Antes de los ventiladores eléctricos, el descanso de algunas familias adineradas y funcionarios británicos en la India dependía de una persona que tiraba de una cuerda durante horas.
Eran los llamados punkah-wallahs.
El punkah era un gran panel de tela o madera suspendido del techo. Mediante un sistema de cuerdas y poleas, se movía de un lado a otro y producía una corriente de aire sobre camas, mesas y escritorios.
El mecanismo parecía sencillo.
El esfuerzo recaía completamente sobre quien lo accionaba.
Los punkah-wallahs podían trabajar durante largas jornadas, sentados o acostados fuera de la habitación, repitiendo el mismo movimiento mientras los ocupantes comían, trabajaban o dormían. En edificios grandes, varias piezas podían conectarse para funcionar al mismo tiempo.
Estos ventiladores fueron frecuentes en viviendas, cuarteles, tribunales, iglesias y oficinas de la India colonial. También mostraban una profunda desigualdad: la comodidad de unos dependía del trabajo invisible y agotador de otros.
Con la expansión de la electricidad durante el siglo XX, los ventiladores mecánicos comenzaron a reemplazarlos.
La tecnología eliminó aquella ocupación, pero las fotografías conservaron una escena reveladora de la época: mientras unas personas descansaban bajo la brisa, otras debían producirla con sus propias manos.
