viernes, agosto 27, 2021

Niños mimados, adultos débiles: llega la 'generación blandita'

Kipling y su verso sobre la victoria y el fracaso, esos dos impostores a los que hay que tratar de igual forma, que figura en la entrada de la cancha principal de Wimbledon

¿Mimamos demasiado a los pequeños? Una nueva ola de expertos aboga por endurecer su carácter.

Berta G. De Vega / El mundo Enlace aquí
@martinidemar11/01/2017

Suma escolar: padres que llevan la mochila al niño hasta la puerta del colegio + padres que piden que no se premie a los mejores de la clase porque los demás pueden traumatizarse + padres que le hacen los deberes a los niños que previamente han consultado en los grupos de WhatsApp = niños blanditos, hiperprotegidos y poco resolutivos.

Cuenta Eva Millet, la autora de Hiperpaternidad (Ed. Plataforma), que ya hay niños que, al caerse, no se levantan: esperan esa mano siempre atenta que tirará de ellos. En ciertos colegios han empezado a tomar nota. Y, en algunos países, el carácter ya forma parte del debate sobre la Educación.

Esto no es la nueva pedagogía. Gregorio Luri, filósofo y autor del libro Mejor Educados (Ed. Ariel), suele recordar que la educación del carácter es tan tradicional en ciertos colegios británicos como para que haya llegado a nuestros días una frase atribuida al Duque de Welington: «La batalla de Waterloo se empezó a ganar en los campos de deporte de Eton». En los campos de Waterloo o en las canchas del mítico colegio inglés, cuna del establishment, ningún niño esperaba que le levantaran si podía solo.

En España, se habla de «educación en valores», pero puede que no sea lo mismo. El carácter se entiende como echarle valor, coraje, actuar en consecuencia cuando se sabe lo que está bien o está mal, no limitarse a indignarse. Como dice Luri, «ahora mismo en España les fomentamos la náusea en lugar del apetito». En su opinión, los niños de ahora saben cuándo se tienen que sentir mal ante determinadas conductas, pero educar el carácter es animarles a dar un paso, a ser ejemplo, a que sus valores pasen a la acción. Si están acosando a un niño, no callarse y protegerle. Decir no a la presión del grupo.

El carácter ha vuelto cuando se ha sido consciente de que podríamos estar criando a una oleada de niños demasiado blanditos. Con padres que se presentan a las revisiones de exámenes de sus hijos, que abuchean a los árbitros en los partidos y que han hecho el vacío a niños que no invitaban a sus retoños a los cumpleaños. «Yo he tenido a un chaval de 19 años que se me ha echado a llorar porque le suspendí un examen», cuenta Elvira Roca, profesora de instituto. «Le dije que no me diera el espectáculo. Vino su madre a verme y me dijo que había humillado a su hijo. Le tuve que decir que estaba siendo ella quien le humillaba a él»

COMO EN EL RUGBY

Nicky Morgan era ministra británica de Educación con David Cameron e hizo bandera de la educación del carácter. «Para mí, los rasgos del carácter son esas cualidades que nos engrandecen como personas: la resistencia, la habilidad para trabajar con otros, enseñar humildad mientras se disfruta del éxito y capacidad de recuperación en el fracaso», decía en su cruzada por extender ese tipo de educación, muy vinculada al rugby. Suena familiar. Suena a Si, el poema de Rudyard Kipling y su verso sobre la victoria y el fracaso, esos dos impostores a los que hay que tratar de igual forma, que figura en la entrada de la cancha principal de Wimbledon

Alfonso Aguiló escribió Educar el carácter (Ed. Palabra) hace 25 años. No ha parado de reeditarse y traducirse desde entonces: «Tener buen carácter no significa estar todos cortados por el mismo patrón. Pero estoy seguro que casi todos nos pondríamos de acuerdo en que ser honrado, trabajador, generoso, justo, leal, empático, valiente, austero, recio y organizado son buenas cualidades». ¿Cómo se educa el carácter? No desde la teoría, desde luego. «La educación en valores es algo abstracto. Las virtudes son los valores integrados en la persona», explica.

Este veterano profesor confirma que tenemos ahora a generaciones de niños blanditos y no se escandaliza: «Son ciclos normales del desarrollo de una sociedad. Cuando una familia quiere que sus hijos no pasen las dificultades por las que sí pasaron ellos la sociedad se vuelve más cómoda, blanda, menos esforzada. Pasa también con los países». Según Aguiló, la educación del carácter no tiene que ver con el dinero y sí con el capital cultural de las familias, con el modo de transmitir cómo afrontar la vida: «He conocido a madres que limpiaban escaleras para que sus hijos llevaran unas zapatillas de marca y a gente de dinero que también los mimaba mucho».

En EEUU, la cadena de colegios KIPP, con tasas de éxito académico inéditas en las zonas donde se instalan, insisten en la educación del carácter como indispensable: «Trabaja duro. Sé amable», han resumido en los carteles enormes que decoran sus centros. En ese país, Angela Duckworth se ha convertido en la gurú del estudio de la personalidad. Tiene un laboratorio donde analiza qué rasgos hacen que los niños tengan éxito de mayores. Está tan ocupada que no da entrevistas, dice su equipo. Siempre cuenta que, pese a las buenas notas, su padre le decía que no se creyera especial. «La tendencia a mantener el interés y el esfuerzo para conseguir metas a largo plazo», la fuerza de voluntad, es el rasgo que, según Grit, su reciente best seller sobre el poder de la perseverancia, define a las personas con éxito. Ha trabajado en barrios marginales y ha estado en West Point, la academia militar de EEUU, analizando cómo eran los 1.200 cadetes que pasaban las durísimas pruebas iniciales. Niños a los que no levantaron del suelo cuando podían ellos solos.

martes, agosto 03, 2021

Las aventuras de Kafka

José Luis Navarro

A los 40 años, #FranzKafka (1883-1924), que nunca se casó y no tuvo hijos, paseó por el parque de Berlín cuando conoció a una niña que lloraba porque había perdido su muñeca favorita. Ella y Kafka buscaron la muñeca sin éxito. Kafka le dijo que se reuniera con él allí al día siguiente y que volverían a buscarla. Al día siguiente, cuando aún no habían encontrado la muñeca, Kafka le dio a la niña una carta "escrita" por la muñeca que decía "por favor no llores. Hice un viaje para ver el mundo. Te escribiré sobre mis aventuras". 

Así comenzó una historia que continuó hasta el final de la vida de Kafka. Durante sus reuniones, Kafka leyó las letras de la muñeca escritas cuidadosamente con aventuras y conversaciones que la niña encontró adorables. Finalmente, Kafka trajo la muñeca (compró una) que había regresado a Berlín. "No se parece en nada a mi muñeca", dijo la niña. Kafka le entregó otra carta en la que la muñeca escribió: "Mis viajes me han cambiado". La niña abrazó a la nueva muñeca y la llevó feliz a casa. Un año después murió Kafka. Muchos años después, la niña ahora adulta encontró una carta dentro de la muñeca. 

En la minúscula carta firmada por Kafka estaba escrito: "Todo lo que amas probablemente se perderá, pero al final, el amor volverá de otra manera".

domingo, agosto 01, 2021

El último baile: lo que Gasol enseñó a Jordan y Kobe (y Ramos no quiere aprender)


Carlos Prieto/El confidencial

Equipo de éxito, pero veterano y (aparentemente) rentabilizado, se da una oportunidad final... y vuelve a ganar el título. 'The Last Dance' (El último baile), sobre la última temporada de los Chicago Bulls de Michael Jordan, es uno de los grandes documentales deportivos de los últimos años.

El derecho a un último baile remueve también a la selección española de baloncesto en Tokio, batalla personificada en Pau Gasol, al que las lesiones dejaron en retirada técnica (y por cuya vuelta nadie daba un duro), pero que ha vuelto a los 41 años para mover el esqueleto de nuevo en suelo olímpico. España se estrena hoy en el torneo contra Japón. El último baile de un equipo por el que han pasado varias estrellas mundiales, pero cuya leyenda competitiva siempre fue más larga que la suma de sus egos.

Para entender el significado del concepto 'último baile', hay que leer a su creador, el entrenador Phil Jackson. “Apodé esa temporada ‘el último baile’ porque… pasara lo que pasase, la temporada siguiente la mayoría de los jugadores no vestiría el uniforme de los Bulls. La irrevocabilidad proporcionó a la temporada cierta resonancia que vinculó estrechamente al equipo. Parecía que habíamos emprendido una misión sagrada, impelidos por una fuerza que trascendía la fama, la gloria y el resto del botín de la victoria. Lo hacíamos por el puro gusto de jugar juntos una vez más. Fue mágico”, escribió Jackson en sus memorias, ‘Once anillos’.

Los narcisistas

Ideólogo de los Bulls de Michael Jordan y de los Lakers de Kobe Bryant, Jackson no es solo el entrenador más laureado de la NBA, sino el que sometió a dos de los egos deportivos más grandes de EEUU (Jordan y Bryant) en beneficio del colectivo... sin meter un grito de más, con más zen que látigo... y con Pau Gasol jugando un papel fundamental en el engranaje colectivo en la etapa Lakers.

Crecido al calor del espíritu inconformista y cooperativista de los sesenta, Jackson cree que lo más importante para ganar la NBA no es contar con Michael Jordan, sino con… EL AMOR. El amor, sí, han leído bien, Jackson lo argumenta profusamente en sus memorias: “Hacen falta varios factores críticos para ganar la NBA, incluida la combinación adecuada de talento, creatividad, inteligencia, resistencia y, desde luego, suerte. Ninguno de esos factores tiene la menor importancia si el equipo carece del ingrediente fundamental: el amor. Esa clase de conciencia no se construye de la noche a la mañana. Hacen falta años de preparación para conseguir que los atletas jóvenes tomen distancia de sus egos y se involucren de lleno en la experiencia grupal".

El amor (al colectivo) contra el ego individual, lucha titánica en un ecosistema que fomenta todo lo contrario:

1) "La NBA no es precisamente el entorno más adecuado para inculcar la generosidad. A pesar de que se trata de un deporte en el que participan cinco jugadores, la cultura que lo rodea fomenta los comportamientos egoístas y resalta los logros individuales más que los vínculos entre los integrantes del equipo. No era así cuando en 1967 empecé a jugar con los Knicks: los jugadores cobraban un salario modesto y en verano tenían trabajos a tiempo parcial para redondear sus ingresos. Los partidos se televisaban en contadas ocasiones y nadie había oído hablar de... Twitter. Esa situación cambió en la década de 1980, con la famosa rivalidad existente entre Magic Johnson y Larry Bird y a la aparición de Michel Jordan como fenómeno global. El baloncesto se ha convertido en una industria que produce miles de millones de dólares... Una de las consecuencias lamentables de esto es la obsesión por el estrellato en términos mercantiles, la cual infla los egos de un puñado de jugadores y causa estragos en aquello que hace que la gente se sienta atraída por el baloncesto: la belleza intrínseca de este deporte”, escribió Jackson.

2) “Los futuros jugadores de la NBA se ven inmersos en un universo que refuerza la conducta narcisista en el período en el que van al instituto. A medida que crecen y siguen teniendo éxito, acaban rodeados por legiones de representantes, promotores, seguidores y otros aduladores que repiten machaconamente que son el no va más. Tardan muy poco en empezar a creérselo. Además, Los Ángeles es un universo consagrado a celebrar la idea del yo glorificado. Fueran donde fuesen, los Lakers eran recibidos como héroes y se les ofrecían oportunidades infinitas y con frecuencia lucrativas de complacerse en lo maravillosos que eran. Mi intención consistió en proponerles un refugio seguro y solidario para que se resguardaran de toda esa locura”.

¿En qué manera distorsiona el juego el narcisismo? Hasta la llegada de Jackson como entrenador, los Bulls eran el equipo en el que Jordan se tiraba hasta las zapatillas. Jackson desarrolló un sistema (el triángulo ofensivo) en el que Jordan debía lanzar menos tiros... para que el equipo aumentara su potencial ofensivo. Tras unas reticencias iniciales, Jordan entró por el aro y los Bulls se convirtieron en un cohete.

“La fuerza o poder de un equipo se alcanza cuando cada uno de sus integrantes renuncia al interés personal a cambio del bien colectivo. Cuando no fuerza un tiro ni intenta imponer su personalidad al equipo, el jugador manifiesta de la manera más plena posible sus dotes como atleta”, escribió Jackson en su libro.

Jordan y Bryant, en definitiva, eran dos grandes chupones que si no se llegan a cruzar con Jackson, quizás hubieran acumulado más marcas de anotación que títulos de la NBA (además de un sinfín de compañeros de equipo achicharrados).

Según Jackson, el primer Kobe Bryant era “un joven impetuoso tan empeñado en ser el mejor jugador de la historia que arrebataba la alegría deportiva a los demás”, que es también el joven Jordan que vemos en los primeros capítulos de ‘The Last Dance’, antes de convertirse en una máquina letal... al servicio del sistema colectivo de Jackson.

Bryant hizo luego “un esfuerzo por conectar más estrechamente con el resto de los jugadores y por descubrir cómo podían convertirse en un equipo más cohesionado… A esa altura de su trayectoria, era consciente de la insensatez de tratar de anotar cada vez que cogía la pelota”, escribió Jakson. Tras la salida del equipo de Shaquille O'Neal (con el que Bryant ganó dos anillos), los Lakers entraron en crisis. En 2008, ficharon a Pau Gasol. El equipo ganó la NBA los dos siguientes años rompiendo una sequía de siete años.

Palabras de Jackson sobre la revolución interna subterránea provocada por Gasol en los Lakers:

1) “Pau era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y con disposición a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de mejorar las probabilidades que el equipo tenía de ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado... Estrella de la selección española, Pau se formó según el estilo de baloncesto europeo, más cooperativo, motivo por el cual no tuvo dificultades en adaptarse enseguida al triángulo ofensivo. La forma de jugar de Pau era ideal para el triángulo: no solo era un poste sólido, con una gran variedad de tiros en suspensión a media distancia, ganchos e intensas jugadas por arriba y por abajo, sino que también era un magnífico pasador, reboteador y un jugador veloz a la hora de iniciar contraataques”.

2) “Antes de que Pau entrase en escena, habíamos sufrido una pequeña racha perdedora y algunos de los jugadores más jóvenes comenzaron a comportarse de una manera que ejerció un efecto negativo en el estado de ánimo del equipo. Esos roces desaparecieron en cuanto Gasol hizo acto de presencia… El comportamiento amable de Pau modificó el clima emocional del equipo. Es difícil quejarse cuando uno de los mejores talentos de la liga juega a tu lado y hace lo que sea necesario para ganar. La llegada de Pau también permitió que varios jugadores mostraran facultades hasta entonces ocultas... La forma de jugar de Kobe también mejoró. Estaba encantado de tener en el equipo a un pívot ‘con un par de manos’, como solía decir, y no tardaron en desarrollar una de las mejores combinaciones un-dos de la liga. La presencia de Pau también dio a Kobe la oportunidad de dedicar más atención al juego y de permitir que otros jugadores lanzasen, lo que lo convirtió en un mejor jugador global de equipo y, por extensión, en mejor líder”.

Así baila España

Dicho lo cual: hay algo profundamente colectivo en el último baile de la España olímpica. Lo que Jackson llamó “el puro gusto de volver a jugar todos juntos otra vez”.

¿De dónde sacó Pau Gasol la fuerza de voluntad para llegar a Tokio tras una tortuosa recuperación de casi dos años? Gasol, a ‘El País’ sobre su lucha para volver: “La ilusión de seguir jugando, de retirarme jugando y gozando otra vez del baloncesto al más alto nivel me motivó y me empujó durante esos momentos difíciles... Ha sido una cuestión muy pasional, muy emocional. Lo más prudente e inteligente hubiera sido decir ‘hasta aquí hemos llegado". "Va a ser mi último campeonato con la selección y eso tiene un significado muy grande a nivel emocional por todo lo que he vivido con ella. Voy a disfrutar cada momento como si fuera el último, que en este caso lo será”, añadió.

La gasolina del lesionado Gasol ha sido más el volver a jugar juntos una última vez que el ansia de seguir batiendo récords

Es decir, la gasolina de Gasol ha sido más volver a jugar juntos otra vez que el ansia de seguir batiendo récords; ansia infantil que, por cierto, ha afectado este año a un futbolista español estrella, Sergio Ramos, tan obsesionado con engordar sus marcas que metió en un lío a la Selección antes de la Eurocopa (de sus increíblemente narcisistas documentales en Amazon presumiendo de títulos y haciendo abdominales, que sin duda horrorizarían a Phil Jackson, ya hablamos otro día).

La vuelta de Gasol, en definitiva, se parece mucho al amor a un deporte y a un equipo.

En realidad, la selección española ya vivió su momento último baile el pasado Mundial. Sin Pau Gasol, con un equipo calificado como el más flojo en dos décadas y con la prensa y la afición de uñas tras un inicio titubeante, España ganó el título contra todo pronóstico. ¿Cómo? Jugando más en equipo que nunca.

O el ciclo histórico eterno: medallas de plata y bronce en las tres últimas Olimpiadas, dobles campeones del Mundo en 2006 y 2019 y triples campeones de Europa en 2009, 2011 y 2015. La España de los Gasol es ese equipo al que han dado por muerto muchas veces, pero que sigue en pie… y se ha ganado el derecho a un último baile. En efecto, si lo del pasado Mundial ya fue homérico, lo de Tokio es el más difícil todavía, una de esas películas en las que un grupo de guerreros jubilados se enrola en una última misión suicida (¿tirarse en paracaídas sobre el Berlín de 1941 para secuestrar a Hitler armados de destornilladores?) por el mero gusto de volver a bailar todos juntos.

Puede que lo de Tokio acabe regular; hay selecciones mejores, más jóvenes y más fuertes, pero… que les quiten lo 'bailao'.

Ricky Rubio había decidido no ir a Tokio. Llevaba su decisión en silencio, pero malamente... y acabó echándose al monte otra vez. “Tuve muchas dudas hasta el final. En algún momento, tuve claro que no era el momento de venir. Se lo debía a mi familia. Porque había tenido a mi hijo y porque mentalmente fue una temporada muy dura. Durante un par de días había decidido ya que no y le dije a Scariolo que tirasen sin mí. Pero me costaba mucho incluso dormir. Mi mujer, que me conoce mejor que nadie, me convenció. Al fin y al cabo, es una situación especial, ¿no?, y puede que sea la última oportunidad en que estemos una serie de jugadores que hemos conseguido juntos muchas cosas. Y son unos Juegos Olímpicos. Por eso llamé otra vez a Scariolo y le pregunté si todavía podía entrar en sus planes”, contó Rubio a ‘El País’.

La llamada del equipo, el temblor del último baile, el puro gusto de jugar juntos una última vez. Palabras mayores. Máximo respeto