, transformaos por la renovación de la mente.

Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio

feadulta.com

Jesús Lozano Pino

Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único

Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.

En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?

1. La «estupidez moral» de Bonhoeffer y la «banalidad del mal» de Arendt

Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.

Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona «estupidizada» moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.

Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la «banalidad del mal». Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos «normales» que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.

Lo cortés no quita lo valiente: llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.

2. El escándalo de la fe manipulada

Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un «coste» de compromiso personal; no basta con la «gracia barata» de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.

El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.

Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.

3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto

Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.

El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.

El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).

El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.

El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.

4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller

Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.

Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.

Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:

«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»

Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.

5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie

Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.

Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.

Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.

Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.

Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.

jueves, agosto 27, 2026

Santa María, Madre Amable

Don Damián en la Casa Emaús de
Torremocha de Jarama

Don Damián Iguacen

Contemplamos a la Virgen María abrazada a su hijo y acariciada por él. Es la ‘madre amable’, madre de Dios y madre nuestra; la que ha hallado gracia delante de Dios; la que ama a Dios más que ninguna criatura; la que más nos ama, después de Dios; la que después de Dios merece ser más amada; la que mejor refleja la imagen de Dios Amor y de Jesús amable. Con toda razón es la ‘madre amable’.

Tres cosas hacen que nos resulte amable una persona: su hermosura, su bondad, el amor que nos manifiesta. Las tres se hallan en la Virgen María de modo admirable. Es toda bella, toda santa, toda ‘amor hermoso’. Más grande que ella, solo Dios.

Invocar a la Virgen María como madre amable nos compromete a ser nosotros amables.

El amable, tenga las cualidades que tenga, por el modo con que las vive, por su manera de ser, resulta una persona encantadora, ‘un encanto de persona’. Cuando decimos ‘un encanto de persona’, no queremos decir que es rica, que es joven, que es hermosa, que es lista, decimos que nos encanta su modo de ser, descubrimos un no sé qué que nos cautiva, nos admira, nos convence.

No es fácil definir la amabilidad, porque no es una virtud aislada, sino una reunión de virtudes. Amabilidad es, desde luego, caridad, que se da; humildad que se abaja; mortificación que se priva de cosas menos convenientes; paciencia que sabe esperar; fortaleza que no se cansa ni se hecha atrás ante las dificultades; bondad que todo mira bien; benignidad que hace todo el bien que sabe y puede. Todo eso, junto, es amabilidad, fruto riquísimo del Espíritu Santo.

Sería muy triste que alguien que se acercó a nosotros, por lo que sea, se fuera igual que vino, o peor, porque nosotros hemos sido incapaces de darle algo de lo nuestro.

La amabilidad nos asemeja a Jesucristo, ‘manso y humilde de corazón’.

El amable sabe tener detalles con todos. Que lástima que, a veces, nos haya faltado ese ‘detalle’, ese pequeño detalle que lo hubiera arreglado todo. No hagamos las cosas de cualquier manera, con dejadez. Todo lo precioso y delicado se trata con cuidado, con delicadeza. Nada tan precioso como la persona humana; a la que Dios ‘ha hecho poco inferior a los ángeles’ y ‘ha coronado de gloria y dignidad’. La delicadeza en los detalles es signo de perfección espiritual y humana; la grosería es signo de vileza. La amabilidad se traduce siempre en delicadeza y elegancia espiritual.

El amable es indulgente. Indulgente no quiere decir débil o poco justo.

Ser bueno no quiere decir ser débil. Ser bueno quiere decir querer el bien y hacer el bien siempre, a todos, sin excepción. Y esto no es fácil. ‘La bondad -dice Santo Tomás- es hija de la fortaleza, no se encuentra sino en almas habituadas a vencer. El amable sabe disimular las ofensas que le hacen; sabe disculpar, dispensar, perdonar, sabe interpretar bien las cosas.

No saber dispensar a los demás, es una prueba evidente de que uno se dispensa demasiado a sí mismo.

El amable es valiente. Sabe decir ‘no’ sin enfadarse, nunca devuelve mal por mal, insulto por insulto; nunca pierde la Paz cuando dice lo que tiene que decir.

El amable es servicial. Amabilidad y servicialidad son inseparables. Amar es servir. Uno de los mejores servicios que podemos ofrecer hoy es el de la animación; hay que animar a muchos. La desilusión, la atonía, el desencanto, el desánimo, están haciendo estragos. Pero para animar hay que estar animados.

Todos podemos convertirnos a la amabilidad.

El aceite no mana en ninguna fuente como el agua, hay que hacerlo y se hace estrujando, triturando, moliendo las olivas, las aceitunas, en el molino. ¿Entenderemos la lección? Nadie diga: soy así y así me tenéis que aguantar. ¿Eres áspero, de temperamento fuerte? ¡Al molino aceitero!

No seamos zarzas a la vera del camino. No es un modelo de virtud el tipo de persona que describe el adagio: ‘cara de beato y uñas de gato’.

La mayor parte de personas que encontramos por la vida tienen necesidad de cariño, sienten hambre de simpatía.

Hay que ser no sólo buenos, sino muy buenos, dice San Francisco de Asís.

Santa María, madre amable, ruega por nosotros

Citas extraídas del citado libro Sub tuum praesidium Sancta Maria, Mater Ecclesiae en las páginas 246 a 255, Editorial EDICE, Madrid 2016). Por La Asociación Misericordia



miércoles, agosto 19, 2026

Tragedia de la gente honesta ante Ceuta

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La foto de un niño migrante ayudando a una anciana ceutí, me hace pensar -cómo tantas veces- en qué más allá de los actos individuales hay un problema de desidia respecto del propio compromiso en la vida institucional. No soy de los que afirman que todo el mundo es bueno, más bien creo que las personas somos un ramillete de actitudes que nos hacen ser una mezcla de bondad y maldad de sentimientos, acciones y pensamientos en los que lo bueno y lo malo vive completamente entremezclado. Es famosa una idea de L King que dice que teme más el silencio de los buenos que la maldad de los agresores. A mí me parece que, hoy por hoy, los hechos de Ceuta y tantos otros, más bien nos muestran lo trágico de la desidia institucional de las personas honestas. Es decir, hay muchísimos actos buenos, pequeños actos buenos, y hay pocos actos institucionales buenos.

Por ejemplo, cualquiera es capaz de dar una pequeña ayuda, de juntar ropa en Ceuta para esos jóvenes, de hacer un gesto solidario, pero no cualquiera es capaz de implicarse en poner en marcha nuevas políticas migratorias.

Hay personas que pueden cobrar un alquiler más barato, siendo propietarios y hay personas que pueden ir a poner su cuerpo ante un desahucio, pero hay serias dificultades para hacer una política de vivienda realmente solidaria.

Para mí la tragedia de nuestro tiempo, incluido de las personas que se quieren comprometer, es que preferimos la acción inmediata a corto plazo a la acción institucional. Esta desidia es a mi juicio la tragedia de nuestro tiempo.

Me encanta hablar con las personas que se comprometen en política, cargados de defectos como yo o cualquier otro, pero que deciden intentar meter su bondad en la vida a las instituciones. Que se perdonan hacer elecciones que pueden ser erróneas. Con algunos procuro conversar alguna vez. Porque es bueno escuchar. Porque informan de su visión, pero sobre todo porque me transmiten ese sentimiento, ese deseo suyo de solidaridad desde la vida institucional. Pienso en Carmelo Ramírez, Eligio Hernández, Marcial Morales, Ignacio Guerra, Javier Doreste, Juan Francisco Artiles, Juan Pablo Rodríguez, Gema Martínez, Froilán Rodríguez y otros que ahora no recuerdo… Ni siquiera pienso que sean los mejores, digo que con ellos dialogo con más frecuencia y me nutren.


A veces releo parte de la biografía que escribí con Javier Marijuán sobre el alcalde Camilo Sánchez y la que hice con Nayra Hernández y Loli Hernández sobre Remigio Vélez. Me hace bien. No entiendo esta espiritualidad actual tan sentimental tan poco preñada de sacrificio, tan poco preñada de política. Pienso que esta gente que "se mete en política" con sus ambigüedades y sus problemas está mucho más cerca de San Juan de la Cruz: «¡Oh, si supiesen los espirituales cuánto bien pierden y abundancia de espíritu, por no querer ellos acabar de levantar el apetito de niñerías; y cómo hallarían en este sencillo manjar del espíritu el gusto de todas las cosas, si ellos no quisiesen gustarlas! Mas, porque no quieren hacerlo, no le gustan» (1S 5, 4). Hoy el amor pasa por la política.


sábado, agosto 15, 2026

Jean Ziegler es despedido en una catedral suiza, con honores de su Pueblo. El economista que llamó asesinato al hambre


El economista que llamó asesinato al hambre


El material más resistente del universo no sirve absolutamente para nada.


Traumatóloga Geek/facebook

Como traumatóloga, pero también como ingeniera me encanta la ingeniería de materiales.
En 2018 tres físicos se sentaron frente a un superordenador. Dos millones de horas de cálculo. Resultado: encuentran el material más duro del universo, 10 millones de veces más resistente que el acero. Las formas que encontraron las bautizaron como ñoquis, espagueti y lasaña… Me recuerdan a mí cuando estoy de guardia.
En nuestro quirófano el material más duro nunca gana. 1961, Wrightington, norte de Inglaterra. John Charnley publica en el Lancet la prótesis total de cadera.
No habían pasado ni dos años, cuando sus pacientes empezaron a volver destrozados. Hubo que reparar casi todas las caderas. El teflón soltaba partículas y el cuerpo empezó a comerse el hueso alrededor.
Charnley estuvo a punto de mandarlo todo a la porra. Entonces un comercial le enseñó un polietileno. Lo apretó con el pulgar y dejó marca. Se negó a utilizarlo.
Pero su técnico lo probó igual, a escondidas. En tres semanas se desgastó menos que el teflón en 24 horas.
¿Se te ocurre lo que hizo Charnley? Nada menos que meterse trozos de ese plástico nuevo bajo la piel del muslo. Seis meses esperando a ver qué pasaba. Y no pasó nada.
Desde 1962. Ese plástico blando lleva sesenta años sosteniendo caderas.
¿Moraleja? No gana el más duro, gana el que aguanta día tras día.

viernes, agosto 14, 2026

«¡Perdón!» - León Felipe


Soy ya tan viejo,
y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido
y ya no puedo encontrarla
para pedirle perdón.

Ya no puedo hacer otra cosa
que arrodillarme ante el primer mendigo
y besarle la mano.
Yo no he sido bueno…
quisiera haber sido mejor.
Estoy hecho de un barro
que no está bien cocido todavía.
¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!…
Pero todos se han muerto.
¿A quién le pido perdón ya?
¿A ese mendigo?
¿No hay nadie más en España…
en el mundo,
a quien yo deba pedirle perdón?…

Voy perdiendo la memoria
y olvidando las palabras…
Ya no recuerdo bien…
Voy olvidando… olvidando… olvidando…
pero quiero que la última palabra,
la última palabra, pegadiza y terca,
que recuerde al morir
sea esta: PERDÓN.

Casi todas estas piedras llegaron en días
de angustia,
de terror,
de desespero y desamparo.
Algunas en días de «Gracia».
Ahora las veo serenamente
desde la fría altura de mis años,
desde mi vejez apaciguada.
Todos son juguetes:
las heridas, las lágrimas,
el veneno del áspid, la baba del tirano,
el hacha del verdugo…
Una pelota es esa cabeza cercenada.
Jugamos al nacimiento y a la muerte,
al soplo y a la llama,
al que me ves y no me ves…
al enciende y apaga la lámpara.
Pero a veces pienso que no son todo juguetes y que yo que
no he servido para ser
ni piedra de una lonja
ni piedra de una audiencia
ni piedra de un palacio
ni piedra de una iglesia…

Yo que en este mundo no he servido después de ochenta
años para nada… acaso sirva ahora todavía, como David,
para lanzar con la honda una de estas piedras, pequeñas y
ligeras, de mi zurrón —la más dura, la más pedernal… Tú,
piedra aventurera,
y dar justo, justo con ella
en la frente misma de Goliat.

León Felipe

De: ¡Oh este viejo y roto violín! – Libro Noveno: El zurrón de las piedras – 1965
Recogido en: León Felipe – Poesías completas
Ed. Visor Libros 2004©
ISBN: 978-84-9895-766-2

Felipe Camino Galicia de la Rosa nació el 11 de abril, de 1884, en Tábara, Zamora.
Poeta de la Generación del 27′, escribió además algunas obras de teatro, y es conocido a nivel mundial por haber sido traductor de la obra de Walt Withman.
Tras permanecer varios años residiendo y trabajando en México y Estados Unidos, volvió a España poco antes de iniciarse la guerra civil, en la que vivió como militante republicano hasta 1938, año en que se exilió definitivamente a México, pasando a ser agregado cultural de la embajada de la República española en el exilio, única reconocida entonces por el Gobierno de Cárdenas.
De su estancia en el país hispano, diría. Llegué a México (por primera vez) montado en la cola de la revolución. Corría el año de 1923. Después, aquí he vivido por muchos años: Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro…
Son muchos lo que creen que León Felipe debe ser reivindicado como un poeta mayor, superando las dificultades que en vida le acarrearon su independencia de todas las corrientes literarias de su tiempo y su condición de exiliado.
Murió en Ciudad de México, el 18 de septiembre de 1968

martes, agosto 11, 2026

Tres palabras que resumen a santa Clara

 



Oración a Santa Clara de Asís

Gloriosa Santa Clara de Asís,
mujer de fe profunda y corazón enamorado de Cristo.
Tú que supiste dejarlo todo para seguir al Señor
y encontraste en Él la verdadera riqueza y la verdadera paz,
mira hoy nuestras necesidades.

Enséñanos a vivir con un corazón sencillo,
a confiar plenamente en Dios
y a descubrir que nada puede llenar nuestra vida
como el amor de Jesucristo.

Santa Clara,
tú que contemplabas al Señor con profunda adoración,
ayúdanos a mirar siempre hacia Él,
especialmente en los momentos de dificultad,
cuando el miedo, la tristeza o la incertidumbre
nos hagan perder la esperanza.

Intercede por nuestras familias,
por los enfermos, por quienes sufren,
por quienes se sienten solos
y por todos aquellos que necesitan una palabra de consuelo.

Danos un corazón humilde y generoso,
capaz de perdonar, de servir y de amar.
Haz que, siguiendo tu ejemplo,
sepamos buscar primero el Reino de Dios
y poner nuestra vida en sus manos.

Santa Clara de Asís,
amiga fiel de San Francisco,
ruega por nosotros ante el Señor.
Alcánzanos la gracia que hoy te pedimos,
si es para nuestro bien y para la gloria de Dios.

Que nunca nos apartemos de Cristo,
que nuestra fe permanezca firme
y que, al final de nuestro camino,
podamos contemplar para siempre
el rostro de aquel a quien tú amaste sobre todas las cosas.

Santa Clara de Asís, ruega por nosotros.
Amén.

viernes, agosto 07, 2026

Si el amor te escogiera

León XIV en Asís:Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia


El Papa León XIV celebró la Santa Misa en Asís este jueves donde se reunió con más de 2.000 jóvenes en el GO! Franciscan Youth Meeting. Lea la homilía completa que pronunció el Pontífice.

Queridísimos jóvenes: La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo.

Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia.

En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria.

Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos.

Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión.

Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores.

Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino.

Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección.

«Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos!

En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.

La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.

Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.

Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025).

Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios. Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza!

El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.

El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor.

Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270).

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.

Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte.

Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo: ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; donde haya ofensa, ponga yo el perdón; donde haya discordia, ponga yo la unión; donde haya error, ponga yo la verdad; donde haya duda, ponga yo la fe; donde haya desesperación, ponga yo la esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo la luz; donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar: ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar. Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece con ustedes










jueves, agosto 06, 2026

Estudios tras la bomba de Hiroshima



La traumatóloga Geek/facebook

El médico que le quitó las gafas a una enfermera herida. 6 de agosto de 1945, justamente a las 8:15 de la mañana. Un B-29 llamado Enola Gay suelta Little Boy sobre Hiroshima y, en un instante, desaparece una ciudad entera.

Todo el mundo cree que Hiroshima murió de radiación, pero aquella mañana la gente moría, sobre todo, de otra cosa: de quemaduras, cristales, vigas, cráneos contra el suelo. Siete de cada diez heridos tenían lesiones combinadas. Eso es lo que en mis guardias llamamos politraumatismos y que moviliza a un equipo entero para un solo cuerpo.
El problema es que necesitaban ese equipo entero multiplicado por 60.000. Simplemente no existía. De los 298 médicos, 270 murieron o quedaron heridos. De las 1740 enfermeras, 1654. De 45 hospitales civiles, solo quedaban tres. En el de la Cruz Roja sólo 6 médicos de 30.
Uno de ellos, el doctor Terufumi Sasaki, había perdido sus gafas. Se las quitó a una enfermera. No era su graduación, pero podía ver lo justo. Las llevó puestas más de un mes, vendiendo a la gente sin piel, atendiendo simplemente al que tenía más cerca.
Desde 1950, unas 120.000 personas de Hiroshima y Nagasaki fueron estudiadas una a una durante décadas. Se llama Life Span Study y es la cohorte más larga de la historia de la medicina.
De ahí salieron los límites de la radiación que protegen tu tiroides cuando te hacemos una radiografía. De ahí salen mis delantales de plomo. Alguien pagó esa factura antes que nosotros.

martes, agosto 04, 2026

Desde la fe ante la muerte de Fabiola. Homilía de Ambrosio (29/7/2026)


El sufrimiento sin sentido, sin salida, sin fin lleva a los seres humanos a buscar a Dios a gritos y a desesperar de Dios. Algunos preguntan por Dios teóricamente: ¿Cómo Dios permite esto? Tienen la impresión de que Dios es una fuerza ciega e insensible del destino que no se preocupa por nada. Que a Dios le da lo mismo que mueran los niños sirios en las Playas de Europa y en tugurios en América Latina, que mueran más de 300 inmigrantes en una patera en una Isla en la rica Italia. No se preocupa por ellos. Las personas se forman tal impresión porque ellas mismas están en peligro de volverse así: insensibles, frías e indiferentes frente al sufrimiento. La pregunta: ¿Cómo puede Dios permitir esto? Es el planteamiento del espectador. No es la pregunta de los afectados. Dice Jurgen Moltmann en su libro Cristo para nosotros hoy:

Lo recuerdo: En julio de 1943, atrapado bajo una lluvia de bombas, presencié la destrucción de Hamburgo, mi ciudad natal. En esta tormenta de fuego murieron 80.000 personas. Como por obra de milagro, sobreviví, pero hasta hoy no he sabido por qué no fallecí como mis compañeros. Mi pregunta ante este infierno no fue: ¿Por qué permite Dios que esto ocurra?, sino: Dios mío, ¿dónde estás? ¿Dónde está Dios? ¿Estás lejos de nosotros, ausente, guarnecido en su cielo? ¿O es un sufriente entre los sufrientes? ¿Participa en nuestro sufrimiento? ¿Le parten el corazón nuestros dolores?

Quienes sufren infundadamente piensan siempre primeramente que han sido abandonados por Dios y todo lo bueno. Quienes claman a Dios pueden descubrir que comparten el grito mortal de Cristo. Descubren en el Cristo sufriente al Dios compasivo que sufre con ellos y los entiende. Cuando percibimos esto, nos damos cuenta de que Dios no es la fuerza fría y distante del destino a que acusamos, sino que en Cristo llegó a ser el Dios humano que clama con nosotros y en nosotros y que aboga por nosotros cuando la pena nos deja mudos. El Dios hecho ser humano ha hecho de nuestra vida una parte de su vida y de nuestros sufrimientos los suyos propios. Por eso en nuestros dolores participamos de sus dolores y en nuestra aflicción compartimos la suya.

Quien cree en el Dios que sufre con nosotros reconoce su sufrimiento en Dios y a Dios en su sufrimiento, y encuentra en la comunión con él la fuerza que le permite permanecer en el amor a pesar del dolor y la tristeza, sin amargarse. No sabemos por qué Dios permite estas cosas. Y aunque lo supiéramos, no nos ayudaría a vivir. Pero cuando descubrimos dónde está Dios y percibimos su presencia en nuestros sufrimientos, entonces hemos hallado la fuente de la cual renace la vida. En el recuerdo doloroso se conserva la esperanza. Recordar acelera la salvación.

Y culmina su reflexión en el capítulo que titula “Pasión de Cristo y el dolor de Dios” diciendo: Mientras escribo estas líneas, veo la foto del hermano Juan Ramón Moreno, uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Yace en un charco de su propia sangre en la habitación de Jon Sobrino, y en la sangre ha caído mi libro El Dios Crucificado. Este capítulo está dedicado a su memoria.

Porque recordar acelera la salvación, por eso quiero terminar esta homilía recordando e invitando a recordar: La alegría de Fabiola cuando fue convocada para la Selección, la ilusión que tenía para ir a dar en esta concentración lo mejor de ella misma, las esperanzas de un futuro abierto para ella y para los demás. Son alegrías y esperanzas que tenemos que mantener abiertas para todos los niños del mundo. Es la Alegría del Resucitado, una alegría que no esconde las cicatrices y las señales de la Cruz “dicho esto, les enseñó las manos y el constado, y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Quiero que sepamos y tengamos presente que Cristo Crucificado y Resucitado sigue caminando con nosotros como con los discípulos de Emaús y lleva de la mano a la eternidad del Padre a Fabiola.

Ambrosio Abeso

Info del funeral: www.laprovincia.es

Fabiola el día de Primera Comunión, mayo 2025