El baptisterio en la parroquia de san Gil (Molina de Aragón) está sacado de la nada, o quizás peor que de la nada, está sacado de uno de esos traseros de una nave lateral de iglesia, donde generalmente se amontonan trastos. Con aparente máxima simplicidad ha salido algo bello y muy simbólico.
Digamos que, como retablo, una columna de luz, luz que se filtra a través de mármol. Mármol que varía de intensidad su color porque está veteado según los momentos.
Lo central es de la luz, la luz fue el primer elemento de la creación, ya que el bautismo es la nueva creación. La luz incide sobre una pila de jaspe, que en el apocalipsis simboliza la gloria de la nueva Jerusalén, a la que vamos cuyos muros son de jaspe.
La pila está asentada en un octógono de madera en el suelo. Así pues, la primera creación, la materia, comenzó con la bajada de la luz creadora. Yo soy la luz del mundo. Y la creación primera fue en 7 días. Por medio del bautismo entramos en la nueva creación, la definitiva.
Por eso partimos del octógono, que es el número de la creación nueva. La base es el ocho y del octógono emerge la pila de jaspe, que simboliza la gloria de la nueva Jerusalén, a la que vamos.
Y la luz de la primera creación que bajó para iluminar todo lo material ahora a través del bautismo se eleva y nos lleva a la nueva y perfecta luz, hacia la luz completa y definitiva.
Con solo un octógono en el suelo, una pila de jaspe y una columna de luz marmol. En fin, cuanto menos y más simple, si está bien hecho, más enriquecedor sugerente y bello es. Menos es más. Cuando tiene sentido y está bien hecho.
