Imagina que despiertas con un fuerte dolor de espalda y tu primera reacción es calcular cuántos analgésicos necesitas para calmar la molestia y comenzar la jornada laboral del día. El cuerpo se ha convertido en una máquina que requiere ajustes químicos. Una visita el fin de semana al bosque termina siendo una colección de fotos para redes sociales sin que recuerdes cómo olía la tierra húmeda o el pasto recién cortado. Estas escenas cotidianas Edmund Husserl, el matemático y filósofo alemán que revolucionó el pensamiento europeo a inicios del siglo XX, las habría diagnosticado como síntomas de una misma enfermedad cultural.
Por Redacción Nota Antropológica
El texto que Husserl publicó en 1911 en la revista Logos con el título La filosofía, ciencia rigurosa contiene una advertencia que hoy adquiere actualidad. Él sostenía que la civilización occidental había caído bajo el hechizo del naturalismo. ¿Qué significa esa palabra que suena a tratado académico del siglo antepasado? Significa exactamente lo que haces cuando abres la aplicación del smartwatch para ver cuántas calorías has quemado sin preguntarte si disfrutaste la caminata. Significa mirar un río contaminado y pensar primero en el costo del tratamiento químico para limpiarlo antes que en la pérdida del lugar donde pasabas durante la infancia.
Miguel García-Baró, responsable de la traducción más reciente de esta obra al español, explica que Husserl no escribía contra la ciencia sino contra una manera empobrecedora de entenderla. El naturalista —y todos podemos comportarnos como uno en diferentes momentos del día— contempla el mundo como si solo existieran piezas de un enorme rompecabezas físico gobernado por leyes exactas. Tu ansiedad no sería una experiencia con significado sino un desequilibrio de neurotransmisores. El canto del cenzontle no sería una presencia viva en la madrugada sino una vibración acústica medible en decibeles.
El filósofo señalaba que esta postura resulta insostenible porque se contradice a sí misma en la práctica. El médico que prescribe el antidepresivo confía en que existe una verdad objetiva sobre su efectividad y que actuar conforme a ella es bueno para su paciente. Si todo fuera solo química cerebral y condicionamiento evolutivo —razonaba Husserl— esas mismas convicciones del médico serían también meros subproductos de reacciones físicas sin valor real. La mano que escribe la receta estaría negando lo que la mente que la guía afirma implícitamente.
Pero el asunto va más allá de una discusión entre especialistas. Cuando reduces tu espalda adolorida a un problema de alineación vertebral que corrige el quiropráctico, ¿qué espacio dejas para entender el cansancio acumulado por semanas de presiones laborales sin descanso? La naturaleza física y la naturaleza que somos —nuestro cuerpo vivido, nuestra biografía inscrita en los músculos— se vuelven una sola cosa regida por el mismo principio de reparación técnica. Así como mandas ajustar el motor del automóvil, agendas una cita para que te ajusten las cervicales.
Husserl distinguía con precisión dos reinos que el naturalismo confunde peligrosamente. La piedra que cae, la hoja que se mece con el viento, el agua que hierve a cien grados existen como unidades que aparecen de maneras distintas según quién y cómo las observe; pero detrás de esas apariencias hay algo idéntico que permanece. Tu percepción del atardecer, en cambio, es exactamente lo que aparece en ese instante único. No hay un atardecer verdadero escondido tras el atardecer que ves. El río de tu conciencia —esa imagen que el filósofo usaba para describir el flujo de vivencias— no se puede seccionar en componentes físicos como quien desarma un reloj. Pretender que sí equivale a preguntar cuánto pesa la nostalgia.
La intuición de esencias era para Husserl una capacidad humana tan básica como oír un sonido. Consiste en captar aquello que hace que algo sea lo que es y no otra cosa. El color rojo, antes de medirse en longitudes de onda, es una cualidad que reconoces inmediatamente. La generosidad, antes de estudiarse en experimentos de psicología social, es una forma de presencia humana que intuyes cuando alguien comparte su comida sin esperar retribución. El problema, advertía el autor, es que el imperio del pensamiento naturalista nos ha ido dejando ciegos para este tipo de captación directa. Hemos cambiado el ver por el medir; y al hacerlo, hemos ido perdiendo la capacidad de respetar lo que las cosas valen por sí mismas.
Un bosque talado para construir un complejo habitacional deja de ser el lugar donde alguna vez escuchaste el crujir de las ramas bajo tus pies para convertirse en metros cuadrados de terreno urbanizable. Un río entubado pierde su condición de ser vivo que albergaba libélulas y renacuajos para volverse un problema de ingeniería hidráulica. La pregunta que Husserl nos obliga a enfrentar no es si debemos dejar de usar la ciencia para curar enfermedades o gestionar recursos. Sería absurdo renunciar a la anestesia o al tratamiento de aguas residuales. La cuestión es si ese saber técnico agota todo lo que podemos y debemos saber sobre nuestro estar en el mundo.
La fenomenología —esa ciencia de la conciencia pura que Husserl proponía como base de toda filosofía auténticamente rigurosa— no pide que abandonemos las clínicas o el laboratorio. Pide que recordemos que antes de ser pacientes con niveles de colesterol somos personas que desayunan con prisa, discuten con la pareja y sienten el vacío en el estómago antes de una decisión importante. Pide que antes de administrar un área natural protegida como quien lleva la contabilidad de un almacén, recuperemos la memoria de lo que significa mojarse los pies en un arroyo sin otro propósito que sentir el agua fría.
Husserl creía que su época atravesaba una carencia vital y es que las ciencias proporcionaban montañas de datos sobre el universo pero ninguna orientación para habitarlo. Hoy que podemos conocer en tiempo real la calidad del aire que respiramos y el ritmo cardíaco con el que subimos escaleras, la pregunta resuena con más fuerza que hace cien años. ¿Sabemos aún qué significa estar vivos o solo estamos monitoreando nuestras constantes vitales?
¿Has notado que a veces revisas más la pantalla del teléfono durante una comida que el rostro de quien se sienta frente a ti? Si este texto te hizo pensar en algún hábito cotidiano que podrías mirar con otros ojos, compártela déjanos una reacción para saber que estuviste aquí y sigue la página para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.
Fuente: Husserl, E. (2009). La filosofía, ciencia rigurosa (Trad. M. García-Baró). Ediciones Encuentro. (Trabajo original publicado en 1911 en Logos).
