A Su Excelencia
el señor Qu Dongyu
Director General de la FAO
Excelencia:
1. La Jornada Mundial de la Alimentación de este año se celebra bajo el lema “Innovar hoy para nutrir mañana”. Cuando el ser humano contribuye a que la tierra dé sus frutos, no está llevando a cabo una mera transacción técnica, sino que está cumpliendo con el mandato de cuidarla y cultivarla (cf. Gn 2,15), que precede a toda arquitectura jurídica y a todo avance técnico. Sin embargo, en la situación actual nos enfrentamos a una paradoja: el progreso global, que avanza cada vez más rápido, va acompañado de la persistencia del hambre y la pobreza. Este no es un problema técnico ni económico, sino una profunda crisis antropológica y ética.
2. Hoy en día se habla de innovación con gran soltura. Por otro lado, con frecuencia, se reduce a los artefactos, los algoritmos o la optimización del rendimiento por la mera rentabilidad del capital. Es preciso purificar el concepto. Innovar no consiste en reemplazar lo creado, sino en penetrar con reverencia en las complejas leyes que salvaguardan la obra salida de las manos del Creador. Toda técnica auténtica aplicada al campo es una expresión del papel del ser humano como colaborador de Dios en la obra de la creación. No obstante, cuando la tecnología moderna aplicada a la agricultura despoja al suelo de su fertilidad natural o expulsa al campesino de su tierra para sustituirlo por el frío cálculo financiero, no se trata de progreso, sino de una sofisticada forma de devastación. El uso irresponsable de la tecnología, que no sirve al bien común, sino a intereses egoístas exclusivamente, viola el principio de solidaridad y también ignora el mandato del ser humano de preservar la creación. La innovación que el mundo necesita no se mide únicamente por la cantidad de grano obtenida, sino por la promoción de la dignidad humana otorgada por Dios y por la integridad del ecosistema que el ser humano está llamado a preservar.
3. El hambre no puede considerarse una anomalía estadística, pues se debe en gran parte a una falta de voluntad política y de caridad colectiva. La escasez de alimentos no es tampoco algo geográficamente inevitable. De hecho, es intolerable que, en una época caracterizada por un progreso técnico sin precedentes, el pan siga siendo un privilegio y el agua una mercancía disputada. El acceso regular a una alimentación inocua, adecuada, suficiente y acorde con la dignidad de cada persona es un derecho humano fundamental. Garantizar este derecho es una obligación de justicia que compromete a los Estados y a la comunidad internacional. Y sin embargo, mientras se innova para acelerar la producción, se desatiende la distribución. Se perfeccionan los mercados del grano en las bolsas de valores, mientras la semilla real, la que germina en el surco, cae en manos de monopolios que asfixian a la agricultura de pequeña escala.
4. Garantizar la nutrición del mañana exige liberar los alimentos de las lógicas puramente especulativas. El pan no es un instrumento de presión geopolítica ni un activo financiero volátil. Nunca debe utilizarse como arma de guerra. Impedir que llegue a todos o destruir los medios que lo producen es una terrible ofensa a la dignidad humana. El pan es precioso porque sostiene la vida que Dios nos ha dado. Por eso debemos superar la tentación de pensar a corto plazo. El mito del crecimiento ilimitado a pesar de que los recursos son limitados ha llegado a un punto de ruptura. Innovar hoy exige asumir una responsabilidad intergeneracional que vaya más allá de los presupuestos anuales. Innovar significa reconciliar tecnología con sabiduría, incluida la sabiduría ancestral, sin perder de vista el futuro. No se trata de rechazar el progreso tecnológico, sino de integrarlo con el saber del agricultor, que ha afianzado su conocimiento del suelo y del clima a lo largo de siglos de atenta observación. Innovar también implica proteger el agua como bien común indivisible.
5. Señor Director General: invito a la FAO y a los Estados representados en ella a que no se conformen con diagnósticos abstractos ni con declaraciones de eficacia efímera. Es hora de la audacia moral. Es necesario establecer un nuevo orden alimentario global en el que la innovación tecnológica esté subordinada de manera incondicional al respeto de la dignidad humana otorgada por Dios y al bien común universal. Los recursos invertidos en la industria de la guerra deberían desviarse, por un imperativo ético impostergable, hacia la investigación agrícola sostenible y la regeneración de los suelos degradados. El mañana no es un espacio de tiempo abstracto que nos aguarda pasivamente, sino la cosecha de lo que sembramos hoy con nuestras decisiones. Si sembramos una innovación sin ética, basada en el dominio despótico sobre la tierra y en la exclusión del débil, cosecharemos la aridez y la contienda. Si, por el contrario, la innovación nace del respeto al orden natural y de la justicia hacia los hambrientos, el mañana traerá consigo una mesa colmada que sacie a la humanidad.
6. Con estos sentimientos hacia quienes se dedican a cultivar la tierra y a alimentar a la humanidad, invoco la bendición del Dios todopoderoso y aseguro el apoyo incansable de la Santa Sede a todas las iniciativas que favorezcan a la FAO en sus nobles esfuerzos.
Vaticano, 12 de octubre de 2026
LÉON PP. XIV
Antígona hoy
Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
lunes, octubre 19, 2026
Ivan Illich
Creo que la Encarnación hace posible un florecimiento sorprendente y totalmente nuevo del amor y el conocimiento. Para los cristianos, el Dios bíblico puede ser amado, ahora, en la carne. San Juan relata que se sentó a la mesa con Él, que recostó su cabeza sobre su hombro, que lo escuchó, lo tocó y percibió su aroma. Y Él mismo afirmó que quien lo ve a Él, ve al Padre, y que quien ama a otro, lo ama a Él en la persona de ese otro.
***
En los primeros años del cristianismo, era costumbre en los hogares cristianos tener un colchón extra, una vela y pan seco por si el Señor Jesús llamaba a la puerta en forma de forastero sin techo; una costumbre totalmente ajena a las culturas del Imperio Romano. Se acogía a los propios, pero no a alguien perdido en la calle.
Se ha abierto una nueva dimensión del amor; sin embargo, esta apertura resulta sumamente ambigua, pues hace saltar por los aires ciertas suposiciones universales acerca de las condiciones bajo las cuales el amor es posible. Antes, yo estaba limitado por el pueblo en el que había nacido y la familia en la que me crié. Ahora, puedo elegir a quién amar y dónde amar. Esto supone una amenaza profunda para el fundamento tradicional de la ética, que siempre se había basado en un *ethnos* —un «nosotros» históricamente dado que precede a cualquier pronunciamiento de la palabra «yo»—.
La apertura de este nuevo horizonte conlleva, además, un segundo peligro: la institucionalización. Existe la tentación de intentar gestionar -y, a la larga, legislar- este nuevo amor; de crear una institución que lo garantice, lo asegure y lo proteja, criminalizando lo que se le opone. Así, junto con esta nueva capacidad de entregarse libremente a los demás, ha surgido la posibilidad de ejercer un tipo de poder completamente inédito: el poder de aquellos que organizan el cristianismo y se valen de esta vocación para reivindicar su propia superioridad como instituciones sociales.
Este poder es reclamado, en primer lugar, por la Iglesia y, más tarde, por las numerosas instituciones seculares forjadas a su imagen y semejanza. Dondequiera que busque las raíces de la modernidad, las encuentro en los intentos de las iglesias por institucionalizar, legitimar y gestionar la vocación cristiana.
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Si, por tanto, tomamos como ejemplo a este hombre que dice: «Que pase de mí este cáliz» -pues lo teme profundamente-, nos encontramos ante un ejemplo que es, a la vez, de lealtad hacia su propio pueblo y de disposición a aceptar la exclusión de dicho grupo a causa de aquello que él cree. Esta es, en su forma suprema, la actitud cristiana frente a la comunidad mundana; una actitud que los cristianos intentaron encarnar en su vida cotidiana.
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Si, por tanto, tomamos como ejemplo a este hombre que dice: «Que pase de mí este cáliz» -pues lo teme profundamente-, nos encontramos ante un ejemplo que es, a la vez, de lealtad hacia su propio pueblo y de disposición a aceptar la exclusión de dicho grupo a causa de aquello que él cree. Esta es, en su forma suprema, la actitud cristiana frente a la comunidad mundana; una actitud que los cristianos intentaron encarnar en su vida cotidiana.
Esa misma disposición a salir del seno de la comunidad se manifiesta en la parábola del samaritano. Jesús relata esta historia en respuesta a la pregunta de «un cierto letrado» -es decir, un hombre versado en la Ley de Moisés-, quien le interroga: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús cuenta que un hombre, mientras viajaba de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por unos bandidos, quienes lo despojaron de sus pertenencias, lo golpearon y lo dejaron medio muerto en una cuneta junto al camino. Por allí pasan un sacerdote y, más tarde, un levita -ambos vinculados al Templo y a los ritos sacrificiales reconocidos por la comunidad-, pero los dos siguen su camino pasando de largo. Entonces aparece un samaritano, alguien a quien los oyentes de Jesús habrían considerado un enemigo: un forastero despreciado, proveniente del reino del norte de Israel, que no rendía culto en el Templo. Este samaritano se acerca al herido, lo levanta, lo toma en sus brazos, le cura las heridas y lo lleva a una posada, donde paga por su convalecencia.
Es una historia sumamente conocida. [...]. Quizás la única forma de recuperar hoy su sentido original sería imaginar al samaritano como un palestino que socorre a un judío herido. Se trata de alguien que no solo trasciende su inclinación étnica a cuidar únicamente de los suyos, sino que, al atender a su enemigo, comete una suerte de traición. Al hacerlo, ejerce una libertad de elección cuya novedad radical ha pasado, a menudo, inadvertida.
Hace unos treinta años, realicé un estudio sobre sermones que abordaban la historia del samaritano, abarcando desde principios del siglo III hasta el siglo XIX. Descubrí que la mayoría de los predicadores que comentaban este pasaje consideraban que trataba sobre cómo debe uno comportarse con su prójimo; es decir, que proponía una regla de conducta o un ejemplo de deber ético. A mi parecer, esto es, de hecho, exactamente lo opuesto a lo que Jesús quería señalar. No se le preguntó «¿cómo debe uno comportarse con el prójimo?», sino más bien: «¿quién es mi prójimo?». Y lo que él planteó, tal como yo lo entiendo, fue: «Mi prójimo es aquel a quien yo elijo, no aquel a quien estoy obligado a elegir». No existe forma de categorizar quién debe ser mi prójimo. Esta doctrina sobre el prójimo, propuesta por Jesús, resulta totalmente disruptiva para la decencia convencional -para lo que, hasta entonces, se entendía como comportamiento ético-.
Es precisamente este punto en el que la predicación moderna ha evitado insistir, razón por la cual esta enseñanza resulta hoy tan sorprendente como lo fue en sus inicios. En la antigüedad, la hospitalidad -o el compromiso pleno hacia el otro- conllevaba un límite: solo se aplicaba a quienes uno consideraba dignos de tal trato. Los griegos reconocían el deber de hospitalidad hacia los *xenoi* -extranjeros que hablaban una lengua helénica-, pero no hacia aquellos que balbuceaban en lenguas extrañas, a quienes llamaban *barbaroi*.
Jesús enseñó a los fariseos que la relación que él venía a anunciar -la forma más plenamente humana de relacionarse- no es algo que se espere, se exija o se deba por obligación. Solo puede surgir como una creación libre entre dos personas, algo que no puede suceder a menos que algo llegue a mí a través del otro, por medio del otro, en su presencia física. No es una relación que exista porque seamos ciudadanos de una misma Atenas -y, por tanto, sintamos un deber mutuo-, ni porque Zeus extienda su manto tanto sobre los corintios como sobre otros helenos; sino porque nosotros así lo hemos decidido. A esto es a lo que el Maestro llama «comportarse como un prójimo».
Hace varios años, durante mi ciclo anual de conferencias en la Universidad de Bremen, elegí la figura del samaritano como tema, ya que mis estudiantes me habían pedido que hablara sobre ética. Lo que intenté señalarles es que esta historia sugiere que somos seres que solo alcanzamos nuestra perfección al establecer una relación; una relación que, desde la perspectiva de los demás, puede parecer arbitraria, pues surge como respuesta a una «llamada» -en este caso, la llamada del judío apaleado que yace en la cuneta- y no a una categoría. Esto conlleva dos implicaciones. La primera es que este «deber» no es -ni puede reducirse a- una norma. Posee un telos: se dirige hacia alguien, hacia un ser concreto, pero no conforme a una regla. Hoy en día, a quienes se ocupan de la ética o la moral les resulta casi imposible pensar en términos de relaciones en lugar de reglas.
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En los primeros años del cristianismo, era costumbre en los hogares cristianos tener un colchón extra, una vela y pan seco por si el Señor Jesús llamaba a la puerta en forma de forastero sin techo; una costumbre totalmente ajena a las culturas del Imperio Romano. Se acogía a los propios, pero no a alguien perdido en la calle.
Luego, el emperador Constantino reconoció a la Iglesia, y los obispos cristianos adquirieron la misma posición en la administración imperial que los magistrados, de modo que cuando Agustín [354–430] escribió a un juez romano sobre un asunto legal, lo hizo como un igual social. También obtuvieron el poder de establecer corporaciones sociales. Las primeras corporaciones que fundaron fueron las samaritanas, que designaban a ciertas categorías de personas como vecinos preferenciales. Por ejemplo, los obispos crearon casas especiales, financiadas por la comunidad, encargadas de cuidar a las personas sin hogar. Este cuidado ya no era una elección libre del cabeza de familia; era tarea de una institución.
Fue contra esta idea que el gran Padre de la Iglesia Juan Crisóstomo [347?–407] arremetió. Se le conocía como elocuente por su bella retórica y, en uno de sus sermones, advirtió contra la creación de estas xenodoqueias, literalmente «casas para extranjeros». Al asignar el deber de comportarse de esta manera a una institución, decía, los cristianos perderían la costumbre de reservar una cama y tener un trozo de pan preparado en cada hogar, y sus casas dejarían de ser hogares cristianos.
Permítanme contarles una historia que escuché del difunto Jean Daniélou, cuando ya era anciano. Daniélou era jesuita y un erudito muy versado en las Escrituras y la Patrística, que había vivido en China y bautizado allí a personas. Uno de estos conversos estaba tan feliz de haber sido aceptado en la Iglesia que prometió hacer una peregrinación a pie desde Pekín hasta Roma. Esto ocurrió justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Y aquel peregrino, al reencontrarse con Daniélou en Roma, le contó la historia de su viaje. Al principio, fue bastante fácil, dijo. En China, solo tuvo que identificarse como peregrino, alguien cuyo camino se dirigía a un lugar sagrado, y le dieron comida, limosna y un lugar donde dormir. Esto cambió un poco al llegar al territorio de la cristiandad ortodoxa. Allí le dijeron que fuera a la casa parroquial, donde había un lugar libre, o a la casa del sacerdote. Luego llegó a Polonia, el primer país católico, y descubrió que los católicos polacos le dieron generosamente dinero para alojarse en un hotel barato.
Es la gloriosa idea cristiana y occidental de que debería haber instituciones, preferiblemente no solo hoteles, sino albergues especiales, disponibles para quienes necesitan un lugar donde dormir. De esta manera, el intento de ser abiertos a todos los necesitados resulta en una degradación de la hospitalidad y su sustitución por instituciones de asistencia. La elección gratuita y verdaderamente libre se había convertido en una ideología y un idealismo, y esta institucionalización de la buena vecindad ocupó un lugar cada vez más importante en el Imperio Romano tardío.
Avanzando otros 150 años desde la época de Agustín, llegamos a un período en el que la decadente Roma, y otros centros imperiales, atraían una inmigración masiva de zonas rurales y extranjeras, lo que hacía peligrosa la vida en las ciudades. Los emperadores, especialmente en Bizancio, promulgaron decretos de expulsión de quienes no podían demostrar que tenían un hogar. Legitimaron estos decretos financiando instituciones que proporcionarían refugio a las personas sin hogar. Y, si se estudia la forma en que la Iglesia creó su base económica en la Antigüedad tardía, se observa que, al asumir la tarea de crear instituciones de bienestar para el Estado, la Iglesia pudo establecer un derecho legal y moral sobre los fondos públicos, un derecho prácticamente ilimitado, dado que la tarea era ilimitada.
Pero en cuanto la hospitalidad se transforma en un servicio, ocurren dos cosas a la vez. En primer lugar, surge una forma completamente nueva de concebir la relación yo-tú. En ninguna parte de la antigua Grecia o Roma se encuentra evidencia de algo parecido a estas nuevas pensiones para extranjeros, o refugios para viudas y huérfanos. La Europa cristiana es inimaginable sin su profunda preocupación por construir instituciones que cuiden de diferentes tipos de personas necesitadas. Por lo tanto, no cabe duda de que la sociedad de servicios moderna es un intento de establecer y extender la hospitalidad cristiana.
Por otro lado, la hemos pervertido inmediatamente. La libertad personal de elegir quién será mi otro se ha transformado en el uso del poder y el dinero para proporcionar un servicio. Esto no solo priva a la idea del prójimo de la cualidad de libertad implícita en la historia del samaritano, sino que también crea una visión impersonal de cómo debería funcionar una buena sociedad. Se generan necesidades —por así llamarlas— de servicios; necesidades que nunca podrán quedar satisfechas —¿acaso existe ya suficiente salud, suficiente educación?— y, con ello, surge un tipo de sufrimiento totalmente desconocido fuera de la cultura occidental, el cual tiene sus raíces en el cristianismo.
Al hombre moderno no hay nada que le resulte más molesto, más repugnante, que tener que dejar desatendida a una mujer que sufre o a un hombre que padece. Por eso, en nuestra condición de *homo technologicus*, creamos instituciones destinadas a tal fin. Es lo que denomino "perversio optimi quae est pessima" (la perversión de lo mejor, que resulta ser lo peor). Puede que yo sea un buen cristiano y atienda a quien me pide ayuda, pero aun así requiero de instituciones benéficas para ocuparme de aquellos a quienes dejo desatendidos. Sé que nunca habrá suficientes amigos verdaderos con tiempo disponible; por tanto, que se haga así: creemos servicios y dejemos que los especialistas en ética debatan cómo distribuir su limitada capacidad de respuesta.
Al hombre moderno no hay nada que le resulte más molesto, más repugnante, que tener que dejar desatendida a una mujer que sufre o a un hombre que padece. Por eso, en nuestra condición de *homo technologicus*, creamos instituciones destinadas a tal fin. Es lo que denomino "perversio optimi quae est pessima" (la perversión de lo mejor, que resulta ser lo peor). Puede que yo sea un buen cristiano y atienda a quien me pide ayuda, pero aun así requiero de instituciones benéficas para ocuparme de aquellos a quienes dejo desatendidos. Sé que nunca habrá suficientes amigos verdaderos con tiempo disponible; por tanto, que se haga así: creemos servicios y dejemos que los especialistas en ética debatan cómo distribuir su limitada capacidad de respuesta.
Ahora bien, cuando planteo esto, la gente me dice: «Sí, es cierto que en la vida moderna existe un tipo de sufrimiento derivado de necesidades de asistencia no satisfechas; pero ¿por qué afirmas que se trata de un sufrimiento, de un mal, de una naturaleza inédita? ¿Por qué lo calificas de horror?». Porque considero que este mal es el resultado de intentar emplear el poder, la organización, la gestión, la manipulación y la ley para garantizar la presencia social de algo que, por su propia esencia, solo puede surgir de la elección libre de individuos que han aceptado la invitación a ver, en cualquier persona que ellos elijan, el rostro de Cristo. Por eso hablo de corrupción o de perversión.
Y yendo un paso más allá: la vocación, la capacidad, la facultad y la invitación a elegir libremente -más allá de los límites de mi propio grupo cultural (ethnos)- qué dones ofrecer y a quién entregárselos, solo resultan comprensibles para quien está dispuesto a dejarse sorprender; para quien vive dentro de ese horizonte inimaginable e impredecible al que llamo fe. Y la perversión de la fe no es simplemente un mal; es algo más: es pecado. Porque el pecado consiste en la decisión de convertir la fe en algo sometido al poder de este mundo. Quiero subrayar que aquí nos enfrentamos a la institucionalización -o normalización- de algo que, para el razonamiento humano común, resulta absurdo. Que Dios pueda ser hombre solo se explica a través del amor. Lógicamente, es una contradicción. La capacidad de comprenderlo depende de lo que mi tradición denomina «fe»; un concepto que, por lo demás, resulta difícil de asimilar para el hombre contemporáneo.
La fe es una forma de conocimiento que no se fundamenta ni en mi experiencia mundana ni en los recursos de mi propia inteligencia. Asienta la certeza en la palabra de alguien en quien confío, otorgando a este conocimiento —basado en la confianza— un carácter más fundamental que a cualquier cosa que pueda alcanzar mediante la razón. Esto, naturalmente, solo es posible si creo que la palabra de Dios puede llegar hasta mí; solo cobra sentido si aquel en quien confío es Dios. Pero esta actitud también repercute en mi relación con los demás: me impulsa a acercarme a las personas con la disposición de aceptarlas tal como ellas mismas se revelan -es decir, tomando su propia palabra-, en lugar de basarme en lo que yo sé sobre ellas. Y esto resulta sumamente difícil tras cien años de psicoanálisis. Las diversas escuelas psicoanalíticas parten de la premisa de que pueden ayudarnos a descubrirnos a nosotros mismos, comprendiéndonos mejor de lo que nosotros mismos nos comprendemos; una suposición que, a estas alturas, condiciona inevitablemente la mayor parte de nuestras relaciones.
Esto es válido tanto para las formas más sofisticadas y fascinantes de análisis como para aquellas otras más triviales o degradadas. Una de las novedades que provienen de Aquel que afirma: «He venido para hacer nuevas todas las cosas», consiste precisamente en la disposición —al tratar con el otro— de aceptarlo tal como él mismo se presenta ante mí. La perspectiva sociológica contemporánea -ya sea de corte psicoanalítico o marxista- sostiene que la percepción que el otro tiene de sí mismo no es más que una ilusión forjada por la ideología, las condiciones sociales, la crianza y la educación. Solo si logramos despojar al rostro del otro de toda previsibilidad, es posible dejarnos sorprender por él. Y eso es precisamente lo que he intentado hacer. He procurado animar a las personas a contemplar esta posibilidad, incluso cuando no me era posible hablarles explícitamente sobre quién es mi modelo.
domingo, octubre 18, 2026
«Da a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios» - ARTÍCULO DE BENEDICTO XVI PARA EL PERIÓDICO BRITÁNICO «FINANCIAL TIMES» (Ord A XXIX)
20 diciembre 2012
«Da a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios» fue la respuesta de Jesús cuando se le preguntó lo que pensaba sobre el pago de impuestos. Quienes le interrogaban obviamente querían tenderle una trampa. Querían obligarle a tomar posición en el candente debate político sobre la dominación romana en la tierra de Israel. Y en cambio estaba en juego mucho más: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces ciertamente se opondría a los dominadores romanos. Por lo tanto la pregunta estaba calculada para desenmascararlo como una amenaza para el régimen o como un impostor.
La respuesta de Jesús lleva hábilmente la cuestión a un nivel superior, poniendo finamente en guardia frente a la politización de la religión y a la deificación del poder temporal, junto a la incansable búsqueda de la riqueza. Sus interlocutores debían entender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Como respondió a Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo».
Los relatos de Navidad del Nuevo Testamento tienen el objetivo de expresar un mensaje similar. Jesús nació durante un «censo del mundo entero» querido por César Augusto, el emperador famoso por haber llevado la Pax Romana a todas las tierras sometidas al dominio romano. Sin embargo este niño, nacido en un oscuro y lejano rincón del imperio, estaba a punto de ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente universal en sus fines y trascendiendo todos los límite de espacio y tiempo.
Se nos presenta a Jesús como heredero del rey David, pero la liberación que llevó a su gente no se refería a tener vigilados a los ejércitos enemigos; se trataba, en cambio, de vencer para siempre el pecado y la muerte. El Niño Jesús, vulnerable e impotente en términos mundanos, tan distinto de los dominadores terrenos, es el verdadero rey del cielo y de la tierra.
El nacimiento de Cristo nos desafía a pensar en nuestras prioridades, en nuestros valores, en nuestro modo de vivir. Y aunque la Navidad es indudablemente un tiempo de gran alegría, es también una ocasión de profunda reflexión; es más, un examen de conciencia. Al final de un año que ha significado privaciones económicas para muchos, ¿qué podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez de la escena del pesebre?
El relato de Navidad puede introducirnos a Cristo, tan indefenso y tan fácilmente cercano. La Navidad puede ser el tiempo en el que aprendamos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no sólo como el Niño del pesebre, sino como aquél en quien reconocemos al Dios hecho Hombre.
Es en el Evangelio donde los cristianos hallan inspiración para la vida cotidiana y para su implicación en las cuestiones del mundo —ya suceda en el Parlamento o en la Bolsa—. Los cristianos no deberían huir del mundo; al contrario, deberían comprometerse en él. Pero su implicación en la política y en la economía debería trascender toda forma de ideología.
Los cristianos combaten la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos obran por una participación equitativa de los recursos de la tierra porque están convencidos de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de atender a los más débiles y vulnerables, ahora y en el futuro. Los cristianos se oponen a la avidez y a la explotación con el convencimiento de que la generosidad y un amor desprendido de sí, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.
Dado que tales fines son compartidos por muchos, es posible una colaboración mucho más fructífera entre cristianos y otros. Y sin embargo los cristianos dan a César sólo lo que es de César, pero no lo que pertenece a Dios. A veces, a lo largo de la historia, los cristianos no han podido condescender con las peticiones llegadas de César. Desde el culto del emperador de la antigua Roma hasta los regímenes totalitarios del siglo recién pasado, César ha intentado ocupar el lugar de Dios. Cuando los cristianos rechazan inclinarse ante los falsos dioses que se proponen en nuestros tiempos, no es porque tengan una visión anticuada del mundo. Al contrario: ello ocurre porque son libres de las ligaduras de la ideología y están animados por una visión tan noble del destino humano que no pueden aceptar componendas con nada que lo pueda insidiar.
En Italia muchas escenas de pesebres se adornan con ruinas de los antiguos edificios romanos al fondo. Ello demuestra que el nacimiento del Niño Jesús marca el final del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reivindicaciones de César se presentaban como imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey, que no confía en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a cuantos, como Él mismo, viven al margen de la sociedad. Lleva esperanza a cuantos son vulnerables en los cambiantes destinos de un mundo precario. Desde el pesebre Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que cada persona de buena voluntad puede ayudar a construir aquí, en la tierra
La respuesta de Jesús lleva hábilmente la cuestión a un nivel superior, poniendo finamente en guardia frente a la politización de la religión y a la deificación del poder temporal, junto a la incansable búsqueda de la riqueza. Sus interlocutores debían entender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Como respondió a Poncio Pilato: «Mi reino no es de este mundo».
Los relatos de Navidad del Nuevo Testamento tienen el objetivo de expresar un mensaje similar. Jesús nació durante un «censo del mundo entero» querido por César Augusto, el emperador famoso por haber llevado la Pax Romana a todas las tierras sometidas al dominio romano. Sin embargo este niño, nacido en un oscuro y lejano rincón del imperio, estaba a punto de ofrecer al mundo una paz mucho mayor, verdaderamente universal en sus fines y trascendiendo todos los límite de espacio y tiempo.
Se nos presenta a Jesús como heredero del rey David, pero la liberación que llevó a su gente no se refería a tener vigilados a los ejércitos enemigos; se trataba, en cambio, de vencer para siempre el pecado y la muerte. El Niño Jesús, vulnerable e impotente en términos mundanos, tan distinto de los dominadores terrenos, es el verdadero rey del cielo y de la tierra.
El nacimiento de Cristo nos desafía a pensar en nuestras prioridades, en nuestros valores, en nuestro modo de vivir. Y aunque la Navidad es indudablemente un tiempo de gran alegría, es también una ocasión de profunda reflexión; es más, un examen de conciencia. Al final de un año que ha significado privaciones económicas para muchos, ¿qué podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez de la escena del pesebre?
El relato de Navidad puede introducirnos a Cristo, tan indefenso y tan fácilmente cercano. La Navidad puede ser el tiempo en el que aprendamos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no sólo como el Niño del pesebre, sino como aquél en quien reconocemos al Dios hecho Hombre.
Es en el Evangelio donde los cristianos hallan inspiración para la vida cotidiana y para su implicación en las cuestiones del mundo —ya suceda en el Parlamento o en la Bolsa—. Los cristianos no deberían huir del mundo; al contrario, deberían comprometerse en él. Pero su implicación en la política y en la economía debería trascender toda forma de ideología.
Los cristianos combaten la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos obran por una participación equitativa de los recursos de la tierra porque están convencidos de que, como administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de atender a los más débiles y vulnerables, ahora y en el futuro. Los cristianos se oponen a la avidez y a la explotación con el convencimiento de que la generosidad y un amor desprendido de sí, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.
Dado que tales fines son compartidos por muchos, es posible una colaboración mucho más fructífera entre cristianos y otros. Y sin embargo los cristianos dan a César sólo lo que es de César, pero no lo que pertenece a Dios. A veces, a lo largo de la historia, los cristianos no han podido condescender con las peticiones llegadas de César. Desde el culto del emperador de la antigua Roma hasta los regímenes totalitarios del siglo recién pasado, César ha intentado ocupar el lugar de Dios. Cuando los cristianos rechazan inclinarse ante los falsos dioses que se proponen en nuestros tiempos, no es porque tengan una visión anticuada del mundo. Al contrario: ello ocurre porque son libres de las ligaduras de la ideología y están animados por una visión tan noble del destino humano que no pueden aceptar componendas con nada que lo pueda insidiar.
En Italia muchas escenas de pesebres se adornan con ruinas de los antiguos edificios romanos al fondo. Ello demuestra que el nacimiento del Niño Jesús marca el final del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reivindicaciones de César se presentaban como imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey, que no confía en la fuerza de las armas, sino en el poder del amor. Él trae esperanza a cuantos, como Él mismo, viven al margen de la sociedad. Lleva esperanza a cuantos son vulnerables en los cambiantes destinos de un mundo precario. Desde el pesebre Cristo nos llama a vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que cada persona de buena voluntad puede ayudar a construir aquí, en la tierra
jueves, octubre 15, 2026
REFLEXIONAR PARA VIVIR 2
25/ Irene Vallejo: Maternidad, amor y pánico
24/ Herencia viva de Mari Carmen: la politización de los nietos
23/ Traumatóloga Geek: Tres médicos argentinos desconocidos
22/ Julio Anguita: Los señoritos de Andalucía
21/ Traumatóloga Geek: Tres aportaciones poco conocidas de médicos colombianos
20/ Cosme Vega: Desahucio en Guía, Gran Canaria
19/ Cara de beato, uñas de gato
18/ ¿Dónde está Dios en Venezuela?
17/ José Martín Aguado: 5 mitos sobre Personas con Down
16/ Tu abogada laboralista: Las cosas de Garamendi
15/ Enrique Dussel: Política, importancia para jóvenes
14/ Facundo Cabral: Mi madre, Francisco de Asís y la pobreza
13/ Francisco: Corazón, cerebro, manos. Tres lenguajes
12/ James C. Scott: Gimnasia de la desobediencia
11/ Alice Ball: Mujer, opresión y ciencia
10/ León XIV sobre migraciones
9/ Pilar Gómez-Ulla: Gloria Labay, "Ser sin ser madre"
8/ León XIV: El despilfarro de alimentos
7/ Gata Cattana: Cómo aman los pobres
6/ Margaret Mead: Cuándo comenzó la humanidad
5/ Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: Diálogo y decisión
Una reflexión al respecto de la peculiaridad de estos dos santos: (aquí)
4/ Celeste Caeiro: La mujer que puso en marcha la Revolución de los claveles
3/ Moisés Mato: Al que lucha
2/ Facundo Cabral: Ahora
1/ Traumatóloga Geek: ¿Por qué se usa el verde en los quirófanos?
martes, octubre 13, 2026
Música para la Solidaridad II
6/ Alejandro Ruiz Morillas: El cielo por asalto
5/ José Artiles: Mi oficio
4/ Pet shop boys/Village people: Go west
3/ Canción a Belén María
2/ Rodrigo del Pozo recomienda Nach: Cadenas1/ Alejandro Abrante recomienda Locos
viernes, octubre 09, 2026
"Por qué se deben evitar los fármacos psiquiátricos y la terapia electroconvulsiva (TEC)" - Encuentro online con Peter C. Gøtzsche
"Why psychiatric drugs and ECT should be avoided"
"Por qué se deben evitar los fármacos psiquiátricos y la terapia electroconvulsiva (TEC)"
Psychiatric drugs and ECT (Electroconvulsive Therapy).
Wednesday, October 21, meet Peter Gøtzsche, from 7:00 p.m. to 8:30 p.m
Miércoles, 21 de octubre, encuentro con
Gratis. Se requiere registrarse (nombre y apellidos, correo-e) en:
Free. Registration required (name, surname, e-mail):
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Videoconference. No industrial or institutional sponsorship.
Videoconferencia, libre de humos industriales e institucionales.
45-minute presentation and 45-minute discussion.
45 min de presentación y 45 min de debate.
En inglés, con traducción automática simultánea en substítulos en cualquier idioma.
In English (with automatic subtitle translation into any language of your choice).
La historia de los antidepresivos más recientes es una prueba evidente de cómo el fraude en los ensayos aleatorizados y la corrupción financiera han causado la muerte de pacientes.
Durante casi 40 años, los líderes de la psiquiatría han negado que los antidepresivos aumenten el riesgo de suicidio, a pesar de la abrumadora evidencia que confirma este hecho.
Daño cerebral tras la TEC: la Corte Suprema de California dictaminó que el paciente debe ser plenamente informado sobre el riesgo de sufrir daños. Los médicos no pueden tomar decisiones en nombre de los pacientes. Se trata de una gran victoria para el consentimiento informado y la autonomía del paciente.
El Dr. Peter C. Gøtzsche ha publicado más de 100 artículos en las cinco revistas de medicina general más prestigiosas, y sus trabajos científicos han sido citados en más de 150.000 ocasiones. Es autor de varios libros relevantes para la psiquiatría, entre ellos *Deadly Psychiatry and Organised Denial* (Psiquiatría letal y negación organizada), *Mental Health Survival Kit and Withdrawal from Psychiatric Drugs* (Kit de supervivencia para la salud mental y retirada de fármacos psiquiátricos) y *Critical Psychiatry Textbook* (Manual de psiquiatría crítica). Actualmente, está recaudando fondos mediante financiación colectiva para su Instituto de Libertad Científica (Institute for Scientific Freedom), con el objetivo de preservar la honestidad y la integridad en la ciencia.
El Dr. Peter Gøtzsche cofundó la Colaboración Cochrane, considerada en su momento la organización independiente de investigación médica más importante del mundo. En 2010, fue nombrado profesor de Diseño y Análisis de Investigación Clínica en la Universidad de Copenhague. Ha publicado más de 100 artículos en las cinco grandes revistas médicas (JAMA, Lancet, New England Journal of Medicine, British Medical Journal y Annals of Internal Medicine).
The history of the newer antidepressant drugs is a remarkable demonstration of how fraud in the randomised trials and financial corruption have killed patients.
For almost 40 years, the psychiatric leaders have denied that antidepressants increase suicides despite overwhelming evidence that this is correct.
Brain injury after ECT: California Supreme Court rules that the patient must be fully informed about the risk of harm. Doctors cannot make decisions on the patients’ behalf. This is a huge victory for informed consent and patient autonomy.
Peter C. Gøtzsche, MD has published more than 100 papers in the top five general medical journals and his scientific works have been cited over 150,000 times. He has published several books relevant to psychiatry, including Deadly Psychiatry and Organised Denial, Mental Health Survival Kit and Withdrawal from Psychiatric Drugs, and Critical Psychiatry Textbook. He is currently crowdfunding for his Institute for Scientific Freedom with the goal of preserving honesty and integrity in science.
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