El economista que llamó asesinato al hambre
Antígona hoy
Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
sábado, agosto 15, 2026
El material más resistente del universo no sirve absolutamente para nada.
Como traumatóloga, pero también como ingeniera me encanta la ingeniería de materiales.
En 2018 tres físicos se sentaron frente a un superordenador. Dos millones de horas de cálculo. Resultado: encuentran el material más duro del universo, 10 millones de veces más resistente que el acero. Las formas que encontraron las bautizaron como ñoquis, espagueti y lasaña… Me recuerdan a mí cuando estoy de guardia.
En nuestro quirófano el material más duro nunca gana. 1961, Wrightington, norte de Inglaterra. John Charnley publica en el Lancet la prótesis total de cadera.
No habían pasado ni dos años, cuando sus pacientes empezaron a volver destrozados. Hubo que reparar casi todas las caderas. El teflón soltaba partículas y el cuerpo empezó a comerse el hueso alrededor.
Charnley estuvo a punto de mandarlo todo a la porra. Entonces un comercial le enseñó un polietileno. Lo apretó con el pulgar y dejó marca. Se negó a utilizarlo.
Pero su técnico lo probó igual, a escondidas. En tres semanas se desgastó menos que el teflón en 24 horas.
¿Se te ocurre lo que hizo Charnley? Nada menos que meterse trozos de ese plástico nuevo bajo la piel del muslo. Seis meses esperando a ver qué pasaba. Y no pasó nada.
Desde 1962. Ese plástico blando lleva sesenta años sosteniendo caderas.
¿Moraleja? No gana el más duro, gana el que aguanta día tras día.
viernes, agosto 14, 2026
«¡Perdón!» - León Felipe
Soy ya tan viejo,
y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido
y ya no puedo encontrarla
para pedirle perdón.
Ya no puedo hacer otra cosa
que arrodillarme ante el primer mendigo
y besarle la mano.
Yo no he sido bueno…
quisiera haber sido mejor.
Estoy hecho de un barro
que no está bien cocido todavía.
¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!…
Pero todos se han muerto.
¿A quién le pido perdón ya?
¿A ese mendigo?
¿No hay nadie más en España…
en el mundo,
a quien yo deba pedirle perdón?…
Voy perdiendo la memoria
y olvidando las palabras…
Ya no recuerdo bien…
Voy olvidando… olvidando… olvidando…
pero quiero que la última palabra,
la última palabra, pegadiza y terca,
que recuerde al morir
sea esta: PERDÓN.
Casi todas estas piedras llegaron en días
de angustia,
de terror,
de desespero y desamparo.
Algunas en días de «Gracia».
Ahora las veo serenamente
desde la fría altura de mis años,
desde mi vejez apaciguada.
Todos son juguetes:
las heridas, las lágrimas,
el veneno del áspid, la baba del tirano,
el hacha del verdugo…
Una pelota es esa cabeza cercenada.
Jugamos al nacimiento y a la muerte,
al soplo y a la llama,
al que me ves y no me ves…
al enciende y apaga la lámpara.
Pero a veces pienso que no son todo juguetes y que yo que
no he servido para ser
ni piedra de una lonja
ni piedra de una audiencia
ni piedra de un palacio
ni piedra de una iglesia…
Yo que en este mundo no he servido después de ochenta
años para nada… acaso sirva ahora todavía, como David,
para lanzar con la honda una de estas piedras, pequeñas y
ligeras, de mi zurrón —la más dura, la más pedernal… Tú,
piedra aventurera,
y dar justo, justo con ella
en la frente misma de Goliat.
León Felipe
De: ¡Oh este viejo y roto violín! – Libro Noveno: El zurrón de las piedras – 1965
Recogido en: León Felipe – Poesías completas
Ed. Visor Libros 2004©
ISBN: 978-84-9895-766-2
Felipe Camino Galicia de la Rosa nació el 11 de abril, de 1884, en Tábara, Zamora.
Poeta de la Generación del 27′, escribió además algunas obras de teatro, y es conocido a nivel mundial por haber sido traductor de la obra de Walt Withman.
Tras permanecer varios años residiendo y trabajando en México y Estados Unidos, volvió a España poco antes de iniciarse la guerra civil, en la que vivió como militante republicano hasta 1938, año en que se exilió definitivamente a México, pasando a ser agregado cultural de la embajada de la República española en el exilio, única reconocida entonces por el Gobierno de Cárdenas.
De su estancia en el país hispano, diría. Llegué a México (por primera vez) montado en la cola de la revolución. Corría el año de 1923. Después, aquí he vivido por muchos años: Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro…
Son muchos lo que creen que León Felipe debe ser reivindicado como un poeta mayor, superando las dificultades que en vida le acarrearon su independencia de todas las corrientes literarias de su tiempo y su condición de exiliado.
Murió en Ciudad de México, el 18 de septiembre de 1968
martes, agosto 11, 2026
Tres palabras que resumen a santa Clara
Oración a Santa Clara de Asís
Gloriosa Santa Clara de Asís,
mujer de fe profunda y corazón enamorado de Cristo.
Tú que supiste dejarlo todo para seguir al Señor
y encontraste en Él la verdadera riqueza y la verdadera paz,
mira hoy nuestras necesidades.
Enséñanos a vivir con un corazón sencillo,
a confiar plenamente en Dios
y a descubrir que nada puede llenar nuestra vida
como el amor de Jesucristo.
Santa Clara,
tú que contemplabas al Señor con profunda adoración,
ayúdanos a mirar siempre hacia Él,
especialmente en los momentos de dificultad,
cuando el miedo, la tristeza o la incertidumbre
nos hagan perder la esperanza.
Intercede por nuestras familias,
por los enfermos, por quienes sufren,
por quienes se sienten solos
y por todos aquellos que necesitan una palabra de consuelo.
Danos un corazón humilde y generoso,
capaz de perdonar, de servir y de amar.
Haz que, siguiendo tu ejemplo,
sepamos buscar primero el Reino de Dios
y poner nuestra vida en sus manos.
Santa Clara de Asís,
amiga fiel de San Francisco,
ruega por nosotros ante el Señor.
Alcánzanos la gracia que hoy te pedimos,
si es para nuestro bien y para la gloria de Dios.
Que nunca nos apartemos de Cristo,
que nuestra fe permanezca firme
y que, al final de nuestro camino,
podamos contemplar para siempre
el rostro de aquel a quien tú amaste sobre todas las cosas.
Santa Clara de Asís, ruega por nosotros.
Amén.
viernes, agosto 07, 2026
León XIV en Asís:Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia
El Papa León XIV celebró la Santa Misa en Asís este jueves donde se reunió con más de 2.000 jóvenes en el GO! Franciscan Youth Meeting. Lea la homilía completa que pronunció el Pontífice.
Queridísimos jóvenes: La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo.
Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.
Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia.
En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria.
Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos.
Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión.
Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores.
Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino.
Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.
Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección.
«Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos!
En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.
La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.
La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.
En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.
Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).
Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.
Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025).
Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios. Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza!
El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.
El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor.
Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270).
Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.
Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.
Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte.
Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo: ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; donde haya ofensa, ponga yo el perdón; donde haya discordia, ponga yo la unión; donde haya error, ponga yo la verdad; donde haya duda, ponga yo la fe; donde haya desesperación, ponga yo la esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo la luz; donde haya tristeza, ponga yo la alegría.
¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar: ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar. Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.
Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece con ustedes
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