miércoles, abril 22, 2026

Paternalismo de los satisfechos en la actual legalización de migrantes

A lo largo de los años he ido observando esa pose de desmedida satisfacción que produce el paternalismo. Lo he visto hasta la saciedad en la vida. Aprendí desde niño -y más después- a rechazarlo en la Frater, una asociación de los llamados entonces “minusválidos” que rechazaba frontalmente ser llamados “inválidos” y donde exigían hacer por si mismos lo que podían hacer; recuerdo especialmente a Sagrario que siguió trabajando en un taller de camisas aunque la querían jubilar. La Frater ha seguido y hoy exige que se hable de “personas con discapacidad”. Prefieren una rampa a que los lleves en brazos. 


En aquel Seminario al que llegué a los once años esta visión no se reducía sino que se fundamentaba. Estaba toda la teología del Vaticano II desde la perspectiva de la encarnación tan acentuada por aquel Marcelino Legido que con tres doctorados dejaba la Universidad para irse a servir a los pobres. Los otros curas, especialmente Domingo Martín y Antonio Romo defendían lo mismo en realidad aunque no lo explicaran con la brillantez de Legido.


Precisamente con Antonio Romo compartí unos años de juventud en un barrio empobrecido y luchador de Salamanca, Puente Ladrillo, donde llamaban a las asistentes sociales “las moscas de la carne” para ridiculizar su forma de hurgar en la mierda. Pude con ellos reírme del paternalismo y disfruté de estar de su parte en su inteligencia para los engaños, la venta de ropa o la recogida de cartones. En Las Palmas no ha sido distinto. A mí el paternalismo me produce asco. Es así. Me produce un rechazo visceral todo ese mundo del limosneo.


Quien no haya tenido estas experiencias puede recurrir al cine. Recuerden la escena de los Santos Inocentes en que la señorona da limosna con motivo de la Primera comunión del niño. O el trato del señorito que hace que Azarías le termine matando. No he leído que nadie censure moralmente este asesinato que suscita hasta empatía. A mí me parece colosal, aunque menos conocida, la escena en Las cenizas de Ángela (hacia minuto 26) en que ponen a los pobres en fila y los humillan con preguntas y les dan vales para que adquieran alguna cosa de segunda mano: “Es bonito el abrigo que lleva”, “he dicho que hay mucha ignorancia en el mundo” (y todos los pobres se ven obligados a repetir a coro “hay mucha ignorancia en el mundo”), “le daré un vale para una cama de segunda mano”, “los mendigos no eligen” le responde a su petición: “preferiría no dormir en una cama en que haya muerto alguien”. 

A mi esta “legalización” de migrantes me tiene perplejo por la satisfacción que produce el paternalismo. La realidad es que estos migrantes son un chollo para el sistema, para las pensiones, para los señoritos a quienes hacen la cama. La realidad es que es un robo a los países empobrecidos. La realidad es que estos migrantes no van a poder cuidar a sus padres y a veces no van a poder ir ni al funeral. La realidad es que son el viejo “ejército de reserva del proletariado” que, contra su voluntad, son utilizados para bajar los salarios. Sí que hay Jornaleras en Andalucía pero se traen de Marruecos y de América para pagarles menos, para elevar la demanda de empleo y así bajar el precio del trabajo, tratado como mercancía de mercado.


En las películas sobre esclavos se ven claramente dos tipos de esclavistas: los crueles y los paternalistas. Los crueles azotan y maltratan, los paternalistas le sacan el jugo igualmente a los esclavos pero son más suaves. Hasta quizá sea más rentable ser paternalista. La derecha política oficial de España se parece a los esclavistas crueles, la izquierda oficial de España a los esclavistas paternalistas.


Joseph Bouchaud, Hijo de la Caridad, y Fredy Kunz, militante de la JOC, lo aquilataron desde su experiencia: “Si un rico da a un pobre no se trata de compartir, es un reembolso. Si un pobre da a un rico, no es compartir, es servidumbre.  Compartir es un don que exige un sacrificio y que realizan mutuamente dos hombres que se saben hermanos. Compartir es una comunión. El compartir de dos pobres es la única manera de ayuda que valora a quien la recibe y a quien la da.” 


¡Si me están pisando también yo prefiero ese paternalismo a la crueldad! ¡Lógico! Pero no creamos que esto es solidaridad. Los partidarios de esta legalización no debían -creo- sacar tanto pecho. Deberían recordar aquellas palabras, qujzá no literales, de san Vicente de Paul en una de sus biografías: “Háganse perdonar la sopa que dan”. Ni el Gobierno de España ni los empresarios están en clave de solidaridad. Están en clave de negocio, en clave de explotación. Paternalista pero explotación. ¡No nos chiflemos!


Puede verse entera: http://ok.ru/video/7377201269259


http://ok.ru/video/7377201269259

martes, abril 21, 2026

REFLEXIONAR PARA VIVIR


/ Concepción Arenal: Feminismo en el XIX   
24/ Traumatóloga Geek: Napoleón murió por la decoración
23/ Traumatóloga Geek: Madame Curie

22/ Antropóloga de mamás: ¿Por qué no tenemos más hijos?
21/ Traumatóloga Geek: Vivien Thomas, el cirujano negro que no podía operar
20/ Joan Ramón Laporte: Medicalización
19/ Isabel Saavedra: Vivienda y mercado
18/ Traumatóloga Geek: Jacinto Convit y la lepra
17/ Irene Vallejo: El amor (Cristina Peri Rosi)
16/ Gian Luca y abuela María: Despedida de un migrante
15/ Paula Fraga: Postureo negocio de Bad Bunny
14/ Traumatóloga Geek: ¿Y la abuela murió por la cadera rota o por la cama recetada?
13/ Francesco Tonucci:  El placer del juego
12/ Victoria Camps: ¿Son fascistas los jóvenes de hoy?
11/ David Jiménez: En la trinchera en Afganistan se pasa mal, pero en despacho de director de periódico si quieres contar la verdad tampoco se pasa bien.
10/ Cristina López Schlichting: El párroco de Adamuz
9/ Rafa Pascual, Bombillas y obsolescencia programada
8/ Traumatóloga GEEK, El científico que rompió el cheque
7/ Jesús Quintero: "Con el tiempo..."
6/ Candela Antón: "Cerebro maternal"
5/ Revolución Crianza
 4/ Microquimerismo materno fetal y Dios 3/ 1550
2/ No se dice

1/ M. Foucault: ¿Por qué se enseña a obedecer?

domingo, abril 19, 2026

Los discípulos de Emaus (Pascua III, A,B,C)





Eduardo Sanz de Miguel, ocd

El relato de los discípulos de Emaús, que se lee hoy en misa, muestra una paradoja de la vida espiritual: los discípulos caminaban junto a Jesucristo, pero no lo reconocían. No estaban ciegos, sino condicionados por sus recuerdos del pasado. Habían conocido a Jesús como maestro, y esperaban que el Mesías actuara de un modo concreto (como rey poderoso). Cuando el Resucitado se acercó a ellos como un sencillo caminante, su memoria se convirtió en un velo. Solo cuando escucharon de nuevo las Escrituras y lo reconocieron al partir el pan comprendieron que Dios puede hacerse presente de formas siempre nuevas, más allá de nuestras expectativas.

La enseñanza de Juan de la Cruz ayuda a comprender esta experiencia. El santo explica que la memoria debe purificarse por la virtud de la esperanza: no se trata de olvidar lo vivido, sino de no quedar prisioneros de ello. Si esperamos que Dios actúe siempre como lo hizo en el pasado, corremos el riesgo de no reconocer su presencia en el presente. Dios nunca se repite; siempre se adapta a nuestra situación concreta y nos sale al encuentro de maneras nuevas. Cuando el corazón se libera del apego a sus recuerdos, recupera la capacidad de asombro y descubre que el Resucitado sigue caminando con nosotros en el presente de nuestra vida. 

ENCUENTRO DE EMAUS
(Lc. 24,13-35)
Manuel Velazquez Martín

Después de la muerte de Jesús, dos de sus discipulos, para sanar las heridas del dolor y del olvido, se dirigen a la aldea de Emaus buscando un sitio tranquilo, lejos de Jerusalén, la gran ciudad que asesina a los Profetas...

Ellos habían confiado en que Jesús sería el liberador de Israel y se habían comprometido con su causa... pero el escándalo de la cruz los había derrumbado... y habían perdido la fe y la esperanza.

Ahora se encuentran tristes y desolados, huyendo de la angustia y el fracaso... discutiendo entre ellos y enredados en un laberinto, sin salida... 
Quisieran olvidar... pero no pueden... 
Por eso quizás andan buscando, un lugar apartado para el descanso y para un retiro sanador.... 

Pero las profundas heridas del alma no se curan fácilmente con desplazamientos o con simples descansos vacacionales... ni tampoco el paso del tiempo, lo puede curar todo, como dicen algunos...
Hay desgarros que necesitan  un tratamiento bastante más eficaz.

Por eso, el mismo Jesús resucitado, medicina de Dios para este mundo, se pone a caminar a nuestro lado, sin ser reconocido, y nos pregunta de que vamos hablando por el camino. 
Porque el camino de Emaus es también nuestro camino... el camino de nuestro propio corazón, tantas veces herido, desencantado y encerrado en sí mismo.

Mientras caminamos tristes Él se acerca a nosotros respetuoso y nos pregunta interesado por nuestras dudas, temores y desánimos...
Y a través 
- de su cálida Palabra, desbloquea nuestra mente...
Y a través 
- de la fracción del Pan, hace caer la venda de nuestros ojos  para que le podamos reconocer. 

Y esta impronta que nos deja Jesús es la clave de la experiencia pascual de aquellos discípulos y de cada uno de nosotros.
Por eso, aunque la Vigilia Pascual tenga un día señalado en el calendario, el encuentro real de cada uno de nosotros con el Resucitado, tiene su propio momento:
Hay quien no pudo esperar a que amaneciera para andar buscando en el sepulcro al despuntar la aurora del día primero de la semana, como María Magdalena ... y hay quien, con una gran sensación de fracaso, como estos dos de Emaus, se van de retirada con sus esperanzas rotas.

Pero a todos nos llega el momento... porque Jesús 
- a todos nos busca y
- a todos nos alcanza.
A todos nos llega el momento de salir de nuestros miedos para empezar a "ver" con los ojos del corazón y aprender a descubrir la realidad de cada día, con los ojos de Jesús... y salir corriendo, para contarlo a los demás. 

Y quisiera terminar mi reflexión, pidiendo que miréis con atención, la reproducción del muralista Manuel Ruiz Ortega, que pongo al final del texto, en la que os destaco varios detalles significativos. 
En primer lugar, podéis  observar como la escena está definida por dos grandes diagonales de luz que parten de la figura de Jesús y de la luz solar que entra por el ventanal.
Es el momento en que Jesús 
pronuncia la bendición y parte el pan... y también el momento en que ellos lo reconocen.
Por otro lado, Cleofas, el único del que sabemos su nombre, tiene su mano en el corazón para indicar que ha prendido en él el fuego del Espíritu a través de su Palabra y con una postura de gran dinamismo, con el gesto de su pie izquierdo, que indica 
que se está levantando de la mesa, para salir corriendo. 
Y por último, el otro discípulo, que no tiene nombre, que viene a ser como, una invitación a que el observador se identifique con él... y que sintamos  que somos, cada uno de nosotros ese personaje y  que llenos de asombro, sentados con las manos abiertas al misterio, en la mesa de cada eucaristía...
Y dispuestos siempre a desandar el camino del desanimo para dar testimonio de Jesús resucitado, llenos de alegría y de entusiasmo.



Resucitados
Lidia

Si nos anclamos al pasado, no avanzamos. encuentro un símil como madre. Cuando los hijos crecen, esperamos que sigan siendo niños, aunque hayan crecido y tengan su propia forma de ser. 

No hay más ciego que el que no quiere ver, aún teniendo la verdad ante  nuestros ojos

Como decía el
Principito: sólo se puede ver bien con el corazón. 
Lo que nuestra cabeza sabe lo ha de asimilar nuestro corazón para adaptarnos a la nueva situación.

Y adaptarnos a la nueva situación es como una resurrección.

El momento de partir el pan es clave, es el momento en que reaccionan, para adaptarse a la nueva situación. Como decía Piaget, es como un proceso de adaptación: asimilación-acomodación ( a la nueva realidad), para que se produzca un equilibrio.
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domingo, abril 12, 2026

También nuestros enemigos son sacramento

Tomás Martín/www.solidaridad.net

La idea del otro como sacramento responde a la intuición profunda de que la presencia del otro —su rostro, su palabra, su vulnerabilidad— puede convertirse en un espacio donde se transparenta lo esencial, lo divino, lo verdaderamente humano. Entre todas las formas en que ese otro se nos presenta es en el rostro del pobre donde esta dimensión sacramental se revela con una particular contundencia. Allí, en los más necesitados, frágiles, descartados y empobrecidos, el misterio se hace casi visible. Esta afirmación se sitúa en continuidad con la tradición bíblica y eclesial que reconoce que el Dios cristiano se revela en la historia concreta «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). El papa Francisco nos recuerda que «En cada pobre está presente Cristo mismo» (EG 197).

La solidaridad no aparece con un gesto ocasional, sino una forma estable de relación, profundamente vinculada a la dignidad del otro. El pobre se convierte así, en cuanto sujeto y no como mero receptor, en un lugar privilegiado de promoción humana y espiritual. Y ahora nos preguntamos: ¿Qué ocurre cuando ese otro, que decimos sacramento, aparece bajo formas que no elegimos ni deseamos? ¿Y si se presenta cómo adversario que desafía? ¿Y si su rostro no despierta compasión, sino rechazo, temor e incluso hostilidad?

El enemigo es prójimo que nos interpela

Si creemos que la alteridad es sacramento, el enemigo lo es en toda su amplitud. Este artículo quiere adentrarse ahí, en esa frontera donde el otro deja de ser cómodo y se convierte en desafío; donde la espi- ritualidad se mide no en ideas, sino en decisiones y miradas concretas.

Reconocer al enemigo como sacramento no signifi- ca negar la injusticia ni suspender la responsabilidad histórica. La tradición cristiana nunca ha identificado misericordia con pasividad. Por el contrario, la Escritura muestra una constante tensión entre el amor al enemigo y la denuncia profética del mal. Jesús ama a quienes lo persiguen, pero no deja de desenmascarar la hipocresía y la opresión (Mt 23).

El fundamento de esta tensión es teológico: la dignidad de la persona no se anula por el conflicto, porque está arraigada en la creación misma: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). Esta imagen permanece incluso cuando se oscurece por el pecado personal o estructural.

Por eso, la tradición eclesial ha insistido en que la acción cristiana en el mundo no puede reducirse a gestos aislados ni a prácticas tranquilizadoras de conciencia. La fe, especialmente en la vocación laical, está llamada a encarnarse en la transformación de la realidad histórica. El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad al afirmar que «corresponde a los laicos ordenar los asuntos temporales según Dios» (LG 31).

En este marco, el enemigo no es solo una figura interpersonal, sino también social, política y estructural. Reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia, sino luchar por ella sin perder el hori- zonte evangélico.

Aquí puede hablarse con propiedad de caridad política, entendida como la forma social y estructu- ral del amor cristiano. El papa Francisco lo expresa con claridad cuando afirma que la caridad auténtica implica una apertura a la vida social, económica y política y busca cambiar las causas que producen pobreza, desigualdad y descarte (Fratelli Tutti 180-182).

El enemigo sacramento de máxima exigencia

Si la sacramentalidad del otro solo se reconoce allí donde hay cercanía o vulnerabilidad queda in- completa. Es precisamente en el enemigo donde esta categoría alcanza su máxima exigencia. El enemigo es sacramento límite: aquel que pone a prueba si creemos realmente que Dios actúa en la historia y no solo en los espacios protegidos de la religiosidad.

La cruz constituye aquí la clave definitiva. Jesús no muere rodeado de amigos, sino enfrentado a la violencia, la incomprensión y la traición. Y desde ese lugar pronuncia unas palabras que abre un horizonte nuevo: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen» (LC 23, 24).

La presencia del enemigo pone a prueba la pro- fundidad de nuestra fe y la coherencia de nuestra mirada. San Agustín decía que «el enemigo no debe ser amado por su conducta, sino por su condición de persona» (Sermón 48, 7).

La alteridad conflictiva posee una capacidad reve- ladora. El enemigo no solo nos dice algo de sí mismo; revela algo de nosotros. Ante él emergen nuestras reacciones más inmediatas: el miedo, la ira, la rapidez con la que justificamos la exclusión.

El Evangelio nos propone, no una fe de segurida- des, sino una fe de fidelidad capaz de sostenerse in- cluso cuando desaparecen las evidencias favorables, y en los escenarios de tensión y conflicto, o sea, cuando el enemigo está presente.

Hacia una visión de fe del enemigo

Reconocer al enemigo como otro, como sacra- mento del encuentro con Dios, constituye uno de los desafíos para una teología encarnada. No se trata de una afirmación marginal ni de un añadido piadoso, sino de una consecuencia directa de la lógica de la encarnación: si Dios ha querido habitar en la historia humana sin condiciones previas, entonces ningún rostro queda definitivamente excluido del ámbito donde puede acontecer el encuentro con Él.

Esta convicción exige una fe de fidelidad, más que una fe apoyada en seguridad religiosa o consensos sociales. La vida cristiana transcurre en una tensión permanente «no os acomodéis a este mundo, sino transformaos» (Rm 12, 2). En este proceso de trans- formación, el enemigo aparece como una figura que pone a prueba la solidez de nuestras opciones, obli- gándonos a discernir si nuestra relación con el otro se funda en el Evangelio o en la autodefensa.

Desde esta perspectiva, la sacramentalidad del enemigo no debilita el compromiso histórico, sino que lo profundiza. La solidaridad, entendida no como mera empatía sino como opción estable por la dignidad del otro, se amplía hasta incluir también los espacios de conflicto. Del mismo modo la promoción de la persona no puede limitarse a contextos favora- bles, sino que ha de sostenerse allí donde la relación se vuelve más difícil y tensa. A este respecto san Juan Crisóstomo decía «amar al enemigo es más grande que amar al amigo, porque en él se prueba la pureza del amor (Homilía sobre Mateo 33, 3) y san Agustín afirma «odia el pecado, ama al pecador; el enemigo no deja de ser hermano en humanidad» (Comenta- rios sobre salmos 140, 2).

El enemigo, entendido también en su dimensión social y estructural, se convierte así en un lugar de discernimiento eclesial, reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia ni diluir la denuncia profética; significa más bien, sostener el compromiso de transformación sin reproducir la lógica de exclu- sión que se pretende superar.

Desde aquí, la sacramentalidad del otro, también cuando es enemigo, se revela como criterio de auten- ticidad de la fe cristiana. No se verifica en declara- ciones de principios, sino en la capacidad de integrar contemplación y acción, misericordia y justicia, fe y responsabilidad histórica.

Queda así abierta una tarea que no se agota en este artículo: discernir cómo vivir hoy una fe fiel al Evangelio en medio del conflicto, cómo sostener la solidaridad cuando se vuelve costosa, cómo promo- ver la dignidad humana y cómo ejercer una caridad política que transforme la realidad sin perder el rostro del otro.

Es en este espacio donde la fe cristiana se juega su credibilidad y donde el enemigo puede convertirse en uno de los lugares más exigentes y reveladores del encuentro con Dios.
 


sábado, abril 11, 2026

¿Por qué nos mentimos creyendo tener razón?


El peor engaño no viene de otros, sino de ti mismo. Estudios en psicología muestran que más del 80% de las personas sobrestima sus capacidades (efecto Dunning-Kruger). Es decir, no solo nos mentimos… sino que creemos tener razón. Ahí comienza la pérdida de contacto con la realidad.

Fyodor Dostoevsky lo entendió antes que la ciencia moderna: cuando repites una mentira interna, tu cerebro la normaliza. Este fenómeno, llamado “autoengaño cognitivo”, reduce la disonancia mental, pero distorsiona tu percepción. Te sientes mejor… pero entiendes peor lo que pasa.

El punto crítico llega cuando ya no puedes distinguir verdad de conveniencia. Investigaciones muestran que las personas justifican hasta un 90% de sus decisiones después de tomarlas, incluso si fueron malas. Eso explica por qué alguien puede mantenerse años en una relación tóxica, un mal trabajo o decisiones erróneas sin reaccionar.

Líderes que fracasan por ego, personas que repiten patrones destructivos, decisiones financieras equivocadas. No es falta de inteligencia, es falta de honestidad interna. El autoengaño sostenido literalmente “reprograma” tu forma de ver el mundo.

La verdad duele, pero es funcional. Sin ella no puedes corregir. Cada vez que te justificas demasiado, hay una alta probabilidad de que estés defendiendo una mentira interna. Detectarla a tiempo puede cambiar completamente tu rumbo.