sábado, abril 25, 2026

María Montessori: eliminar premios y castigos


Ricardo Rambaudi/facebook

Para comprender por qué la propuesta de María Montessori de eliminar premios y castigos causó tal conmoción, debemos trasladarnos a la Italia de 1907, un mundo donde la infancia se consideraba una "imperfección" que debía corregirse mediante la fuerza. En aquel entonces, las aulas eran extensiones del cuartel, los niños permanecían anclados a bancos de madera pesados, obligados a la inmovilidad total bajo la amenaza de la palmeta, el rincón de la vergüenza o el escarnio público. El aprendizaje era un acto de sumisión, y el maestro, un dictador de verdades absolutas.
Cuando Montessori abrió la primera Casa dei Bambini en el degradado barrio de San Lorenzo, en Roma, rompió el contrato social de la educación de un solo golpe. Al observar a los hijos de obreros analfabetos, se dio cuenta de algo que escandalizó a los académicos de la época, el niño no es un ser caótico que necesita ser domesticado, sino un individuo con una "mente absorbente" que busca el orden de forma natural. Montessori decidió que, si el ambiente era el adecuado y el material despertaba el interés, el castigo se volvía innecesario y el premio, un estorbo.
El escándalo estalló cuando los inspectores y pedagogos de la vieja guardia visitaron sus salones. Esperaban encontrar el desorden propio de la falta de disciplina, pero se toparon con una escena que les pareció casi sobrenatural, niños de cuatro y cinco años moviéndose en silencio, concentrados en tareas complejas sin que nadie les gritara o les prometiera una medalla a cambio. Para la sociedad de principios del siglo XX, esto era peligroso. Se argumentaba que Montessori estaba criando rebeldes, pues un niño que no teme al castigo es un ciudadano que no podrá ser controlado fácilmente por el Estado o la Iglesia.
Históricamente, su enfoque fue una afrenta directa a la psicología conductista naciente, que veía al ser humano como un animal que solo reacciona al "palo y la zanahoria". Montessori demostró con datos y resultados que los premios destruyen la motivación intrínseca; el niño que trabaja por una estrellita dorada deja de interesarse en el conocimiento para interesarse solo en el trofeo. Esta revelación fue vista como una amenaza al orden jerárquico, ya que eliminaba la dependencia del niño hacia la autoridad externa para validar su propio valor. Al final, el tiempo le dio la razón: mientras los regímenes totalitarios de la época intentaban prohibir sus escuelas por considerarlas "demasiado libres", sus alumnos demostraban una capacidad intelectual y una autodisciplina que el método tradicional, con toda su violencia, nunca pudo alcanzar.