martes, agosto 11, 2026

Tres palabras que resumen a santa Clara

 



Oración a Santa Clara de Asís

Gloriosa Santa Clara de Asís,
mujer de fe profunda y corazón enamorado de Cristo.
Tú que supiste dejarlo todo para seguir al Señor
y encontraste en Él la verdadera riqueza y la verdadera paz,
mira hoy nuestras necesidades.

Enséñanos a vivir con un corazón sencillo,
a confiar plenamente en Dios
y a descubrir que nada puede llenar nuestra vida
como el amor de Jesucristo.

Santa Clara,
tú que contemplabas al Señor con profunda adoración,
ayúdanos a mirar siempre hacia Él,
especialmente en los momentos de dificultad,
cuando el miedo, la tristeza o la incertidumbre
nos hagan perder la esperanza.

Intercede por nuestras familias,
por los enfermos, por quienes sufren,
por quienes se sienten solos
y por todos aquellos que necesitan una palabra de consuelo.

Danos un corazón humilde y generoso,
capaz de perdonar, de servir y de amar.
Haz que, siguiendo tu ejemplo,
sepamos buscar primero el Reino de Dios
y poner nuestra vida en sus manos.

Santa Clara de Asís,
amiga fiel de San Francisco,
ruega por nosotros ante el Señor.
Alcánzanos la gracia que hoy te pedimos,
si es para nuestro bien y para la gloria de Dios.

Que nunca nos apartemos de Cristo,
que nuestra fe permanezca firme
y que, al final de nuestro camino,
podamos contemplar para siempre
el rostro de aquel a quien tú amaste sobre todas las cosas.

Santa Clara de Asís, ruega por nosotros.
Amén.

viernes, agosto 07, 2026

Si el amor te escogiera

León XIV en Asís:Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia


El Papa León XIV celebró la Santa Misa en Asís este jueves donde se reunió con más de 2.000 jóvenes en el GO! Franciscan Youth Meeting. Lea la homilía completa que pronunció el Pontífice.

Queridísimos jóvenes: La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo.

Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia.

En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria.

Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos.

Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión.

Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores.

Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino.

Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección.

«Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos!

En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.

La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.

Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.

Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025).

Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios. Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza!

El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.

El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor.

Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270).

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.

Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte.

Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo: ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; donde haya ofensa, ponga yo el perdón; donde haya discordia, ponga yo la unión; donde haya error, ponga yo la verdad; donde haya duda, ponga yo la fe; donde haya desesperación, ponga yo la esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo la luz; donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar: ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar. Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece con ustedes










jueves, agosto 06, 2026

Estudios tras la bomba de Hiroshima



La traumatóloga Geek/facebook

El médico que le quitó las gafas a una enfermera herida. 6 de agosto de 1945, justamente a las 8:15 de la mañana. Un B-29 llamado Enola Gay suelta Little Boy sobre Hiroshima y, en un instante, desaparece una ciudad entera.

Todo el mundo cree que Hiroshima murió de radiación, pero aquella mañana la gente moría, sobre todo, de otra cosa: de quemaduras, cristales, vigas, cráneos contra el suelo. Siete de cada diez heridos tenían lesiones combinadas. Eso es lo que en mis guardias llamamos politraumatismos y que moviliza a un equipo entero para un solo cuerpo.
El problema es que necesitaban ese equipo entero multiplicado por 60.000. Simplemente no existía. De los 298 médicos, 270 murieron o quedaron heridos. De las 1740 enfermeras, 1654. De 45 hospitales civiles, solo quedaban tres. En el de la Cruz Roja sólo 6 médicos de 30.
Uno de ellos, el doctor Terufumi Sasaki, había perdido sus gafas. Se las quitó a una enfermera. No era su graduación, pero podía ver lo justo. Las llevó puestas más de un mes, vendiendo a la gente sin piel, atendiendo simplemente al que tenía más cerca.
Desde 1950, unas 120.000 personas de Hiroshima y Nagasaki fueron estudiadas una a una durante décadas. Se llama Life Span Study y es la cohorte más larga de la historia de la medicina.
De ahí salieron los límites de la radiación que protegen tu tiroides cuando te hacemos una radiografía. De ahí salen mis delantales de plomo. Alguien pagó esa factura antes que nosotros.

martes, agosto 04, 2026

Desde la fe ante la muerte de Fabiola. Homilía de Ambrosio (29/7/2026)


El sufrimiento sin sentido, sin salida, sin fin lleva a los seres humanos a buscar a Dios a gritos y a desesperar de Dios. Algunos preguntan por Dios teóricamente: ¿Cómo Dios permite esto? Tienen la impresión de que Dios es una fuerza ciega e insensible del destino que no se preocupa por nada. Que a Dios le da lo mismo que mueran los niños sirios en las Playas de Europa y en tugurios en América Latina, que mueran más de 300 inmigrantes en una patera en una Isla en la rica Italia. No se preocupa por ellos. Las personas se forman tal impresión porque ellas mismas están en peligro de volverse así: insensibles, frías e indiferentes frente al sufrimiento. La pregunta: ¿Cómo puede Dios permitir esto? Es el planteamiento del espectador. No es la pregunta de los afectados. Dice Jurgen Moltmann en su libro Cristo para nosotros hoy:

Lo recuerdo: En julio de 1943, atrapado bajo una lluvia de bombas, presencié la destrucción de Hamburgo, mi ciudad natal. En esta tormenta de fuego murieron 80.000 personas. Como por obra de milagro, sobreviví, pero hasta hoy no he sabido por qué no fallecí como mis compañeros. Mi pregunta ante este infierno no fue: ¿Por qué permite Dios que esto ocurra?, sino: Dios mío, ¿dónde estás? ¿Dónde está Dios? ¿Estás lejos de nosotros, ausente, guarnecido en su cielo? ¿O es un sufriente entre los sufrientes? ¿Participa en nuestro sufrimiento? ¿Le parten el corazón nuestros dolores?

Quienes sufren infundadamente piensan siempre primeramente que han sido abandonados por Dios y todo lo bueno. Quienes claman a Dios pueden descubrir que comparten el grito mortal de Cristo. Descubren en el Cristo sufriente al Dios compasivo que sufre con ellos y los entiende. Cuando percibimos esto, nos damos cuenta de que Dios no es la fuerza fría y distante del destino a que acusamos, sino que en Cristo llegó a ser el Dios humano que clama con nosotros y en nosotros y que aboga por nosotros cuando la pena nos deja mudos. El Dios hecho ser humano ha hecho de nuestra vida una parte de su vida y de nuestros sufrimientos los suyos propios. Por eso en nuestros dolores participamos de sus dolores y en nuestra aflicción compartimos la suya.

Quien cree en el Dios que sufre con nosotros reconoce su sufrimiento en Dios y a Dios en su sufrimiento, y encuentra en la comunión con él la fuerza que le permite permanecer en el amor a pesar del dolor y la tristeza, sin amargarse. No sabemos por qué Dios permite estas cosas. Y aunque lo supiéramos, no nos ayudaría a vivir. Pero cuando descubrimos dónde está Dios y percibimos su presencia en nuestros sufrimientos, entonces hemos hallado la fuente de la cual renace la vida. En el recuerdo doloroso se conserva la esperanza. Recordar acelera la salvación.

Y culmina su reflexión en el capítulo que titula “Pasión de Cristo y el dolor de Dios” diciendo: Mientras escribo estas líneas, veo la foto del hermano Juan Ramón Moreno, uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Yace en un charco de su propia sangre en la habitación de Jon Sobrino, y en la sangre ha caído mi libro El Dios Crucificado. Este capítulo está dedicado a su memoria.

Porque recordar acelera la salvación, por eso quiero terminar esta homilía recordando e invitando a recordar: La alegría de Fabiola cuando fue convocada para la Selección, la ilusión que tenía para ir a dar en esta concentración lo mejor de ella misma, las esperanzas de un futuro abierto para ella y para los demás. Son alegrías y esperanzas que tenemos que mantener abiertas para todos los niños del mundo. Es la Alegría del Resucitado, una alegría que no esconde las cicatrices y las señales de la Cruz “dicho esto, les enseñó las manos y el constado, y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Quiero que sepamos y tengamos presente que Cristo Crucificado y Resucitado sigue caminando con nosotros como con los discípulos de Emaús y lleva de la mano a la eternidad del Padre a Fabiola.

Ambrosio Abeso

Info del funeral: www.laprovincia.es

Fabiola el día de Primera Comunión, mayo 2025




lunes, agosto 03, 2026

Gregorio Ramón Cebrián: "Científico no es quien plantea preguntas, sino quien resuelve problemas"

José F. Beaumont/Elpais

Los sabios oficiales dicen que Gregorio Ramón Cebrián, catedrático de Física y Química de instituto que está a punto de cumplir 79 años, es un alquimista. Algunos le han llamado incluso en tono despectivo "rata de laboratorio" porque ha pasado y pasa las mejores horas de su vida entre los tubos de ensayo intentando arrancar a la materia los secretos de la vida. Ramón Cebrián, nada amigo de las "apariciones en sociedad" admite con un cierto escepticismo que se le pueda calificar como uno de los últimos heterodoxos españoles. Humanista y ácrata, situado siempre fuera de los circuitos administrativos, unas veces de forma obligada y otras por propia voluntad, dice que el científico no es el que plantea interrogantes, sino quien resuelve los problemas.

Los últimos problemas que Ramón Cebrián está en vías de resolver se sitúan en el campo de la subsistencia de los cosmonautas en el espacio. Para ello Inagrosa-LBE (Laboratorios Químicos Españoles), grupo empresarial y científico dirigido por Otilio Fernández, para el que trabaja el investigador desde 1975, suscribió un trascendental acuerdo con el Gobierno soviético.Por el citado acuerdo los laboratorios suministrarán diversos productos conseguidos por el equipo de Ramón Cebrián para combatir la insuficiente, metabolización del calcio en situaciones de ingravidez o para estudiar los efectos en el espacio de los bioestimulantes de la nutrición vegetal (huertos del espacio).

Pero desde que acabara su licenciatura en Farmacia y Químicas en 1932, Ramón Cebrián consiguió, en lucha sostenida en distintos laboratorios, descubrir y crear diferentes fármacos que han tenido y siguen teniendo múltiples usos en tratamiento del cáncer, síndrome tóxico, oftalmología, drogadicción y productos fitosanitarios.

Algunos de estos fármacos se han comercializado y otros se distribuyen en circuitos prácticamente marginales, o no se distribuyen, o lo hacen en el extranjero pero no en España.

Innovación

Ramón Cebrián, hijo de un agricultor y a la vez comerciante, dice que esta afición por la innovación le viene probablemente de su abuelo, a quien él veía en su pueblo natal, Paniza (Zaragoza), hacer diversas mezclas y combinaciones con el vino.

De Paniza, pueblo fecundo en hombres célebres, como Julio Palacios, Mosén Domingo Agudo, Conde Andreu o María Moliner, salió para hacerse científico y trabajar en distintos laboratorios. Su primer conflicto con lo que él considera la ciencia oficial lo tuvo cuando estalló la guerra civil porque esto no le permitió terminar su último ejercicio de una oposición a catedrático de la universidad de Madrid. Aun así, le dieron por válida la oposición, ya que había obtenido un 10 en los ejercicios anteriores. En segundo lugar, con un 7, quedó un discípulo de Ortega que después tuvo que exiliarse.

En 1978, cuando le pretendieron restituir en la cátedra, Ramón Cebrián renunció a la plaza de la universidad y pidió a cambio, ante el asombro de las autoridades académicas, que le transformaran su cátedra de universidad en la de instituto de bachillerato, "porque él no tenía méritos de enseñanza, sino únicamente de investigación y laboratorio". Se jubiló cobrando como catedrático del instituto de Aranda del Duero (Burgos), cuando él había ganado una cátedra de la universidad de Madrid.

Desde el final de la guerra civil se le cerraron las puertas de los circuitos científicos oficiales, quizá porque había intervenido en manifestaciones con la FAI -"cosas de estudiantes, que solíamos ser adictos a los follones", dice-, o quizá porque él mismo no era muy amigo "de la seudociencia, que entonces (1939) tenía su exponente máximo en el Consejo de Investigaciones".

No es que esté dolido Ramón Cebrián con lo que él llama la ciencia oficial o seudociencia, sino que considera que es bastante inútil. Al hablar de sabios señala que le han deformado los sabios oficiales, mientras que admite como sus maestros a Guillermo Rovirosa, "el gran apóstol de los años cincuenta"; Antonio Madinaveitia, químico exiliado. en México, y José Ranedo, farmacéutico emigrante.

Sabios oficiales

"¿Pregunta usted cómo se ha podido mantener en España un científico fuera de los circuitos oficiales? A base de trabajo y haciendo cosas para el extranjero. Yo he sido y soy mal visto por los sabios oficiales; los que trabajan en mi equipo son también mal vistos por la Universidad. En España no hacen ningún caso a lo que no es investigación oficial. Te dicen que eres un chalado y si pueden te meten en la cárcel. Esto ha sido así en España y parece que cuesta cambiarlo".

Hay otros aspectos relevantes de la personalidad de este científico, de honradez quijotesca, según algunos de sus amigos, que se ayuda de un bastón para caminar, "porque ya tengo mucha edad". En la memoria para el acceso al cuerpo de catedráticos decía que el genio no existe, "como tampoco existe el milagro en estas áreas". "Ya lo dijo Goethe: el genio está formado por una parte de talento y nueve décimas partes de laboriosidad".

publicado el sábado, 23 de julio de 1988



Síntesis de aminoácidos

"Llevo muchos años en el laboratorio y sé cómo se van a comportar los cuerpos", dice Gregorio Ramón Cebrián, "aunque siempre me mueve el ansia por descubrir algo nuevo que pueda ayudar a resolver las enfermedades. He trabajado en química orgánica e inorgánica, análisis, preparados antiglucosos, antivirales. Busco todo lo que pueda aliviar un cuerpo enfermo". Durante muchos años trató de conseguir en el laboratorio la síntesis de los aminoácidos tal como lo hacen los seres vivos y por fin la obtuvo a finales de los años setenta. Unos años más tarde se pudo comenzar el proceso industrial.

Este científico es autor de numerosos métodos de análisis y ha trabajado en farmacia y perfumería, en impermeabilizaciones, pinturas de exteriores y tratamiento de fachadas afectadas por el mal de piedra.

Pero de lo que más se siente complacido es probablemente de haber conseguido la síntesis del éster diisopropílico del ácido paranitrofenil fosfórico, que se ha aplicado, entre otras cosas, para tratamientos de glaucoma.

Ramón Cebrián podía haberse integrado en la ciencia oficial por la vía de las multinacionales del medicamento, "que son las que mandan y dominan los gobiernos", según él; pero "no he querido ceder a las múltiples tentaciones que he tenido de grandes empresas americanas y europeas ni tampoco he querido patentar mis descubrimientos porque suponía abrirles el camino para apoderarse de las fórmulas"

jueves, julio 30, 2026

EVANGELIO ES POLÍTICO


«Decir "política" hace que la mayoría de la gente piense en políticos: campañas, urnas, la maquinaria de los partidos. Sin embargo, en su nivel más básico, la política se refiere a la distribución y el uso de la autoridad y la influencia: ¿Quién tiene el poder? ¿Quién está sujeto a él? ¿A quién sirve su florecimiento? Con esa definición, decir que el único evangelio verdadero es político no es introducir de contrabando una agenda partidista en el santuario. Es notar lo que el Nuevo Testamento anuncia en sus propios términos.

Comencemos por la palabra misma: euangelion, "evangelio", "buenas nuevas". Para la mayoría de las personas en el mundo romano, este era un término imperial: el grito del heraldo anunciando que un nuevo emperador había ascendido al trono, el anuncio de un desfile celebrando que se había ganado una gran victoria. Aunque los primeros seguidores de Cristo retomaron la palabra de la promesa de Isaías sobre la era de la salvación, al vincular la palabra "evangelio" a un galileo crucificado, estaban haciendo una afirmación contraimperial.

De la misma manera, al nombrar a Jesús como kyrios, "Señor", retomaban un lenguaje bíblico mientras usaban al mismo tiempo las palabras del César. Después de todo, confesar que "Jesús es Señor" es decir, en el mismo aliento, que algún otro no lo es.

Esa única afirmación —un solo Señor, que relativiza a todo rival que reclame la autoridad última— es central para la política del evangelio. También es la razón por la que este evangelio rechaza precisamente las distorsiones que más tememos.

Rechaza el nacionalismo cristiano. Un evangelio que reconoce a Jesús en el trono no puede ser reclutado para una bandera, porque la nación es precisamente uno de los poderes que su señorío relativiza. Bautizar el dominio de cualquier país es devolverle el trono al César bajo un nombre cristiano.

Rechaza la captura partidista. La confesión de que Jesús es Señor implica una lealtad que ningún partido puede reclamar después. Quienes sirven al Señor resucitado no pueden convertirse en capellanes de ninguna plataforma.

Rechaza el corazón privatizado; es decir, la idea de que la fe es un asunto interior, suficientemente real los domingos, pero sin incidencia en cómo se organiza y se usa el poder de lunes a sábado. Nótese bien: un enfoque estrecho en la interioridad es una innovación moderna, no la religión de antaño. Es más, sorprendentemente (¡y lamentablemente!), es en sí mismo un arreglo político.
Entre los muchos testigos que podríamos convocar, consideremos tres.

María canta: El Magníficat (Lucas 1:46–55) anuncia a un Dios que ha "derribado a los poderosos de sus tronos y ha exaltado a los humildes", que "colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías" (traducción aproximada). Eso es una reordenación: de la autoridad y del pan, del estatus y del sustento. Lucas coloca este canto en el umbral de su Evangelio como su clave interpretativa. Cuando Dios viene a enderezar las cosas, lo hace de maneras concretas y terrenales que toman en serio el mundo del poder y del sustento.

Jesús es crucificado. Roma no crucificaba a la gente por sus opiniones religiosas privadas, ni porque oraran demasiado. La crucifixión era un acto profundamente político, reservado principalmente para los enemigos del estado y los esclavos. Y el cargo fijado sobre la cabeza de Jesús —"Rey de los judíos"— nombra su delito como una pretensión de autoridad que el imperio no podía tolerar. Por eso, cuando la misión de los seguidores de Jesús llega a Tesalónica, la acusación que enfrentan da justo en el blanco: "Todos ellos actúan en contra de los decretos del César, afirmando que hay otro rey, uno llamado Jesús" (Hechos 17:7, traducción aproximada). Se les escuchó, con razón, proclamando una soberanía rival. Aquel a quien el imperio condenó, Dios lo reivindicó. El tribunal del César fue anulado por un tribunal superior.

Juan tiene una visión. A menudo confundido con un calendario cifrado del fin de los tiempos, el Apocalipsis se lee mejor como teología política bajo presión: una visión que pregunta, incansablemente, quién recibe adoración. En el Apocalipsis, la adoración es el acto político decisivo, porque adorar es declarar dónde reside la lealtad última. Y Juan no deja que esta pregunta quede en abstracto: Babilonia cae, y Juan detalla su caída como una economía (Apocalipsis 18), un tráfico de lujos que llega hasta "esclavos, es decir, vidas humanas" (traducción aproximada). El poder de la bestia funciona a base de comercio y coerción; el del Cordero, a base de resistencia valiente, fidelidad hasta la muerte. Entre esos dos, las iglesias deben elegir, y elegir es una declaración política.

Wesleyano como soy, debo añadir una aclaración, no sea que mi énfasis en lo "político" se escuche como una retirada del corazón. No lo es en absoluto. El corazón renovado está entrelazado con una vida en común reordenada. No hay, insistía Wesley, "santidad que no sea santidad social" —y él llevó su santidad, por así decirlo, a la calle, en sus escritos sobre la esclavitud, por ejemplo, así como sobre la pobreza y la reforma penitenciaria. El evangelio no pasa por alto lo interior en favor de lo público (la polis). Renueva a la persona entera, por dentro y por fuera, con el resultado de que la polis misma queda rehecha. El corazón privatizado no es, ni ha sido nunca, nuestra herencia como seguidores de Cristo. Es una mutilación de ella.

Tome nota: confinar la fe a la vida interior no es la ausencia de política. Es, en realidad, una especie de política: un arreglo silencioso que mantiene al evangelio fuera de las salas de juntas, los tribunales y los pasillos donde se distribuyen la autoridad y la influencia, mientras bendice esa exclusión llamándola "espiritual". Es un arreglo notablemente conveniente para los poderes. Un evangelio que se queda en el corazón nunca incomodará a un trono.

Por lo tanto, cuando digo que el único evangelio verdadero es político, no estoy politizando algo que era propiamente espiritual. Estoy rechazando un mal trato. Me niego a aceptar, en los propios términos de los poderes, que el señorío de Cristo se detenga en la puerta de la iglesia o en el pecho. María lo sabía bien. El gobernador romano lo sabía bien. Juan de Patmos lo sabía bien. El evangelio que cada uno de ellos proclamó tenía un público, y ese público era el ordenamiento entero de la vida humana bajo una sola palabra: kyrios. 
Y esa fue, y sigue siendo, una palabra disputada: ¿Quién es Señor?
He aquí la respuesta: No el César. No la nación. No el partido. Ni siquiera el yo interior soberano y autogestionado. Jesús es Señor —y esa confesión es la afirmación más política que podemos hacer».

- Joel B. Green, "The One True Gospel is Political".