Estimado Eugenio:
Hace tiempo me pediste unas líneas sobre la última encíclica del Papa Prevost. Pedías unas seiscientas o setecientas palabras. Esa limitación añade un obstáculo pues es difícil resumir las impresiones que deja la encíclica en cualquier ciudadano preocupado por alguno de los temas que trata. Vaya por delante que otro de los obstáculos es mi ateísmo. Advierte que digo ateísmo y no agnosticismo. Prefiero ser sincero y no andar con tapujos ni paños calientes. Sabedor de ese obstáculo debía afrontar el texto no con neutralidad, cosa imposible, sino intentando que mis prejuicios y mi propia ideología no me impidieran sacar provecho de la lectura. Esto es así porque hace mucho tiempo me dije que no escribiría nada sobre un texto con el que no compartiera algo a no ser que el texto en cuestión pusiera en riesgo nociones como democracia, igualdad, derechos fundamentales, etc.
Tras este largo introito en el que intento explicar los problemas que asumí al leer a León XIV he de reconocerte que la encíclica me ha sorprendido gratamente. Dejando a un lado el asunto de dios o temas como el de la defensa de la familia tradicional, que entiendo nunca sean tratados o abordados de otro modo por la jerarquía eclesiástica, la defensa de la dignidad humana, la condena explícita de la guerra y la violación u degradación de esa dignidad, con una contundencia que no se suele encontrar en otra parte, me parecen fundamentales y eje vertebrador de las palabras de León XIV. Afectan directamente a un asunto como el de la emigración, el genocidio de Gaza, Ucrania, Irán, etc. León XIV no ha tenido miedo a enfrentarse a personajes tan siniestros y peligrosos como el mismo Trump o Nethanyahu. Sea uno creyente, católico o ateo no puede menos de estar agradecido por el valor que expresan sus palabras. Lo triste es la soledad en que parecer pronunciarlas a la vista de la posición sobre los mismos temas de reconocidos dirigentes que se reclaman de las tradiciones de la iglesia en España. Ya podrían leer y escuchar al pontífice y aprender algo de ello. El discurso del Papa Prevost no es sólo un discurso contra la guerra en general; es una seria condena de los aires bélicos que recorren el mundo, de las guerras concretas que suceden hoy. La reivindicación de la dignidad de las personas es una condena de los genocidios que nos rodean y del odio al otro, al migrante, al diferente, a la xenofobia. Es más, el Papa ha tenido gestos importantes, como la visita al muelle de la vergüenza de Arguineguín, que deberían sacar los colores a los dirigentes de partidos que estimulan el odio racial en nuestro país, a los que rechazan por color o religión, a los que incitan a cazar migrantes como si fueran animales. En su encíclica no se distingue a las personas por religión, sexo o color. Es un texto ecuménico, en la mejor tradición de la Iglesia Católica, que corrige aquellas distinciones entre cristianos y no cristianos que llegaron a usarse para justificar la esclavitud o permitieron que siniestros individuos como Goma construyeran el discurso de la Cruzada como justificación de los crímenes franquistas. Es importante señalar esta visión global de la humanidad, sus derechos y su dignidad en los tiempos que corren, indican que la intención de León XIV es construir una Iglesia de todos y todas, incluso de no creyentes, como espacio de encuentro, solidaridad, empatía y libertad.
Otra parte del texto, y vinculado a los peligros que acechan a esa dignidad, es una reflexión sobre la Inteligencia Artificial (IA), en la que su Santidad señala la pertinencia de que se la controle de alguna manera para evitar abusos y manipulación de la ciudadanía. Las recientes denuncias y reglamentaciones de algunos estados sobre algunas redes sociales a las que se señala como responsables de violación de la intimidad, manipulación, etc. justifican plenamente esta advertencia papal. Igualmente señala el peligro que supone el control de esta IA por un pequeño grupo de oligarcas, exclusivamente volcados en la obtención de beneficios, sin control ético o moral, dispuestos a sacrificar a millones de personas en busca del lucro. Teniendo razón León XIV en lo que dice, no debemos olvidar que desde la invención del primer telar mecánico, el capitalismo ha intentado reducir el coste de la mano de obra, simplemente eliminándola. Mientras vivamos en una sociedad en la que el Capital mande sobre todas las cosas, seguirá buscándose el modo de suprimir a los seres humanos del proceso de producción, para abaratar costes, relegándolos a simples consumidores. Esta visión de la economía traerá más hambre y marginación y la propia ruina del capital que tendrá que aceptar que para producir debe vender y que para vender debe contar con consumidores con salarios dignos que les permitan consumir. En esta contradicción se mueve el capital y parte importante de ella será en el futuro la famosa IA. Convertir esta tecnología en algo útil para la humanidad en su conjunto requiere una revolución de nuestra forma de vida ante la que León XIV no se pronuncia. Es este el punto crítico de su encíclica.
Pero esta carencia no debe hacernos olvidar lo tremendamente positivo que es la posición del Papa frente a las guerras imperiales, el racismo, la xenofobia y el exterminio del otro. Debemos insistir en esto pues indica que el Papa actual no es Papa acomodado a los intereses de otros, como lo fue Woytijla, acomodado a los intereses de Reagan y compañía, sino que es un Papa que quiere no solo una iglesia realmente ecuménica sino un mundo mejor.
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