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viernes, agosto 14, 2026

«¡Perdón!» - León Felipe


Soy ya tan viejo,
y se ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido
y ya no puedo encontrarla
para pedirle perdón.

Ya no puedo hacer otra cosa
que arrodillarme ante el primer mendigo
y besarle la mano.
Yo no he sido bueno…
quisiera haber sido mejor.
Estoy hecho de un barro
que no está bien cocido todavía.
¡Tenía que pedir perdón a tanta gente!…
Pero todos se han muerto.
¿A quién le pido perdón ya?
¿A ese mendigo?
¿No hay nadie más en España…
en el mundo,
a quien yo deba pedirle perdón?…

Voy perdiendo la memoria
y olvidando las palabras…
Ya no recuerdo bien…
Voy olvidando… olvidando… olvidando…
pero quiero que la última palabra,
la última palabra, pegadiza y terca,
que recuerde al morir
sea esta: PERDÓN.

Casi todas estas piedras llegaron en días
de angustia,
de terror,
de desespero y desamparo.
Algunas en días de «Gracia».
Ahora las veo serenamente
desde la fría altura de mis años,
desde mi vejez apaciguada.
Todos son juguetes:
las heridas, las lágrimas,
el veneno del áspid, la baba del tirano,
el hacha del verdugo…
Una pelota es esa cabeza cercenada.
Jugamos al nacimiento y a la muerte,
al soplo y a la llama,
al que me ves y no me ves…
al enciende y apaga la lámpara.
Pero a veces pienso que no son todo juguetes y que yo que
no he servido para ser
ni piedra de una lonja
ni piedra de una audiencia
ni piedra de un palacio
ni piedra de una iglesia…

Yo que en este mundo no he servido después de ochenta
años para nada… acaso sirva ahora todavía, como David,
para lanzar con la honda una de estas piedras, pequeñas y
ligeras, de mi zurrón —la más dura, la más pedernal… Tú,
piedra aventurera,
y dar justo, justo con ella
en la frente misma de Goliat.

León Felipe

De: ¡Oh este viejo y roto violín! – Libro Noveno: El zurrón de las piedras – 1965
Recogido en: León Felipe – Poesías completas
Ed. Visor Libros 2004©
ISBN: 978-84-9895-766-2

Felipe Camino Galicia de la Rosa nació el 11 de abril, de 1884, en Tábara, Zamora.
Poeta de la Generación del 27′, escribió además algunas obras de teatro, y es conocido a nivel mundial por haber sido traductor de la obra de Walt Withman.
Tras permanecer varios años residiendo y trabajando en México y Estados Unidos, volvió a España poco antes de iniciarse la guerra civil, en la que vivió como militante republicano hasta 1938, año en que se exilió definitivamente a México, pasando a ser agregado cultural de la embajada de la República española en el exilio, única reconocida entonces por el Gobierno de Cárdenas.
De su estancia en el país hispano, diría. Llegué a México (por primera vez) montado en la cola de la revolución. Corría el año de 1923. Después, aquí he vivido por muchos años: Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro…
Son muchos lo que creen que León Felipe debe ser reivindicado como un poeta mayor, superando las dificultades que en vida le acarrearon su independencia de todas las corrientes literarias de su tiempo y su condición de exiliado.
Murió en Ciudad de México, el 18 de septiembre de 1968

viernes, febrero 06, 2026

"De tanto querer ser el primero" - Julio Iglesias

Si se entrega estas ideas en un papel en una reunión de "liderazgo" o en unos ejercicios espirituales nadie se extrañaría. 
Hay predicaciones cuaresmales mucho menos críticas. Si se pone atención quizá saquemos consecuencias interesantes

lunes, febrero 17, 2025

Perdóname por quererte igual que antes - Diego Velicia y Amaral

“Perdóname, por quererte igual que antes”
Diego Velicia, psicólogo en el COF Diocesano de Valladolid
La frase forma parte de una canción de Amaral titulada “Perdóname”. (En realidad, la frase no es así, textualmente dice “discúlpame por quererte igual que antes”, pero me voy a permitir el atrevimiento de sustituir ese “discúlpame” por un más contundente “perdóname” sin traicionar el espíritu de la canción).
La canción expresa el arrepentimiento de una persona por los errores cometidos en una relación que se deteriora. Algunas pueden sonar reconocibles: “perdóname por todos mis errores, por mis mil contradicciones”. La mayoría de las personas podemos reconocer errores que hemos cometido en nuestras relaciones. Esto no es especialmente novedoso, aunque es muy saludable.
Lo que resulta verdaderamente original es expresar arrepentimiento porque el amor sea igual que al principio. Esto encierra una carga de profundidad que vamos a intentar desentrañar.
Está muy asumido socialmente que el amor se vive en una trayectoria parabólica: crece un poco al principio y luego va decayendo. Como si el amor se viese afectado por la ley de la gravedad. Según esta creencia, lo normal es que, conforme pasa el tiempo, la complicidad, la pasión o la entrega que había al principio vayan dando paso a una flácida costumbre.
Se entiende que es la dinámica normal no solo en las parejas, sino en la vida profesional, en los curas, en el cultivo de las aficiones… Así, se piensa que lo normal es que al principio de la vida el entusiasmo sea creciente y llegue un momento en el cual empiece a decaer.
Hay quien opone a esto la creencia de que se puede conservar el amor, como si el amor fuera tomate frito, sardinas o pimientos del piquillo. Cuando yo era adolescente nos escribíamos frases como “no cambies nunca” en las carpetas del instituto, como una especie de piropo. (También escribíamos poesía del nivel de "al pasar por tu ventana me tiraste una flor, la próxima vez, sin maceta, por favor", en fin, no nos juzguen muy severamente)
Ese “no cambies nunca” se supone que era una frase positiva, de validación. Eres tan guay que no quiero que cambies. Como si fuera posible no cambiar (especialmente en la adolescencia, momento en el que te define, entre otras cosas, la rara cualidad de cambiar físicamente casi por días y anímicamente casi por minutos).
Insisto, la idea de fondo es la misma: las personas cambiamos a peor, las relaciones se van deteriorando, lo único que se puede hacer es intentar conservar el amor del principio (lo cual, dicho sea de paso, se convierte en algo casi tan milagroso como conseguir que la trayectoria que dibuja un proyectil no termine en caída).
Y no tiene por qué ser así.
El geólogo escocés James Hutton en su Teoría de la Tierra en 1795 afirmaba “desde la cima de las montañas hasta el fondo del mar, cada cosa está en constante cambio en la tierra”. Si el cambio es una cualidad intrínseca a la vida ¿no será mejor comprender el amor en el matrimonio como algo llamado a cambiar creciendo? Creciendo en confianza, en intimidad, en complicidad, en pasión, en entrega, en cuidado, en escucha, en comprensión, en servicio, en alegría, en presencia de los demás en nuestra vida, en cariño, en apertura del corazón, en ternura, en amabilidad, en paciencia... Crecer, ser cada día mejor, más pleno.
Esto es imposible en dos casos: uno, si consideramos que nuestra relación ya es perfecta. Si es perfecta, no puede ser mejor y, por lo tanto, no crece. Dos, si consideramos que lo normal es que la cosa vaya a menos y nos acomodamos a ello.
Pero el amor está llamado a crecer, de forma que, al pasar los años cuando miremos al otro, podamos afirmar que le conocemos más, que nos divertimos más con él, que le deseamos más, que le abrimos más nuestro corazón, que estamos dispuestos a hacer más por él, que sabemos quererle en medio de sus defectos, que le tratamos con más amabilidad, con más ternura, que estamos más dispuestos a escucharle, que en nuestra mirada y nuestra acción sobre el mundo va habiendo más comunión. Que al mirar atrás en nuestra historia podamos constatar con alegría que le quiero más y mejor que antes.


jueves, octubre 10, 2019

El examen de conciencia de Giorgio La Pira

Giorgio La Pira que fue alcalde de Florencia (Italia) en los años 50 y hoy está en proceso de beatificación contaba: “Una vez, cuando era más joven (...), quizá hacía la oración más larga y hermosa, más afectuosa con el Señor; e incluso un examen de conciencia más profundo e incisivo, pero siempre sobre cosas que encierto modo sólo a mí concernían: si había hecho oración, si había dicho cualquier palabra poco delicada en mis relaciones con algún amigo. Ahora me he vuelto una conciencia dura, porque actualmente me enfado de la mañana a la noche, e incluso me encolerizo. Y por la noche, en mi examen de conciencia, aflora esta población que espera tener vivienda, tener un trabajo del que depende su vida física y espiritual, o tener la estreptomicina (un antibiótico). Digo: “Señor, perdoname por encolerizarme”, aunque lo otro se me queda muy grabado en la conciencia. Y comprendo que, efectivamente, si hubiese puesto más amor e inteligencia en la búsqueda de los instrumentos, tal vez hubiera tenido algún empleado más, alguna casa más o alguna medicina más, y algún consuelo más. Por tanto este examen de conciencia se desplaza desde mi a los otros.

lunes, junio 01, 2015