sábado, marzo 28, 2026

CUARESMA MEDITACIONES PARA PAPA LEON XIV por Roberto Pasolini

Texto y video con traductor al castellano: https://escucharlavozdelamor.blogspot.com

“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”

1ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia

La conversión. Seguir al Señor Jesús por el camino de la humildad

P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia

Aula Pablo VI

Viernes, 6 de marzo de 2025

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.

Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.

Después de los Ejercicios Espirituales guiados por la figura de san Bernardo de Claraval, las meditaciones cuaresmales de este año no podían sino inspirarse en la experiencia cristiana de Francisco de Asís. Los dos santos no están lejos el uno del otro: Bernardo muere en 1153, Francisco nace en 1181, a menos de treinta años de distancia. Es como si el testigo de la sequela evangélica pasara de mano en mano a través de los siglos, sin apagarse nunca.

Este año se cumplen ochocientos años de la muerte de Francisco, y el Santo Padre ha querido que el aniversario esté marcado por un nuevo jubileo especial, invitando a toda la Iglesia a dejarse alcanzar nuevamente por la gracia de Dios a través del testimonio del Pobrecillo de Asís. Francisco no es solo un santo para recordar o admirar: es un hombre atravesado por el fuego del Evangelio, capaz de reavivar en cada uno la nostalgia de una vida nueva en el Espíritu.

Para recorrer su camino espiritual, la primera meditación se detiene en su conversión y se desarrolla en cinco pasos: el cambio de gusto que la gracia opera en la sensibilidad; la alteración producida por el pecado y la necesidad de una curación radical; la humildad como verdadera medida de la grandeza humana; la elección de hacerse más pequeños como forma propia de la vida bautismal; finalmente, el carácter continuo de la conversión, que no se cumple de una vez por todas, sino que siempre recomienza.

1. El cambio de gusto

¿Qué entendemos cuando hablamos de conversión? Es una pregunta que merece ser planteada con honestidad, porque las respuestas posibles son muchas y no todas igualmente fieles al Evangelio.

La catequesis tradicional la describe como un regreso a Dios después del alejamiento del pecado. La teología moral subraya su dimensión de cambio de conducta. La tradición ascética insiste en la necesidad de prácticas penitenciales que disciplinen el cuerpo y la voluntad. La Escritura, por su parte, utiliza un término que atraviesa y supera todas estas perspectivas: *metánoia*, cambio de la mente, del corazón, del modo profundo en que se percibe la realidad. No una simple corrección de rumbo, sino una transformación de la mirada. No solo una revisión de los comportamientos, sino una revolución de la sensibilidad.

¿Quién tiene razón? En cierta medida, todos. Pero hay un orden que respetar. Comprender dónde comienza realmente la conversión —cuál es su punto de origen— no es una cuestión teórica. Es el problema más concreto que existe. Si equivocamos el punto de partida, corremos el riesgo de construir sobre cimientos frágiles.

Sabemos que la conversión evangélica es ante todo iniciativa de Dios, a la cual el hombre está llamado a participar con toda su libertad. No es ni pura pasividad ni pura conquista. Es una respuesta: la respuesta más adecuada que un ser humano puede dar a la gracia que lo precede y lo llama.

La conversión ocurre en el punto más íntimo de nuestra naturaleza, allí donde la imagen de Dios impresa en nosotros espera ser despertada. Es como si algo, durante mucho tiempo silencioso, volviera de repente a vibrar.

Es aquí donde la experiencia de Francisco de Asís se revela preciosa. En su Testamento, dictado pocos meses antes de la muerte, escribe así: «El Señor me concedió a mí, hermano Francisco, comenzar a hacer penitencia de esta manera. Cuando estaba en los pecados, me parecía cosa demasiado amarga ver a los leprosos; y el Señor mismo me llevó entre ellos y usé misericordia con ellos. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me cambió en dulzura de ánimo y de cuerpo» (Testamento, Fuentes Franciscanas 110).

Al recordar las etapas esenciales de su camino, Francisco afirma ante todo que la iniciativa es enteramente del Señor. Es Dios quien le ha dado comenzar a hacer penitencia, es decir, entrar en un camino de conversión. El “hacer penitencia” del que habla Francisco no debe entenderse como un ejercicio ascético con el que merecer la gracia de una nueva relación con Dios. Alude más bien a un cambio completo de sensibilidad: un nuevo modo de mirar a sí mismo, a los demás y a la realidad a la luz del Evangelio.

Este cambio comienza de modo muy concreto: cuando empieza a tener misericordia de los demás. Es el centro de su relato. En ese encuentro con los leprosos, el joven Francisco experimenta un definitivo vuelco de gusto: descubre una dulzura inesperada precisamente allí donde no la buscaba y donde ni siquiera esperaba encontrarla.

En el momento en que se entrega gratuitamente a los más pobres de la sociedad, olvidándose por primera vez de sí mismo, Francisco encuentra la respuesta a aquel malestar que habitaba su corazón: la amargura de una vida llena de muchas cosas pero aún vacía de su valor esencial. Aquel encuentro provoca en él un terremoto interior: lo que antes le parecía amargo se ha convertido en dulce.

Este es el corazón de la conversión: no ante todo un acto de la voluntad, sino una transformación interior, un misterioso cambio de la sensibilidad. Este cambio no elimina nuestra participación; la hace más verdadera, más libre, más gozosa. El esfuerzo no desaparece, pero cambia de signo. La conversión ya no es el intento de enderezar la vida con las propias fuerzas, sino la respuesta a una gracia que ha redefinido los parámetros de nuestro modo de percibir, juzgar y desear.

Pensemos, en cambio, en lo que ocurre cuando falta este paso. Si estuviéramos obligados cada día a comer alimentos cuyo sabor nunca hemos apreciado, podríamos hacerlo por disciplina, por un cierto tiempo, pero sin alegría y con creciente fatiga. Si alguien cultivara una pasión sin haber experimentado nunca su placer y su resonancia interior, pronto la viviría como un peso. Si alguien construyera una vida con otra persona sin haber probado nunca un amor verdadero, esa relación correría el riesgo de convertirse en una forma de coacción. Y si un religioso vistiera hábitos, realizara gestos y pronunciara palabras en nombre de un Dios conocido solo de oídas, sin tener una experiencia personal real, acabaría viviendo un profundo malestar interior, que podría repercutir también en las personas a su cargo.

Son situaciones difíciles de sostener a largo plazo. Y algo similar ocurre cuando la conversión se plantea mal: cuando nos pedimos a nosotros mismos —o incluso a los demás— adherirnos a una moral sin haber probado antes la dulzura de la vida nueva en Cristo.

El “hacer penitencia” del que habla Francisco no es un programa de austeridad voluntarista, sino el comienzo de una lucha por defender y custodiar el tesoro de un nuevo sabor de las cosas, finalmente recuperado. Es nutrir con fidelidad la semilla de una vida nueva que Dios ha logrado plantar en la tierra de nuestro corazón.

2. La alteración del pecado

Para entender por qué la conversión debe ser tan radical —por qué no basta corregir algunos comportamientos, sino que se necesita un verdadero renovamiento de la sensibilidad— hay que sondear la profundidad del surco que el pecado ha excavado en nosotros.

Hablamos de esa odiosa distancia de nosotros mismos, esa fatiga para querer realmente el bien que reconocemos como tal, esa escisión entre lo que somos y lo que querríamos ser. San Pablo lo expresa con una honestidad desarmante en la Carta a los Romanos: «No entiendo ni siquiera mis propias acciones: no hago lo que quiero, sino lo que detesto. Cuando hago lo que no quiero, reconozco que la ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien: hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo» (Romanos 7,15-18).

Estas palabras no describen la condición de un pecador que no quiere cambiar, sino de quien desea el bien y, sin embargo, se encuentra realizando el mal que no quiere. Por eso la conversión requiere toda una vida: porque la herida del pecado no concierne solo a algunas elecciones equivocadas, sino que toca más profundamente el modo mismo en que estamos hechos.

Para comprender el origen de esta condición, debemos volver al principio. El relato de Génesis 3 no habla simplemente de una transgresión, sino que documenta una transformación profunda ocurrida en el hombre después del gesto de desobediencia. Antes incluso de que aparezca la reacción de Dios, el texto anota dos cosas importantes: el hombre se da cuenta de que está desnudo y experimenta el sentimiento del miedo, buscando esconderse de Dios.

«Entonces se abrieron los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se hicieron cinturones» (Génesis 3,7).

«El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. Respondió: “Oí tu voz en el jardín: tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”» (Génesis 3,9-10).

El miedo y la vergüenza son los primeros frutos del pecado. No un castigo que llega desde fuera, sino un cambio que nace dentro del ser humano. Antes de la caída, el hombre y la mujer estaban desnudos y no sentían vergüenza. Después del pecado, este equilibrio se rompe. Nace una fractura: con Dios, con el otro e incluso consigo mismos. El hombre ya no se siente en paz, comienza a percibirse equivocado y a mirar al otro con sospecha. Por eso aparecen el miedo y la vergüenza.

No son emociones superficiales, sino el signo de un grave malestar: el hombre percibe dentro de sí una grieta entre lo que desea ser y lo que descubre que es.

He aquí lo que produce el pecado. No quita nada a Dios: nos altera a nosotros. Se confunden las categorías de nuestra sensibilidad: ya no reconocemos con claridad lo que es bueno, verdadero y bello. Y así perdemos también la justa medida de nosotros mismos, olvidando la grandeza a la que estamos llamados.

Vivimos en un tiempo en que la palabra “pecado” parece casi desaparecida de nuestro modo de pensar. En la conciencia común —y a veces también en la vida de la Iglesia— todo se explica como fragilidad, herida, límite, condicionamiento. Cuando aún se habla de pecado, a menudo se reduce a un pequeño error o a una debilidad.

En esta mirada hay algo verdadero. La tradición espiritual siempre ha reconocido que la fragilidad humana no se reduce a la mala voluntad y que el juicio debe ir acompañado de misericordia. El problema surge cuando esta perspectiva sustituye a la teológica en lugar de integrarla. Si todo pecado se convierte solo en un síntoma y toda culpa en una disfunción, corre el riesgo de desaparecer algo esencial: la grandeza de la libertad humana y de su responsabilidad.

Si toda elección es solo el resultado de nuestra historia, de nuestros traumas o de nuestros condicionamientos, entonces todo se vuelve explicable y, al final, también justificable. Pero si es así, la libertad es solo una ilusión y la responsabilidad moral pierde sentido. Y aquí aparece una paradoja: si ya no existe la posibilidad de un mal verdadero, tampoco podemos creer en la posibilidad de un bien verdadero. Si el pecado desaparece, también la santidad se convierte en un destino abstracto e incomprensible.

Por eso la fe cristiana toma en serio el pecado. No para acusar al hombre, sino para custodiar y afirmar su grandeza. Para reconocer que sus elecciones cuentan de verdad, que su libertad es real y que con ella puede construir o destruir: a sí mismo, a los demás, al mundo.

Significa también reconocer que dentro de nosotros hay una herida verdadera, que no se resuelve con algunos ajustes, sino que necesita una curación profunda.

La conversión es un itinerario exigente, porque tiene la tarea de sanar nuestra existencia haciéndonos recuperar la relación con Dios, nuestro Creador y Salvador. Es un don de la gracia, pero toma forma en la repetición concreta de gestos y elecciones que hemos comenzado a vivir en la libertad y en el amor. Su eficacia depende precisamente de la capacidad de custodiar en el tiempo estos gestos, incluso cuando se vuelven fatigosos o repetitivos. No es una fatiga estéril: es la fidelidad de quien ya ha entrevisto el sentido y el valor de lo que vive y, precisamente por eso, continúa practicándolo con libertad y con alegría.

Cuando san Francisco, después del encuentro con los leprosos, siente por primera vez dentro de sí algo verdadero y libre, su respuesta no es una rendición ni una renuncia: es un reconocimiento. Y cuando, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, escucha el Evangelio y comprende que esa palabra lo llama por su nombre, reacciona con un grito de alegría: «¡Esto quiero, esto pido, esto ansío hacer con todo el corazón!» (Vida Primera de Tomás de Celano 22, FF 356).

Francisco comienza a hacer penitencia porque en el encuentro con Cristo recupera finalmente a sí mismo: la imagen del hombre nuevo «creado según Dios en justicia y verdadera santidad» (Efesios 4,24), esa imagen que el pecado había oscurecido y que la gracia estaba devolviendo a la luz.

3. La medida recuperada

En la historia de la Iglesia, Francisco de Asís es conocido por haber abrazado una pobreza radical, elegida como forma esencial de su vida evangélica. Sin embargo, si leemos con atención sus escritos, nos damos cuenta de que su amor por la pobreza nunca está disociado de una profunda estima por la humildad.

En la Regla no Bullada escribe: «Todos los hermanos se esfuercen por seguir la humildad y la pobreza de nuestro Señor Jesucristo» (Regla no Bullada, IX, FF 29). En una célebre alabanza, escribe: «Señora santa pobreza, el Señor te salve con tu hermana, la santa humildad», explicando cómo las dos virtudes actúan juntas para purificar al hombre: «La santa pobreza confunde la codicia y la avaricia y las preocupaciones del siglo presente. La santa humildad confunde la soberbia y a todos los hombres que están en el mundo» (Saludo a las Virtudes, FF 256.258).

Para Francisco, pobreza y humildad nunca son separables, porque brotan directamente del misterio de la Encarnación. En la Carta a toda la Orden, reflexionando sobre el misterio eucarístico, exclama: «¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilló tanto hasta esconderse, por nuestra salvación, bajo la poca apariencia de pan!» (FF 221). Y, después de la experiencia de las Llagas en el monte de la Verna, se dirige a Dios diciendo: «Tú eres humildad» (Alabanzas de Dios Altísimo, FF 261).

El Cristo pobre y humilde no es para Francisco una imagen devocional entre otras, sino el nombre más preciso de aquel Dios revelado en la Encarnación y en la Pascua de su Verbo eterno. En la pobreza y en la humildad reconoce los mismos rasgos de Dios, que el hombre está llamado a vivir porque fue creado a su imagen y semejanza.

Si la pobreza, en la forma radical vivida por Francisco, concierne solo a quienes se sienten llamados a una vocación semejante, la humildad es un camino que todo bautizado está llamado a recorrer si quiere acoger plenamente la gracia de la vida en Cristo.

Vale la pena, entonces, redescubrir el sentido auténtico de una palabra a menudo malentendida, partiendo de su etimología. El latín *humilitas* está emparentado con *humus*, la tierra. El humilde es aquel que viene de la tierra, que pertenece a la tierra, que no olvida que es tierra.

El gesto de las cenizas con el que se entra en Cuaresma —«acuérdate que eres polvo y en polvo volverás»— no es una invitación a la tristeza ni al desprecio de sí mismo: es una restitución a la verdad. Es el modo en que la Iglesia nos devuelve a nuestra medida más auténtica, liberándonos del peso asfixiante de lo que no somos.

Sin embargo, la humildad ha sido a menudo malentendida. En el mundo clásico, este concepto tenía casi siempre una connotación negativa: indicaba lo insignificante, miserable, servil. Algunos filósofos (Spinoza y Nietzsche) heredaron luego esta desconfianza, leyendo en la humildad o una pasión triste nacida de la contemplación de la propia impotencia, o la virtud de los cobardes que elevan a valor lo que es solo debilidad.

También dentro de la historia espiritual cristiana la humildad ha conocido sus deformaciones: reducida a ejercicio de desprecio de sí, a mortificación con fin en sí misma, a veces incluso a máscara de hipocresía. Por eso se ha convertido en una palabra difícil de pronunciar y aún más difícil de encarnar.

Pero la humildad cristiana no tiene nada que ver con estas falsificaciones. La tradición lo ha aclarado con lucidez: la humildad no es simplemente una virtud que se conquista con la voluntad. Es más bien un modo de habitar el mundo y las relaciones; es el fruto de una experiencia —a menudo marcada por las mismas humillaciones— que reduce la imagen inflada que tenemos de nosotros y nos devuelve a la verdad. Es un don del Espíritu antes que un ejercicio ascético.

Jesús lo sabía tan bien que hizo de la humildad la única cualidad que, en todo el Evangelio, pidió explícitamente imitar. No dice: aprended de mí a hacer milagros o a resucitar muertos. Dice solo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29). En esa palabra resumió todo su modo de estar en el mundo.

Los Padres sacaron de ello una conclusión radical: vivir la humildad no significa añadir algo a una vida cristiana normal, sino comprenderla hasta el fondo a la luz del Evangelio. El humilde es, simplemente, el cristiano.

San Agustín, invitando a Dioscoro a abrazar la fe cristiana, escribe: «El camino de la verdad es el siguiente: la primera la humildad, la segunda la humildad, la tercera la humildad; y cada vez que volvieras a interrogarme, te respondería siempre así» (Epístola 118,3.22).

La humildad no empobrece al hombre: lo restituye a sí mismo. No lo empequeñece: lo entrega a su verdadera grandeza. Por eso está tan estrechamente ligada a la conversión.

El pecado original nace precisamente de un rechazo de la humildad: de no querer aceptarse como seres humanos, finitos y dependientes de Dios. La conversión, entonces, no puede sino comprenderse también como un retorno a la humildad. No un rebajarse por debajo de la propia realidad, sino un reingresar en ella. Un descender de la falsa estima de sí a la propia verdad para descubrir que esa verdad, en el fondo, está desde el principio bendecida.

4. Hacerse más pequeños

Si volvemos al encuentro de Francisco con los leprosos, podemos captar un aspecto aún más sorprendente de su intuición evangélica. Francisco era un hombre sediento de plenitud: buscaba gloria, perseguía sueños, deseaba vivir intensamente. Toda su vida había intentado hacerse “más grande”: mercader exitoso, caballero, hombre de prestigio. Pero esas aspiraciones no le habían devuelto lo que buscaba.

Cuando, en cambio, se encuentra frente a alguien “más pequeño” que él, ocurre lo inesperado: emerge su verdadera grandeza. No a través de la conquista, sino a través del abrazo. No subiendo, sino inclinándose.

Francisco comprende entonces algo sorprendente: en el mundo creado por Dios, el lugar privilegiado es el de los pequeños. Precisamente en ellos se manifiesta aquel “poder” del que habla el Evangelio, el de convertirse en hijos de Dios. Un hijo, en efecto, está absolutamente en paz con el hecho de tener que depender de un Padre. Por eso no tiene miedo de ser él mismo ni siente vergüenza al pedir.

De esta libertad nace una fuerza particular: la capacidad de suscitar el bien en los demás. Los pequeños, con su fragilidad, despiertan la misericordia, que es quizás la energía más preciosa del mundo.

Por eso el Pobrecillo de Asís pide a sus compañeros que se llamen «hermanos menores». No para parecer más humildes, sino para vivir realmente como pequeños: hombres que no ocupan todo el espacio, sino que lo abren a los demás.

Ser pequeños, para Francisco, es el modo concreto de encarnar el Evangelio: apertura radical y hospitalidad al otro.

Para enseñar a sus frailes el valor de esta posición de segundo plano, Francisco los exhorta a ir a mendigar cuando el trabajo no basta para garantizar lo necesario. «Y cuando sea necesario, vayan por la limosna. […] Y los frailes que trabajan para adquirirla tendrán gran recompensa y la hacen ganar y adquirir a aquellos que la dan; porque todas las cosas que los hombres dejarán en el mundo perecerán, pero de la caridad y de las limosnas que han hecho recibirán el premio del Señor» (Regla no Bullada, IX, FF 31).

Ir a pedir limosna no era para Francisco una estrategia legítima —quizás incluso astuta— para obtener comida y otros bienes materiales. Era un modo de activar en los demás la misericordia y la generosidad: para hacer vivir a otros la misma experiencia que él había experimentado en el encuentro con los leprosos.

Jesús, en el Evangelio, insistió mucho en la pequeñez como cifra del misterio del Reino y como condición para acceder a él. Comparó la lógica del Evangelio a una semilla: pequeña, pero capaz de convertirse en un árbol que alberga a los pájaros entre sus ramas. Explicó a los discípulos —siempre tentados por sueños de grandeza— que solo quien se hace pequeño como un niño puede entrar en el reino de los cielos. Más aún: que quien quiere ser grande debe hacerse pequeño y hacerse siervo de todos.

¿No es este, en el fondo, el gran secreto de la Encarnación? ¿Por qué Dios, queriendo asumir nuestra humanidad, lo hizo haciéndose no solo hombre, sino niño, naciendo en el seno de la Virgen María? No solo para suscitar estupor y maravilla, sino para despertar lo mejor de nuestra humanidad.

Es delante de alguien que no suscita ni temor ni competencia que dejamos de tener miedo y vergüenza, y volvemos a donar lo que somos.

Hacerse pequeños, por tanto, no es una renuncia ni una disminución: es una dimensión esencial del ser cristianos.

Ciertamente, no toda forma de pequeñez es auténtica. A veces lo que llamamos humildad no es más que el modo —sutil y engañoso— con que alimentamos nuestras inseguridades, autorizamos a nuestros límites a dominarnos o nos sustraemos a la fatiga de la vida y de las relaciones. Es una falsificación que asume muchas máscaras.

Pero cuando elegimos hacernos —no quedarnos— pequeños porque hemos reconocido la pequeñez de Dios y nos hemos sentido acogidos y amados por Él, entonces esta elección no es una forma de regresión o de renuncia: es el rostro del hombre nuevo que el Bautismo nos restituye.

5. La conversión continua

Si la conversión es un cambio de la sensibilidad que sana el desequilibrio producido por el pecado y nos restituye a la justa medida de nuestra humanidad —esa pequeñez que nos hace partícipes de la naturaleza de Dios—, queda aún un último paso, quizás el más exigente: reconocer que la conversión nunca se concluye.

A menudo imaginamos la conversión como un paso neto: primero el pecado, luego la decisión de cambiar, finalmente el camino hacia la santidad. Es un esquema tranquilizador, pero la vida en el Espíritu es más compleja y más paciente de lo que pensamos.

Pecado, conversión y gracia no son etapas sucesivas: en la vida concreta están entrelazados. Seguimos siendo pecadores, estamos siempre en conversión y precisamente así somos santificados por el Espíritu.

Convertirse significa recomenzar continuamente este movimiento del corazón, a través del cual nuestra pobreza se abre a la gracia de Dios.

Este discurso, en el fondo, nos es familiar: cada Cuaresma nos recuerda la responsabilidad de verificar la vitalidad de nuestro bautismo. Sin embargo, cuando la conversión toma el rostro concreto de la pequeñez, algo en nosotros resiste. Aceptamos cambiar, pero nos cuesta dejarnos redimensionar. Preferimos fortalecernos antes que empequeñecer nuestra imagen y nuestras exigencias.

Así, el hombre viejo resurge, a veces en vicios evidentes, otras en formas más sutiles e incluso religiosas: la necesidad de reconocimiento, la búsqueda de un rol, la autorreferencialidad.

Por eso el combate es real: es la lucha por permanecer pequeños y humildes. Es ese trabajo interior incesante que nos libera de la imagen de nosotros mismos y nos hace capaces de ponernos realmente al servicio, de modo libre y concreto.

El apóstol Pablo conoce bien el combate por custodiar la pequeñez y la libertad de los hijos de Dios. En la Segunda Carta a los Corintios, acusado de debilidad mientras otros —los «superapóstoles»— se imponen con la fuerza, rechaza la vía de la jactancia. No porque le falten argumentos, sino porque ha comprendido algo decisivo: la debilidad no es una fase que superar, sino la forma misma de su vida en Cristo. Y escribe: «Me gloriaré, pues, muy gustosamente de mis debilidades, para que habite en mí la potencia de Cristo. […] Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12,9-10).

No es solo un gesto personal de humildad: es una declaración teológica. La pequeñez no es una estrategia ni una actitud exterior, sino la forma de la vida bautismal. El cristiano elige presentarse desarmado porque sigue al Maestro, que se vació y transformó la cruz en fuente de vida.

A menudo pensamos que la pequeñez evangélica es posible solo cuando todo va bien. En realidad ocurre lo contrario: es precisamente en los conflictos y en las dificultades donde se vuelve más necesaria. Cuando el instinto empuja a defenderse o a imponerse, allí se ve si hemos aprendido realmente el Evangelio de la cruz.

La luz, en efecto, muestra su fuerza no cuando todo es claro, sino cuando reinan las tinieblas.

Sobre esta pequeñez se funda el misterio de comunión en la Iglesia, como el Santo Padre nos ha recordado en su última audiencia: «En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y continúa donándose a través de la pequeñez y fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que ocurre en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible a través de la debilidad de las criaturas, continuando manifestándose y actuando» (Papa León, Audiencia General, 4 de marzo de 2026).

En días que vuelven a estar marcados por el dolor y la violencia, hablar de pequeñez podría parecer un discurso abstracto, casi un lujo espiritual. En realidad es una responsabilidad concreta, ligada al destino del mundo.

La paz no nace solo de acuerdos políticos, ni de estrategias diplomáticas o militares, sino de hombres y mujeres que encuentran el valor de hacerse pequeños: capaces de dar un paso atrás, de renunciar a la violencia en todas sus formas, de no ceder a la tentación de la revancha y de la prevaricación, de elegir el diálogo incluso cuando las circunstancias parecen negarle la posibilidad.

Es un trabajo exigente y cotidiano. No podemos aplazarlo ni delegarlo a otros. Quien se reconoce hijo de Dios sabe que esta conversión del corazón le concierne personalmente.

Por eso podemos hacer nuestras las palabras que san Francisco, al final de su vida, marcado por las Llagas, no se cansaba de repetir a sus frailes:
«Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios nuestro, porque hasta ahora poco hemos progresado» (San Buenaventura, Leyenda Mayor XIV,1; FF 1237).

Oración final

Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concede a nosotros, miserables, hacer, por tu amor, lo que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que a ti te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo amado, el Señor nuestro Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia llegar a ti, oh Altísimo, que en la Trinidad perfecta y en la Unidad simple vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente por todos los siglos de los siglos. Amén.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia



“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”

2ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia

La fraternidad, la gracia y la responsabilidad de la comunión fraterna

P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Aula Pablo VI
Viernes, 13 de marzo de 2025

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.

Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.

Este saludo con el que siempre comienzo las meditaciones, que es también el saludo que el Santo Padre dirigió a toda la iglesia el día de su elección, es el saludo del Señor resucitado, pero es también el saludo que San Francisco quería que los frailes dirigieran a todas las personas, intuyendo hace ochocientos años como hoy, que la falta de paz es el gran problema que siempre, cada día, debemos afrontar. Ahora bien, en la primera meditación entramos en el corazón de la conversión de Francisco.

Hemos visto cómo la gracia en él ha obrado un verdadero cambio de gusto, una transformación de la sensibilidad que ha cambiado precisamente el modo de mirar a sí mismo, a Dios, a los demás, a la realidad. Y así comenzó un camino que hemos dicho que es incesante, que nunca termina en este mundo. Pero para Francisco aquel comienzo de conversión no permaneció como una experiencia solitaria. En cierto momento el Señor le hizo un regalo particular, los hermanos, y es precisamente este don inesperado el que está en el centro de nuestra meditación de hoy, la fraternidad. Según este modo de referirnos a las relaciones que existen entre nosotros, no es un accesorio de la vida espiritual cristiana, es el lugar donde ocurre en grado máximo nuestra conversión. Es quizá el banco de prueba más serio de nuestro bautismo.

Como dice un antiguo adagio, la vida fraterna es la máxima penitencia, pero en el sentido evangélico del término, no la mayor fatiga, sino el lugar donde ocurre de manera eminente nuestra conversión. Intentaremos también esta vez recorrer un camino de cinco etapas. Ante todo el origen de la fraternidad como un don que Dios nos hace.

Luego el realismo de la Escritura que nos recuerda que la fraternidad es ante todo negada en el relato de Caín y Abel. Después la exigencia de un amor que vaya más allá de la simple cordialidad entre nosotros. Luego el fundamento cristológico sin el cual ninguna fraternidad es posible.

Y finalmente, no menos importante, el horizonte escatológico en el cual la fraternidad se convierte ya de algún modo en un anticipo de la vida eterna.

Hemos dicho que Francisco al comienzo de su conversión estaba solo, luego el Señor le dio hermanos. Él mismo lo dice en el Testamento: “Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”.

Francisco no había pensado inmediatamente en la constitución de un grupo, como por ejemplo si lo hace Santo Domingo. Le llegan hermanos, es decir, jóvenes que piden adherirse a su modo de vivir.

Entonces buscan en las Escrituras las indicaciones para afrontar esta nueva aventura, es decir, vivir una intuición juntos, y descubren que precisamente el Evangelio será la forma de la fraternidad. De este modo nació la fraternidad franciscana, donde se podían encontrar nobles y gentes del pueblo, ricos y pobres, clérigos y laicos. Francisco quería que entre los frailes no hubiera relaciones de poder o de superioridad, como sucedía en la sociedad de su tiempo.

Todos debían tener el mismo nombre, frailes menores. De algún modo Francisco quería obedecer a la palabra del Evangelio en la que Jesús dice, Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Leyendo los escritos de San Francisco se percibe su deseo de una fraternidad cálida, intensa, donde hay palabras maravillosas.

Francisco escribe: “Todos los frailes no tengan ningún poder o dominio, sobre todo entre ellos. Y cualquiera de ellos que quiera hacerse mayor sea su ministro y servidor, y quien entre ellos sea mayor hágase como el menor. Y ningún fraile haga mal o diga mal de otro, sino más bien, por la caridad que viene del Espíritu, de buena voluntad se sirvan y se obedezcan mutuamente. Y también, y dondequiera que estén y se encuentren los frailes, muéstrense entre ellos familiares el uno con el otro, y cada uno manifieste al otro con seguridad sus necesidades. Pues si la madre alimenta y ama a su hijo carnal, cuanto más solícitamente debe uno amar y alimentar a su hermano espiritual”.

Son palabras que hacen sentir un poco de escalofrío, sobre todo a quien está intentando tal vez deliberadamente vivir la fraternidad. Es decir, el vínculo de la fraternidad en el Espíritu puede ser todavía mayor que el de la carne, es decir, podemos quedarnos todavía más.

Seguramente se percibe la atmósfera que reinaba también al inicio en las primeras comunidades cristianas, según aquellos bellísimos resúmenes de los hechos donde se dice que los cristianos estaban juntos, compartían los bienes, la vida, y entre ellos había concordia. Y sin embargo, si leemos con atención los textos que Francisco nos ha dejado, nos damos cuenta de que la fraternidad no fue un paseo para ellos, al contrario, algunos pasajes dejan entrever claramente cuántas dificultades, cuántos sufrimientos los frailes vivieron entre ellos. Por ejemplo, en la regla no bulada, Francisco escribe: “Y todos los frailes se guarden de calumniar a alguien y eviten las disputas de palabras, y no riñan entre ellos, y no se irriten, no juzguen, no condenen”.

¿Por qué Francisco escribe todas estas cosas? Porque estas cosas sucedían y suceden en la experiencia de la fraternidad. Por tanto, se comprende bien que la fraternidad para Francisco y los primeros compañeros ciertamente no es un lugar para refugiarse y vivir tranquilos, es más bien el espacio en el que cada uno es reconducido a las profundidades de su propio corazón en todas sus sombras y sus resistencias. Los hermanos ciertamente son un don, pero un don que no tiene la única función de sostenernos y consolarnos a lo largo del camino.

Los hermanos nos son confiados para que nuestro corazón pueda cambiar pasando de un corazón de piedra a uno de carne. De algún modo, la fraternidad es el espacio concreto en el que Dios trabaja nuestra humanidad, enseñándonos la ley del amor más grande. De hecho, el término hermano y fraternidad en la lengua griega, el término adelphos, alude a un mismo seno.

Aquí está el origen también de la dificultad de la experiencia fraterna. Ahora bien, según el Evangelio, nosotros sabemos cuál es ese seno común. Nos lo ha revelado el Hijo que está en el seno del Padre y que nos ha llamado hermanos.

Por lo tanto, sabemos que nuestro vínculo fraterno está fundado en la unicidad de Dios, el Padre. Este es el motivo por el cual la fraternidad tiene una dimensión vertical imprescindible. Sin embargo, como decimos en la introducción, con gran realismo la Escritura nos cuenta que la fraternidad no es un camino lineal.

Ante todo, es una fraternidad fallida a través de la historia de Caín y Abel, que todos conocemos. Es como si ese relato respondiera a la pregunta del profeta Malaquías. ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, actúan traidoramente unos contra otros profanando la alianza de nuestros padres? Preguntas cruciales siempre actuales.

Ahora bien, en el relato de Caín y Abel, el problema es ante todo un problema de mirada. El texto dice que Dios mira con favor la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. El texto es muy sobrio y no explica el motivo de esta predilección por una ofrenda en lugar de la otra, y de hecho se han derramado proverbiales ríos de tinta para tratar de explicar por qué Dios mira a Abel y no mira a Caín.

Hay un detalle en el relato que quizás nos dice algo. Abel ofrece a Dios los primogénitos de su rebaño, mientras que Caín los frutos del suelo. Parece que Abel se implica en el don que ofrece a Dios, ofrece algo suyo, algo personal.

En cambio Caín se limita a dar algo, por tanto no es tanto la calidad de la ofrenda lo que marca la diferencia, sino si en esa ofrenda está representada la propia vida. Así pues Dios no acoge ni mira, no presta atención a la ofrenda de Caín, no para condenarlo evidentemente, sino para provocarlo. Aceptar aquella ofrenda significaría dejarlo en la sensación de que él no tiene nada bueno que ofrecer.

Dios en cambio parece decir a Caín, de un modo paradójico extraño, mira que tú vales, que también tú puedes donar algo tuyo. Pero Caín no interpreta de este modo la falta de la mirada de Dios y sabemos bien cómo continúa la historia. Caín no habla ni con Dios ni con Abel, más bien se lanza contra él y lo mata.

No es solamente un acto de violencia, sino el signo de una relación que para él se ha vuelto insoportable. Después del delito Caín cae en un terrible sentimiento de culpa y entonces Dios interviene para proteger su vida y lo marca. Incluso después del mal cometido, Dios no abandona a Caín.

Ahora bien, este relato nos pone delante de una pregunta incómoda pero crucial. ¿Cómo se manifiesta Caín en nosotros? Nuestra tentación es identificarnos inmediatamente con Abel, el justo. El justo incomprendido que ofrece todo y no recibe nada a cambio.

Es una posición tranquilizadora pero la Escritura nos impide esta comodidad. Nos pide un paso más honesto y más difícil. Reconocer que la historia de Caín quizá nos concierne de cerca.

En cada uno de nosotros existe la misma posibilidad de endurecernos, de cerrarnos, de dejar que el resentimiento se convierta en distancia respecto al otro y que después esa distancia se transforme en violencia. No necesariamente una violencia física pero sí real. El silencio obstinado, la palabra que hiere, la indiferencia.

Muchas veces pronunciamos la palabra hermano o fraternidad más con los labios que con nuestra vida. Usamos estas palabras en los discursos, en las narraciones que hacemos de nosotros mismos pero deberíamos admitir cuán difícil es hacerlas verdaderas. La reacción de Caín nace de algo muy simple, la presencia del otro.

Abel no hace nada contra Caín, simplemente vive, presenta a Dios sus ofrendas. Pero de este modo recuerda a Caín que él no lo es todo y que no está solo él. Es esta presencia del otro la que muchas veces desencadena en nosotros la violencia.

Por tanto, Génesis 4 es un texto muy rico pero muy incómodo porque nos recuerda que la fraternidad, como don de lo alto, comienza a volverse real cuando nosotros dejamos de señalar con el dedo al otro y comenzamos a reconocer que los posibles responsables del mal podemos ser ante todo nosotros. Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás.

Este paso decisivo en el proceso de conversión creo que vale sobre todo para nosotros los cristianos que estos tesoros, estos textos, los tengamos entre las manos. A nosotros nos gustaría presentarnos al mundo como los que ya han resuelto el problema de la fraternidad, como los buenos que ayudan a los demás. Como los testigos de un amor que siempre funciona, pero sabemos que las cosas no son así.

El Evangelio nos abre una perspectiva liberadora, porque nos recuerda que las personas que realmente logran realizar el bien no son los buenos, sino aquellos que han tenido el valor de reconocer su propia sombra. No quien se ha construido una buena imagen edifica la paz en el mundo, sino quien ha visto su propia violencia posible y ha aprendido a entregarla a Dios, descubriendo que Dios es lento a la ira y grande en la misericordia. Por tanto, la fraternidad auténtica, parece decirnos así el testamento de Francisco, no nace por obra de quien nunca ha herido a nadie, sino de quien ha descubierto que podría hacerlo y decide no hacerlo más, habiendo encontrado la misericordia de Dios.

Podríamos preguntarnos cómo se manifiesta en nosotros cotidianamente esta falta de fraternidad. Decíamos, no siempre en las formas de la violencia física, más a menudo asume formas más sutiles, pero no menos dolorosas. ¿Podemos poner al otro en los márgenes? ¿Podemos ignorar lo que nos dice? ¿Vaciar de importancia su aporte?

La tradición franciscana, para darnos un motivo de reflexión ulterior, nos ha transmitido una carta que Francisco escribe a un ministro que se encuentra un poco cansado y desalentado. Creo que podría ser una buena inspiración para el Papa, que a menudo debe escuchar colaboradores cansados y desalentados.


Escuchemos lo que dice Francisco. Francisco se encuentra ante un ministro que le dice, mira, en mi fraternidad las cosas van muy mal, por favor, mándame a un eremitorio, a un hermoso eremitorio, donde pueda rezar, donde pueda estar tranquilo.

Francisco lo exhorta más bien a mirar ese cansancio con ojos nuevos y le escribe así:

“Aquellas cosas que te son impedimento para amar al Señor Dios y a toda persona que te sea obstáculo, sean frailes u otros, aunque te cubrieran de golpes, todo esto debes considerarlo como una gracia y así debes quererlo y no de otro modo. Y ama a aquellos que actúan contigo de este modo y no exijas de ellos otra cosa sino aquello que el Señor te dará a ti y en esto ámalos y no pretendas que sean cristianos mejores y esto sea para ti más que estar en un eremitorio”.

Francisco dice palabras enormes, dice incluso no querer que sean mejores de lo que son, acéptalos tal como son y esto es para ti el eremitorio, esta es para ti la oración.

Es decir, para Francisco, el hermano que nos está creando incomodidad, sufrimiento, no es un problema que resolver, es la ocasión que tenemos de entrar en el corazón del Evangelio, es el lugar donde verificamos realmente nuestra vida espiritual, cuanto real y concreta. Y además Francisco concluye con estas palabras:

“No haya en el mundo ningún hermano que haya pecado cuanto es posible pecar que, después de haber visto tus ojos, no se vaya sin tu perdón si Él lo pide. Y si no pidiera perdón, pídele tú a Él si quieres ser perdonado y si después mil veces pecará delante de tus ojos, ámalo más que a mí por esto y ten siempre misericordia de tales hermanos”.

Lo que el ministro vivía como un obstáculo para Francisco es simplemente la ocasión de vivir el Evangelio. Ahora bien, quizá no es exactamente lo que el Santo Padre podría decir a todos sus colaboradores cansados y fatigados. Sin embargo, nos recuerda cuál es la lógica que podemos descubrir en las dificultades de la vida fraterna, que aquello que en un primer momento puede parecernos un tropiezo, en realidad es una llamada de Dios a entrar en un amor más grande y, sobre todo, más libre. De hecho, hay un texto en el Nuevo Testamento que, a mi juicio, podría ponerse junto a la carta a un ministro, la pequeña carta de Pablo a Filemón, un texto casi invisible en el Nuevo Testamento y, sin embargo, precioso, porque todos recordaremos la historia.

Filemón tenía un esclavo, Onésimo, que tiene problemas con él. Huye y ve a Pablo, que en aquel tiempo está en prisión. Pablo lo acoge, lo evangeliza, se hacen amigos y podría quedarse con él como colaborador suyo, incluso tendría derecho.

Y, sin embargo, ¿qué hace? Lo devuelve a Filemón diciéndole, recíbelo como a un hermano amado en el Señor. No le dice que lo haga por su autoridad. Trata de suscitar en Filemón la elección más valiente y más hermosa, de manera libre.

Y ni siquiera rompe la institución de la esclavitud que continúa existiendo. Pero dice que una relación difícil puede transformarse en una relación fraterna. Por este motivo, esta pequeña carta se ha convertido en la tradición cristiana en un ejemplo concreto de cómo las relaciones pueden regenerarse cuando nosotros ponemos en juego un amor más grande.

En este punto, vendría la pregunta ante estos testimonios tan luminosos, ¿pero es realmente posible para nosotros amar tanto en las relaciones fraternas que vivimos? ¿Está a nuestro alcance un amor semejante? Nosotros los cristianos, y nosotros los religiosos de modo particular, vivimos a menudo en un ambiente donde todo parece cordial, ordenado, pacífico. No se grita, no se discute, se saluda con gentileza, se mantienen relaciones formalmente correctas, y sin embargo, sabemos que a toda esta calma exterior no corresponden necesariamente relaciones verdaderas y profundas. Más bien, con el pasar de los años, todos acumulamos en el corazón el peso de palabras mal dichas, de juicios apresurados, de miradas que faltaron, de relaciones heridas o simplemente dejadas apagarse con el tiempo.

¿Por qué entonces deberíamos recomenzar a vivir la aventura de la fraternidad? Yo creo que la respuesta de San Francisco es decididamente simple y provocadora, porque nuestros vínculos están fundados en un lazo de libertad, no en la simpatía ni en la afinidad, sino en el hecho de que Dios nos ha llamado y nos ha elegido para vivir juntos porque Él es nuestro Padre. Cuando Francisco insiste en decir que los hermanos espirituales deben quedarse más que los carnales, no está espiritualizando la realidad ni apelando a los buenos sentimientos. Está diciendo que en las relaciones de fraternidad en el espíritu, por tanto libres, no determinadas por la carne y la sangre, es necesario tener el valor de ir más allá de la superficie. Se pueden afrontar los conflictos, se pueden aceptar las diferencias, se pueden vivir cuando las relaciones se vuelven difíciles. Al fin y al cabo no nos debemos nada entre nosotros sino la caridad. Este es nuestro único vínculo.

Pero esta caridad se vuelve posible si recordamos dónde está fundado nuestro vínculo. De lo contrario, si comenzamos a convertirnos en amigos o en otras cosas semejantes, es imposible para nosotros ser hermanos y hermanas. Es algo que Jesús en realidad ya nos había dicho de manera muy simple.

Recordaremos aquel día en que su madre y sus hermanos fueron a buscarlo y Jesús con una libertad enorme dijo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Extendió la mano e indicó a las personas que estaban a su alrededor. Y no era un ejemplo, era real. Cada palabra de Cristo es verdaderamente auténtica.

Esto no es un rechazo de la familia natural ni un gesto de distancia afectiva. Jesús nos revela algo más profundo. Hay un vínculo entre nosotros más fuerte que la sangre, más estable que las afinidades, más auténtico que nuestras simpatías.

Es el vínculo que nace del hecho de que nosotros somos hijos de un Padre que nos comunica su Palabra y su voluntad. Esto tiene consecuencias muy concretas para la vida de la iglesia. Una comunidad cristiana no es ante todo un grupo humano que se ha elegido por un ideal común.

Es una asamblea convocada por la voz de Dios que nos precede y que hace posible nuestro estar juntos. Claro, cuando esta fuente se enturbia, es decir, cuando la oración se vuelve rutina, cuando la palabra ya no nos toca, cuando los sacramentos se celebran sin que el corazón participe, también los vínculos fraternos comienzan a vaciarse. Quedan las formas, como decíamos, el saludo, la sonrisa, la corrección formal, pero la sustancia se pierde.

Entonces es necesario volver a mirar a Cristo, dejarse alcanzar por su mirada y no olvidar lo que los primeros cristianos solían decirse: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”. La afirmación es muy fuerte.

Juan nos dice que amamos a los hermanos porque hemos pasado de la muerte a la vida, como si la vida nueva produjera automáticamente el amor fraterno. Afirma casi lo contrario. Es precisamente amar a los hermanos, incluso cuando es difícil, donde podemos verificar si la Pascua de Cristo realmente nos ha tocado y está obrando en nosotros.

Sin embargo, muchas veces imaginamos que la Pascua es algo que nos concernirá después de la muerte, cuando resucitemos en Cristo. Pero sabemos que la resurrección ya ha comenzado. La vida eterna ya ha comenzado.

Cuando lo olvidamos, aplazamos el trabajo de la fraternidad para mañana porque no lo consideramos urgente hoy. Bueno, cuando resucitemos aprenderemos a querernos. Un pasaje de la Regla, no bulada de San Francisco, nos da una última luz. Dice así: “Invirtiendo un poco las perspectivas habituales. Prestemos atención, hermanos todos, a lo que dice el Señor. Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, porque también el Señor Jesús, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a sus crucificadores. Son por tanto, amigos nuestros todos, aquellos que injustamente nos infligen tribulaciones y sufrimientos, humillaciones y ofensas, dolores y tormentos, martirio y muerte. Debemos amar mucho a éstos, porque por lo que nos infligen, tenemos la vida eterna”.

Francisco hace un elenco de cosas que en cualquier modo ha experimentado y no experimentamos. Francisco hace una lista de cosas que de algún modo él experimentó y que nosotros experimentamos. Pero enciende como una luz en este infierno que todos conocemos, recordándonos que el deber de amarnos nos conviene a nosotros, porque éste es el modo ordinario en que tenemos la vida eterna. Amando a los enemigos, no soportándolos, sino rezando por ellos, es como si la fraternidad, cuando llega a ese nivel de realismo, se despojará de todas aquellas coloraciones románticas y emotivas, y nos hará comprender que la fraternidad no es otra cosa que la estación final de nuestro bautismo.

Por tanto, debemos prepararnos, porque esperamos que todos podamos llegar a esa estación final y todos juntos. La vida fraterna no está hecha solamente de gestos buenos y de momentos fáciles. Está hecha también de incomprensiones, de fatigas, de martirio, de dolor.

Y las mejores ocasiones de la vida fraterna son precisamente estas en que nosotros querríamos huir y que, en cambio, nos abren las puertas de la vida eterna. Esto ensancha mucho nuestra mirada, porque en la vida cotidiana las exigencias de nuestras relaciones a veces se vuelven pesadas. Las distancias entre nosotros, las palabras que hieren, las incomprensiones pueden volverse muy dolorosas.

Por eso no debemos perder nunca el horizonte de la vida eterna. Cuando lo perdemos, ciertas fatigas que vivimos se vuelven insoportables. Ahora bien, el tema de la fraternidad no concierne solamente a la vida de la iglesia.

Toca el deseo más profundo de toda la humanidad. En todo tiempo, en toda cultura, los seres humanos han soñado una convivencia finalmente reconciliada entre los hombres. Es un anhelo que atraviesa los pueblos más allá de las lenguas, de las culturas y de las tradiciones religiosas.

Poetas, músicos, artistas han imaginado un mundo donde los hombres puedan finalmente reconocerse como hermanos y hermanas entre sí. También muchas ideologías y muchos modelos económicos han intentado construir el sueño de una armonía universal entre los hombres, descubriendo sin embargo cuán difícil es hacerla real para todos y verdaderamente. Nosotros, creyentes en el Hijo de Dios hecho carne, custodiamos una convicción muy simple y humilde.

La fraternidad universal se vuelve posible solamente cuando el hombre redescubre su apertura a lo trascendente. Esto nos lo ha recordado el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti, donde escribió: “como creyentes pensamos que sin una apertura al Padre de todos no puede haber razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que sólo con esta conciencia de hijos, que no son huérfanos, se puede vivir en paz entre nosotros”.

La razón por sí sola es capaz de captar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no logra fundar la fraternidad. Cuando reconocemos a Dios como Padre de todos, aprendemos a mirar a cada persona con una dignidad que ninguna diferencia puede borrar. La fe no nos separa de nosotros, más bien nos recuerda que nadie está excluido de nuestro corazón, porque nadie está excluido del corazón del Padre que está en los cielos.

Por eso, en los días de esta cuaresma, mientras la historia del mundo continúa atravesada por divisiones, guerras y conflictos, nosotros los cristianos no podemos limitarnos a hablar de fraternidad como un ideal que alcanzar. Estamos llamados a recibirla como un don, pero también a asumirla de modo muy serio y urgente como una responsabilidad. Esta tarea comienza siempre muy cerca, con las personas que comparten con nosotros la vida cotidiana.

No es raro que también en la iglesia las diferencias de sensibilidad, de visión, de estilo, se conviertan en motivo de oposición y distancia, hasta crear contraposiciones y polarizaciones. Son el signo de cuán difícil es acoger verdaderamente el desafío de la fraternidad. El camino evangélico nos pide dar un paso distinto, reconocer siempre nosotros, incluso cuando son diferentes de nosotros, hermanos y hermanas que nos han sido confiados, de los cuales nosotros somos custodios, y por tanto tratar de escucharlos, de comprender sus razones, de respetarlos de modo sincero y cordial.

Y todo esto lo podemos hacer sin miedo, más aún con gran libertad, como decíamos, porque sabemos que ya hemos pasado de la muerte a la vida. No tenemos nada que perder, solo tenemos muchos hermanos y hermanas que podemos ganar. La resurrección de Cristo no elimina la fatiga de las relaciones, pero nos libera de la sospecha de que esta fatiga puede ser inútil.

Por eso, podemos asumir el trabajo de la fraternidad con un estilo siempre renovado, con dulzura, firmeza, con respeto, pero sobre todo con la confianza de que cada gesto de verdadero amor fraterno, incluso el más escondido, ya pertenece a la vida eterna.

Oremos:

Omnipotente, Eterno, Justo y Misericordioso Dios, concédenos a nosotros, miserables, hacer por tu amor aquello que sabemos que tú quieres, y querer siempre lo que te agrada, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu sola gracia, llegar a ti, Oh Altísimo, que en la Trinidad Perfecta y en la unidad simple, vives y reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por todos los siglos de los siglos.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia

“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”

3ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia

La misión. Anunciar el Evangelio a toda criatura

P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Aula Pablo VI
Viernes, 20 de marzo de 2025

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.

Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.

En las primeras dos meditaciones de esta cuaresma hemos recorrido algunas etapas importantes de la experiencia espiritual de San Francisco de Asís. La primera nos ha recordado el corazón de su conversión, la transformación de nuestra sensibilidad. La segunda nos ha mostrado cómo esta conversión no permaneció como un hecho aislado.

El Señor le dio a Francisco hermanos y la fraternidad se convirtió en el lugar concreto en el que el Evangelio tomó carne en el pobrecillo de Asís. En esta tercera meditación queremos dar un paso más. Conversión y fraternidad todavía no son el punto de llegada, porque el cumplimiento de la vida cristiana también sucede en la misión, en ir hacia los demás.

Aquello que Francisco había recibido de Dios, una sensibilidad renovada, la alegría y el testimonio de los hermanos, no podía ser retenido, sino que debía alcanzar y tocar la vida de los demás. Por lo tanto, haremos un pequeño camino sobre el tema de la misión en cinco puntos. En primer lugar, el primado del testimonio de vida sobre la palabra que decimos.

Luego, el estilo de la misión, que es el de dejarse acoger antes incluso de dar algo a los demás. Después, la capacidad y el arte de esperar las preguntas antes de anticipar nuestras eventuales respuestas. Luego miraremos también la fecundidad del encuentro con el otro, repensando el viaje de Francisco a Egipto cuando se encuentra con el sultán.

Y finalmente, la paradoja evangélica que Francisco incluso llama con una palabra fuerte, la sumisión a los demás como forma de la vida cristiana. Pero partamos del primer punto, generar a Cristo con nuestra vida más que con nuestras palabras.

1. Llevar a Cristo

Las fuentes nos cuentan que la primitiva fraternidad franciscana, estando juntos en oración, muy pronto siente nacer el deseo de compartir con los demás la vida del Evangelio.

Le sucede lo que le ocurrió a la primera comunidad cristiana, según aquellas palabras memorables que son el prólogo de la primera carta de Juan. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y que nuestras manos tocaron, es decir, el verbo de la vida, eso también lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros”. Es decir, primero está la comunión con el Señor y luego está el anuncio.

No se puede hablar verdaderamente de aquello que aún no ha echado raíces profundas en nosotros. Sin embargo, San Francisco conoce la tentación sutil de decir palabras formalmente correctas sin dejarse primero transformar por ellas. Es decir, transmitir a los demás algo que todavía no se ha convertido en vida en nosotros.

En una admonición a los frailes, escribe: “Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hayan realizado las obras y nosotros queramos recibir gloria y honor sólo con contarlas. Contar las hazañas de los santos sin dejarse cambiar por su modo de vivir corre el riesgo de ser una forma de admirarlos desde lejos. Hablamos de ellos, pero permanecemos a salvo de la gracia”.

Por eso Francisco exhorta a la paciencia. Primero hay que custodiar lo que hemos visto y oído, dejarlo madurar en la oración hasta que se convierta en vida y luego también en palabra hacia los demás.

En otra admonición escribe así: “Bienaventurado el siervo que acumula en el tesoro del cielo los bienes que el Señor le muestra y no desea manifestarlos a los hombres con miras a una recompensa, porque el mismo Altísimo manifestará sus obras a quien le plazca. Bienaventurado el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor”.

Con estas palabras Francisco pone en guardia contra una tentación muy sutil, usar las cosas de Dios para buscar aprobación y reconocimiento, incluso aquello que es verdadero, que es auténtico, si se manifiesta demasiado pronto corre el riesgo de perder su verdad. Por eso Francisco invita a custodiar lo que se ha recibido, dejándolo madurar en el corazón.

La regla no bulada radicaliza esta intuición. Francisco escribe: “Todos los frailes prediquen con las obras. El espíritu de la carne, en efecto, quiere y se preocupa mucho de poseer palabras, pero poco de ponerlas en práctica”.

Hay un episodio, probablemente posterior, una reelaboración de muchas palabras escritas en las fuentes oficiales, pero coherente con el espíritu de Francisco, que expresa de manera clara esta pedagogía de Francisco. Se cuenta que un día el santo pidió al hermano Junípero que lo acompañara a la ciudad para predicar. Los dos recorrieron las calles en silencio, se detuvieron junto a los enfermos, sonrieron a los niños, ayudaron a alguien que estaba en necesidad, ni una palabra.

Al regresar, Junípero preguntó al santo: ‘¿Padre mío, y la predicación?’. Y Francisco respondió: “la hemos hecho, hermano mío, la hemos hecho”. Confiar más en el testimonio que en las palabras no es para Francisco una estrategia, es la consecuencia de una convicción teológica profunda que es necesario sacar a la luz. Cristo no es una información que transmitir, sino un misterio que habita la humanidad de cada uno y que pide ser reconocido para poder emerger en la vida.

Es decir, el Evangelio no se comunica como las demás noticias, sino que se dona como una vida que poco a poco toma forma. En una carta que Francisco escribe a todos los fieles, sin excluir a nadie, el santo ofrece una visión sorprendente de todo esto, porque habla del creyente, del bautizado, en relación con Cristo, haciendo referencia a una triple relación, diciendo que cada fiel puede ser esposo, hermano y madre del Señor Jesús, y la categoría más audaz es quizá precisamente la última, la de la maternidad. Escribe así: “somos esposos cuando en el Espíritu Santo, el alma fiel, se une a Jesucristo.

Somos sus hermanos cuando hacemos la voluntad de su Padre que está en los cielos. Somos madres cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo a través del amor y de la conciencia pura y sincera, y lo engendramos mediante el obrar santo que debe resplandecer como ejemplo para los demás”.

Engendrar a Cristo, parece decir Francisco, no significa solamente hablar bien de Él o convencer a los demás con palabras eficaces, significa dejar que su presencia cambie ante todo nuestro modo de vivir, hasta hacerse visible también a los demás. Es la experiencia que vive una madre que lleva al Hijo dentro de sí. Le da tiempo para crecer y luego lo da a luz.

Así es también la fe. Primero Cristo ocupa espacio dentro de nosotros, en silencio, en la oración, en las decisiones cotidianas. Y solo después puede aparecer exteriormente, en los gestos y en la forma en que nos relacionamos con los demás. Así también para la fe. De hecho, cuando el misterio de Cristo se cumple en nosotros, algo quizá puede moverse también en nosotros, no porque hayamos dicho las palabras correctas, sino porque en nosotros se ha manifestado una vida nueva, distinta.

El Evangelio da fruto de este modo, no ante todo a través de lo que decimos, sino a través de lo que nuestra humanidad logra expresar mediante la acción silenciosa del Espíritu Santo.

2. Dejarse acoger

Sin embargo, hay otra exigencia que Francisco declara, que es la de dejarse acoger por los demás. Un día reunió a sus hermanos, les habló extensamente sobre el Reino de Dios y luego los envió al mundo de dos en dos, como había hecho Jesús. Y los envía por los caminos del mundo diciéndoles: ‘vayan por las diversas partes del mundo y anuncien a los hombres la paz, la penitencia para la remisión de los pecados, sean pacientes, seguro de que el Señor mantendrá sus promesas, respondan con humildad a quien les interroga, bendigan a quien los persigue, agradezcan a quien los injuria y los calumnia, porque a cambio se les da el Reino de Dios”.

Francisco está simplemente repitiendo las palabras del Evangelio, que conocen muy bien. Aquellas indicaciones que Jesús había dado a los discípulos, recomendándoles un estilo esencial en la misión, es decir, partir sin seguridades, sin bolsa ni alforja, entrar en las casas deseando la paz, detenerse comiendo y bebiendo de lo que los demás ponen a disposición. Y añade también un detalle, en el Evangelio, los discípulos son enviados a todos los lugares donde Él debía ir. Esto caracteriza de manera fuerte nuestra idea de misión. Los discípulos están llamados a partir sin seguridades, a preparar un encuentro. Aquello que Jesús quiere realizar con los demás, por lo tanto, no todo depende de ellos, lo que ellos no hacen lo hará el Señor. En otras palabras, no somos nosotros el centro del anuncio, sino el rostro de Dios que podemos, con sencillez, hacer transparente y accesible.

Estas indicaciones de Jesús conservan una lógica que invierte algunas de nuestras costumbres, los discípulos son enviados sin seguridades, como corderos en medio de lobos, con la única tarea de llevar la paz y de aceptar lo que se les ofrece. Solo después, y podríamos decir dentro de esta lógica de acoger-recibir, pueden decir, está cerca de ustedes el Reino de Dios. El camino es claro, primero dejarse acoger, luego anunciar, por tanto, no se trata de llevar algo desde fuera como para llenar un vacío, sino de reconocer el bien del otro que ya está presente y darle un nombre.

Quien se deje acoger realiza un gesto débil en apariencia, que parece renunciar a la iniciativa, pero en realidad revela un rasgo profundo de la verdad del Evangelio. Dejarse acoger y recibir a los demás significa reconocer que el otro no es solo un destinatario de nuestros mensajes, sino también alguien de quien nosotros podemos recibir algo. Por tanto, significa tomar en serio su humanidad, su capacidad de bien, su disponibilidad, y de este modo se crea un espacio nuevo en el que el Evangelio ya no es algo impuesto desde fuera, sino el reconocimiento de una gracia que ya está presente y en acción.

Naturalmente, para que esto suceda es necesaria una pobreza real, por eso las indicaciones de Jesús en el Evangelio siempre nos parecen desconcertantes. Hay que presentarse ante los demás sin tener toda la verdad en el bolsillo y sin poder controlarlo todo, aceptar depender también de la bondad y de la sensibilidad de los demás, y descubrir que el Reino de Dios ya está presente, de modo oculto, también en la vida de quien aún no lo conoce Creo que este estilo pobre y desarmado puede interpelar nuestro modo de entender la evangelización.

A lo largo de los siglos hemos corrido el riesgo a veces de vivirla como un movimiento de sentido único, ir hacia los demás con una actitud didáctica, a veces incluso juzgadora, listos para integrar lo que falta y reconducir a los demás dentro de nuestras categorías. La palabra del Evangelio y el testimonio de Francisco parecen indicar un camino más simple, pero también más exigente, dejarse acoger, reconocer lo que en el otro ya está cercano a Dios y ofrecerle la posibilidad de emerger.

Evangelizar, en esta perspectiva, significa decir a los demás -incluso sin palabras- que es bueno que existan, que su vida tiene valor a nuestros ojos. No para confirmarlos simplemente en lo que son, sino para acompañarlos a reconocer, poco a poco, la verdad y la belleza que llevan dentro, sin apresurarse a llevarlos a nuestras propias ideas

El Reino de Dios no crece mediante un proselitismo a veces demasiado forzado, sino cuando nuestro modo de relacionarnos permite a quien encontramos salir a la luz y expresar lo mejor de sí y así abrirse a la revelación de Dios.

El Papa Francisco en Evangelium Gaudium lo había dicho con estas palabras: “todos tienen el derecho de recibir el Evangelio, los cristianos tienen el deber de anunciarlo, sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”.

Crecer por atracción es lo que sucede cuando nuestra presencia, pero también nuestra alegría al anunciar el Evangelio, no sofoca al otro, sino que despierta su libertad.

3. Escuchar las preguntas

Otra capacidad que Francisco, con su testimonio, señala es la de saber esperar las preguntas y no anticipar demasiado las respuestas. El respeto y la estima con que Francisco se acerca a los demás hacen posible un verdadero diálogo, porque Francisco parece convencido de que es necesario saber, ante todo, escuchar antes que hablar.

Por tanto, evangelizar para él no significa dar inmediatamente las respuestas, sino esperar a que en el corazón del otro emerja el deseo de Dios. Las fuentes franciscanas conservan un episodio que, con gran sencillez, narra este modo de anuncio. Se dice que había un eremitorio cerca de Borgo, San Sepolcro, donde vivían algunos frailes.

En los bosques cercanos había unos bandidos que cada día salían a los caminos y robaban a las personas, incluso golpeándolas. A veces venían al eremitorio de los frailes a pedir pan, pero los frailes habían dejado de dárselo porque eran demasiado agresivos. Un día Francisco pasa por este eremitorio, escucha esta historia y dice a los frailes que hagan algo profundamente inusual:

“Vayan, consigan buen pan y buen vino, llévenlos a los bandidos en los bosques donde saben que se encuentran, y llámenlos gritando. Hermanos bandidos, vengan a nosotros. Somos los frailes y les traemos buen pan y buen vino. Ellos vendrán enseguida a ustedes. Entonces ustedes extenderán en el suelo un mantel, pondrán sobre él el pan y el vino, y los servirán con humildad y alegría hasta que hayan comido. Después de la comida, anuncienles las palabras del Señor, y al final háganles esta primera petición por amor de Dios: que les prometan no golpear a nadie y no hacer daño a nadie en su persona, porque si piden todas las cosas de una sola vez, no les escucharán. En cambio, vencidos por la humildad y la caridad que ustedes les demostrarán, se lo prometerán”.

Los frailes obedecieron a Francisco. Los bandidos vinieron, comieron, escucharon, y al final algunos de ellos incluso entraron en la orden. Cambiando de vida decidieron al menos no hacer más violencia a nadie. Ahora bien, este episodio, un poco folclórico, cuenta sin embargo algo muy verdadero y muy concreto. No se puede pedir a alguien que cambie de vida antes de haberle hecho experimentar acogida, respeto, confianza.

Si se anticipan demasiado las exigencias, incluso las moralmente correctas, nuestras invitaciones no llegan al corazón del otro. Primero hay que crear el espacio para que puedan generar el deseo y las preguntas sobre un cambio de vida. Solo entonces lo que decimos podrá quizá ser realmente escuchado.

Por lo demás, ¿no es este el estilo que tenía Jesús? Cuando se encuentra con Zaqueo, no le pide nada. Le dice, hoy debo quedarme en tu casa. Es a partir de este encuentro y de esta acogida que Zaqueo decide luego cambiar su vida.

Los Hechos de los Apóstoles narran una escena que ilumina aún más este modo. Recordaremos quizá todos el episodio de Felipe en el capítulo octavo que encuentra al eunuco. Está en un camino desierto y hay este funcionario etíope que está leyendo en un carro al profeta Isaías sin comprenderlo. Felipe se acerca pero no le explica inmediatamente el texto. Le hace una pregunta: ‘¿entiendes lo que estás leyendo?’ En ese momento es el otro quien se expone. ‘¿Y cómo podría entender si nadie me guía?’ Aquí la tentación de decir enseguida ‘Jesús’ habría sido muy grande y sin embargo Felipe hace otra pregunta aún más profunda a partir del texto.

‘¿De quién habla el profeta?’ Esta es la pregunta que Felipe logra suscitar. He aquí que sólo después de que las preguntas han surgido, Felipe toma la decisión de decir al eunuco: ‘Jesús y el misterio de su pascua’. En ese punto es el mismo eunuco quien pregunta: ‘¿qué me impide ser bautizado?’ Toda una serie de preguntas que han sido escuchadas con respeto y atención.

En este relato lo que llama la atención es que el anuncio, la evangelización, ocupa muy poco espacio al final de la narración. Todo lo demás, el camino juntos, la escucha, las preguntas, es lo que prepara la acción de evangelizar. El modo en que se lleva a hablar de Cristo es tan decisivo como las palabras que luego decimos.

Evangelizar no significa llenar el silencio con respuestas, sino acompañar a las personas hasta que puedan expresar su necesidad de salvación. Sin embargo, hay una condición que el texto relata. Felipe desciende a las aguas bautismales junto con el eunuco. Esto significa que no se puede acompañar en la fe a alguien sin implicarse personalmente. También quien ya está bautizado necesita volver continuamente a la fuente de su propia vida en Cristo para dejarse renovar y permanecer en un camino de conversión. Solo si estamos en contacto con nuestras debilidades y con nuestro bautismo, podemos tocar también la vida de los demás.

Los testigos del Señor resucitado no son personas que tienen todas las respuestas preparadas. Son hombres y mujeres que han aprendido a escuchar las preguntas, incluso las más difíciles, y saben convivir con sus propias luces y sombras, dejándose cada día enseñar por Cristo y convirtiéndose en sus discípulos. De este modo, con humildad, vuelven a comenzar a caminar junto a todos y a anunciar el Evangelio.

4. Encuentro con el Otro

Desde joven, Francisco tenía la naturaleza de una persona que sentía la necesidad de sacrificar su vida por algo grande. Las palabras del escritor J. D. Salinger en su novela ‘La historia del joven Holden’ parecen encajarle especialmente bien: “Lo que distingue a una persona inmadura es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que lo que distingue a una persona madura es que quiere vivir humildemente por ella”. Cuando el pobre de Asís se encuentra con el Señor Jesús, este deseo heroico no desaparece, sino que cambia de dirección: se convierte en el deseo de sacrificar su vida por el Evangelio. Este deseo lo llevó a embarcarse en la Quinta Cruzada en 1219, llegando a los campamentos cristianos ubicados en Damietta, una ciudad portuaria en Egipto en el delta del Nilo, justo durante el asedio de la ciudad, en el momento más intenso del enfrentamiento entre el ejército cruzado y el ejército del sultán.

Durante el armisticio, Francisco cruzó la línea del frente con un compañero y se presentó ante el sultán egipcio Al-Malik al-Kamil. Los guardias lo capturaron, lo torturaron y lo encadenaron, pero él no se rindió y pidió ser llevado ante su señor. Lo sucedido sorprendió a todos: lo que parecía el inicio del martirio se convirtió en un encuentro marcado por el respeto y la aceptación. Como relata Tomás de Celano, el sultán reconoció a Francisco como un hombre de Dios, lo escuchó atentamente y, en su despedida, lo hizo escoltar sano y salvo al campamento cristiano, incluso pidiéndole que rezara por él para que el Señor le mostrara el camino más adecuado (cf. 1Celano 57; FF 422-423). El testimonio de otro cronista, Jaime de Vitry, también confirma que Francisco fue reconocido como un «hombre de Dios» y que inspiraba respeto incluso entre quienes eran considerados enemigos (cf. FF 2226-2228).

¿Cómo interpretar este episodio? A primera vista, parece que no sucedió gran cosa: el sultán no se convirtió y Francisco no encontró el martirio que buscaba. Sin embargo, algo importante ocurrió precisamente en este encuentro. Francisco no llegó con el discurso que debía pronunciar, sino con la forma en que se presentó: sencillo, pobre, indefenso. No intentó imponer sus ideas, sino que se mostró tal como era.

Y esta actitud lo cambia todo. Al sultán no le impresionan las palabras concretas, sino lo que ve: un hombre que vive de acuerdo con sus creencias. En Francisco, reconoce a un hombre en quien se manifiestan la pobreza y la humildad de Cristo. El sultán no se sintió atacado ni cuestionado, sino bienvenido por su inesperado invitado. Por lo tanto, en respuesta, se mostró abierto: escuchó, respetó e incluso se mostró generoso.

En ese momento, no se produce una conversión en el sentido que siempre esperamos, sino que nace algo igualmente real: un encuentro genuino entre dos hombres, distintos en fe e historia, capaces de estar frente a frente sin temor. Es esta forma de encuentro la que deja huella en la historia y, con el tiempo, se convierte también en un estilo que propicia la relación y el diálogo entre distintas religiones, sin que una tenga que imponerse sobre la otra. Francisco no renuncia a su propia fe, sino que se acerca al otro de tal manera que le permite expresar lo mejor de su humanidad. En este encuentro, no hay quien domine al otro, sino dos hombres que reconocen la dignidad mutua.

El verdadero «milagro» que ocurrió en Damietta no fue la conversión del sultán, sino que, en medio de la guerra, dos hombres encontraron la manera de encontrarse y despedirse en paz. Ambos permanecieron fieles a su fe, y por eso este encuentro fue real. En este intercambio sucede algo que no puede medirse en términos de éxito o fracaso. Francisco regresa sin resultados aparentes, pero con una comprensión más profunda: El Evangelio no se anuncia para vencer, sino para encontrar. El otro no es un objetivo que alcanzar, sino un umbral ante el cual uno se detiene, esperando ser acogido. Evangelizar no significa acortar la distancia a cualquier precio, sino atravesarla sin cancelarla, custodiando la diferencia como el espacio donde Dios sigue actuando en el corazón de cada uno.

5. Someterse con humildad

El viaje a Egipto dejó una huella profunda, silenciosa y duradera en Francisco. No habla de ello en sus escritos —como tampoco menciona los estigmas—, y sin embargo, este encuentro reaparece en los años siguientes en algunas de sus decisiones y en algunas de sus palabras.

El primer rastro se encuentra en una carta dirigida idealmente a todos los gobernantes del mundo, en la que les pide que proclamen públicamente la alabanza a Dios cada noche para que todo el pueblo pueda unirse (cf. Carta a los gobernantes de las naciones, 7; cf. FF 213). Es una propuesta inusual que muchos han vinculado a una tradición que vio y escuchó en Oriente: esa voz que llamaba a los fieles a la oración varias veces al día. Francisco no la copia, sino que reconoce en ella algo bueno, la acepta y la reelabora. Lo mismo ocurre en las Alabanzas del Dios Altísimo, donde la sucesión de los nombres de Dios lleva el eco de una oración que todavía está muy extendida en la tradición islámica actual (cf. Alabanzas del Altísimo; FF 261).

De estos detalles surge una característica muy significativa: en el encuentro con el otro no solo hay algo que dar, sino también algo que recibir. De esta conciencia brota una actitud de apertura radical hacia el otro, que Francisco sin duda integró en su comprensión del Evangelio. En la Regla no confirmada hay un breve capítulo que muestra a los hermanos cómo vivir cuando se encuentran entre personas de otra fe. Francisco escribe que deben estar «sujetos a toda criatura humana por amor a Dios» (Regola non Bollata XVI, 6; FF 43). Es una palabra fuerte que se vuelve aún más clara en el Testamento: «sujetos a todos». Antes de cada palabra, antes de cada proclamación, hay una manera de estar en relación con el otro: no ponerse por encima de él, sino someterse.

Parece la posición más débil, pero en realidad es la más fuerte. Es aquella que dentro de poco contemplaremos en las palabras y en los ritos de la Semana Santa, el Cordero de Dios. ¿Cómo ha vencido el pecado y la muerte? No con una posición de dominio y de fuerza, sino con la posición del siervo, humilde, que no levanta la voz.

Esta expresión puede malinterpretarse. Según el Evangelio y la interpretación de Francisco, la sumisión no significa la pérdida de la propia identidad, ni la resignación ante el otro por debilidad. Es una libre elección de respeto y diálogo. Significa reconocer que el otro no es un territorio que conquistar, sino una vida que encontrar, respetar y acoger. Quien acepta ponerse de esta manera permite que el otro se abra, se muestre tal como es. Esta forma de comportarse es un acto profundamente evangélico.

En esencia, es el mismo gesto con el que el Hijo de Dios se presentó y se ofreció al mundo. El himno de la Carta a los Filipenses dice que Cristo:

«Se despojó de sí mismo, tomando forma de siervo; y hallándose semejante a los hombres, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Filipenses 2:7-8).

Dios no se impuso al hombre, sino que le abrió un espacio. No se guardó su grandeza para sí mismo: la compartió para que otros pudieran recibirla y vivir. Esta es la forma del amor.

Por lo tanto, proclamar a Cristo desde una posición de superioridad o control conlleva el riesgo de traicionar el Evangelio que deseamos proclamar. Nuestra autoridad no proviene de un rol, sino de una vida que se compromete a entrar en esta dinámica de amor. Esto es lo que Francisco quiso decir cuando llamó a sus hermanos «menores»: no les asignó un título, sino una forma concreta de estar en el mundo. Es precisamente esta pequeñez, esta humildad vivida, lo que hace fructífera la proclamación del Evangelio. Cuando no nos imponemos, sino que dejamos espacio, algo puede suceder: en los demás, pero también en nosotros mismos. Porque toda criatura, cuando es acogida y no forzada, puede dejar que aflore el bien que lleva dentro, ese bien en el que el misterio de Cristo ya está presente de forma oculta.

Dios omnipotente, eterno, justo y misericordioso, concédenos a nosotros, los pobres, que por amor a ti hagamos lo que quieras, y que siempre queramos lo que te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados e inflamados por el fuego del Espíritu Santo, sigamos los pasos de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con la ayuda de tu gracia lleguemos a ti, oh Altísimo, que en perfecta Trinidad y sencilla Unidad vives, reinas y eres glorificado, Dios Omnipotente, por los siglos de los siglos. Amén.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia



“Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva (2 Cor 5,17). La conversión al Evangelio según San Francisco”

4ª Meditación de Cuaresma al Papa León XIV y a la Curia

La libertad de los hijos de Dios. La perfecta alegría y la muerte como hermana

P. Roberto Pasolini, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia
Aula Pablo VI
Viernes, 27 de marzo de 2025

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Oremos. Señor Dios nuestro, que hiciste de la Virgen María el modelo de quien acoge tu palabra y la pone en práctica abre nuestro corazón a la bienaventuranza del escucha, y con la fuerza de tu espíritu, haz que también nosotros nos convirtamos en un lugar santo, donde hoy se cumpla tu palabra de salvación. Por Cristo nuestro Señor.

Santo Padre, hermanos y hermanas, a todos, el Señor les dé la paz.

En estas meditaciones de Cuaresma, en el año en que la Iglesia celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, hemos decidido dejarnos acompañar por la figura del Pobre de Asís en el camino de la conversión al Evangelio. En las dos primeras meditaciones reflexionamos sobre Francisco en la tensión entre la grandeza de su vocación y la fragilidad de su humanidad: la conversión como camino de humildad y la fraternidad como el lugar concreto donde esta conversión se verifica y se realiza. En la tercera meditación nos detuvimos en la tarea de la misión: en la manera en que Francisco proclamó el Evangelio no con el poder de las palabras ni la eficacia de las estrategias, sino con la conmovedora pobreza de una vida entregada. En esta cuarta y última meditación intentaremos contemplar el fruto más maduro de su experiencia: la libertad de los hijos de Dios. No la libertad de quien evita los riesgos y las cargas de la vida, sino la libertad de quien ha aprendido gradualmente y a través de muchas pruebas que nada —ni el rechazo, ni la enfermedad, ni la muerte— puede separarnos jamás del amor de Dios.

1. Gozo Perfecto

San Francisco vivió una experiencia espiritual de gran intensidad, pero cercana a nuestra humanidad. No se convirtió en santo por realizar obras extraordinarias, sino porque aprendió a dejarse guiar por Dios en medio de la concreción y la pobreza de su vida. Por esta razón, la tradición espiritual lo ha llamado alter Christus, es decir, un hombre que, al recibir al Espíritu Santo con el corazón abierto, adquirió la semejanza del Hijo de Dios encarnado. Las conversiones, curaciones y señales que acompañaron su camino por este mundo no son sino un reflejo de una inmersión plena y efectiva en la gracia de una nueva vida en Cristo. Tomás de Celano dice que Francisco hacia el final de su vida «no era tanto un hombre que rezaba, sino que se había transformado completamente en una oración viviente» (Tomás de Celano, Vita Prima 95; FF 682). Esto no significa que el santo pasara todo su tiempo recitando fórmulas de oración, sino que toda su vida se convirtió en una oración constante, es decir, en la expresión de una relación permanente, profunda y auténtica con Dios. En sus últimos años, sin embargo, la fe de Francisco fue puesta a prueba por la sabiduría de Dios. Las fuentes afirman que atravesó una gran tentación, una crisis larga y profunda que lo afectó tanto interior como exteriormente, en espíritu y cuerpo, hasta tal punto que evitó la compañía de sus hermanos, pues, abrumado por este sufrimiento, no podía mostrarse ante ellos con su alegría habitual (Compilazione di Assisi, 63; FF 1591).

La Orden de los Frailes Menores creció y cambió, y a Francisco le resultó difícil reconocer en ella el espíritu que la había caracterizado desde sus inicios. En la Porciúncula se sintió marginado, casi inútil, incluso considerado un «loco». En este período dramático y doloroso, se sinceró con su amigo y compañero, el hermano León. Mientras estaban juntos en Santa Maria degli Angeli, Francisco expresó su sufrimiento en voz alta en forma de parábola. Le pidió al hermano León que enumerara algunas cosas hermosas que pudieran ser motivo de orgullo para él y para la Iglesia: las numerosas vocaciones de los hermanos santos, los grandes éxitos en la predicación, las curaciones, los milagros, la estima de los demás. Luego le pidió que escribiera: «En todas estas cosas no hay perfecta alegría». El compañero preguntó sorprendido: «Pero entonces, ¿qué es la perfecta alegría?». Francisco respondió así:

«Imagínate que regreso de Perugia y llego aquí en plena noche, en invierno, con barro y tanto frío que se forman trozos de agua congelada en el borde de mi túnica, que constantemente me golpean las piernas y me sangran las heridas. Y yo, cubierto de barro, frío y hielo, llego a la puerta y, tras un largo golpe y un llamado, sale un hermano y pregunta: “¿Quién es?”. Respondo: “El hermano Francisco”. Y él dice: “Vete, no es hora de andar por aquí; no entrarás”. Y cuando insisto, responde: “Vete, eres un simple y un necio; ya no puedes venir aquí; somos muchos y no te necesitamos”. Y me quedo ante la puerta y digo: “Por el amor de Dios, recíbeme al menos por esta noche”. Y él responde: “No lo haré. Ve a los hermanos Cruzados y pregunta allí”. Te digo que si hubiera tenido paciencia y no me hubiera preocupado, habría sido mucho mejor.» «La verdadera alegría, la verdadera virtud y la salvación del alma» (Sobre la verdadera y perfecta alegría; FF 278).

Esta historia tiene una estructura sencilla y a la vez sabia. Tras enumerar lo que no es la verdadera alegría, llega a la esencia: la alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz.

La verdadera alegría no coincide con la sensación que experimentamos cuando las cosas van bien y nuestra vida recibe reconocimiento y consuelo, sino en cómo reaccionamos ante las circunstancias adversas, cuando somos rechazados y excluidos. No se trata, por supuesto, de insensibilizarnos al dolor. Francisco no busca un corazón insensible, sino que descubre que es posible tener un corazón libre incluso en medio del mayor sufrimiento. La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando duele, sin dejarnos abrumar por ella. Es ahí donde la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas. El apóstol Santiago también habla de esto:

«Hermanos míos, vivan con gozo cuando se encuentren con diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce perseverancia. Y es necesario que la perseverancia tenga su resultado completo, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada» (Santiago 1:2-3).

La respuesta que Francisco muestra no es huir del mal, ni negarlo, ni rechazarlo. Es algo más profundo: aceptarlo sin permitir que se propague a través de nosotros hacia los demás. Negarse a convertirse en aquello que nos ha herido. Es un camino difícil pero liberador. Porque el mal, cuando lo aceptamos, siempre toca algo vivo en nuestro interior. Y es ahí, en ese lugar vulnerable, donde puede nacer la verdadera alegría: no como la ausencia de heridas, sino como la libertad de no dejarse definir por ellas. Es una libertad que no elimina el dolor, pero no permite que tenga la última palabra.



2. Plenitud de Vida

Esta capacidad de encontrar la alegría incluso en medio del sufrimiento no es una meta espiritual reservada a unos pocos privilegiados que han recibido el don de una cercanía especial con Dios. En el Evangelio, Jesús muestra que esta forma de vida —libre incluso ante el odio y la persecución— es la plenitud de una nueva vida en su nombre. Por eso, al comienzo de su ministerio público, subió a la montaña y proclamó las Bienaventuranzas. No una ley, sino una promesa. No un programa de perfección moral, sino una revelación de la felicidad que ya obra en el corazón de la realidad.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo. Porque así persiguieron a los profetas que vivieron antes de vosotros» (Mateo 5:1-12).

Estas palabras, que conocemos casi de memoria, son la esencia del Evangelio, pues destruyen definitivamente la ilusión de que la felicidad depende de las metas y los logros que podemos alcanzar en la vida, o de perseguirlos sin cesar, como si la felicidad fuera un proyecto profesional. Jesús señala las situaciones más incómodas y difíciles en las que podemos encontrarnos, y afirma que es allí donde se oculta la misteriosa plenitud de la vida.

Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Piden que vivamos más profundamente lo que estamos viviendo, incluso cuando se muestra frágil e inconcluso. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, dentro de lo que somos y por lo que estamos atravesando.

Las Bienaventuranzas no nos invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad a un futuro lejano. Nos invitan a profundizar en lo que estamos experimentando, aunque parezca frágil e incompleto. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta, por quienes somos y por lo que estamos viviendo. No nos corresponde construir ni luchar por la felicidad: las Bienaventuranzas son una promesa que ya está presente en nuestras vidas como un don del Padre. Se trata de aprender a reconocerla y aceptarla.

Sin embargo, es necesario recalcar un hecho crucial: las Bienaventuranzas no hablan únicamente de un futuro en el que Dios nos recompensará. Dicen que esta vida, tal como es, ya es un lugar donde podemos experimentar la plenitud. Y esto es posible porque estas palabras provienen de una perspectiva concreta: la de Jesús, quien nos revela quiénes somos a los ojos de Dios.

Jesús ve hombres y mujeres marcados por el trabajo, la pobreza, el dolor y la búsqueda. Y es sobre ellos que pronuncia la palabra de bendición. Como si dijera: en lo que eres y en lo que intentas vivir, ya hay una plenitud que debe madurar y realizarse.

Las Bienaventuranzas no muestran un camino heroico, sino que nos permiten aceptar con humildad lo que tenemos que vivir, incluso si implica trabajo, soledad o persecución. Dicen que la realidad, tal como es, puede convertirse en un lugar de felicidad. Esto significa que la vida no debe posponerse ni idealizarse, sino acogerse en su trágica y sublime concreción. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos al amor más grande, el que perdona. Es precisamente en esta adhesión a lo real donde se abre una nueva libertad, capaz de no depender ya de las condiciones externas.

Este es el núcleo de las Bienaventuranzas. Y esto es lo que Francisco comprendió al final de su experiencia humana y cristiana, cuando reveló al hermano León, mediante una parábola, el lugar donde reside la alegría más auténtica.

3. Las consecuencias del amor

En la historia de la espiritualidad cristiana, los fenómenos místicos en los que el misterio del sufrimiento de Cristo se refleja en el cuerpo del creyente a menudo se han malinterpretado, a veces han provocado temor y otras veces se han reducido a sucesos que deberían clasificarse como milagros inexplicables. El riesgo más sutil, sin embargo, es que nos conduzcan a una imagen distorsionada de Dios: como si necesitara nuestro sufrimiento para satisfacerse o glorificarse, como si aún faltara algo en el sacrificio de Cristo, como si todavía viviéramos en la antigua lógica de la deuda y la reconciliación.

Sabemos que no es así. Dios no nos exige nada, excepto que aceptemos el don del sacrificio de Cristo y, al apropiárnoslo gradualmente, aprendamos a vivir el amor en su plenitud. Cuando Dios toca a un hombre en lo más profundo, no está, por tanto, añadiendo dolor, sino transformando y transfigurando lo que ya está presente en su historia, convirtiéndolo en un signo y una consecuencia del amor.

Teniendo esto en cuenta, podemos abordar el suceso de los estigmas de Francisco, ocurrido en el monte La Verna entre el verano y el otoño de 1224, dos años antes de su muerte, en el periodo comprendido entre la fiesta de la Asunción de la Virgen María y la de San Miguel Arcángel. Las fuentes afirman que, tras finalizar el ayuno que había observado en honor del arcángel, Francisco tuvo una visión de los serafines crucificados y que, como consecuencia de este encuentro, su cuerpo quedó marcado con clavos en manos y pies y una herida en el costado (cf. Tomás de Celano, Vita Prima, 94-95; FF 485-486).

Sin embargo, para comprender lo sucedido en La Verna, debemos considerar el estado en que Francisco llegó allí. Las heridas ya estaban presentes en él incluso antes de hacerse visibles. Su cuerpo estaba exhausto y su vista afectada por una enfermedad que lo llevó a la ceguera. El alma fue asaltada por una «gran tentación»: le gustaba crecer sin límites y adoptar formas que ya no reconocía como propias, y los hermanos —a quienes había engendrado— se distanciaron de su radicalismo evangélico. Se sentía marginado, percibido como una carga. Ascendió a la cima no como vencedor, sino como un hombre herido.

Es aquí donde la experiencia mística revela su significado más profundo. Dios no interviene añadiendo nuevas heridas, sino transformando las ya presentes en la vida. Los sufrimientos de Francisco —el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad de quien se ha entregado sin reservas— dejan de ser un peso retenido en su interior y se convierten en lugar de relación. Lo que parecía separarlo de los demás se convierte en lo que lo une a Cristo y, en consecuencia, lo reconcilia con los hermanos. Las palabras que el apóstol Pablo escribe al final del capítulo 8 de la Carta a los Romanos expresan esta transición decisiva en la vida de San Francisco:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? […] Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,35,38-39).

Los estigmas no son un milagro para admirar desde lejos, ni un privilegio reservado a unos pocos elegidos. Son un signo visible de una transformación interior: un punto en el que las heridas no se cierran en dureza, sino que se abren a la relación. Este es el don de La Verna: las derrotas humanas —los fracasos, las enfermedades, las decepciones en las relaciones— pueden convertirse en espacios donde nuestra humanidad se transforma. El dolor no desaparece, pero ya no tiene la última palabra. Francisco desciende de La Verna con un cuerpo marcado por las heridas y un corazón libre: capaz de mirar a sus hermanos con paciencia y amarlos precisamente en medio de sus limitaciones. Ha pasado de la muerte a la vida.

Esta historia, que aún se cuenta después de ocho siglos, es una buena noticia porque nos concierne a todos. Los dolores de la vida dejan en nosotros huellas que no siempre comprendemos y que a menudo nos cuesta aceptar. Son heridas que permanecen abiertas a dos posibilidades: pueden encerrarnos en el resentimiento o en la huida, o bien convertirse en espacios de crecimiento y de libertad.

En la medida en que somos capaces de aceptar nuestras heridas, descubrimos que pueden ser transformadas por el Espíritu de Cristo y adquirir un nuevo significado simbólico. Siguen siendo heridas, pero se convierten en signo de una pertenencia más profunda: confirman que nos hemos convertido en miembros del cuerpo de Cristo. Entonces, las palabras de Pablo se vuelven comprensibles también para nosotros:

«De ahora en adelante, que nadie me moleste, porque llevo en mi cuerpo las heridas de Jesús» (Gál 6,17). El sufrimiento no desaparece, pero ya no tiene el poder de confinarnos. En lo más profundo de nuestro corazón descubrimos una paz que nadie ni nada puede arrebatarnos.



4. La Hermana Muerte

Un antiguo proverbio indio compara la vida humana con las cuatro estaciones: la primavera es tiempo de aprendizaje, el verano de enseñanza, el otoño tiempo de retiro al bosque y meditación, el invierno tiempo de aprender a mendigar. Francisco las vivió todas. Estudió en su juventud inquieta en Asís, enseñó a otros durante los años de predicación y fundación de la orden, se retiró a la soledad de La Verna y sus ermitas. Pero fue precisamente en el invierno de su vida, en los meses previos a su muerte, cuando realizó el gesto más difícil: aprendió a mendigar. No pan —siempre supo mendigar por eso—. Aprendió a mendigar consuelo, cercanía, ternura. Aprendió a recibir.

En los últimos meses de su vida, Francisco permitió ser admitido en el palacio episcopal de Asís. Es un detalle interesante. El hombre que hizo de la pobreza un signo de su vida, que renunció a todo ante su padre y obispo, ahora recibe cuidados en un lugar protegido. Esto no es una contradicción. Es la constancia de un hombre que ha comprendido que incluso recibir es un acto de humildad. La pobreza de los comienzos da paso a algo aún más verdadero: la pobreza de un hombre que sabe que necesita a los demás para vivir y morir.

En la casa donde fue recibido, pidió a sus hermanos que cantaran alabanzas a Dios para aliviar su dolor. Les hizo cantar incluso de noche. Cuando el hermano Elías le señaló que tal alegría podía sorprender a quienes sabían que estaba cerca de la muerte, Francisco respondió:

«Hermano mío, permíteme alegrarme en el Señor y en sus alabanzas en medio de mi dolor, porque por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor que, por su misericordia, puedo alegrarme en el Altísimo» (Compilazione di Assisi 99; FF 1637).

Cuando el médico le anunció que la muerte estaba cerca, quiso oír la verdad: «Dígame la verdad: ¿qué piensa? No tema, pues por la gracia de Dios no soy un cobarde que tema a la muerte» (Compilazione di Assisi 100; FF 1638). Respondió a esta noticia con palabras que desarmaron: «¡Bienvenida, hermana mía, muerte!». Así la llamó en el Cántico de la Creación, al añadirle la última estrofa:

«¡Bendita sea, Señor mío, nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún ser vivo puede escapar!» (Cántico de la Creación; FF 263).

La palabra «hermana» no es una metáfora reconfortante. Es el fruto de un largo proceso de reconciliación. Como dice la Carta a los Hebreos: «para que por medio de la muerte destruyera al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y librara a los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda su vida» (Heb 2:14-15). Por eso todos intentamos escapar y evitarla el mayor tiempo posible.

Pero cuando el amor de Cristo logra moldear en nosotros una vida nueva, ese miedo se desvanece lentamente, y la muerte cambia de rostro, transformándose en la última y definitiva ocasión de conversión: el momento en que se deja ir todo lo que aún nos retiene y nos entregamos, sin reservas, a la mirada justa y misericordiosa del Padre

Cuando Francisco comprendió que el final se acercaba, quiso abandonar el palacio episcopal y se hizo trasladar a la Porciúncula, el lugar que más amaba. Según cuentan, entre sus últimos deseos figuraba la visita a la noble romana Jacopa dei Settesogli, amiga que lo había apoyado durante años con fiel afecto. Le escribió una nota pidiéndole que fuera a traerle los dulces que ella sabía preparar y que tanto le gustaban. Es el gesto de quien anhela volver a ver un rostro amigo y saborear un poco de dulzura.

Jacopo llegó antes de que saliera la carta, inspirada por Dios: «Entonces ella entró a ver al beato Francisco y derramó muchas lágrimas ante él» (Compilazione di Assisi 8; FF 1548). En esta escena —el enfermo, el amigo llorando, los hermanos alrededor, el himno nocturno de alabanza— se cumple el último acto de la pobreza evangélica de Francisco. No la del principio, llena de gestos radicales, sino la más difícil: la pobreza de quien se deja ver en su debilidad. Quien ya no tiene nada que probar ni defender. Quien sabe que necesita a los demás para la transición que, en última instancia, se realiza en soledad. Así muere Francisco, habiendo aprendido la lección suprema: que recibir es la forma más pura del don, y que dejarse amar hasta el final es la mayor de las libertades.

5. Desnudo sobre la tierra

Las biografías oficiales narran la muerte de Francisco de manera diferente. Todo lo que recuerda su dependencia humana queda relegado a un segundo plano. La imagen de santo, héroe cristiano, testigo de la perfección del Evangelio, cobra protagonismo. San Buenaventura lo presenta como alguien que «quiso saldar su deuda con la muerte» (Legenda minor 7, 3; FF 1386). Toda su vida aparece como una ascensión hacia la plenitud y la muerte como su digna culminación.

Sin embargo, las mismas fuentes conservan un detalle innegable por su veracidad:

«Extenuado por esta grave enfermedad que puso fin a todo su sufrimiento, se hizo dpositarr desnudo sobre la tierra, para que en aquella última hora, cuando el enemigo aún pudiera desatar un último arrebato de ira, estuviera preparado para luchar desnudo contra un adversario desnudo» (Tomás de Celano, Vita Seconda 214; FF 804).

Desnudo sobre la tierra: no es una pose ascética ni una llamada simbólica a la muerte. Es la conclusión coherente de toda una vida. El despojo había sido el hilo conductor de todo su camino. Años atrás, en la plaza de Asís, frente a su padre y obispo, se despojó de todo y decidió no basar su identidad en posesiones, posición o nombre. En aquel entonces, se había puesto el hábito como se pone una libertad. Ahora, al final de su peregrinaje, tampoco esa última vestimenta sirve ya. Francisco ha completado su camino. Ha aceptado su historia, lo que ha vivido y lo que no ha logrado. No tiene nada que temer ni de qué avergonzarse. Cada aspecto de su vida ha sido iluminado por la gracia. . Ha combatido la buena batalla de la fe: se ha convertido en un auténtico hijo de Dios.

En la Escritura, la desnudez no es un detalle marginal. Preserva el secreto de la relación del hombre con Dios: «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban» (Gn 2,25). Al principio la desnudez es transparencia, es más, es la condición de quien vive sin defensas porque recibe todo como un don. Es la serpiente la que introduce la sospecha, insinuando que la vida debe ser poseída y protegida. A partir de ese momento, la desnudez se convierte en vergüenza y la muerte en miedo. Pero Dios no abandona al hombre. Toda la Escritura habla de un Dios que siempre lo busca.

Cristo lleva esta historia a su plenitud en la cruz, desnudo, expuesto, mientras sigue bendiciendo. Es allí donde Dios alcanza al hombre en el punto más frágil de su existencia y disipa definitivamente la desconfianza hacia la vida y la muerte. El antídoto contra el miedo no es una defensa más fuerte, sino todo lo contrario: dejar de defenderse, abrir los brazos y aprender a recibir.

Francisco aceptó gradualmente esta misteriosa ley de la vida. Cada renuncia fue un acto de confianza, cada paso hacia una libertad más profunda. Sin embargo, la desnudez final en la Porciúncula no es solo coherencia ascética. Es la reconciliación de un hombre consigo mismo. Durante su vida, Francisco de Asís pasó por muchas identidades: hijo de un comerciante, joven ambicioso, caballero fracasado, converso, fundador, predicador, enfermo, incluso un hermano incomprendido. Solo permanece lo esencial: una criatura entre otras criaturas, en paz ante su Creador, dependiente de todo y, precisamente por eso, dispuesto a aceptarlo todo con gratitud.

Es precisamente por eso que la Iglesia lo reconoce como santo. No principalmente por lo que hizo, sino por lo que llegó a ser. Francisco conservó su humanidad hasta el final, sin ocultarla ni hacerla inaccesible. Aprendió a aceptar su propia fragilidad, a vivir como hijo y como hermano, sin avergonzarse ya de su pequeñez. Y precisamente en esta pequeñez acogida encontró la libertad más grande: la de ponerse al servicio de la Iglesia y del mundo con generosidad, sin medida, sin cálculo y sin defensas.



Conclusión

La trayectoria de Francisco de Asís no es una excepción reservada a los elegidos, sino la forma plena de lo que el Evangelio promete a todo bautizado: una vida libre, capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin dejarse vencer por él. Es una verdadera gracia, disponible para todos. Nos enseña a reconocer en toda realidad —incluso en la muerte— el rostro del Padre que nunca nos abandona.

Ante esta experiencia, nuestra tarea como pastores es importante y delicada. No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual. Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna.

El Evangelio no nos invita a vivir menos ni a huir de la carga y el esfuerzo de la realidad. Más bien, nos autoriza a desear la vida en su máxima plenitud, aceptando con humildad la cruz y el pan de cada día. El Evangelio no ofrece atajos, sino que nos capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los Hijos de Dios. La tarea de los pastores de la Iglesia es guardar esta verdad sin atenuarla, indicando caminos que abran las puertas hacia la plena madurez en Cristo.

En este año en que contemplamos a Francisco, dejémonos interpelar por su testimonio evangélico. No se trata de imitar sus gestos, sino de dejarnos conmover por el deseo que guió cada paso de su vida: conocer a Cristo, «el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos, haciéndonos semejantes a él en su muerte, para que de todos modos alcance la resurrección de entre los muertos» (Fil 3,10).

Oración

Dios todopoderoso, eterno, justo y misericordioso, concédenos a nosotros, los pobres, que por tu amor hagamos lo que sabemos que deseas y siempre haremos lo que te agrada, para que, purificados interiormente, iluminados y encendidos por el Espíritu Santo, sigamos los pasos de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y solo con la ayuda de tu gracia podamos alcanzarte, Altísimo, que en perfecta Trinidad y sencilla Unidad vives, reinas y eres glorificado, Dios todopoderoso por los siglos de los siglos. Amén.

P. Roberto Pasolini, OFM Cap.
Predicador de la Casa Pontificia