Antígona hoy
Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
domingo, agosto 30, 2026
Vida, de José Hierro
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
Atentos al título que le pone al poeta a su poema, Vida, y atentos al contenido. A esa insistente ida sin vuelta del todo a la nada, a esa ceniza de la nada, a ese «después de tanto todo para nada».
Este poema, un soneto formalmente perfecto con sus catorce endecasílabos y solo dos rimas (nada, todo), es uno de los más emblemáticos de José Hierro (1922-2002), uno de los poetas de la llamada poesía desarraiga de la primera generación de la postguerra española. Así llamada por ser los opuestos a los de la poesía arraigada, la protegida por el régimen franquista tras la Guerra Civil. En esta, en la poesía arraigada, estaban Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero… En la poesía desarraigada, además de Hierro, Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Victoriano Crémer, Carlos Bousoño… Muchos de estos y de aquellos pasarán por este blog.
Hierro, madrileño de nacimiento y santanderino desde muy niño, pasó cinco años en las cárceles franquistas, acusado de pertenecer a una organización que apoyaba a los presos políticos. Uno de ellos era su propio padre. Se abrió camino después como crítico de arte, periodista… y poeta reconocido y galardonado. Ganó el Premio Adonais, el Nacional de Poesía, el de la Crítica (tres veces), el Príncipe de Asturias (1981) el Cervantes (1998).
Los versos de hoy pertenecen a Cuaderno en Nueva York, considerada su obra maestra. Muy tardía, de finales de los años noventa y de su vida. El poeta que había comenzado en la poesía social era ya, sin dejar de serlo, un poeta existencial
TOMAR LA CRUZ Y NEGARSE (ORD XXII A)
Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio

Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único
Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.
En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?
1. La «estupidez moral» de Bonhoeffer y la «banalidad del mal» de Arendt
Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.
Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona «estupidizada» moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.
Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la «banalidad del mal». Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos «normales» que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.
Lo cortés no quita lo valiente: llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.
2. El escándalo de la fe manipulada
Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un «coste» de compromiso personal; no basta con la «gracia barata» de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.
El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.
Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.
3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto
Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.
El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.
El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).
El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.
El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.
4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller
Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.
Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.
Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:
«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»
Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.
5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie
Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.
Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.
Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.
Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.
Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.
jueves, agosto 27, 2026
Santa María, Madre Amable
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| Don Damián en la Casa Emaús de Torremocha de Jarama |
Don Damián Iguacen
Contemplamos a la Virgen María abrazada a su hijo y acariciada por él. Es la ‘madre amable’, madre de Dios y madre nuestra; la que ha hallado gracia delante de Dios; la que ama a Dios más que ninguna criatura; la que más nos ama, después de Dios; la que después de Dios merece ser más amada; la que mejor refleja la imagen de Dios Amor y de Jesús amable. Con toda razón es la ‘madre amable’.
Tres cosas hacen que nos resulte amable una persona: su hermosura, su bondad, el amor que nos manifiesta. Las tres se hallan en la Virgen María de modo admirable. Es toda bella, toda santa, toda ‘amor hermoso’. Más grande que ella, solo Dios.
Invocar a la Virgen María como madre amable nos compromete a ser nosotros amables.
El amable, tenga las cualidades que tenga, por el modo con que las vive, por su manera de ser, resulta una persona encantadora, ‘un encanto de persona’. Cuando decimos ‘un encanto de persona’, no queremos decir que es rica, que es joven, que es hermosa, que es lista, decimos que nos encanta su modo de ser, descubrimos un no sé qué que nos cautiva, nos admira, nos convence.
No es fácil definir la amabilidad, porque no es una virtud aislada, sino una reunión de virtudes. Amabilidad es, desde luego, caridad, que se da; humildad que se abaja; mortificación que se priva de cosas menos convenientes; paciencia que sabe esperar; fortaleza que no se cansa ni se hecha atrás ante las dificultades; bondad que todo mira bien; benignidad que hace todo el bien que sabe y puede. Todo eso, junto, es amabilidad, fruto riquísimo del Espíritu Santo.
Sería muy triste que alguien que se acercó a nosotros, por lo que sea, se fuera igual que vino, o peor, porque nosotros hemos sido incapaces de darle algo de lo nuestro.
La amabilidad nos asemeja a Jesucristo, ‘manso y humilde de corazón’.
El amable sabe tener detalles con todos. Que lástima que, a veces, nos haya faltado ese ‘detalle’, ese pequeño detalle que lo hubiera arreglado todo. No hagamos las cosas de cualquier manera, con dejadez. Todo lo precioso y delicado se trata con cuidado, con delicadeza. Nada tan precioso como la persona humana; a la que Dios ‘ha hecho poco inferior a los ángeles’ y ‘ha coronado de gloria y dignidad’. La delicadeza en los detalles es signo de perfección espiritual y humana; la grosería es signo de vileza. La amabilidad se traduce siempre en delicadeza y elegancia espiritual.
El amable es indulgente. Indulgente no quiere decir débil o poco justo.
Ser bueno no quiere decir ser débil. Ser bueno quiere decir querer el bien y hacer el bien siempre, a todos, sin excepción. Y esto no es fácil. ‘La bondad -dice Santo Tomás- es hija de la fortaleza, no se encuentra sino en almas habituadas a vencer. El amable sabe disimular las ofensas que le hacen; sabe disculpar, dispensar, perdonar, sabe interpretar bien las cosas.
No saber dispensar a los demás, es una prueba evidente de que uno se dispensa demasiado a sí mismo.
El amable es valiente. Sabe decir ‘no’ sin enfadarse, nunca devuelve mal por mal, insulto por insulto; nunca pierde la Paz cuando dice lo que tiene que decir.
El amable es servicial. Amabilidad y servicialidad son inseparables. Amar es servir. Uno de los mejores servicios que podemos ofrecer hoy es el de la animación; hay que animar a muchos. La desilusión, la atonía, el desencanto, el desánimo, están haciendo estragos. Pero para animar hay que estar animados.
Todos podemos convertirnos a la amabilidad.
El aceite no mana en ninguna fuente como el agua, hay que hacerlo y se hace estrujando, triturando, moliendo las olivas, las aceitunas, en el molino. ¿Entenderemos la lección? Nadie diga: soy así y así me tenéis que aguantar. ¿Eres áspero, de temperamento fuerte? ¡Al molino aceitero!
No seamos zarzas a la vera del camino. No es un modelo de virtud el tipo de persona que describe el adagio: ‘cara de beato y uñas de gato’.
La mayor parte de personas que encontramos por la vida tienen necesidad de cariño, sienten hambre de simpatía.
Hay que ser no sólo buenos, sino muy buenos, dice San Francisco de Asís.
Santa María, madre amable, ruega por nosotros
Citas extraídas del citado libro Sub tuum praesidium Sancta Maria, Mater Ecclesiae en las páginas 246 a 255, Editorial EDICE, Madrid 2016). Por La Asociación Misericordia
domingo, agosto 23, 2026
miércoles, agosto 19, 2026
Tragedia de la gente honesta ante Ceuta
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La foto de un niño migrante ayudando a una anciana ceutí, me hace pensar -cómo tantas veces- en qué más allá de los actos individuales hay un problema de desidia respecto del propio compromiso en la vida institucional. No soy de los que afirman que todo el mundo es bueno, más bien creo que las personas somos un ramillete de actitudes que nos hacen ser una mezcla de bondad y maldad de sentimientos, acciones y pensamientos en los que lo bueno y lo malo vive completamente entremezclado. Es famosa una idea de L King que dice que teme más el silencio de los buenos que la maldad de los agresores. A mí me parece que, hoy por hoy, los hechos de Ceuta y tantos otros, más bien nos muestran lo trágico de la desidia institucional de las personas honestas. Es decir, hay muchísimos actos buenos, pequeños actos buenos, y hay pocos actos institucionales buenos.
Por ejemplo, cualquiera es capaz de dar una pequeña ayuda, de juntar ropa en Ceuta para esos jóvenes, de hacer un gesto solidario, pero no cualquiera es capaz de implicarse en poner en marcha nuevas políticas migratorias.
Hay personas que pueden cobrar un alquiler más barato, siendo propietarios y hay personas que pueden ir a poner su cuerpo ante un desahucio, pero hay serias dificultades para hacer una política de vivienda realmente solidaria.
Para mí la tragedia de nuestro tiempo, incluido de las personas que se quieren comprometer, es que preferimos la acción inmediata a corto plazo a la acción institucional. Esta desidia es a mi juicio la tragedia de nuestro tiempo.
Me encanta hablar con las personas que se comprometen en política, cargados de defectos como yo o cualquier otro, pero que deciden intentar meter su bondad en la vida a las instituciones. Que se perdonan hacer elecciones que pueden ser erróneas. Con algunos procuro conversar alguna vez. Porque es bueno escuchar. Porque informan de su visión, pero sobre todo porque me transmiten ese sentimiento, ese deseo suyo de solidaridad desde la vida institucional. Pienso en Carmelo Ramírez, Eligio Hernández, Marcial Morales, Ignacio Guerra, Javier Doreste, Juan Francisco Artiles, Juan Pablo Rodríguez, Gema Martínez, Froilán Rodríguez y otros que ahora no recuerdo… Ni siquiera pienso que sean los mejores, digo que con ellos dialogo con más frecuencia y me nutren.
A veces releo parte de la biografía que escribí con Javier Marijuán sobre el alcalde Camilo Sánchez y la que hice con Nayra Hernández y Loli Hernández sobre Remigio Vélez. Me hace bien. No entiendo esta espiritualidad actual tan sentimental tan poco preñada de sacrificio, tan poco preñada de política. Pienso que esta gente que "se mete en política" con sus ambigüedades y sus problemas está mucho más cerca de San Juan de la Cruz: «¡Oh, si supiesen los espirituales cuánto bien pierden y abundancia de espíritu, por no querer ellos acabar de levantar el apetito de niñerías; y cómo hallarían en este sencillo manjar del espíritu el gusto de todas las cosas, si ellos no quisiesen gustarlas! Mas, porque no quieren hacerlo, no le gustan» (1S 5, 4). Hoy el amor pasa por la política.




















