martes, enero 20, 2026

Interpretación del icono de Rublev


P. Evdokimov

En el icono se pueden distinguir los tres planos superpuestos. En primer lugar la reminiscencia de la narración bíblica de la visita de los tres peregrinos a Abraham (Gen 18, 1-15). El comentario bíblico lo descifra: Bienaventurado Abraham, tú los viste y recibiste a la divinidad una y trina. Y la supresión de los rostros de las figuras de Abraham y de Sara invita a penetrar más profundamente y a pasar al segundo plano: el de la economía divina. Los tres peregrinos forman el Consejo eterno y el paisaje cambia de significado: la tienda de Abraham se convierte en palacio-templo; la encina de Mambré, el árbol de la vida; el cosmos, una copa esquemática de la naturaleza, signo ligero de su presencia. El ternero sobre una bandeja cede el lugar a la copa eucarística.

Los tres ángeles, ligeros y esbeltos, nos muestran los cuerpos muy estilizados (catorce veces la cabeza, contra siete para la dimensión normal). Las alas de los ángeles, al igual que la manera esquemática de tratar el paisaje, dan la impresión inmediata de algo inmaterial, de la ausencia de toda pesadez terrena. Al no haber perspectiva, desaparece la distancia, la profundidad en la que todo se sumerge en la lejanía y, por el efecto contrario, acerca las figuras, muestra que Dios está allí, y que está en todas partes. La levedad alegre del conjunto, secreto del genio de Rublev, constituye una visión alada.

Los tres personajes mantienen una conversación. Su tema debería ser el texto de Juan: De tal modo amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único. Luego la Palabra de Dios está siempre en el acto: toma la figura de la copa.

El tercer plano intra-divino se sugiere solamente. Es trascendente e inaccesible. Sin embargo, está presente, en cuanto que la economía de la salvación fluye de la vida interior de Dios.

En su esencia trina Dios es amor en sí, y su amor para con el mundo es el reflejo de su amor trinitario. La copa figura el don de sí, que no es merma, sino la expresión de la sobreabundancia del amor; los ángeles se agrupan alrededor del alimento divino. Los últimos trabajos han descubierto el contenido de la copa. La capa posterior, que representaba un racimo, ocultaba el dibujo inicial: el Cordero. Esto remite la comida celeste a la palabra del Apocalipsis: el Cordero de Dios ha sido inmolado antes de la creación del mundo. El amor, el sacrificio y la inmolación preceden al acto de la creación del mundo, están en su fuente.

Los tres ángeles están en reposo. Es la paz suprema del ser en sí. Pero ese reposo es inebriante, es un auténtico éxtasis, salida de sí mismo. Y ya toda la paradoja está en este éxtasis que continúa en su propia profundidad. San Gregorio de Nisa realza bien su misterio: La mayor paradoja de todas es que la estabilidad y el movimiento sean la misma cosa.

El movimiento parte del pie izquierdo del ángel de la derecha, continúa en la inclinación de su cabeza, pasa al ángel del medio, arrastra irresistiblemente el cosmos, la roca y el árbol, y se resuelve en la posición vertical del ángel de la izquierda, en el que entra en reposo, como en un receptáculo. Junto a este movimiento circular, cuyo acabamiento dirige todo el resto como la eternidad dirige al tiempo, la vertical del templo y de los cetros muestra la aspiración de lo terrestre hacia lo celeste, donde el empuje encuentra su término.

Esta visión de Dios irradia de la verdad trascendente del dogma. De la concepción de los ángeles de Rublev se desprende la unidad y la igualdad. La diferencia proviene de la actitud personal de cada uno para con los otros y sin embargo no hay ni repetición ni confusión. El oro rutilante de los iconos designa siempre la divinidad, su sobreabundancia; las alas de los ángeles lo envuelven y lo cubren todo con su amplitud y los contornos interiores de las alas de un azul muy tierno colocan en relieve la unidad y el carecer celeste de la única naturaleza. Los cetros idénticos, signos del poder real de que está dotado cada ángel, expresan un solo Dios y tres Personas perfectamente iguales. La forma divinidad de la unidad trina nos mira, trasciende nuestras divisiones y nuestras rupturas. Es un llamamiento imperioso que actúa por su sola realidad y por su simple existencia.

Las formas geométricas de la composición son: rectángulo, la cruz, el triángulo y el círculo. Estructuran la imagen desde dentro y hay que descubrirlas. En las concepciones de la época la tierra era octogonal, y el rectángulo es el jeroglífico de la tierra, que vemos en la parte inferior de la mesa. La parte superior de la mesa es igualmente rectangular volvemos a encontrar en ello la significación de los cuatro lados del mundo, de los cuatro puntos cardinales que, para los Padres de la Iglesia, eran la cifra simbólica de los cuatro Evangelios en su plenitud a la que no se le puede añadir o quitar nada. Es el signo de la universalidad de la Palabra. Esta parte superior de la mesa-altar representa la Biblia ofreciendo la copa, fruto de la Palabra. Si se prolonga la línea del árbol de la vida (situado detrás del ángel del centro), lo vemos descender, atravesar la mesa y hundir sus raíces en el rectángulo de la tierra; es anunciado por la Palabra y alimentado por el contenido de la copa. Encontramos ahí la explicación del misterio: porque el árbol llevaba los frutos de la vida eterna, porque era el árbol de la vida.

Las manos de los ángeles convergen hacia el signo de la tierra; ésta es el punto de aplicación del Amor divino. El mundo está más allá de Dios como un ser de naturaleza diferente, pero incluido en el círculo sagrado de la comunión del Padre, sigue el movimiento circular, se encuentra en la parte de arriba, en lo celeste, bajo la forma de la roca, y este movimiento circular se resuelve para el mundo en el palacio-templo. Este templo es como la extensión del Ángel-Cristo, de su encarnación. Es su cuerpo cósmico, la Iglesia, esposa del Cordero unida a él sin separación y sin confusión. El templo continúa en la inmovilidad del descanso del gran sábado -término del movimiento trinitario-. El ciclo de la liturgia cósmica está cerrado. Es la visión escatológica de la nueva Jerusalén. La parte dorada del templo, que avanza como un poder protector, simboliza la protección maternal de la Théotokos y del sacerdocio de los santos.

Según la tradición, la madera de la cruz se sacó del árbol de la vida. Su figura es la base invisible, pero la más real, de la composición. La aureola, el círculo luminoso del Padre, la copa y el signo de la tierra se encuentran en la misma línea vertical. Ésta divide el icono en dos y se cruza con la línea horizontal que une los círculos luminosos de los ángeles del lado, y forma la cruz. La cruz queda inscrita así en el círculo sagrado de la vida divina; es el eje vivo del amor trinitario. El Padre es el amor que crucifica, el Hijo es el amor crucificado, el Espíritu Santo es la cruz del amor, su poder invencible. El movimiento recorre las ramas de la cruz y éstas, como los brazos extendidos de Cristo, envuelven el universo: Cuando sea levantado de la tierra, atraeré todos los hombres a mí (Jn 12, 32). El Hijo y el Espíritu son las dos manos del Padre. Si unimos las extremidades de la mesa en el punto que se encuentra exactamente encima de la cabeza del ángel del medio, veremos que los ángeles se colocan justamente en un triángulo equilateral. Significa la unidad e igualdad de la Trinidad, cuya cima es la pegaía Theótes, el Padre. Y finalmente, la línea trazada siguiendo los contornos exteriores de los tres ángeles, forma un círculo perfecto, signo de la eternidad divina. El centro de este círculo está en la mano del Padre, el Pantocrator.

La actitud del Padre tiene algo de monumental; emana la paz hierática y la inmovilidad, el acto puro, perfecto, principio estático de la eternidad, pero al mismo tiempo, por uno de los más asombrosos contrastes, la creciente ola de movimiento del brazo derecho, su curva potente que concuerda con el mismo poder de la inclinación del cuello y e la cabeza, expresan el principio dinámico. Lo inefable del misterio de Dios se halla en esta síntesis de la inmovilidad y del movimiento: el Absoluto de los filósofos, el Acto puro de los teólogos, y el Dios vivo de la Biblia, nuestro Padre que estás en los cielos.

El poder divino, como lo confiesa nuestro Credo, Creo en el Padre, todopoderoso, es el poder paterno del amor del Padre, reflejado en la mirada del ángel del medio. Es Amor, y justamente por eso, no puede revelarse más que en la comunión y solamente puede conocerse como comunión. Nadie viene al Padre sino por mí (Jn 14, 6); y por otra parte: Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo atrae (Jn 6, 44). No es estrechez o exclusivismo evangélico, sino la más revolucionaria revelación de la naturaleza misma del amor. No se puede tener ningún conocimiento de Dios fuera de la comunicación entre el hombre y Dios; y ésta es siempre trinitaria e inicia en la comunión entre el Padre y el Hijo. Ahora se comprende por qué el Padre no se revela nunca directamente. Es la Fuente, y precisamente por ello, el Silencio. Se revela eternamente, pero es la diunidad del Hijo y del Espíritu Santo quien lo revela. El icono muestra esta comunión cuyo hogar vivo es la copa.

Las líneas del lado derecho del ángel central se amplían a medida que se acercan al ángel de la izquierda. En el lenguaje simbólico de las líneas, las curvas convexas designan siempre la expresión, el habla, la mudanza, la revelación; y al contrario, las curvas cóncavas significan la obediencia, la atención, la abnegación, la receptivi-dad. El Padre está vuelto hacia su Hijo; habla. El movimiento que recorre su ser es el éxtasis. Se manifiesta completamente en el Hijo: El Padre está en mí. Todo lo que tiene el Padre, me pertenece.

El Hijo escucha: las parábolas de su vestido expresan la atención suprema, el abandono de sí. También él se renuncia, para ser el Verbo de su Padre: Las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo; el Padre que está en mí realiza sus propias obras. Su mano derecha reproduce el gesto del Padre: la bendición. Los dos dedos, que se destacan sobre la blancura de la mesa-Biblia, anuncian el camino de la salvación-unión en Cristo de las dos naturalezas, la introducción del mundo, de lo humano, en la comunión del Padre.

La mano inclinada del ángel de la derecha indica la dirección de la bendición: el mundo; parece que cubra, proteja. Por encima del rectángulo del mundo, esta mano es como las alas extendidas de la pura paloma.

La dulzura de líneas del ángel de la derecha tiene algo de maternal. El Consolador, pero también el Espíritu: el Espíritu de la Vida. Es el que da la vida y en quien toda vida se organiza. Es el tercer término del Amor divino, el Espíritu del Amor. Su posición es ligeramente diferente de la posición de los dos otros ángeles. Por su inclinación y el ímpetu de todo su ser está en medio del Padre y del Hijo: él es el espíritu de la comunión y de la circunminsesión. Esto lo prueba claramente el hecho tan remarcable del movimiento que parte de él. En su soplo, en su respiración, el Padre se desplaza hacia su Hijo, el Hijo recibe al Padre y resuena la Palabra. Como dice san Juan Damasceno: Por el Espíritu Santo reconocemos a Cristo, Hijo de Dios, y por el Hijo contemplamos al Padre. En el momento de la Epifanía, el Padre se dirige hacia el Hijo en el movimiento de la Paloma.

Los colores de la iconografía poseen su propio lenguaje. En Rublev alcanzan una riqueza inigualable, un acorde musical total con toda la gama de los más finos matices que repercuten en todos los detalles de la composición. La densidad de los colores de la figura central queda realzada por el contraste con la blancura de la mesa y se refleja en el reverbero sedoso de los ángeles de los lados. La púrpura oscura (el amor divino) y el azul denso (la verdad celeste) con el oro rutilante de las alas (la abundancia divina) forman el acorde perfecto que se perpetúa y se vuelve a encontrar con una tonalidad mitigada como una revelación matizada, la iniciación por grados: rosa pálido y lila a la izquierda, azul más dulce y verde plateado a la derecha. El oro de los tronos, asiento divino, habla de la sobreabundancia de su vida.

De este modo el Padre, inaccesible en la densidad de sus colores, en las tinieblas de su luz, se revela mitigado, accesible en la nube luminosa del Hijo y del Espíritu Santo. De lejos, esta composición da la impresión de una llama azul y roja. Todo llamea en el aire fulgente del mediodía: Quien está cerca de mí, está cerca del fuego.

La mano del Padre detiene el principio y el fin, está extendida por encima de la copa. El Cordero inmolado antes de la creación del mundo y el Cordero-Templo de la nueva Jerusalén, la santa cena de Cristo y su promesa de beber el fruto de la vid en el Reino del Padre, incluyen el tiempo en la eternidad. La copa irradia en la blancura brillante de la Palabra que envía de nuevo todos los colores de la Verdad. Es la irradiación del corazón divino, el don recíproco de las tres Personas divinas

Del icono se desprende un potente llamamiento: Sed uno como el Padre y yo somos uno. El hombre es a imagen de Dios Trino; en su naturaleza la Iglesia-Comunión está inscrita como su última verdad. Todos los hombres están llamados a reunirse alrededor de la misma y única copa, a elevarse al nivel del corazón divino y tomar parte en la Comida mesiánica, a convertirse en un solo Templo-Cordero. Por la vida eterna (el Espíritu) te conocen a ti, el único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo.

La visión se acaba con esta nota escatológica: es la anticipación del Reino de los cielos, impregnada de la luz que no es de este mundo, bañada en fin con una alegría pura, desinteresada, de una alegría divina, por el simple hecho de que la Trinidad existe y que somos amados y que todo es gracia. El asombro brota del alma, que se calla. Los místicos nunca hablan de la cumbre, sólo el silencio la descubre.