viernes, junio 26, 2026

TERESA Y JUAN, UN VENDAVAL HURACANADO Y UNA SUAVE BRISA


Eduardo Sanz de Miguel, ocd/facebook

Hay amistades espirituales que parecen escritas por un novelista con buen oído para las paradojas. La de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz es una de ellas. Coincidían en lo decisivo, aunque muchas ces discrepaban en el modo de llevarlo a la práctica.

Los dos eran contemplativos, reformadores, místicos de experiencia, enamorados de Cristo hasta el exceso. Los dos sabían que la vida espiritual no se mide por la cantidad de obras ni por el estrépito de las hazañas, sino por la hondura del amor con que el alma se deja tomar por Dios. Pero, a partir de ahí, todo parecía contrastar: Teresa era torrencial, práctica, resuelta, con una santidad de caminos, cartas, fundaciones y regateos; Juan, en cambio, era silencioso, concentrado, reflexivo, como si hubiera nacido ya con la noche oscura en la mirada y el Cantar de los cantares en los labios.

Miguel de Unamuno lo vio con una agudeza desarmante cuando llamó a Teresa “padraza” y a Juan “madrecito”. La fórmula, que tiene algo de travesura y algo de retrato definitivo, acierta de lleno. Teresa fue para fray Juan una madre recia y una maestra de gobierno; una mujer de ánimo varonil, como ella misma decía, capaz de sostener la reforma a golpe de fe, humor, audacia y paciencia. Juan, por su parte, tenía la delicadeza de los que no hacen ruido y, sin embargo, dejan huella en todo lo que tocan: poeta de sensibilidad extrema, cuidador de enfermos, contemplativo capaz de estremecerse ante un campo, una fuente o una noche estrellada como quien escucha un secreto de Dios.

La escena de sus comienzos juntos en Valladolid tiene algo de estampa fundacional y algo de comedia teresiana. Mientras se arreglaba la casa del futuro convento y la santa de cincuenta años caminaba entre piedras y escombros sostenida del brazo por aquel frailecillo de veinticinco años, un albañil soltó con picardía el cantarcillo popular: “Vivo sin vivir en mí y tan buena noche espero, que esperándola me muero”.

Juan se sonrojó; Teresa, que para estas cosas tenía el instinto de una gran dramaturga, respondió entre risas: “Fray Juan, fray Juan, no se sonroja la dama y ¿se avergüenza el galán?”. Y le lanzó el reto de volver a lo divino aquella copla amorosa. Tal vez ahí, entre cascotes, humor y libertad, comenzó a afinarse una de las músicas más bellas del Carmelo.

Porque Teresa no solo le abrió puertas institucionales a Juan; le mostró también un estilo. Le enseñó “nuestra manera de proceder”, el clima de hermandad y recreación de sus monasterios, la convicción de que la santidad no consiste en endurecer el gesto ni en coleccionar penitencias, sino en aprender a amar.
Frente a ciertos excesos ascéticos, Teresa le hizo ver que importan más las virtudes que las rarezas, más el amor con que se hacen las cosas que las cosas mismas. Y Juan, que ya venía inclinado a la soledad y al absoluto, encontró en aquella mujer extraordinaria una confirmación y una poda: el carmelo descalzo no era una carrera de heroicidades, sino una escuela de libertad interior.

Eso no significa que fueran un dúo sin roces. Al contrario: se admiraban profundamente, pero también se desesperaban un poco el uno al otro.

Teresa, tan concreta y tan pegada a la realidad, podía bromear con que fray Juan convertía cualquier conversación en contemplación perfecta: bastaba empezar a hablar de Dios para que entrara en trance… y arrastrara consigo al interlocutor.

Juan, por su parte, no era un alma de mantequilla. Era dulce, sí, pero firme; humilde, sí, pero obstinado; callado, sí, pero nada dócil cuando estaba en juego la verdad de la vocación.

Entre ellos hubo impaciencias, tirones, distintas velocidades, pero también una complicidad profunda, forjada en el trabajo compartido, en la fidelidad a pesar de la persecución y las calumnias, y en la certeza de estar sirviendo a una obra que los superaba a los dos.

Quizá por eso sus dos versiones del "Vivo sin vivir en mí" resultan tan reveladoras. Teresa hace del poema un monólogo del alma enamorada, una meditación encendida y serena sobre el deseo del cielo. Juan, en cambio, transforma ese mismo arranque en un diálogo suplicante con Dios, lleno de imperativos, de preguntas, de clamor.
En ella predomina la confidencia; en él, la tensión dramática. En Teresa habla la mujer que ha aprendido a habitar su castillo interior con realismo y gracia; en Juan, el alma herida que no se resigna a la distancia y pide a gritos la consumación del encuentro. Dos voces, un mismo fuego. Dos temperamentos, una misma sed.

Al final, eso es lo admirable: que siendo tan distintos caminaran hacia la misma cima. Teresa pone a andar la reforma, le da cuerpo, casa, método, familia; Juan le da música interior, hondura teologal, palabra de fuego. Ella abre camino a golpe de cayado y carta; él lo convierte en símbolo y canto. Ella tiene algo de madre y padre que organiza la casa mientras habla con Dios; él, de “madrecito” del alma, capaz de acunar con sus versos la razón inquieta y de enseñar que el silencio también canta.

En tiempos como los nuestros, tan llenos de ruido, activismo y nervio, Teresa y Juan siguen siendo una lección de primer orden. Nos recuerdan que la verdadera reforma comienza siempre en el corazón, que no hay vida espiritual sin experiencia, que el amor vale más que el gesto, y que la santidad no uniforma los temperamentos, sino que los transfigura. En Teresa, el evangelio tomó la forma de un vendaval; en Juan, la de una brisa nocturna. Pero en ambos ardía la misma llama.

LEÓN XIV: No debemos espiritualizar el dolor

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domingo, junio 21, 2026

Cara de beato, uñas de gato


Se lo oí decir así literalmente a don Damián Iguacen, el admirado obispo de Tenerife ya fallecido. Un hombre de una bonhomía excepcional, en quien la frase impactaba aún más. No tuve trato cotidiano con él, y no sé si la decía con frecuencia. Después le entrevisté para  radio Tamaraceite (hoy Diocesana de Canarias), y lo explicó de nuevo.  Él hacía girar su espiritualidad -algo original- en torno a la Incondicionalidad. En sentido fuerte. Una capacidad grande para ser libre, para estar dispuesto.

La vida me ha ido poniendo de manifiesto la profunda mirada que hay en esta frase. ¿Por qué mucha gente presupone que ser religioso te hace siempre mejor persona? Esto se piensa con fundamento en la realidad, es decir, si se pregunta por las mejores personas del mundo se dice, por ejemplo, Luther King, que era religioso, Gandhi, que era religioso, Teresa de Calcuta, que era religiosa. Y la persona más importante del segundo milenio, para muchos, es Francisco de Asís, que era religioso. Entonces, partimos de la realidad cuando decimos que ser religiosos normalmente nos hace mejores personas. Partimos de vivencias parciales, pero que tienen la solidez de lo vivido. Nuestra propia experiencia nos dice que, a veces, ese voluntario, ese familiar más generoso, es una persona religiosa.


Pero la vida también nos habla de la crueldad del que tiene razonamientos, palabras o pensamientos religiosos. Cuántas veces hemos oído hechos que ponían de manifiesto la poca altura ética de las mandonas de las parroquias. No siempre, pero sí muchas veces. La vieja oración del fariseo es muy actual.


El gran Peguy decía con certeza:  No me gustan los beatos. Como no aman a nadie, creen que aman a Dios.


Jiménez Lozano, en su magnífica 'Historia de un otoño" nos cuenta la historia de las monjas de Port Royal y dice: "Castas como ángeles, malas como demonios". Es la vida la que nos dice que existe este personaje. No solo la monja dura que todavía cuentan los mayores  El beato o beata mira con lupa lo que hace el cura y lo examina continuamente, como vigila qué hace y qué no la vecina. He visto beatos presionando obispos sobre algún elemento del que el obispo hubiera preferido prescindir en ese momento.


El beato disfruta si encuentra un error o un olvido en una celebración religiosa. El beato y la beata dicen lo buenos que son y te explican cómo hacer los ritos que "siempre se han hecho así".


Después de tanto observar al beato religioso, el cristiano converso y socialista Julián Gómez del Castillo nos descubrió que también había beatos laicos. Es decir, personas que son beatas y no son religiosas. Son beatas de otras realidades.


El liberal puede ser beato del liberalismo y dejar morir de hambre al perdedor. El nacionalista puede ser beato de su bandera o terruño y hasta matar. No digamos el beato del Che Guevara que no ha leído nada de su vida. O el beato de Lenin. Beatos hay de Aznar y de González. También de esta o aquella marca. Su ídolo puede tener virtudes grandes, pero el beato las deforma y desorbita, lo mismo que el beato religioso.


Por eso hay que estar contra las beaterÍas y tener misericordia con la persona, víctima del mal de beatería.


Una beatería potente es la beatería hacia nosotros mismos. Una frase que lo representa bien es "yo haría". Sin mala fe decimos "yo haría", pero no lo voy a hacer yo, lo va a hacer él. Pero le digo  "yo haría". Acabáramos.


El referente no es Gandhi o la abuela sino mi agrandado "yooooo". Soy de los que he dejado de decirlo para ir dejando de  creerlo, ¿exagero?, observa y veras que hay gente que no dice "yo haría". Suelen ser muy interesantes.


De forma que hay que evitar con fuerza y discernir para no convertimos en beatos. Ni de nosotros mismos, ni de causas justas, ni religiosas. Ser personas, sí. Con otros, claro.

viernes, junio 19, 2026

REFLEXIONAR PARA VIVIR 2

15/ Enrique Dussel: Política, importancia para jóvenes
14/ Facundo Cabral: Mi madre, Francisco de Asís y la pobreza
13/ Francisco: Corazón, cerebro, manos. Tres lenguajes
12/ James C. Scott: Gimnasia de la desobediencia
11/ Alice Ball: Mujer, opresión y ciencia
10/ León XIV sobre migraciones
9/ Pilar Gómez-Ulla: Gloria Labay, "Ser sin ser madre"
8/ León XIV: El despilfarro de alimentos
7/ Gata Cattana: Cómo aman los pobres
6/ Margaret Mead: Cuándo comenzó la humanidad
5/ Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: Diálogo y decisión
Una reflexión al respecto de la peculiaridad de estos dos santos: (aquí)
4/ Celeste Caeiro: La mujer que puso en marcha la Revolución de los claveles
3/ Moisés Mato: Al que lucha

2/ Facundo Cabral: Ahora

1/ Traumatóloga Geek: ¿Por qué se usa el verde en los quirófanos?