Como traumatóloga, pero también como ingeniera me encanta la ingeniería de materiales.
En 2018 tres físicos se sentaron frente a un superordenador. Dos millones de horas de cálculo. Resultado: encuentran el material más duro del universo, 10 millones de veces más resistente que el acero. Las formas que encontraron las bautizaron como ñoquis, espagueti y lasaña… Me recuerdan a mí cuando estoy de guardia.
En nuestro quirófano el material más duro nunca gana. 1961, Wrightington, norte de Inglaterra. John Charnley publica en el Lancet la prótesis total de cadera.
No habían pasado ni dos años, cuando sus pacientes empezaron a volver destrozados. Hubo que reparar casi todas las caderas. El teflón soltaba partículas y el cuerpo empezó a comerse el hueso alrededor.
Charnley estuvo a punto de mandarlo todo a la porra. Entonces un comercial le enseñó un polietileno. Lo apretó con el pulgar y dejó marca. Se negó a utilizarlo.
Pero su técnico lo probó igual, a escondidas. En tres semanas se desgastó menos que el teflón en 24 horas.
¿Se te ocurre lo que hizo Charnley? Nada menos que meterse trozos de ese plástico nuevo bajo la piel del muslo. Seis meses esperando a ver qué pasaba. Y no pasó nada.
Desde 1962. Ese plástico blando lleva sesenta años sosteniendo caderas.
¿Moraleja? No gana el más duro, gana el que aguanta día tras día.
