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martes, agosto 04, 2026

Desde la fe ante la muerte de Fabiola. Homilía de Ambrosio (29/7/2026)


El sufrimiento sin sentido, sin salida, sin fin lleva a los seres humanos a buscar a Dios a gritos y a desesperar de Dios. Algunos preguntan por Dios teóricamente: ¿Cómo Dios permite esto? Tienen la impresión de que Dios es una fuerza ciega e insensible del destino que no se preocupa por nada. Que a Dios le da lo mismo que mueran los niños sirios en las Playas de Europa y en tugurios en América Latina, que mueran más de 300 inmigrantes en una patera en una Isla en la rica Italia. No se preocupa por ellos. Las personas se forman tal impresión porque ellas mismas están en peligro de volverse así: insensibles, frías e indiferentes frente al sufrimiento. La pregunta: ¿Cómo puede Dios permitir esto? Es el planteamiento del espectador. No es la pregunta de los afectados. Dice Jurgen Moltmann en su libro Cristo para nosotros hoy:

Lo recuerdo: En julio de 1943, atrapado bajo una lluvia de bombas, presencié la destrucción de Hamburgo, mi ciudad natal. En esta tormenta de fuego murieron 80.000 personas. Como por obra de milagro, sobreviví, pero hasta hoy no he sabido por qué no fallecí como mis compañeros. Mi pregunta ante este infierno no fue: ¿Por qué permite Dios que esto ocurra?, sino: Dios mío, ¿dónde estás? ¿Dónde está Dios? ¿Estás lejos de nosotros, ausente, guarnecido en su cielo? ¿O es un sufriente entre los sufrientes? ¿Participa en nuestro sufrimiento? ¿Le parten el corazón nuestros dolores?

Quienes sufren infundadamente piensan siempre primeramente que han sido abandonados por Dios y todo lo bueno. Quienes claman a Dios pueden descubrir que comparten el grito mortal de Cristo. Descubren en el Cristo sufriente al Dios compasivo que sufre con ellos y los entiende. Cuando percibimos esto, nos damos cuenta de que Dios no es la fuerza fría y distante del destino a que acusamos, sino que en Cristo llegó a ser el Dios humano que clama con nosotros y en nosotros y que aboga por nosotros cuando la pena nos deja mudos. El Dios hecho ser humano ha hecho de nuestra vida una parte de su vida y de nuestros sufrimientos los suyos propios. Por eso en nuestros dolores participamos de sus dolores y en nuestra aflicción compartimos la suya.

Quien cree en el Dios que sufre con nosotros reconoce su sufrimiento en Dios y a Dios en su sufrimiento, y encuentra en la comunión con él la fuerza que le permite permanecer en el amor a pesar del dolor y la tristeza, sin amargarse. No sabemos por qué Dios permite estas cosas. Y aunque lo supiéramos, no nos ayudaría a vivir. Pero cuando descubrimos dónde está Dios y percibimos su presencia en nuestros sufrimientos, entonces hemos hallado la fuente de la cual renace la vida. En el recuerdo doloroso se conserva la esperanza. Recordar acelera la salvación.

Y culmina su reflexión en el capítulo que titula “Pasión de Cristo y el dolor de Dios” diciendo: Mientras escribo estas líneas, veo la foto del hermano Juan Ramón Moreno, uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Yace en un charco de su propia sangre en la habitación de Jon Sobrino, y en la sangre ha caído mi libro El Dios Crucificado. Este capítulo está dedicado a su memoria.

Porque recordar acelera la salvación, por eso quiero terminar esta homilía recordando e invitando a recordar: La alegría de Fabiola cuando fue convocada para la Selección, la ilusión que tenía para ir a dar en esta concentración lo mejor de ella misma, las esperanzas de un futuro abierto para ella y para los demás. Son alegrías y esperanzas que tenemos que mantener abiertas para todos los niños del mundo. Es la Alegría del Resucitado, una alegría que no esconde las cicatrices y las señales de la Cruz “dicho esto, les enseñó las manos y el constado, y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Quiero que sepamos y tengamos presente que Cristo Crucificado y Resucitado sigue caminando con nosotros como con los discípulos de Emaús y lleva de la mano a la eternidad del Padre a Fabiola.

Ambrosio Abeso

Info del funeral: www.laprovincia.es

Fabiola el día de Primera Comunión, mayo 2025




martes, agosto 19, 2025

¿sufrimos porque pecamos?

La doctrina cristiana de la redención, en buena parte de su desarrollo histórico, ha puesto un énfasis excesivo en la dimensión de la culpa y el pecado individual, presentando la salvación casi exclusivamente como liberación de la condena personal. Esta perspectiva, en muchos casos, ha dramatizado la condición pecadora de la humanidad, situando el centro de la fe en la reparación por el pecado más que en la restauración de la vida.

Sin embargo, al acentuar de tal modo la culpa, se ha tendido a relativizar el sufrimiento real de las víctimas de la injusticia, de la violencia y de las estructuras de pecado. La cruz, interpretada únicamente como pago por la culpa, se reduce a un drama individual y espiritual, perdiendo su fuerza como signo de la solidaridad radical de Dios con los crucificados de la historia.

Una teología de la redención más fiel al Evangelio debe poner en el centro no solo la superación del pecado, sino también la liberación del sufrimiento. El clamor de las víctimas, tan presente en la Escritura, es inseparable del misterio de Cristo que muere y resucita. Recuperar esta dimensión significa reconocer que la salvación no es solo perdón para el pecador, sino también justicia, consuelo y vida para quienes han sido heridos por el mal.