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domingo, septiembre 20, 2026

Hacia una sociedad igualitaria (C ORD XXV)

JesJesús Pelaez/facebook

Jesús Pelaez/facebook

Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí: https://youtu.be/TfjPPTGr04Q?si=cjjWVRyJ_HetLmBJ

20 1Porque el reinado de Dios se parece a un propietario que salió al amanecer a contratar jornaleros para su viña. 2Después de ajustarse con ellos en el jornal de costumbre, los mandó a la viña. 3Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo 4y les dijo:

– Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo que sea justo.

5Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. 6Saliendo a última hora, encontró a otros parados y les dijo:

-¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

7Le respondieron:

-Nadie nos ha contratado.

Él les dijo:

-Id también vosotros a la viña.

8Caída la tarde, dijo el dueño de la viña a su encargado:

-Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

9Llegaron los de la última hora y cobraron cada uno el jornal entero. 10Al llegar los primeros pensaban que les darían más, pero también ellos cobraron el mismo jornal por cabeza. 11Al recibirlo se pusieron a protestar contra el propietario:

12– Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos cargado con el peso del día y el bochorno.

13El repuso a uno de ellos:

– Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en ese jornal? 14Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último lo mismo que a tí. 15¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con lo mío?, ¿o ves tú con malos ojos que yo sea generoso?

16Así es como los últimos serán primeros y los primeros últimos.

En el evangelio de hoy leemos otra parábola de “los jornaleros contratados para trabajar en la viña”. En este comentario me propongo hacer una interpretación socio-económica de esta parábola, sacándola, a conciencia, del contexto en que se encuentra situada en el Evangelio de Mateo, pues creo que esta interpretación puede abrir caminos de futuro a nuestro mundo, arrasado hace poco por la pandemia, pero que sufre otras pandemias como la obesidad en los países ricos, la malnutrición en los pobres -hoy amenazada por la guerra de Ucrania y la negativa rusa a la exportación de cereal desde los puertos de Ucrania- y el cambio climático, que afecta a todos, aunque especialmente a los países más pobres, aumentando la inseguridad alimentaria a escala mundial.

Contexto socio-económico de la parábola

La parábola que hemos leído refleja unas circunstancias en las que el paro -si bien no entendido en los términos de hoy‑ estaba a la orden del día en un país que, según rezaba el eslogan propagandístico del libro del Éxodo (3,8), “manaba leche y miel” (aunque no para todos por igual). En la plaza ‑como en las oficinas del paro de nuestros pueblos y ciudades‑ se arremolinaba la gente esperando un contrato de trabajo. El capital ‑entonces tierra, ganado y dinero‑ estaba en manos de unos pocos; como resultado de ello, el paro y la pobreza eran la experiencia de la mayoría.

Palestina en tiempos de Jesús

Por la arqueología y diversos documentos de la época sabemos que era aquél un mundo en el que la desigualdad tenía carta de soberanía (como hoy): insoportable carga de impuestos, concentración de bienes en manos de los poderosos, catástrofes ecológicas que cogerían cada vez más desguarnecidas a las capas inferiores de la sociedad, condenadas al paro, al hambre, a la enfermedad, a la marginación y, en la mayor parte de los casos, al robo y la delincuencia, como medio de supervivencia.

Debemos, por tanto, pensar que, en la Palestina de tiempos de Jesús, unos pocos ricos se enriquecieron todavía más (pensemos en los bancos y las grandes fortunas de hoy o en lo que llamamos “los mercados” o el “capital”), mientras que las capas humildes de la sociedad, pequeños labradores, arrendatarios, pescadores y artesanos (los autónomos de hoy, los trabajadores por cuenta ajena con salarios precarios, las empleadas de hogar y otros tantos colectivos…) se encontraron en los mayores apuros. No hablamos ahora de los grupos que no tenían acceso al mercado de trabajo y que vivían de la limosna como los parados de larga duración (hoy en muchos casos en las colas del hambre), o el colectivo de la juventud (hoy con un futuro lleno de oscuros nubarrones), un grupo notoriamente marginado éste, del que dice Flavio Josefo que “era terreno abonado para las arengas de los militantes de la resistencia” (hoy diríamos: para oír los cantos de sirena de la extrema derecha que ofrece soluciones simples a problemas cada vez más complejos).

Los personajes de la parábola

Siete, en total, son los personajes de la parábola: el propietario o dueño de la viña (vv. 1 y 8), su encargado (v. 8) y cinco grupos que podemos considerar personajes representativos: los contratados al amanecer (v. 1), a media mañana (= hora de tercia, v. 3), hacia mediodía y a media tarde (= hora de sexta y de nona, v. 5) y a última hora (= cerca de la hora undécima, v. 6).

Siete es el número de la serie completa y de la universalidad. Llama la atención un detalle: en la parábola hay trabajo para todos. Ninguno se queda sin ser contratado.

De estos siete personajes, son importantes desde el punto de vista narrativo sólo tres: el propietario, los contratados al amanecer (los primeros) y los llamados a última hora, al atardecer (los últimos). Se forma de este modo un triángulo narrativo. Los contratados a primera y última hora forman una pareja de gemelos antitéticos con relación al propietario. El encargado, por cierto, no lo consideramos personaje de la parábola, sino la voz de su amo, pues en esta hace prácticamente de comparsa, quedando reducido a ejecutar la orden del propietario de pagar el jornal.

Veámoslos:

-El propietario pertenece a la clase de élite o de los patrones: tiene una viña que produce una cosecha de vinos, por entonces más rentable que la de trigo. Además de la viña, tiene un encargado, por lo que podríamos pensar que el propietario es una especie de “terrateniente ausente” que, tal vez, vive en la ciudad y que, a través de su encargado, percibe los réditos de la cosecha agrícola.

-Los jornaleros, por el contrario, forman parte de lo que podemos llamar la clase de “los prescindibles” a quien el Papa Francisco llama “los descartados de la sociedad”. En la Antigüedad, el desempleo era muy alto incluso en tiempos de recolección. Se desconocen los medios de sustento de los trabajadores, pero lo más probable es que los mismos jornaleros eran los desarraigados a quienes el hambre impulsaba al campo en la época de la cosecha, pero que, en otras épocas, buscaban un trabajo ocasional en las ciudades, donde, a menudo, debían mendigar para comer. Su vida era solitaria, pobre, desagradable, dura y breve, debido a los fantasmas de la desnutrición, de la enfermedad y privación que los agobiaban. Tenían, por tanto, poco poder de negociación dado el exceso de mano de obra en el mercado laboral. Sus vidas se situaban en la capa más baja de las necesidades nutricionales humanas. De ahí que, entre el encargado y los jornaleros, apenas hubiera ocasión para negociar un salario -que se pagaba por días- y que solamente se establece para el jornalero de primera hora (un denario). Llama la atención que, en la parábola, el conflicto no se genera entre los primeros y los últimos, sino entre los primeros y el propietario, pues los llamados a última hora tienen un carácter pasivo en el relato, ya que ni siquiera hablan.

El acuerdo sobre el jornal

Solamente entre el propietario y los primeros jornaleros se establece un contrato de trabajo, remunerado en un denario por día (v. 2); a los contratados a media mañana se les dice que recibirán “lo que sea justo” (v. 4); a los de mediodía y media tarde dice el texto que les “hizo lo mismo” (v. 5) y, finalmente, a los de la hora les da solamente la orden de ir a trabajar a la viña sin hablar de jornal, ni mediar contrato alguno (v. 7). En ningún caso se especifica el tipo de trabajo que deberá realizar cada uno. Esta variedad en la exposición está perfectamente calculada desde el punto de vista narrativo, pues da un margen a la expectativa del oyente, en el sentido de que la diversa prestación laboral será tenida en cuenta y corresponderá a diferente remuneración. A menos horas de trabajo, menos salario, se supone.

La escena del pago

Como en toda parábola, hay un “factor sorpresa”. En el momento del pago se citan solamente dos grupos de jornaleros: los últimos (sin contrato alguno) y los primeros, contratados por un denario al día. Los grupos restantes pasan inadvertidos. A la hora de pagar, el dueño de la viña da una orden extraña al encargado: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”, invirtiendo, de este modo, el orden lógico. La preferencia dada a los últimos es necesaria para suscitar el descontento de los primeros contratados y fomentar en el relato el conflicto dramático entre los jornaleros descontentos y el propietario. El jornal de un denario estipulado con los primeros es aproximadamente, según diversos cálculos, el salario diario de un obrero agrícola en aquel tiempo, suficiente para mantener a un trabajador y a su familia a un nivel de simple subsistencia. Los jornaleros contratados a distintas horas percibirán lo mismo.

La alteración escandalosa del (des)orden establecido Ya, desde el principio, todo parece estar enfocado a que cada uno de los grupos, contratados de tres en tres horas, va a percibir un salario de acuerdo con el tiempo trabajado. El oyente piensa que los primeros, si se tiene en cuenta lo que le han pagado a los últimos, recibirán más dinero del concertado, en contra, por cierto, del contrato firmado. Pero esta expectativa se pierde cuando ven que todos cobran idéntico salario, independientemente de las horas trabajadas, y es que, para el propietario, la retribución no está en proporción directa con el rendimiento, ya que ninguno de los obreros ha trabajado menos por desidia, sino porque no ha encontrado trabajo antes. La parábola, de este modo, subvierte el orden establecido, se convierte en una verdadera burla de los usos sociales y en una provocación inaudita. Con este comportamiento del encargado, los obreros contratados a primera hora van a sentirse decepcionados. Viven en una sociedad en la que priman los privilegios y se sienten con derecho a percibir más, puesto que han trabajado más. No aceptan un mundo igualitario.

Un nuevo orden

Pero la parábola no intenta solo invertir el orden habitual de las cosas, pues en ese caso podía haber terminado en el v. 10, con la paga del mismo jornal a todos. Va mucho más allá: propone un nuevo orden en el que ya no hay correspondencia entre rendimiento y remuneración, como expresión del orden establecido. La reacción de los primeros contratados desvela quiénes son ellos y a qué nivel actúan. Al mismo tiempo los lleva a pensar que el propietario es arbitrario, pues revela el cinismo de los poderosos que, precisamente, cuando actúan arbitrariamente, saben que el derecho está de su parte.

No es que los primeros contratados no vean bien la generosidad del propietario; lo que no aceptan es que se les trate como a los otros. Exigen un tratamiento diferenciado. En realidad, la pregunta última del propietario escamotea la respuesta que esperan los primeros contratados, para situarlos a un nivel superior. Si antes se habían movido en el plano de “trabajo‑remuneración” = justicia, ahora el propietario los invita a moverse en el de la “generosidad”, superando la estricta relación de justicia. La parábola invita de este modo a percibir un mundo transformado milagrosamente a la luz de la generosidad y el amor, en el que todos reciben lo necesario (un denario), que hoy podríamos llamar “ingreso mínimo vital”.

Conclusión: Hacia una sociedad igualitaria

Pero la parábola no se queda ahí, pues propone una sociedad igualitaria en la que todos tengan al menos ese mínimo vital y se acabe con las desigualdades tan flagrantes entre los ciudadanos de un mismo país (y entre los países del mundo, podríamos decir). Donde era de esperar una orden del propietario, rompiendo definitivamente con aquellos jornaleros de primera hora que protestan, se encuentra una pregunta en la que el propietario los invita a aceptar ese comportamiento: “¿O ves tú con malos ojos que yo sea generoso?” le dice (v. 15). La frase “Toma lo tuyo y vete” (v. 14) invita al alejamiento entre el propietario y el representante del grupo de los contratados a primera hora; sin embargo, este final no confirma el alejamiento o ruptura, sino que exhorta a la cercanía o aceptación de la verdadera imagen del propietario que da a todos lo necesario para vivir: un denario.

De este modo, el acusador se convierte en acusado e interpelado, quedando invitado a reconocer la generosidad del propietario, al tiempo que su justicia. Porque del hecho de que el propietario sea generoso con los últimos, no ha dejado de ser justo con los primeros, pagándoles según lo contratado.

Haciendo esta lectura socio-económica de la parábola concluimos que todos tienen derecho a vivir, a tener lo necesario -ingreso mínimo vital- salario social, diríamos: quienes ya tienen su puesto en la mesa de la vida desde primera hora ‑los instalados‑ y quienes han llegado tarde a la mesa de la sociedad de consumo en crisis: los contratados a última hora.

Más allá del ingreso mínimo vital

Pero la parábola va más allá, pues nadie tiene derecho a tener más, a disfrutar de privilegios. En este mundo tan injusto por desigual, la solución no está en subir el salario mínimo ‑que falta hace, pues en muchos casos se trata de salarios precarios que no cubren las necesidades vitales‑, sino en establecer unos vasos comunicantes de solidaridad humana que igualen a todos. Una humanidad basada en unas normas de justicia, promulgadas desde arriba -desde los instalados‑ no nos vale. ¿Qué es lo justo y lo legal en un mundo donde muchos no tienen lo necesario y vital, y otros derrochan lo que fraudulentamente (legalmente) llaman suyo?

Los seres humanos corremos el peligro de llamar injusticia al comportamiento del propietario, a ese modo de actuar generoso, que tiene por resultado igualar, hermanar a los humanos en el derecho fundamental: el derecho a la salvación que comienza por la liberación del ser humano de la miseria, la pobreza, la opresión y la injusticia.

La parábola en el contexto del Evangelio de Mateo

Hasta aquí hemos hecho una lectura socio-económica de la parábola, sin prestar atención a los retoques que creemos que Mateo pudo introducir en lo que podría haber sido el núcleo original de la parábola. Con estos retoques o añadidos, Mateo ha convertido el relato en una alegoría, pasando a segundo lugar el marco socio-económico del mismo. Para ello, ha hecho preceder el relato de una frase característica de Mateo: “Porque el reinado de Dios se parece a …” (Mt 20,1). A partir de este momento, todos los elementos de la parábola se elevan a categoría de alegóricos. Así, la viña se ha convertido en metáfora del pueblo de Israel (cf. Is 5,1-7; Jer 12,10) o de la iglesia cristiana como nuevo pueblo de Dios, y el propietario, descrito más tarde como el dueño-señor de la viña, se ha vuelto figura de Dios. El denario pasa a ser símbolo de la salvación; los contratados a primera hora son los judíos o, según otros, los discípulos judíos que estaban con Jesús desde el principio, y los últimos llamados a la viña se convierten en figura de los gentiles o de los cristianos recientemente venidos del paganismo a la comunidad de Mateo.

Este comentario es la versión abreviada de un artículo publicado en la revista Argumenta Biblica Theologica (2021) de la fundación Universitaria Claretiana (Colombia):

https://revistas.uniclaretiana.edu.co/index.php/Revista_Argumenta/article/view/249/191 91

Otras interpretaciones

No es ésta la única interpretación que se ha hecho de la parábola de “Los jornaleros de la viña”. Para otras interpretaciones, véase Ulrich Luz, El Evangelio según Mateo [Mt 18-25]., Vol. III (Sígueme, Salamanca 2003, 193-198) que las expone en los siguientes apartados: Historia de la influencia. Época moderna: 1. La interpretación de la Reforma (y períodos posteriores a esta). 2. Del antagonismo entre Evangelio y Ley a la interpretación antijudía. 3. La interpretación liberal. 4. La interpretación católica.

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Por la arqueología y diversos documentos de la época sabemos que era aquél un mundo en el que la desigualdad tenía carta de soberanía (como hoy): insoportable carga de impuestos, concentración de bienes en manos de los poderosos, catástrofes ecológicas que cogerían cada vez más desguarnecidas a las capas inferiores de la sociedad, condenadas al paro, al hambre, a la enfermedad, a la marginación y, en la mayor parte de los casos, al robo y la delincuencia, como medio de supervivencia.

Debemos, por tanto, pensar que, en la Palestina de tiempos de Jesús, unos pocos ricos se enriquecieron todavía más (pensemos en los bancos y las grandes fortunas de hoy o en lo que llamamos “los mercados” o el “capital”), mientras que las capas humildes de la sociedad, pequeños labradores, arrendatarios, pescadores y artesanos (los autónomos de hoy, los trabajadores por cuenta ajena con salarios precarios, las empleadas de hogar y otros tantos colectivos…) se encontraron en los mayores apuros. No hablamos ahora de los grupos que no tenían acceso al mercado de trabajo y que vivían de la limosna como los parados de larga duración (hoy en muchos casos en las colas del hambre), o el colectivo de la juventud (hoy con un futuro lleno de oscuros nubarrones), un grupo notoriamente marginado éste, del que dice Flavio Josefo que “era terreno abonado para las arengas de los militantes de la resistencia” (hoy diríamos: para oír los cantos de sirena de la extrema derecha que ofrece soluciones simples a problemas cada vez más complejos).

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Hoy leemos la parábola de “los jornaleros contratados para trabajar en la viña”, en la que el amo de la viña manda pagar a los que han llegado a última hora el mismo salario que a los primeros. Orden revolucionaria que, aunque utópica, es muy actaul, pues va más allá de la propuesta de un salario mínimo vital para todos. En este mundo tan injusto por desigual, la solución no está en subir el salario mínimo ‑que falta hace, pues en muchos casos se trata de salarios precarios que no cubren las necesidades vitales‑, sino en establecer unos vasos comunicantes de solidaridad humana que acaben con las diferencias entre unos y otros. Una humanidad basada en unas normas de justicia, promulgadas desde arriba -desde los instalados‑ no nos vale. ¿Qué es lo justo y lo legal en un mundo donde muchos no tienen lo necesario y vital, y otros derrochan lo que fraudulentamente (legalmente) llaman suyo?

domingo, agosto 30, 2026

TOMAR LA CRUZ Y NEGARSE (ORD XXII A)

Rafa Pascual

El domingo pasado Pedro reconocía Jesús como El Salvador. Pues muy bien, creer en Dios, está muy bien. Pero creer solo en Dios no basta. Es preciso además concebir a Dios como realmente es y descubrir el modo como salva. 

A partir de este domingo y hasta finales de noviembre, que comencemos el tiempo de preparación a Navidad, los evangelios se van a dedicar precisamente a eso, primero a explicarnos los métodos salvadores de Dios, que no coinciden para nada con los métodos que este mundo considera salvadores. Y a describir casos concretos de la vida, casos muy prácticos y la resolución de los mismos que como iremos viendo a lo largo de los trece domingos siguientes tampoco suelen coincidir con la mentalidad mundana que tenemos, propia de este mundo en que vivimos. En definitiva, que una cosa es creer en Dios y decir como Pedro el domingo pasado "Tú eres el Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios vivo" y otra cosa es ajustar tu vida y tu mente a la de Dios, superando los criterios del mundo en el que vives. Así, en el evangelio de este domingo vemos cómo el mismo Pedro que el domingo pasado había reconocido a Jesús como el Salvador y había sido piropeado por Jesús "dichoso tu  Simón", ahora, en el evangelio de este domingo, no está de acuerdo con la forma de salvar que Jesús tiene y por eso Jesús lo llama satanás y le dice que su pensamiento es mundano, no es de Dios. Piensas como los hombres y no como Dios. Es decir, puedes llamarte y considerarte creyente y cristiano, pero parecerte muy poco a Dios y a su mentalidad en la vida práctica y concreta, ya que tú vives de acuerdo con la mentalidad del mundo en el que estás. 

Este mundo entiende cómo camino triunfador y salvador imponerse. Triunfa el que es más fuerte. Prevalecer tú, ganar, triunfar, tener. Por eso este mundo está organizado en torno a la competición, las oposiciones, los campeonatos, las medallas, los títulos. Y los héroes y semidioses son los que ganan, los que tienen más, en consecuencia los que más mandan, una ínfima minoría, triunfa. Según los criterios mundanos, por lo tanto, si esto fuera la meta y lo correcto y lo que da felicidad y salva, habríamos fracasado como humanidad, pues solo una ínfima minoría triunfa, según lo que este mundo considera triunfar y salvarse. 

El evangelio de hoy viene a recordarnos que todo es  exactamente al revés. El triunfo de verdad es exactamente lo contrario: el triunfador de esta vida es el que se da, el que se entrega. No el que compite con el semejante para situarse un escalón más arriba de él y luego vivir en alerta permanente porque sabe que puede venir otro como el a desbancarlo. El triunfador de esta vida no es el que más tiene y está centrado en su ego, en su yo-yo, sino el que tiene lo que necesita realmente -que por cierto no necesitamos tanto- y saliendo de su yo, sabe mirar a los demás y ponerse en su pellejo. El auténtico triunfo solo lo da el amor y solo triunfa realmente el que ama. No el que más fuerza tiene porque las fuerzas al final se acaban, ni tampoco el que más cosas posee porque no te vas a llevar ni una de las cosas que amontonas. Por eso en realidad la mentalidad mundana es una mentalidad de perdedores que ensalzan triunfos que en realidad solo son humo y paja. 

No cabe duda, ¿Eh? Jesús comienza duro. Y dando caña y dando en el centro de la diana este domingo en el principio de su enseñanza, de cual es el camino salvador según la mentalidad de Dios tan alejada de la mentalidad mundana. A este mundo con su filosofía de vida no se le ve especialmente feliz que digamos. Ni siquiera se ve felices a los triunfadores. Metidos en una loca carrera sin fin en la que nunca tienen bastantes títulos ni parece satisfacerles nada. 

Y yo no creo que sea una "crisis de valores" como todo el mundo anda diciendo por ahí, no. Sencillamente es que se ha puesto como valor lo que realmente no vale nada. 

Jesús comenzaba el evangelio de hoy diciendo que era preciso e ineludible para él subir a Jerusalén. Que traducido a nuestra vida es: es preciso e ineludible para todos hacer el camino de la vida en la sociedad y en el mundo que te toca. Y añadía: "Y tener muchas diferencias con los senadores, los sumo sacerdote y los letrados". Tres tipos de gente que representan las tres vertientes del poder mundano. Los senadores representan el poder económico, el dinero. Que necesario es pero según la filosofía insaciable por la que actualmente se rigen, resulta ser nefasto. Los sumos sacerdotes representan el poder de la religión, que a veces es una religión mal entendida que se dedica a someter por el miedo lo más íntimo de las personas, tu conciencia, a poco que te descuidas. Y los letrados, que representan el poder intelectual, con su verborrea ideológica, que con sus flautas de Hamelín, repitiendo sin pausa sus consignas pretenden llevarte a su cueva a poco que te despistas. 

El evangelio recuerda que es ineludible hacer el camino de la vida. Y a poco que seas coherente también es ineludible tener tus grandes y graves diferencias con los poderes de este mundo. El económico, el religioso y el intelectual. Porque absolutamente todo lo que huela a poder es detestable y por tanto rechazable. Da igual que sea el poder económico, el religioso o el intelectual. Todo lo que huele a poder es radicalmente malo porque poder implica fuerza, imposición. Y la fuerza no es camino salvador, ni de felicidad, ni de dicha, ni de triunfo. Solo la entrega y el amor no engañan. Solo la entrega y el amor son el único camino Salvador. En el ser humano que veas -sea economista, religioso o intelectual- que mira por el entorno para mejorarlo, que no guía su vida en torno a su yo-yo y mío mío... Donde veas un economista un religioso, un intelectual... que como considera que tiene suficiente hace cantidad de cosas gratis y sencillamente porque sí, en este mundo donde todo cuesta un montón de euros, ahí tienes unos seres humanos cuerdos, triunfadores que han encontrado el filón de la felicidad. A esos imítalos y síguelos. Y pasa olímpicamente de los principios triunfadores y de poder que rigen  este mundo y de los que se los creen y de los que los siguen. Todo lo que huela a poder y a ego es rechazable. No es camino salvador, Dios ni es ni actúa ni salva de ese modo. 

Y eso es lo que significa la frase "negarse a sí mismo y cargar con la cruz". Que no es una frase que indique renuncia, penitencia... ¡Que no, hombre, que no! exactamente lo contrario. Esa frase es la máxima afirmación y la máxima liberación. No hay mayor afirmación en este mundo que la total negación del poder y su rechazo. Y la cruz para nosotros no significa suplicio y atadura. Es el símbolo de la liberación y de la entrega total. La filosofía triunfadora de este mundo es un auténtico y total engaño. Y siguiendola, dice el evangelio de hoy, te perderás. Y haciendo exactamente lo contrario, te encontrarás y te salvarás.

Cómo nos decía san Pablo en la lectura que hemos leído previa al evangelio: no os ajustéis a este mundo, transformaos por la renovación de la mente. Y haríamos muy bien haciéndole caso. Aunque por desgracia, lo que iempre está de moda en este mundo, es la aceptación de los cánones del poder y el seguidismo bobo. No os ajustéis a este mundo, transformaos por la renovación de la mente.

viernes, junio 12, 2026

NO HAY NADA MÁS DIVINO QUE SER HUMANO. (XI Ordinario A)


(Mt. 9,36-10,8)


Los relatos evangélicos subrayan un rasgo inconfundible que define la vida y la personalidad de Jesús:

Su compasión... o, lo que es lo mismo, su gran capacidad de ponerse en lugar del otro...

de
- vivir,
- sentir,
- gozar y
- sufrir
con él.

Por eso, con mucha frecuencia, se repite una expresión que atraviesa todo el evangelio, desde el principio hasta el final: "Se le conmovían las entrañas"

Lo cual constituye, sin duda, el mayor signo de su madurez humana, frente a la indiferencia que nos condena a vivir encerrados en un narcisismo estéril.

A Jesús se le conmovían las entrañas con una "compasión visceral" al contemplar las muchedumbres
- abandonadas,
- desorientadas,
- perdidas,
- extraviadas ...

Jesús no mira nunca desde lejos...

Su compasión jamás se queda quieta, siempre le lleva a actuar manifestando así su gran humanidad:
- se acerca,
- acoge,
- escucha,
- acompaña,
- protege,
- restaura,
- libera ...
mostrando así el rostro compasivo del Padre.

Y a la vez recordándonos que, desde que Dios se ha hecho hombre, no hay nada más divino que ser humano.

Por eso, hoy nos invita a parecernos a él, arrancándonos del lugar cómodo de ser meros espectadores y situandonos frente al rostro dolorido de nuestros hermanos que sufren.

El papa Leon, en su viaje a España, ha sacudido nuestra comodidad religiosa y ha dejado flotando en el ambiente una pregunta inquietante:
¿No se estará reduciendo nuestra fe a un simple adorno folklorico y vacío?

El papa no ha venido para bendecir una fe de museo, ni para despertar, en nosotros, ingenuos entusiasmos pasajeros, sino para sacarnos de nuestra comodidad y recordarnos que una Iglesia que se arrodilla ante el altar para adorar la eucaristía no puede luego permanecer muda ni pasar de largo ante las vidas rotas, de aquellos que han sido despojados de todo... menos de su dignidad de seres humanos e hijos de Dios.

Nuestra fe no se puede reducir a un adorno, ni a una costumbre, ni a una rutina, ni, mucho menos, a un espectáculo...

Porque, después del espectáculo, ¿qué nos quedaría ?

Pues no nos engañemos...
si no se nos conmueven las entrañas y el Espíritu no nos toca el corazón y nos hace más humanos, solo nos quedaría una gran mentira ... una tremenda hipocresía revestida de religiosidad.

Manuel Velazquez Martín.

domingo, abril 19, 2026

Los discípulos de Emaus (Pascua III, A,B,C)





Eduardo Sanz de Miguel, ocd

El relato de los discípulos de Emaús, que se lee hoy en misa, muestra una paradoja de la vida espiritual: los discípulos caminaban junto a Jesucristo, pero no lo reconocían. No estaban ciegos, sino condicionados por sus recuerdos del pasado. Habían conocido a Jesús como maestro, y esperaban que el Mesías actuara de un modo concreto (como rey poderoso). Cuando el Resucitado se acercó a ellos como un sencillo caminante, su memoria se convirtió en un velo. Solo cuando escucharon de nuevo las Escrituras y lo reconocieron al partir el pan comprendieron que Dios puede hacerse presente de formas siempre nuevas, más allá de nuestras expectativas.

La enseñanza de Juan de la Cruz ayuda a comprender esta experiencia. El santo explica que la memoria debe purificarse por la virtud de la esperanza: no se trata de olvidar lo vivido, sino de no quedar prisioneros de ello. Si esperamos que Dios actúe siempre como lo hizo en el pasado, corremos el riesgo de no reconocer su presencia en el presente. Dios nunca se repite; siempre se adapta a nuestra situación concreta y nos sale al encuentro de maneras nuevas. Cuando el corazón se libera del apego a sus recuerdos, recupera la capacidad de asombro y descubre que el Resucitado sigue caminando con nosotros en el presente de nuestra vida. 

ENCUENTRO DE EMAUS
(Lc. 24,13-35)
Manuel Velazquez Martín

Después de la muerte de Jesús, dos de sus discipulos, para sanar las heridas del dolor y del olvido, se dirigen a la aldea de Emaus buscando un sitio tranquilo, lejos de Jerusalén, la gran ciudad que asesina a los Profetas...

Ellos habían confiado en que Jesús sería el liberador de Israel y se habían comprometido con su causa... pero el escándalo de la cruz los había derrumbado... y habían perdido la fe y la esperanza.

Ahora se encuentran tristes y desolados, huyendo de la angustia y el fracaso... discutiendo entre ellos y enredados en un laberinto, sin salida... 
Quisieran olvidar... pero no pueden... 
Por eso quizás andan buscando, un lugar apartado para el descanso y para un retiro sanador.... 

Pero las profundas heridas del alma no se curan fácilmente con desplazamientos o con simples descansos vacacionales... ni tampoco el paso del tiempo, lo puede curar todo, como dicen algunos...
Hay desgarros que necesitan  un tratamiento bastante más eficaz.

Por eso, el mismo Jesús resucitado, medicina de Dios para este mundo, se pone a caminar a nuestro lado, sin ser reconocido, y nos pregunta de que vamos hablando por el camino. 
Porque el camino de Emaus es también nuestro camino... el camino de nuestro propio corazón, tantas veces herido, desencantado y encerrado en sí mismo.

Mientras caminamos tristes Él se acerca a nosotros respetuoso y nos pregunta interesado por nuestras dudas, temores y desánimos...
Y a través 
- de su cálida Palabra, desbloquea nuestra mente...
Y a través 
- de la fracción del Pan, hace caer la venda de nuestros ojos  para que le podamos reconocer. 

Y esta impronta que nos deja Jesús es la clave de la experiencia pascual de aquellos discípulos y de cada uno de nosotros.
Por eso, aunque la Vigilia Pascual tenga un día señalado en el calendario, el encuentro real de cada uno de nosotros con el Resucitado, tiene su propio momento:
Hay quien no pudo esperar a que amaneciera para andar buscando en el sepulcro al despuntar la aurora del día primero de la semana, como María Magdalena ... y hay quien, con una gran sensación de fracaso, como estos dos de Emaus, se van de retirada con sus esperanzas rotas.

Pero a todos nos llega el momento... porque Jesús 
- a todos nos busca y
- a todos nos alcanza.
A todos nos llega el momento de salir de nuestros miedos para empezar a "ver" con los ojos del corazón y aprender a descubrir la realidad de cada día, con los ojos de Jesús... y salir corriendo, para contarlo a los demás. 

Y quisiera terminar mi reflexión, pidiendo que miréis con atención, la reproducción del muralista Manuel Ruiz Ortega, que pongo al final del texto, en la que os destaco varios detalles significativos. 
En primer lugar, podéis  observar como la escena está definida por dos grandes diagonales de luz que parten de la figura de Jesús y de la luz solar que entra por el ventanal.
Es el momento en que Jesús 
pronuncia la bendición y parte el pan... y también el momento en que ellos lo reconocen.
Por otro lado, Cleofas, el único del que sabemos su nombre, tiene su mano en el corazón para indicar que ha prendido en él el fuego del Espíritu a través de su Palabra y con una postura de gran dinamismo, con el gesto de su pie izquierdo, que indica 
que se está levantando de la mesa, para salir corriendo. 
Y por último, el otro discípulo, que no tiene nombre, que viene a ser como, una invitación a que el observador se identifique con él... y que sintamos  que somos, cada uno de nosotros ese personaje y  que llenos de asombro, sentados con las manos abiertas al misterio, en la mesa de cada eucaristía...
Y dispuestos siempre a desandar el camino del desanimo para dar testimonio de Jesús resucitado, llenos de alegría y de entusiasmo.



Resucitados
Lidia

Si nos anclamos al pasado, no avanzamos. encuentro un símil como madre. Cuando los hijos crecen, esperamos que sigan siendo niños, aunque hayan crecido y tengan su propia forma de ser. 

No hay más ciego que el que no quiere ver, aún teniendo la verdad ante  nuestros ojos

Como decía el
Principito: sólo se puede ver bien con el corazón. 
Lo que nuestra cabeza sabe lo ha de asimilar nuestro corazón para adaptarnos a la nueva situación.

Y adaptarnos a la nueva situación es como una resurrección.

El momento de partir el pan es clave, es el momento en que reaccionan, para adaptarse a la nueva situación. Como decía Piaget, es como un proceso de adaptación: asimilación-acomodación ( a la nueva realidad), para que se produzca un equilibrio.
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martes, octubre 28, 2025

EL FARISEO Y EL PUBLICANO ORDINARIO C XXX


A DIOS NO LE GUSTA
LA GENTE "PERFECTA"
(Lc. 18,9-14)
Como este fariseo de la Parábola que inflado, satisfecho y seguro de sí mismo... desprecia y juzga duramente a los demás calificándolos de ladrones, mentirosos y adulteros ... y llegando a atribuirles una elaborada y exhaustiva lista de defectos.
Este es un hombre arrogante que disfruta mirando a los demás por encima del hombro y que sube al templo, no a pedir ayuda, sino a pasarle factura a Dios por sus buenas obras que, eso sí, él solo reduce a dos:
- pagar los impuestos religiosos y - cumplir con la ley del ayuno...
mientras que se olvida de practicar lo más importante:
- el amor y
- la misericordia.
Este es un hombre que, cuando reza, no habla con Dios, ni escucha a Dios... solo habla y se escucha a sí mismo, bajo el frágil paraguas de su "ego".
Y, frente a la actitud engreída de este fariseo tan estirado, aparece la figura de un publicano que ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo porque se considera un pobre pecador, necesitado de ayuda.
Este es un hombre humilde, insatisfecho de sí mismo, que no se considera superior a los demás... ni se ve capaz de juzgar, ni despreciar a nadie...
Por eso se dirige a Dios diciendo:
"Compadecete de mi, Señor, que soy un pecador".
De este relato se pueden deducir varias cosas importantes:
- Que a Dios no le gusta la gente engreida, sino la gente sincera y sin dobleces, que sabe pedir perdón de sus errores, con un corazón arrepentido, y que se esfuerza por superarse, cada día.
- Que Dios no es como nosotros, que, solemos vivir y nos dejamos llevar por apariencias...
Él no se deja engañar y nos quiere siempre como somos... aunque, a veces, arrastremos una vida bastante rota y distorsionada.
- Que para Dios, lo importante no son las cosas que hacemos o dejamos de hacer, sino nuestras actitudes profundas... aquello que nos brota del fondo del corazón... nuestros deseos y nuestras intenciones más hondas... que es, en definitiva, lo que da valor a nuestros actos...
Porque es precisamente ahí, en el trasfondo más profundo de nuestro ser y en el santuario de nuestro corazón, donde nos encontramos cara a cara con Dios.
Y es ahí donde Él nos mira y nos descubre:
- humildes o soberbios,
- justos o injustos,
- acogedores o distantes,
- misericordiosos o arrogantes...
El relato evangélico termina diciendo que estos dos hombres, después de estar en el templo, volvieron a casa...
Pero solo uno de ellos se fue justificado y en paz consigo mismo...
¿Cuál de ellos?
No el fariseo hipócrita y arrogante, tan seguro de sí mismo que despreciaba a los demás...
Sino el publicano humilde que supo hacerse cargo de la falsedad de su vida, sin tener que ofender ni despreciar a nadie...
¡Aprendamos pues, la gran lección de Jesús picapedrero que nos muestra hoy, el verdadero camino de la grandeza humana!
Manuel Velazquez Martín.

Rafa Pascual: Orar siempre (C ORDINARIO XXIX)

jueves, junio 26, 2025

Rafa Pascual , El Corpus y la multiplicación de los panes (Corpus C)




  
Fraude The Chosen 
Eugenio Rodríguez

Mi opinión personal de la famosa serie The Chosen ha extrañado a las personas con las que comento estas cosas. A mí no me gusta. Creo que tergiversa la verdadera realidad bajo la apariencia de la fidelidad al texto.

Entiendo que "guste" porque el personaje es imponente: un Dios que quiere ser amigo, además de ser hermano, que dice y hace cosas tan nuevas es algo conmovedor.

Además hay elementos cinematográficos que pueden estar muy bien.

Pero si no responde bien a lo que verdaderamente pasó no ganamos nada. Si, además, esa lectura mágica aleja a muchos de Jesús creo que no nos tiene cuenta. 

La explicación de Rafa Pascual (audio en esta misma entrada) me parece mucho más acertada.

Este es el episodio:

 
Y aqui un fragmento del comentario de José Luis Guerra (comenta cada semana en Facebook como  Parroquia de San Francisco de Asís - Las Palmas de Gran Canaria) 

José Luis Guerra
Corpus Christi, a la luz del Evangelio (C) (Lucas 9, 11b-17)

Celebramos este domingo, el Corpus Christi, la fiesta de la vida: De la vida entregada, del cuerpo y de la sangre, entregado y derramada por nosotros. Participar del Cuerpo y de la Sangre de Cristo no tiene otra finalidad. Decía San León Magno – y así lo recoge la liturgia en sus formularios – que “cuando comulgamos en la Misa nos transformamos en aquello que recibimos”. Dios se hace presente en nosotros: Mi corazón lo absorbe y Él absorbe mi corazón…Nos convertimos en una sola cosa…El hombre, decía alguien, es la única criatura que lleva a Dios en su sangre. Llevamos en nosotros, lo decíamos el pasado domingo, un cromosoma divino.

Jesús hablaba a la gente del Reino de Dios y curaba a cuantos necesitaban sanación. Hablaba del Reino y anunciaba que el Reino de Dios estaba cerca y lo hacía con amor. Pasaba e iba curando la vida.El evangelio está repleto de milagros. Jesús toca la carne de los pobres y la carne se cura; toca los ojos del ciego y aquellos ojos muertos se llenan de luz; manda levantarse al paralítico y este se alza y baila por los caminos de Galilea con su camilla al hombro…Todo eso, todos esos milagros, se convierten en signos, en una especie de laboratorio, de adelanto, de ese Reino que predica…Esos milagros que realiza Jesús y la alegría que producen, esa sanación que se produce a su paso, es la puesta en escena de ese mundo nuevo que Jesús anuncia, liberado, sanado.

Y aquellos hombres y mujeres que le siguen se sienten seducidos por el sueño de un mundo nuevo, que ven cómo se hace realidad con Cristo…Y esto les seduce de tal modo que hasta se olvidan de comer…Por eso, los apóstoles se ven en la necesidad de intervenir: “Despídelos, dentro de poco caerá la noche y estamos lejos, estamos en un descampado sin posibilidad alguna para acoger a esta gente”. Se preocupan de la gente, pero adoptan la solución más mezquina: “Despídelos”. Pero Jesús no ha rechazado jamás a nadie, nunca ha despedido a nadie. Y da un primer paso hacia el milagro de los panes que más que “multiplicación” habría que llamar “división”. Jesús improvisa una solución al problema, que pasa por compartir, por la implicación personal en la solución de las dificultades: “Denles ustedes de comer”. “Den”, un verbo simple, práctico: DAR.

En el evangelio el verbo AMAR se traduce siempre por otro verbo concreto, activo, de manos: DAR. “Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo…No hay amor más grande que dar la vida por los amigos…” Los apóstoles, sin embargo, no están en condiciones de solucionar el problema: No tienen sino cinco panes y dos peces…Un pan para cada mil personas…Es ridículo, no soluciona nada. Pero la sorpresa estalla en aquella tarde: un poco de pan, compartido, que pasa de mano en mano, que circula, resulta suficiente, porque sólo se podrá poner fin al hambre, no cuando cada uno se coma su propio pan, sino cuando dividamos, compartamos lo que cada uno tiene, cuando en lugar de acumular hagamos circular lo que tenemos: dos peces, un vaso de agua, aceite y vino sobre las heridas del otro, un poco de tiempo…En definitiva, cuando compartamos de verdad “La vida se multiplica cuando se da.” Todos comieron hasta saciarse. Ese “todos” es importante. En aquel descampado había niños, mujeres y hombres. Santos y pecadores, hombres honestos y hombres de doble vida, hombres escrupulosamente religiosos y muchos otros que quizás vivían al margen… Y “todos” comieron hasta saciarse…Nadie es excluido…



sábado, junio 21, 2025

EUCARISTIA: MESA PELIGROSA Y SUBVERSIVA. - Corpus Christi CICLO C

(1Cor.11,23-26)
(Lc.9,11-17)

Jesús fue considerado un peligro para los intereses del Imperio y para los negocios del Templo... por eso fue perseguido y conducido a la muerte.

Pero antes de que lo entregaran... él se adelantó y se entregó a sí mismo, como consta en las distintas tradiciones que han llegado hasta nosotros.

En ellas Jesús expresa la entrega de su vida a traves del gesto humilde de partir el pan... e invita a sus amigos a rememorar y dar continuidad a esta práctica suya, tan sencilla y cotidiana, como subversiva y humanizadora, de abrir nuestros brazos y ensanchar las mesas de nuestras casas para partir el pan como expresión del amor de un Dios que se entrega sin medida.

Pero la expresión de Jesús:
"Haced esto en memoria mía" no se puede reducir a repetir sus palabras y sus gestos externos como si fuera un ritual... sino de compartir su situación existencial y asumir sus mismos compromisos y sus criterios de vida que le hicieron entrar en conflicto con el poder.
Si nos falta esto, la memoria de Jesús en la eucaristía se convierte en una simple parodia... donde ya no se trata de entregar la vida, sino de "ir a misa".

Por eso, la mayoría de nosotros ya no somos "peligrosos" como lo era Jesús para el sistema de injusticia imperante... y tampoco nuestras eucaristías son:
- tan convincentes,
- tan impactantes y
- tan liberadoras ...
quizás porque en ellas no llegamos a asumir compromisos realmente transformadores en favor de un mundo más justo y más fraterno.

Cuando hoy se nos relata en el evangelio que ante la grave situación de injusticia y marginación de multitud de pobres y hambrientos, nos sorprende que los discipulos de Jesús no vieran otra salida que despedir a la gente para que cada uno se buscara la vida como pudiera ...

Esto suponía que aquellos que tuvieran "poder adquisitivo" podrían entrar en la dinámica del mercado que es la religión absoluta donde se adora al dios dinero y donde se sacrifica a los pobres.
Por eso Jesús no entra en la dinámica del mercado... él no compra, ni vende, ni multiplica...

Si embargo, nos ofrece otra alternativa:
"Dadles vosotros de comer"

Lo cual significa aprender a compartir... asumir que los panes y los peces que cada uno considera su propiedad privada, no son suyos... y que, al ponerlos en manos de Jesús, que los ofrece al Padre, lleguen a ser don de Dios para todos sus hijos.

Se trata de entrar en la dinámica del compartir donde se produce el milagro de que comamos todos y que sobre en abundancia.

Y es que los verdaderos milagros no los hace nunca la economía ni el mercado, solo los hace
- la fe y
- el amor. 

Manuel Velazquez Martín.

Comentario de Marcelino Legido
Un estudio más largo y exegético pero claro en el cual se dice "la fiesta del cambio de puestos" en https://marcelinolegido.es/wp-content/uploads/2023/04/Eucaristia_y_Justicia_Ponencia.pdf

lunes, abril 14, 2025

FRANCISCO EL DOMINGO DE RAMOS (VI CUARESMA - C)

LA MEJOR HOMILÍA SIN DECIR UNA PALABRA

¡Que maravillosa sintonía tiene el papa Francisco con Jesús de Nazaret!

Jesús entró en Jerusalén, la ciudad fuerte y amurallada, sobre un borrico prestado contraponiendose así a la fuerza solemne y guerrera de los briosos caballos que utilizaban los señores para hacer sus batallas y para engrandecer sus conquistas.
Y Francisco ha entrado en la gran basílica papal sin los signos ostentosos que se le han ido pegando a la Iglesia a lo largo de los siglos...

Todo el mundo ha podido ver al papa en la gran basílica sin signos "sagrados", sin alba bordada de lino, sin estola ni capa pluvial, sin palio de armiño y sin casullas resplandecientes ni nubes de incienso.

Sin sotana, sin cruz pectoral, sin solideo... con pantalones oscuros y camiseta blanca y una pequeña manta de abrigo sobre sus pies cansados...

Ha entrado, sin avisar porque queria rezar como cualquiera, caminar como cualquiera y vivir en libertad, como cualquiera, sin permanecer sujeto a los sutiles protocolos y diplomacias del poder eclesiástico.

Y ha entrado en silla de ruedas y con mascarilla de oxígeno para poder respirar un poco de aire limpio y saludable como cualquier hombre frágil, sencillo y además, enfermo.
Ante este gesto de Francisco me pregunto qué pensarán los clérigos de la elegancia tridentina convencidos de que su ministerio tiene algo que ver con el bordado de la estola o la pulcritud del alzacuello.

¿Alguien me puede decir qué vestiduras utilizó Jesús para distinguirse del resto de la gente?
¿Alguien me puede decir qué mitra utilizaba él para enseñar o de qué ornamentos se revestia para sanar?
Que yo sepa, el único ornamento litúrgico que tiene su origen en el evangelio es el delantal que Jesús se ajustó a la cintura para lavarnos los pies.

Por eso digo, que este gesto ha sido la mejor homilía que ha podido pronunciar el Papa Francisco este Domingo de Ramos.
Gracias Francisco, por hablar tan claro, sin decir palabra.

Manuel Velazquez Martín.

lunes, marzo 10, 2025

Rafa Pascual: Sácate la viga (C Ordinario VII) Lucas 6, 39-45 -

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”

jueves, enero 23, 2025

¡Milagros, no!… Un poco de amor (C II ORD) Jesús Peláez - Rafael Pascual. "Boda de Caná"


Extraño lenguaje del relato de  la boda de Caná

¿Quién no ha oído hablar de la boda de Caná? Pero ¿hemos leído con detención este relato para ver lo que dice exactamente? Da la impresión de que los comentaristas y la imaginación popular ‑que quiere ver cosas prodigiosas por todos sitios- se han quedado en la superficie. Casi todo lo que ahí se narra es extraño y es que los evangelios son como una caja de sorpresas, como constatamos ya con ocasión del día de Reyes o domingo de Epifanía.

Los estudiosos de los milagros de Jesús consideran este episodio de la conversión del agua en vino como un “milagro de naturaleza”, consistente en transformar una realidad material en otra -el agua en vino-, parecido en dificultad a otros que dicen que hizo Jesús como multiplicar los panes y los peces, alterar un proceso de la naturaleza calmando una tempestad con la sola voz o caminar por las aguas sin hundirse.

Estos estudiosos clasificaban los milagros del evangelio en grupos, de menos a más, según la dificultad que podían entrañar su realización. Así hablaban de “curaciones y exorcismos”, -los más fáciles y frecuentes-; de resurrecciones de muertos -más escasos que los anteriores-, (relatos que sería mejor llamar “reanimaciones de cadáveres”, pues, de ser relatos con fondo histórico, estos muertos volvían a la vida anterior, pero no a una vida sin semilla de muerte), y, finalmente de “milagros de naturaleza”, -los más complejos-. Según esta clasificación vigente desde Santo Tomás de Aquino casi hasta nuestros días, el milagro de la boda de Caná sería uno de los milagros mayores realizados por Jesús.

Insólito milagro

Entendido al pie de la letra, como si se tratase de algo realmente sucedido, este relato carece de lógica o coherencia interna. Casi todo lo que ahí se narra resulta extraño:

-Llama la atención, en principio, que unos novios no calculen el vino necesario para su fiesta de boda -una fiesta sin vino abundante no es tal-, y resulta llamativo más todavía que el maître o maestresala, encargado del banquete, no se diera cuenta de esta falta y que tuviera que ser precisamente una invitada, María, la que constatara la angustiosa situación.

-Sorprende que Jesús, siempre atento a las necesidades del prójimo, responda a su madre con unas palabras que pueden sonar a descortesía o falta de interés por resolver el problema: “¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”, responde a su madre, a la que además llama “mujer”, a secas.

-Y causa extrañeza, por lo demás, que, en el lugar donde se celebraba la boda, hubiera seis descomunales tinajas de piedra,  vacías, de unos cien litros cada una, destinadas a los ritos de purificación de los judíos.

-Sorprende el hecho de que Jesús mande llenarlas de agua y, luego, ordene a los sirvientes sacar agua para que estos la llevaran al maestresala, y que éste, al probarla, viese que se trataba de vino de calidad. Sin pararse a investigar más, ni corto ni perezoso, el maestresala reprocha al novio el hecho de haber reservado el vino de calidad para última hora, justo lo contrario de lo que se suele hacer.

-Y finalmente, es raro que el milagro de la así llamada “conversión del agua en vino” no fuese citado por ningún otro evangelista, ni por el resto de los autores del Nuevo Testamento, y que ni siquiera un historiador coetáneo de Jesús -como Flavio Josefo- comentase semejante fantástico acontecimiento.

El principio de las “señales”

Pero ¿se trata realmente de un milagro obrado por Jesús? Porque el evangelista no lo llama “milagro”, pues concluye el relato con estas palabras: “Esto hizo Jesús como principio de las señales en Caná de Galilea”.

Pues bien, sinceramente creo que lo que aquí se narra no es tanto un aparatoso milagro cuanto “el principio de las señales”, el comienzo de algo nuevo y distinto que Jesús inauguraba y que el evangelista expresa gráficamente, como si se tratase de un hecho realmente sucedido.

Para entender lo que ahí se refiere, debemos situarnos en el universo de imágenes y símbolos de la Biblia, donde “agua, vino y boda” son signos o señales de otras realidades conocidas por los judíos.

Veámoslo:

-Agua

La religión judía había llegado en tiempos de Jesús a una gran degradación. El profeta Isaías, entre otros, había descrito la relación de Dios con su pueblo en clave de pareja de enamorados con estas palabras: “Como un joven se casa con una doncella, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo”- (Is 62,5; véase también 54,1-8; Jr 2,2; Ez 16,8.60-63; Os 2,16.20-22). Pero, para conseguir ese tipo de relación amorosa con Dios, los fieles judíos tenían que cumplir nada menos que 613 mandamientos -de los que 248 eran positivos y 365 negativos-. Y como tanto mandamiento resultaba imposible de cumplir y como, además, cualquiera podía cometer pecado y caer en impureza sin ni siquiera darse cuenta, los fieles vivían constantemente en la incertidumbre de no saber si estaban o no a bien con Dios, aumentando cada día más su sentido de culpa, que los alejaba de Dios.

Para liberarse de la culpa sentían la necesidad de participar cuantas más veces mejor en las ceremonias que se celebraban en el templo y de realizar en casa una y otra vez los ritos y lavados de purificación prescritos en las leyes religiosas.

La centralidad de estos ritos de purificación viene reflejada en esas seis tinajas de unos cien litros de capacidad cada una, colocadas en el centro -¡seiscientos litros nada menos!-, destinadas a contener agua “para las purificaciones de los judíos”. Pero, ¡ironías de la vida!: aquellas tinajas estaban vacías, o lo que es igual, aquella religión no servía ni siquiera para purificar al pueblo de sus pecados y recuperar la relación de amor con Dios.

-Vino

El segundo elemento, cuyo alcance simbólico debemos considerar, es el vino.

Para el final de los tiempos había anunciado el profeta Isaías que Dios daría “un festín de manjares suculentos y de vinos de solera” (Is 25,6). El vino era el símbolo del amor entre los esposos: “Son mejores que el vino tus amores” dice el Cantar de los Cantares, un libro de enamorados que habla del idilio de Dios con su pueblo, y añade: “Tu boca es vino generoso” (7,10), “te daré a beber vino aromado” (8,2).

Pues tampoco lo del vino como símbolo del amor entre Dios y su pueblo funcionaba, porque en aquella boda faltó y las tinajas inmensas que había ni siquiera tenían agua, pues estaban vacías.

-Boda

En la Biblia, con la imagen de la boda se representa la alianza o el pacto de amor y de fidelidad entre Dios y el pueblo. Mientras que la antigua alianza estaba basada en unas tablas de piedra, las tablas de la Ley o los diez mandamientos, ‑de piedra son también las tinajas‑, la nueva alianza ‑la boda de Dios con el pueblo que lidera Jesús- no se basará ya en la Ley, ni en el cumplimiento de tantos mandamientos, sino en el amor, verdadero vino que hace soñar otra vida.

En Caná, Jesús anunció al maestresala, dándole a probar el vino, la sustitución definitiva del agua‑Ley por el vino‑Amor, sustitución de la Antigua por la Nueva Alianza. La hora definitiva de esta sustitución tendría lugar en la cruz, donde el vino‑Sangre de Jesús acabaría para siempre con el agua-Ley, instaurando entre sus seguidores, de ahora en adelante, el amor como único y definitivo mandamiento frente a los 613 mandamientos de la Ley antigua, imposibles de cumplir.

Que no falte el vino del amor

En vísperas de la toma de posesión de Donald Trump ¡con un gobierno de plutócratas en cuyo corazón impera el dinero! -y con el futuro de la humanidad muy incierto- toca hoy a la comunidad cristiana -y a cuantos quieran sumarse a esta tarea, sean cristianos o no-, hacer posible que no falte el vino del amor en nuestra sociedad donde reina tanta soledad, tanto desamparo, tanto descarte, tanta exclusión… “Una sociedad -como escribe el teólogo Juan José Tamayo en su libro La compasión en un mundo injusto- en la que impera la injusticia estructural, avanza a pasos agigantados la desigualdad y sufrimos la pérdida de la compasión. Una sociedad en la que los progresos tecnológicos no se corresponden con el progreso en los valores morales de solidaridad, fraternidad-sororidad, justicia, igualdad y libertad, como tampoco el crecimiento económico ha terminado con la eliminación de la pobreza”.

Urge suplir entre todos -cada uno en la medida de sus posibilidades – esta terrible carencia de vino-amor que ha echado del banquete de la vida a una inmensa mayoría de ciudadanos de nuestro mundo.

No hacen falta milagros aparatosos. Solo un poco de amor, que cada uno debe poner en el entorno en que vive. Será la única manera de hacer de esta vida una fiesta de boda, en la que no falte el vino, abriendo nuestro mundo a un futuro fecundo y esperanzador. Ardua -pero necesaria y urgente- tarea que tenemos por delante.