jueves, abril 02, 2026

Estar en la cruz no es lo mismo que mirarla


 EN TIEMPOS DE JESÚS, la cruz no era un símbolo religioso ni un objeto de devoción. Era el instrumento de ejecución más cruel del Imperio romano. Crucificar a alguien significaba humillarlo públicamente, despojarlo de toda dignidad y convertir su muerte en espectáculo para infundir miedo. La cruz era castigo político: se reservaba para quienes eran considerados peligrosos para el orden establecido. Era una advertencia dirigida al pueblo entero: así termina quien desafía al poder.

Jesús es clavado en la cruz porque su anuncio del Reino literalmente incomodaba. No muere solo por una idea abstracta, sino por haber puesto en el centro a los pobres, por haber denunciado la hipocresía religiosa y por haber proclamado un Dios que es Padre y que libera en vez de someter.

El teólogo José Antonio Pagola nos dice: «Hemos logrado adorar al Crucificado de tal manera que nos oculta a los crucificados de hoy». Es decir, hemos aprendido a venerar la cruz en los templos mientras evitamos reconocerla en la historia concreta de la sociedad. Rezamos ante la imagen de Jesús sufriente y, sin embargo, muchas veces apartamos la mirada de las víctimas del pecado estructural. La fe se vuelve cómoda cuando contempla el dolor pasado y que no se deja interpelar por el dolor presente.

Existe el gran problema de que muchas veces espiritualizamos el sufrimiento, como si a Dios le complaciera vernos sufrir. Y nadamás lejos que eso. Seguir a Jesús implica trabajar para que quienes viven oprimidos puedan recuperar vida, dignidad y esperanza...y sean felices. Es necesario seguir combatiendo todo aquello que sigue produciendo crucifixiones en nuestro mundo y no hace felices a los demás. El gran teólogo Ignacio Ellacuría lo expresó con claridad: «Hay que bajar de la cruz a los pueblos crucificados».

Hoy contemplamos pueblos enteros clavados en la cruz. En estos momentos Oriente Medio vuelve a sangrar bajo las bombas que están destruyendo ciudades, arrancando familias y sembrando miedo y odio. El dolor que allí se vive no es una tragedia lejana: sus consecuencias alcanzarán al mundo entero: crisis humanitarias, desplazamientos masivos, violencia globalizada, economías desestabilizadas y una humanidad cada vez más acostumbrada e indiferente al sufrimiento ajeno.

Pero no hay que olvidar también que crucificar a los pueblos puede tomar muchas formas y una de las formas más crueles es crucificar en nombre de Dios. Matar y quitar la dignidad usando el santo nombre de Dios. Cuando la religión se usa para justificar violencias, supremacías o destrucción del otro, la cruz deja de ser signo de salvación y se convierte nuevamente en instrumento de muerte. Es paradójico ver una religión que por un lado presenta a un Dios que murió en la Cruz por amor y al mismo tiempo lo utilizamos para encubrir y apoyar proyectos políticos de muerte.

También resulta profundamente contradictorio que, como creyentes, defendamos la vida únicamente cuando se gesta en el vientre materno y, al mismo tiempo, permanezcamos indiferentes ante el dolor y las muertes injustas de miles de personas provocadas por la guerra, la violencia, el hambre o la exclusión. No puede llamarse defensa de la vida una postura selectiva que guarda silencio frente al sufrimiento humano cuando este ya tiene rostro, nombre e historia. Tristemente, muchos cristianos apoyan políticas que legitiman la guerra, como si destruir al enemigo garantizara la paz o agradara a Dios. Nada más contrario al Evangelio que pensar que el bienestar de los pueblos puede construirse sobre la muerte de otros. Esa lógica revela una contradicción profunda: cuando la fe justifica la violencia, la religión deja de ser camino de vida y termina volviéndose cómplice de la injusticia, integrada incluso en el engranaje del pecado estructural que sigue crucificando a los pueblos.

Jesús clavado nos revela hasta dónde puede llegar la violencia humana, pero también hasta dónde llega la fidelidad de Dios a las víctimas. Por eso, el cristiano no está llamado a acostumbrarse al sufrimiento del mundo, sino a impedir que continúe. Cada vez que una vida es destruida por el odio, Jesús vuelve a ser clavado. Y cada vez que alguien trabaja por la justicia, comienza lentamente el acto de desclavar a los pueblos.


Hna Adry, OSC

Teología desde abajo