sábado, diciembre 27, 2025

Realismo teológico o la razón con faldas

Jorge Freire
https://ethic.es/realismo-teologico


Convento de San Esteban. Figúrense un silencio abacial solo interrumpido por el eco del claustro, el tintineo de los rosarios, el crujido de bancos, el roce áspero de los hábitos y quién sabe si el sorbeteo ocasional del caldo aguachirlado por parte de algún sacristán. Añadan un aire helado que corta las pelotas con la aceración de un silogismo. Allí, a la chita callando, unos frailones cocinaban a fuego lento un guisote de teología, política, metafísica y economía servido en cuenco de lo divino. Y qué vigor les infundió aquel brebaje…

¡Cinco siglos, señores! Quinientos años desde que el dominico Francisco de Vitoria tomara posesión de su cátedra y, sin darse importancia, prendiese fuego al pensamiento europeo con la tea del Espíritu Santo. El año que viene se cumple, en efecto, el quinto centenario de la Escuela de Salamanca y, salvo milagro o repentina iluminancia ministerial, nadie parece dispuesto a encender ni una mísera candela.

Lo que nació como lectura teológica acabó siendo arquitectura del mundo. Por eso no cabe conmemorar el aniversario de un profesor concreto, sino el parto glorioso de una conciencia europea. La Escuela de Salamanca inventó una criatura híbrida que los medievales habrían mirado con el ceño fruncido y los modernos con un tic de suficiencia. Una ontología que no se contentaba con flotar en las alturas y que bajaba a la liza de lo mundano. Tomó a Dios por principio y a la persona por método, entendiendo que la teología debía ser también episteme. De ahí la novedad: el ser no era mera categoría, sino sustancia operativa; el bien no era arquetipo platónico, sino cálculo prudencial.

Llamémoslo, a falta de una expresión mejor, realismo teológico: la voluntad de comprender el mundo como un texto divino legible. Salamanca no reformó la fe, como Lutero, ni la trocó por la política, como Maquiavelo, sino que la depuró con la paciencia de un destilador. A falta de cisma, los frailes de Salamanca inventaron un método. Decían que el hombre es imagen de Dios no por la santidad, que a menudo se desluce, sino por la capacidad de razonar. La razón no era por tanto enemiga de la fe, sino su dialecto más fino, poco menos que la lengua en que Dios podía explicarse sin necesidad de milagros.

En aquellas aulas se discutía el precio justo, la propiedad, la soberanía y la dignidad, dos siglos antes de Adam Smith y tres antes de Rousseau, cuando Europa aún rumiaba concilios con la paciencia con que una vaca mastica el heno. El realismo teológico de Salamanca bajó la fe del púlpito y la sentó a la mesa del cambista. Fue la primera globalización ética. En pleno tiempo de conquista, los dominicos, conscientes de que el poder sin ley es dentadura de lobo, se atrevieron a inquirir si el Nuevo Mundo era botín o prójimo. Y fue Vitoria quien lanzó una pedrada teológica que aún resuena: los indios eran señores de sus bienes y de sus vidas. De esos debates nació algo más que una doctrina: nació toda una civilización con conciencia de sí.

Habrá quien se fotografíe bajo la rana plateresca sin sospechar que esa fachada fue mascarón de una singladura irrepetible. El dieciséis salmantino fue mocedad de la inteligencia europea y aurora del pensamiento hispánico. Ya se sabe que en este país es costumbre lucir el jardín y dejar secar la raíz. Pero fue allí, y no en Oxford ni en la Sorbona, donde aprendimos a pensar. Como si el Tormes, además de truchas, arrastrara ideas, de aquellos claustros surgió una manera nueva de entender el mundo; un realismo teológico que obligaba a pensar el mundo dos veces, a buscar en cada fenómeno el reflejo de una ley más alta.

Realismo teológico. No el viejo realismo de los universales, aquel que enfrentó a tomistas y nominalistas en las aulas medievales, sino otro más encarnado. Uno que no discutía la existencia de las esencias, sino la justicia de los hechos. Lo que los salmantinos fundaron no fue una teoría del ser, sino una teología que aprendió a estar con los pies en la tierra. Allí se cruzaban teología, derecho, astronomía, metafísica y economía, como si los diferentes saberes fueran parte de una misma tela inconsútil. Los teólogos de Salamanca no pretendían huir al éter, como los místicos, ni arrojar a Dios de la mente, como los modernos, sino descifrar la realidad entera como una maquinaria de causas y fines dentro del gran reloj divino. La fe, para ellos, no era una siesta del espíritu ni una coartada para no pensar, sino una arquitectura de sentido.

El hábito no hace al monje, pero ayuda. En manos de Vitoria, Soto o Azpilcueta, la teología se volvió brújula para andar por lo visible: la justicia de la guerra, la libertad humana, el precio del pan. Frente a la teología medieval, que descendía de las estrellas al hombre con paso de ángel, ellos ascendían del hombre a lo eterno con paso de fraile. No secularizaron el mundo, sino que, antes bien, lo obligaron a rendir cuentas. Pensar era rezar con los ojos abiertos. En vez de rendir el juicio a la autoridad, Salamanca enseñó a inteligir dentro de la obediencia; en vez de ahogar la razón en el dogma, la convirtió en su método. En un tiempo de certezas e incendios, inventaron una lucidez con misericordia y una caridad que razonaba. La suya fue la última tentativa de armonizar lo invisible y lo contable, el ser y el salario, la oración y el argumento, con la paciencia de un físico deslumbrado.

Domingo de Soto era teólogo, jurista y, sin saberlo, físico de vocación. Habló del movimiento de los cuerpos cuando Galileo aún estaba amorrado a la teta de su reverenda madre. Fue uno de los primeros que entendió que pensar era hacer justicia. En su Relectio de dominio escribió que los indios no podían ser despojados de sus bienes ni por infieles ni por capricho de ningún rey majadero. Lo largó con la calma de quien lanza un rayo y se queda mirando cómo arde el bosque. Soto no era beato de refectorio, sino fraile con seso y con redaños. Decía que la persona yerra y el necio renuncia a pensar. Algunos doctos se santiguaban como si vieran al diablo recitando en latín.

No lejos de él, Melchor Cano, dominico de Cuenca, decidió que la fe necesitaba método o acabaría devorándose a sí misma. En su De locis theologicis trazó el mapa de las fuentes del saber divino y humano. Cuando la Iglesia se jugó el alma en Trento, Cano alzó la voz para proclamar que la obediencia sin razón era servidumbre. Obstinado en hacer de la teología una ciencia, Cano enfrentaba al Papa con la razón como quien encierra dos tigres en el mismo cubil. Algunos percibieron el inminente beef, diríamos hoy, y levantaron la oreja como conejillos ávidos de moviola; el problema es que, después de escucharlo, lo olvidaron. Si hubiera nacido alemán, lo habrían llamado reformador; por ser castellano, lo llamaron impertinente y pasaron a otra cosa.

Y luego estaba el jesuita Francisco Suárez, que pasó media vida devanándose la sesera sobre qué significa exactamente «ser». En 1597, publicó sus Disputationes Metaphysicae. Suárez no quiso reformar el mundo, sino entenderlo desde los cimientos: si Dios es ser absoluto y el hombre ser contingente, ¿en qué punto se tocan? Su respuesta, sutil hasta la extenuación, inspiró a Leibniz y abrumó a media Europa. Suárez era fraile, no volatinero, y por eso no se quedó levitando entre querubines. Bajó del éter a la entraña y fundó una teología tan carnal que hasta las ideas tenían callos. En su De legibus ac Deo legislatore soltó la bomba:toda autoridad viene de Dios, pero hace escala en el pueblo, que la presta por pacto y no por milagro. ¡Toma ya, y que tiemble el trono! Si la soberanía reside en la comunidad, no en la corona, los príncipes son administradores, no dueños; mayordomos del Altísimo con nómina de los hombres. Lo que hoy llamamos constitucionalismo nació allí, en una celda sin brasero y con olor a cera.

Por los mismos claustros pasaba el Doctor Navarrus, un cura de Barásoain llamado Martín de Azpilcueta que sabía más de dinero que muchos cambistas. Se sentó a contar monedas como quien cuenta avemarías y descubrió que la abundancia las abate, que el precio baila al son de la escasez y que hasta la justicia pesa en balanza. Lo dejó escrito en su Comentario resolutorio de cambios, una suerte de manual de economía moral para tiempos en que el alma y la bolsa aún se saludaban. Comprendió que el mercado es criatura humana, no divina, y que el precio justo no se fija por decreto ni capricho real, sino por la necesidad.

Quien bien cuenta, poco yerra. Azpilcueta atisbó la ley de la oferta y la demanda cuando el capitalismo era aún un ruido de lonja y de galeón —rumor distante, clamor de mercaderes de muelles de Levante, diría Machado— y los banqueros rezaban antes de abrir la caja. Su economía era la del realismo teológico: no adoraba la moneda, ídolo de oro sucio, pero tampoco la demonizaba; la entendía como criatura de Dios sujeta a examen. Fue, sin saberlo, el abuelo de la economía moderna, aunque jamás saliera en los billetes. Azpilcueta comprendió que la riqueza sin corazón siempre se corrompe. ¿Dinero fácil? Nada que no se pueda pesar con justicia —dejó dicho a los cryptobros hace medio milenio— merece llamarse riqueza.

Por no hablar de Bartolomé de Medina, que postuló el concepto de la «opinión probable», filigrana teológica de prudencia moral y, bien mirado, realismo teológico hecho cordura castellana: admitir que el mundo no está hecho de dogmas pétreos sino de proporciones divinamente razonables, como una balanza celestial en manos de un notario un poco temblón. Vino a decir que entre el dogma y el delirio existe una zona habitable y acogedora. Medina, que enseñó en Salamanca y luego en Alcalá, entendió que uno raras veces posee certezas y que, cuando dos opiniones son razonables, cabe seguirse la más probable.

¿Relativismo? Nada más lejos… Lo de Medina era ética con cogulla y sentido común. Cinco siglos después, su «opinión probable» resucita en versión bufa: los sondeos pontifican y los opinadores repican. Lo que Medina ideó como antídoto del fanatismo degenera en jarabe de idiotas y bebistrajo de estadistas. Antes la prudencia era virtud de sabios y hoy parece coartada de pusilánimes. Será por haber trocado la filosofía por la encuesta y el latín por el inglés de aeropuerto que hoy muchos no sabrían distinguir a Suárez de un aeropuerto ni a Soto de un cantante melódico. Todavía peores son los libertarios a la americana, que dibujan a los teólogos de Salamanca con motosierra y confunden a Francisco de Vitoria con Ayn Rand, con Rand Paul y hasta con RuPaul.

Cinco siglos, velay que sí, y nadie o casi nadie que celebre la onomástica. ¿Será que, como sostiene Carlos Madrid, nuestra filosofía no se venera porque no la fundaron pelucas, sino faldas? La modernidad, reconozcámoslo, pensaba en español y escribía en latín. ¡Qué le vamos a hacer si la Escuela de Salamanca fue cosa de frailes! Sea como fuere, el aniversario se acerca y lo más probable es que lo despache un simposio de cartón piedra a cargo de varios cátedros alcanforados, cuando no con el más solemne de los silencios. No faltará quien frunza el ceño ante la idea de recordar a tipos con sayal y faldumenta, como si la inteligencia estuviera reñida con llevar escapulario. ¿No es momento de encender otra vez la candela, aunque sea pequeña, aunque sea sola, y mantenerla viva contra la incuria y la desmemoria? Porque mucho me temo que, o encendemos la llama, o nos quedaremos a oscuras.

SHÉ: QUIERE

El exito profesional depende de hacer tareas domésticas en la infancia

En 1938, investigadores de Harvard iniciaron el estudio más ambicioso de la historia al seguir la vida de 724 personas desde su adolescencia hasta su fallecimiento para descubrir qué es lo que realmente hace que una persona sea exitosa y feliz.

Durante décadas, analizaron sus cerebros, sus salarios, sus relaciones y sus traumas. Después de 85 años de datos, encontraron una correlación sorprendente que nadie esperaba.

El éxito profesional en la adultez no dependía del coeficiente intelectual, ni de la riqueza de los padres, ni de las notas escolares. Uno de los predictores más fuertes de éxito fue algo hacer las tareas del hogar en la infancia.

Sacar la basura o lavar los platos no es solo limpieza; es entrenamiento cerebral. El estudio, conocido como el Grant Study, reveló que las tareas domésticas enseñan una lección que ninguna escuela puede replicar: la "ética de la contribución"


Cuando un niño tiene que dejar de jugar para poner la mesa, aprende que el mundo no gira a su alrededor. Aprende que es parte de un ecosistema y que su esfuerzo es necesario para que el grupo funcione.

Los investigadores descubrieron que los niños que hacían tareas se convertían en adultos que:

Reconocen cuando algo necesita hacerse y lo hacen sin que nadie se lo pida (iniciativa). Tienen mayor empatía hacia el trabajo de los demás. Manejan mejor la frustración y el retraso de la gratificación.

En la era de la "paternidad helicóptero", donde evitamos que los niños se aburran o trabajen, Harvard nos dice que al protegerlos de las tareas aburridas, les estamos robando la base de su futura competencia profesional.

Si quieres que tu hijo sea un adulto exitoso, no le compres más juguetes educativos. Dale una escoba.
F
uente: Harvard Study of Adult Development (The Grant Study) y Julie Lythcott-Haims (How to Raise an Adult). Universo Sorprendente.

jueves, diciembre 25, 2025

martes, diciembre 23, 2025

jueves, diciembre 18, 2025

EL ODIO. DE SANTO TOMÁS AL APOSTOLADO OBRERO ESPAÑOL



Antonio Murcia/Eugenio A. Rodríguez

El odio no tiene buena prensa y ha sido puesto de moda en nuestros días como delito invocado para condenar lo políticamente incorrecto. Curiosamente hay consenso en esta acepción y valoración negativa de este sentimiento, tan central e inherente a nuestro psiquismo como su contrario: el amor. Pero este uso negativo del término odio puede que nos oculte la mitad de su verdad, lo positivo del odio en sí. Dime lo que amas y podré conocerte, pero también: dime lo que odias y sabré quién eres. Es decir, que tanto el amor como el odio hablan por igual de nosotros, ambos nos definen. Y en su acepción positiva, el odio es un sentimiento tan necesario como el amor y derivado de éste. ¿Acaso podemos amar un bien sin odiar su contrario? Sin embargo, tanto en el uso corriente del término como en la espiritualidad cristiana superficial suele pasar desapercibida esta acepción positiva, necesaria, imprescindible. ¿Por qué?

A Guillermo Rovirosa y a Tomás Malagón, verdaderos maestros de la militancia cristiana, no pasó desapercibida la desactivación burguesa del mandamiento del odio (de lo que debe ser odiado), que equivale a la desactivación del mandamiento nuevo. Qué peligrosas, por traicioneras, son las medias verdades. Qué desacertado predicar el amor sin mencionar la obligación del odio correspondiente. Lo que encontramos sobre el odio virtuoso en Rovirosa y Malagón, objeto de esta exposición, no es nuevo en la tradición cristiana, lo encontramos presente, por ejemplo, en la teología escolástica. Por eso presentamos en primer lugar lo que hallamos en un autor tan representativo de la misma como Santo Tomás, pues en su teología encuentra apoyo lo que queremos decir y que Rovirosa y Malagón supieron proponer y aplicar con pedagogía admirable.

1. Sobre el odio en Tomás de Aquino

En su "Summa theologica", el gigante de la escolástica Tomás de Aquino se hace doce preguntas acerca del odio, como pasión humana y como vicio contrario a la virtud teológica de la caridad (q. 29 de la I-IIae y q. 34 de la II-IIae). No será tiempo perdido reparar en algunas de sus respuestas, aunque no sea fácil para nosotros comprender su presentación formal ni el horizonte intelectual en que surgieron.

Tomás considera el odio una pasión del alma humana y la entiende en relación directa con el amor. Su pensamiento no es taxativo, ni estático. "La razón de pasión se halla más bien en el acto de la potencia apetitiva sensitiva que en el acto de la potencia aprehensiva sensitiva, aunque una y otra son actos de un órgano corporal"[1]. El movimiento apetitivo se desarrolla en círculo, afirma Tomás, apoyado en Aristóteles (De anima III). Aplicado al amor, éste no es sino el efecto de complacencia que el objeto apetecible provoca en el apetito; la complacencia mueve a desear el objeto apetecible y así llegar a la quietud, es decir al gozo. Hay, por tanto, un dinamismo de circularidad generado a partir de la pasión. Así, pues, concluye Tomás, "consistiendo el amor en una inmutación del apetito por el objeto apetecible, es evidente que el amor es una pasión: en sentido propio, en cuanto se halla en el concupiscible; y en sentido general y lato, en cuanto está en la voluntad"[2].

El amor es anterior al odio y éste es causado por aquél: "es necesario que el amor sea anterior al odio, y que no se tenga odio a ninguna cosa sino por ser contraria al objeto conveniente que se ama. Y según esto, todo odio es causado por el amor"[3]. No debemos perder de vista este equilibrio y casi simetría en el planteamiento tomista, que nos permite afirmar que es necesario odiar (y debemos odiar) lo que es contrario a lo que (amamos y) debemos amar. En cierto sentido, odio y amor, dos caras de la misma moneda, y podemos preguntarnos si al mirar la cara "negativa" no solemos olvidar su aspecto "positivo": la necesidad de odiar lo que debe ser odiado. Esto queda meridianamente claro tanto en Tomás como en la tradición de la teología moral cristiana. Para él, hay una "armonía o aptitud natural para con lo que le es conveniente" al ser y una disonancia natural "para lo que (le) es opuesto y corruptivo" ("en esto consiste el odio natural"). En consecuencia, añade que el odio es causado por el amor y proviene de éste, "pues por la misma razón se ama una cosa y se odia su contraria". Si esto es así, ¿de dónde viene que el odio sea percibido como una pasión nociva para la conducta virtuosa? Tomás responde explicando que si hay contradicción no se atribuye al ser (porque éste no tiene razón de contrariedad) sino a la aprehensión: "se aprehende como bueno algo que verdaderamente no lo es" o "se aprehende como malo algo que verdaderamente no es malo"[4]. Y acerca de la bondad o malicia de las pasiones, ya dejó en claro que ésta no depende de la pasión en sí, sino de si están fuera del imperio de la razón natural u ordenadas por ella[5]. En coherencia con esto, al tratar del odio como vicio opuesto a la caridad, como contrario al amor mismo, la distinción obtenida al hablar de las pasiones es tenida aquí en cuenta: "Es lícito odiar en el hermano el pecado y lo que conlleva de carencia de justicia divina; no se puede, empero, odiar en él, sin incurrir en pecado, ni la naturaleza misma ni la gracia." (II-IIae, q. 34, art. 3). La pregunta, no obstante, seguirá siendo cómo aplicar en concreto esa distinción a la hora de odiar el pecado y amar al pecador.

La moral cristiana ha recogido el planteamiento tomista y enseñado la necesidad del odio y el deber moral del mismo, distinguiendo previamente entre dos tipos de odio: de abominación y de enemistad. "El primero (opuesto al amor de concupiscencia) es un estado de aversión contra una persona o una cosa porque es un mal en sí y, por ello, detestable; el segundo (opuesto al amor de benevolencia o de amistad) es odio formal contra una persona o una cosa, cuyo mal se desea, y activamente, de un modo directo o indirecto, se intenta causar. El odio de abominación, en cuanto directamente adverso al mal (pecados, delitos, injusticias…), es lícito y justo, más aún, si está bien regulado ayuda a las demás facultades a perseguir con todas sus fuerzas el bien y aborrecer el mal". Retengamos lo subrayado. Pero ante la dificultad de distinguir entre uno y otro, y de odiar la conducta odiosa pero no al sujeto que la realiza, advierte: "Cualquier exceso en el odio de abominación desemboca fácilmente en el odio de enemistad" (721). La cita está tomada del artículo "odio" del Diccionario de Espiritualidad dirigido por E. Ancilli (Herder, 1987). De manera parecida, cuando pasa revista a las diversas especies de odio según su objeto, concluye: "Finalmente puede darse un odio de clase, como el que hay entre ricos y pobres, entre ignorantes y científicos… y, en un campo todavía más amplio, un odio entre naciones y naciones. Es siempre causa de discordias, de enemistades y de malestar social, siempre hay que condenarlo" (722). Francamente, aquí advertimos alguna diferencia, al menos de sensibilidad, de lo encontrado en Tomás y tenemos que preguntar cómo se regula "bien" el odio de abominación y cómo se produce esa transición o transformación de la abominación a la enemistad. Los ejemplos finales nos confirman en la sospecha de que estamos ante una sensibilidad proclive a dispensar del odio de abominación en favor del "bienestar social".

Volvamos al texto de la Summa. El tratamiento que hace Tomás de las pasiones del alma humana pone de manifiesto que éstas no son un hándicap sino un presupuesto de la conducta humana. Su reflexión en este sentido se distancia tanto de la opinión clásica (del estoicismo y de Aristóteles) como de una ética espiritualista, que no atienda al valor de la realidad corporal humana. No al estoicismo y sí al ministerio del cuerpo, sería la divisa de esta aportación. "Dice san Agustín, en el libro XIV De civ. Dei: Si la voluntad es perversa, serán perversos estos movimientos, es decir, los de las pasiones; pero si ella es recta, ellos serán no sólo inculpables, sino incluso laudables." Y sigue explicando Tomás: "Discrepan sobre este particular los estoicos y los peripatéticos. Los estoicos sostuvieron que las pasiones del alma no pueden existir en un hombre sabio o virtuoso. Los peripatéticos, en cambio, … sostuvieron que las pasiones pueden coexistir con la virtud moral, pero reducidas al medio. Pero esta divergencia… era más de palabras que de pensamiento." Y concluye: "Si se llama pasiones a las afecciones desordenadas, no pueden existir en el hombre virtuoso, de tal modo que consienta en ellas, habiendo precedido deliberación, como sostuvieron los estoicos. Pero si se llama pasiones a todos los movimientos del apetito sensitivo, entonces pueden darse en el hombre virtuoso, en cuanto que están ordenados por la razón"[6].

La diferencia en este punto con la doctrina del estoicismo es importante y rica en consecuencias. La espiritualidad resultante de la moral estoica encamina al sabio, al virtuoso, por una senda similar a la popularizada por el budismo. Sin ser injustos en la percepción de ambos sistemas espirituales, parece que ambos comparten el ideal de la ataraxia. No así la espiritualidad cristiana propuesta por la teología tomista, que no sugiere una conducta angélica, sino realmente humana, es decir, la de un ser corpóreo. El resultado es una propuesta que reclama una espiritualidad que admita las pasiones, una vez discernidas, y las incorpore al dinamismo de la conducta virtuosa. La teología tomista propone un odio discernido (bajo la guía de la razón) y cultivado (podemos añadir), incorporado a la conducta personal y social. No es una moral para ángeles, sino para criaturas corporales.

Al apartarse de la tradición estoica, y de su gemela peripatética, Tomás abre la puerta a una opinión positiva acerca de la condición humana, que no está "sometida" a las pasiones, sino que cuenta con ellas para percibir la realidad (aprehensión del apetito natural) ¿Cabe virtud sin pasión? En Dios y en los ángeles, sí; en el hombre, no. Tal es, en síntesis, la respuesta de Tomás, en I-IIae, q. 59, a.5: "¿Puede darse alguna virtud moral sin pasión?... En Dios y en los ángeles no se da el apetito sensitivo, como se da en el hombre. Por tanto, la operación buena en Dios y en los ángeles excluye toda pasión, como excluye todo cuerpo; mas la operación buena del hombre va acompañada de pasión, lo mismo que media en ella el ministerio del cuerpo". Y la clave para la valoración moral ya sabemos que no está en la pasión en sí misma, sino en el discernimiento que emite la razón: "según que la pasión sea contraria a la razón o siga al acto de razón"[7]. Ahora bien, ¿qué razón? Porque la conciencia histórica nos impide aunar la disparidad que el pensamiento escolástico, dados sus presupuestos, subsume bajo el término "razón". Ciertamente que una razón absolutista o mercantilista no coincidirá en su discernimiento con una razón emancipadora o democrática.

Finalmente, al igual que hay un dinamismo o circularidad producida por la pasión del amor, la pasión del odio también genera un dinamismo, de sentido complementario (cuando se odia lo que debe ser odiado) o de sentido contrario (cuando se odia lo que debe ser amado). Tomás describe el dinamismo que tiene su origen en la pasión del amor, que genera deseo y lleva al gozo, y también describe el dinamismo inverso y su resultado en el caso del odio contrario a la naturaleza del ser: "Cuando se actúa contra la naturaleza lentamente se va corrompiendo lo que le pertenece, porque lo primero en la construcción es lo último en el derribo. Pues bien, lo primero y más natural en el hombre es amar el bien divino y el bien del prójimo. De ahí que el odio, que se opone a ese bien, no es lo primero en la destrucción de la virtud causada por los vicios, sino lo último”[8]. Pero no encontramos una descripción de la contribución del odio (de lo que debe ser odiado) a la mejora y perfección del hombre y del mundo. Esta omisión puede haber contribuido a obviar la contribución positiva que la pasión del odio, regida por la razón, tiene para la conducta humana virtuosa. Nos parece, por tanto, tarea pendiente indicar qué movimiento genera el odio de lo que es urgente y necesario odiar siempre, cómo se despliega, cómo afecta a la conducta personal y a la construcción social.

2. El odio en Rovirosa

Cuando Rovirosa comienza su apostolado en la puesta en marcha de la HOAC (1946) en algunas ocasionesutiliza la palabra “odio” de la manera común cuya máxima expresión pueda ser Francisco de Asís: “Donde hayaodio que yo ponga amor”. Es la idea generalizada. Rovirosa la usa con frecuencia.

En aquel momento además, procuraba oponerse con igual fuerza al capitalismo (que atizaba la avaricia) y al comunismo (que atizaba el odio): “La HOAC no se hace con dinero ni odio. Organizaciones que muevenmillones no mueven ningún hombre. Nos mueve el amor”[9]. “La cólera por causa mía lleva al odio; la cólerapor nuestra causa conduce al amor. ¡Señor! ¡Dame el amor!”[10].

Pero encontramos también una forma poco común de hablar del odio. No es frecuente en los maestrosespirituales de esa época, Ni la encontramos en los teólogos en general. Y si preguntamos a los teólogos actualeses frecuente que no sepan decirnos nada sobre ese punto en santo Tomás. Algunos textos rovirosianos:

“Odio a muerte al paternalismo… y al mendiguismo”[11].

“El espíritu combativo es la resultante de un gran amor y un gran odio. Pero tanto el amor como el odio no sevenden, ni se compran; no se enseñan, ni se aprenden: se contagian"[12].

“Hoy vamos a hacer una apología del Odio. Odio santo. Odio indispensable. Odio necesario. Odio inmenso yodio eterno. Reflejo en lo humano del odio infinito de Dios[13].

“El amor sobrenatural hay que completarlo con el ODIO SOBRENATURAL a la injusticia, al pecado, al error, a la opresión, en una palabra, al mundo, el demonio y la carne[14].

“El Odio santo es necesario, indispensable, y eterno. Refleja en lo humano el odio infinito de Dios. Se habla delamor pero la medida del amor la da el odio. Dios odia el pecado en razón del amor que se tiene a Sí mismo. Elodio que yo tenga al pecado, al error, la injusticia, me dará la medida del amor que tengo a Dios. ¿Puede enverdad amar a Dios quien transige con la injusticia? Muchos creen en Dios. Pero son rarísimos los que creen enel diablo. Cuando les habláis del diablo como entidad presente y operante en todos los momentos de nuestra vida... te miran como anormal. ¿Cómo se compaginará el odio feroz al pecado y un amor inmenso al pecador? En la HOAC necesitamos odio encendido, odio operante, odio contagioso, odio sin medida ni término... POR AMOR DE DIOS Y DEL PRÓJIMO ODIARÉ EL PECADO, ERROR E INJUSTICIA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN .

¿Quién te enseñará los odios perfectos? Una multitud de herejías pulula sobre esta cobardía que no sabe odiar al mal y al error. Por este camino se ve tratar a Pilato de gentleman. El amor sin odio es mentira. Tiempopara amar y tiempo para odiar. El que odia al hermano es homicida[15].

En su día preguntamos a Gómez del Castillo sobre esta sorprendente idea, según la cual la medida del amor lada el odio, y nos dice que la espiritualidad burguesa, negándose a ver el odio dentro de sí, termina padeciéndoloy odiando a las personas. Es necesario verlo y conducirlo contra el pecado.

3. El odio en Tomás Malagón

Tenemos un magnífico resumen sobre la idea de Odio según Tomás Malagón. Ofrecemos el texto tal cual pero hagamos una consideración clarificadora sobre el contexto. No conocemos ningún artículo suyo sobre elOdio, este texto está en los Apuntes que elaboró para los responsables del Cursillo apostólico de Primer Grado.Era el cursillo esencial para entrar en la HOAC. Se desarrollaba en cinco días intensísimos de internado. En la introducción para responsables se dice que pretende que los asistentes no se distraigan. Esto exigía que la jornada tuviera diferentes metodologías. Después de comer se planteaban, sin apenas tiempo libre, tres diálogos para aclarar en grupo los mismos temas de la mañana pero planteados de otra manera. En uno de esos diálogos, correspondiente a la mañana en que se había hablado del Mandamiento Nuevo, se hablaba del Odio.

En el contenido se aprecia una orientación plenamente cristiana. La predicación habitual era “buenista” yhabía que ofrecer a obreros combativos un enfoque que sirviera de puente con sus ideologías. Malagón defendíaque de éstas había que salvar todo lo que supusiera justicia. Aclaremos que la persona que transmitió estosdocumentos, Julián Gómez del Castillo, quizá el más destacado de aquellos responsables de cursillos nos decía que este documento Malagón lo había hecho “para la censura”. Parece que de manera más o menos oficial, algunos eclesiásticos importantes se habían interesado por el contenido de estos cursillos. Esto no quita valor aldocumento sino que nos asegura aún más el cuidado que el siempre meticuloso Malagón puso en redactarlo.

AMOR Y ODIO - PRESENTACIÓN de la pregunta

Si esto se hace así, parece no quedar sitio alguno para la lucha. Nuestra lucha obrera, como toda lucha, es contra algo, que se aborrece y que se quiere que desaparezca. Cuando no existe ese “algo” contra lo que se lucha, no hay combate. Combatir es batirse con o contra otra cosa.

Cuando esa cosa no existe, para el avance, para la superación, no hace falta correr el riesgo y la dificultad de lalucha, y simplemente si se quiere, se va a donde se quiera “en paz”. Mas ese algo contra lo que se lucha en todalucha es algo que se odia, algo ante lo cual uno no se limita a permanecer indiferente, sino que se les des-ama,que esto es odiar.

Y aquí es donde se nos presenta la dificultad. ¿Puede odiar el cristiano, cuando su religión es de amoruniversal?, Y, si no puede odiar, ¿cómo podrá luchar contra algo?, Y, si puedo odiar ¿qué podrá haber que esté excluido de la ley universal del Amor Cristiano?

RESUMEN

1) Salta a la vista, a poco que se considere, que tanto el amor como el odio, son dos pasiones de suyo indiferentes, ni buenas ni malas. No todo amor es bueno, simplemente por ser amor. NI es malo cualquier odio, simplemente por ser odio.

La razón o sinrazón de los adjetivos “bueno” o “malo”, no está en los verbos, sino en los adverbios, que necesariamente los acompañan siempre en la vida. Y es que los adjetivos “bueno” o “malo” (moralmente, se entiende) nunca califican ideas, sino hechos; nunca califican al pensamiento sino al pensar; nunca califican al ser sino al vivir.

De aquí se deduce el mal planteamiento de la cuestión: “¿es bueno el amor?, ¿es malo el odio? (Así comotambién está mal el planteamiento, cuando se trata de cualquier otra cosa, si se prescinde de su historia, o de susparticularidades, como cuando algunos, sin tener en cuenta ni su proceso, ni los elementos constitutivos del vivir capitalista, hablan de la “bondad” –moral, quieren decir– del capitalismo).

2) El amor y el odio son buenos o malos, entre otras cosas por el motivo o por el modo, o el objeto al que se tiende cuando se ama o se odia. Según esto, puede haber un “mal amor” y un “buen odio”.

Todos nos damos cuenta de que el amor al dinero, por cuanto este es necesario para la vida, y porque, socialmenteél ha hecho fácil el comercio, y se ha convertido en un gran instrumento del progreso, es buen amor; pero, amaral dinero porque con él se hace posible poder más que los demás, y como instrumento de lujo y de placer, ¿quién duda que tal amor es mal amor?

Igualmente, odiar a una persona, o a una clase de personas, es un mal odio. Cuando se odia a personas, ese odiotambién lo recibe Cristo, que dijo: “lo que hicisteis a cualquiera… a mí me lo hicisteis”. Pero odiar lo que hacedaño, lo que es un mal para las personas, ¿no es, ciertamente, un buen odio, que acompaña siempre al buenamor?

Hay un odio, en efecto, que es inseparable de todo amor. Odiar la injusticia, o la incultura, o la suciedad, es un aspecto del amor que se tiene a las personas.

Nunca puede ser buen odio el odio a la vida de nadie, porque la vida, hasta la vida de un criminal, no es, desuyo, mala. Pero el odio a la mala educación, a los malos instintos, no es, de suyo, mala. Pero el odio a la malaeducación, a los malos instintos, a las concupiscencias, al pecado y a todo lo que de suyo es malo es la medida delamor. En cierta forma se puede afirmar: tanto amas cuanto odias.

Dios, suprema norma de Justicia, porque ama infinitamente el bien, aborrece infinitamente también, el mal. Eseodio divino a todo pecado o injusticia es la Santidad. Y el infierno es su expresión. Y es, también, expresión deeste odio de Dios al Pecado y a toda injusticia otra cosa más elocuente todavía, aquello que San Pablo expresacon estas palabras: “Al que no conoció pecado (Dios) le hizo pecado por nosotros”… y “condenó al pecado en su carne”.

3) Este “buen odio” es necesario para el cristiano. Y este buen odio que es amor, es el que nos debe impulsar ennuestra lucha por la Justicia. Y es así como el cristiano ha de amar a las personas y ha e odiar el mal. Y lo uno y lootro será el impulso para su lucha.


4. Conclusión

La cuestión nos parece tremendamente actual. Es necesaria para la identidad cristiana. El creyente no puede ser un parche del sistema actual en que hay tantas formas anacrónicas de paternalismo. El creyente tiene que unirsecon quienes quieran, como dice "Centesimus annus", demoler las estructuras injustas.

Es necesario además para tender puentes con el pueblo combativo, con las gentes que quieren una revolución social. No es bueno que la personas que se plantean la transformación social crean que los cristianos sonfuerzas naturalmente conservadoras.

Es necesario también eliminar la alta dosis de violencia que hay contra las personas. Si la fuerza humana se dirige contra las estructuras injustas no se dirigirá contra las personas. Es sorprendente y está poco presente en las reflexiones habituales como odiar las estructuras injustas es una (¿la mejor?) forma de amar a las personas que nos puedan parecer más injustas.

¿No resulta curioso que el “odio” esté presente y bien definido en Tomás de Aquino y en el apostolado obrero y no ocupe ni una sola página de los grandes teólogos, ni un solo artículo de las revistas teológicas y pastorales?

¿No es llamativo que la vida pública este llena de mensajes y relaciones de un odio solamente moderador a veces por la “educación”? ¿no nos estaremos perdiendo conducir adecuadamente una fuerza bien humana?

Acabemos citando del genial Milani aquella definición de arte que tanto llamó la atención del cineasta y literato Pasolini: “El arte es querer mal a alguien o a algo. Reflexionar sobre ello despacio. Buscar la ayuda de losamigos en un paciente trabajo de equipo. Poco a poco sale a flote lo que hay de verdadero bajo el odio. Nace la obra de arte: una mano tendida al enemigo para que cambie”.

Tan verdadero como curioso. El amor a los enemigos pasa por el odio. Por cultivarlo bien. Agradecemos al Aquinate otro importante servicio que nos ha realizado.



[1] S. Th. I-IIae, q. 22, a. 2

[2] I-IIae, q. 26, a. 2.

[3] I-IIae, q. 29, a.2.

[4] I-IIae, q. 29, art. 1.

[5] I-IIae q. 24, art. 2.

[6] I-IIae, q. 59, a. 2.

[7] I-IIae, q. 59, a. 1.

[8] II-IIae, q. 34, a. 5.

[9] G. ROVIROSA, Dolor activo: Boletín (10.1949) 2.

[10] G. ROVIROSA, Oración por cólera y amor: Militantes Obreros, I.

[11] G. ROVIROSA, La "otra" clase obrera: Militantes Obreros, II.

[12] G. ROVIROSA, Espíritu combativo: Somos, II, 26.

[13] G. ROVIROSA, Odio: Militantes Obreros, I.

[14] G. ROVIROSA, A dónde va la ACO, 5: Semana Diocesana.

[15] G. ROVIROSA, Obrero de AC: Boletín (9.1949) 24.


Articulo publicado originalmente en la revista ALMOGAREN, del ISTIC 




lunes, diciembre 15, 2025

Interpretando el declive - En las meditaciones de Adviento con el Papa y la Curia

Sesenta años después del Concilio Vaticano II, podemos permitirnos observar con mayor claridad lo que se aclamó, quizás con cierto exceso de optimismo, como una «primavera del Espíritu». Al igual que los primeros cristianos que esperaban el regreso del Señor, también nosotros estamos llamados a replantear nuestras esperanzas: las intuiciones proféticas del Concilio requirieron un período más largo y complejo, pues estaban profundamente entrelazadas con la maduración eclesial y las transformaciones culturales.


Si no nos reconciliamos con esta larga gestación, corremos el riesgo de no comprender el tiempo que vivimos: un tiempo en el que coexisten elementos críticos y signos de una vitalidad sorprendente. Por un lado, se observa un claro declive en las prácticas, los números y las estructuras históricas de la vida cristiana; Por otro lado, surgen nuevos fermentos del Espíritu: la centralidad de la Palabra de Dios crece, los laicos desarrollan una presencia más libre y misionera, el camino sinodal se consolida como una forma necesaria, el cristianismo florece en muchas regiones del mundo y una nueva comprensión de la fe busca combinar la herencia ancestral con una comprensión más profunda de la humanidad.


Decadencia y fermento no son mutuamente excluyentes: son dos caras de la misma labor, en la que el Espíritu purifica lo que puede abandonarse y da a luz lo que necesita crecer. Después de todo, ¿no es esto lo que Jesús nos enseñó cuando describió la expansión del Reino de Dios a través de la lógica de la semilla?


‘En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto’ (Jn 12,24).


Toda renovación implica realidades que florecen y otras que mueren. Esto no debería sorprendernos: es la dinámica pascual, en la que la muerte y la resurrección son inseparables. Por supuesto, siempre nos resulta difícil aceptar la muerte y reconocer en momentos de decadencia el atisbo de una mayor esperanza.


Interpretamos espontáneamente la disminución numérica como una crisis que debe resolverse de inmediato. De hecho, la propia interpretación de este delicado momento en la historia de la Iglesia, especialmente en Occidente, se ha convertido en un campo de batalla: cada bando responsabiliza al otro de la crisis e intenta imponer su propia visión de la Iglesia. Algunos interpretan la situación actual como consecuencia del incumplimiento del Concilio; otros, por el contrario, ven el propio Concilio como la causa de cierto empobrecimiento de la comunidad y del testimonio cristiano. Estas interpretaciones opuestas, reflejadas en su rigidez, corren el riesgo de convertir en arma todo tradicionalismo y progresismo, atrincherando a la Iglesia en posiciones ideológicas que no surgen del discernimiento, sino del miedo.


Quizás la verdad sea más simple y exigente: en un cambio trascendental sin precedentes, incluso la Iglesia lucha por salvaguardar sus cimientos. Ante transformaciones rápidas y a veces indescifrables, la comunidad cristiana tiende a polarizarse, oscilando entre dos tentaciones opuestas: refugiarse en certezas intocables o abrirse a toda novedad para seguir siendo relevante. Pero ambas reacciones exponen a la Iglesia a un grave riesgo: transformar un tiempo de decadencia en uno de decadencia, donde no solo disminuyen los números, sino también la confianza, la claridad y la amplitud espiritual.


La decadencia se convierte en decadencia cuando la Iglesia pierde la conciencia de su naturaleza sacramental y se percibe como una organización social; cuando la fe se reduce a la ética o al bienestar, la liturgia a la representación, la teología se debilita y la vida cristiana se desliza hacia el moralismo.


En un contexto tan complejo, la tentación de simplificar es fuerte: la nostalgia del pasado o la expectativa de un futuro indefinido. Sin embargo, el propio declive puede convertirse en un tiempo de gracia, si se afronta sin miedo. Un tiempo que nos invita a abandonar la ilusión de una Iglesia siempre fuerte, siempre socialmente relevante, siempre en el centro de atención. Un tiempo que nos hace redescubrir la Iglesia como una obra que no nos pertenece, que no está garantizada por estrategias ni proyectos humanos, sino que florece cada vez que volvemos al corazón del Evangelio. Aceptar el declive no significa rendirse. Significa, más bien, alejarse de los conflictos que dividen y estérilizan todo diálogo. Significa no buscar soluciones inmediatas ni fáciles, sino aprender a permanecer fieles incluso cuando las costumbres se debilitan. Es una invitación a vivir con sobriedad y confianza, sin dejarnos llevar por el miedo ni la ansiedad de tener que salvarlo todo.


Este es el espíritu de los repatriados que regresan a Jerusalén: no reconstruyen toda la ciudad, sino que se dedican a una pequeña sección del muro, el trozo que está frente a su casa. Para nosotros también, la renovación llega a través de gestos humildes y concretos. Cada uno puede ofrecer un fragmento de su fidelidad, su paciencia, su caridad. Nadie solo puede renovar toda la Iglesia. Sin embargo, la Iglesia se renueva solo a través de la pequeña porción que cada uno de nosotros, día tras día, se compromete a reconstruir.


En definitiva, la Iglesia no es algo que se construya según nuestros propios criterios: es un don que hay que recibir, cuidar y servir. El Apocalipsis nos lo recuerda con fuerza: la «nueva Jerusalén» no surge de nuestras manos, sino que desciende del cielo, de Dios, ya preparada. Es la imagen más alta de la Iglesia como una realidad recibida, no producida: el hogar donde cada lágrima será enjugada y cada distancia salvada. Acoger a la Iglesia como un don —incluso hoy, en tiempos de decadencia y nuevos comienzos— significa vivir ya según la promesa que nos guía hacia esa plenitud en la que Dios será todo en todos.


Oremos:


Oh Dios, que con piedras vivas y escogidas preparas una morada eterna para tu gloria, continúa derramando sobre la Iglesia la gracia que le has concedido, para que el pueblo creyente progrese siempre en la construcción de la Jerusalén celestial. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.


P. Roberto Pasolini, OFM Cap.

Predicador de la Casa Pontificia


Meditación completa en

https://escucharlavozdelamor.blogspot.com/2025/12/p-roberto-pasolini-en-la-2-meditacion.html


domingo, diciembre 14, 2025

Jesús, el "pastorcico" enamorado de la pastora - San Juan de la Cruz



carmelitas descalzos de Salamanca

El blog del padre Eduardo Sanz de Miguel: El Pastorcico de san Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz tiene un bellísimo poema titulado "El Pastorcico", que habla de Jesús Buen Pastor.

En esta poesía, Jesucristo es presentado como un gran rey, que se enamora de una pequeña pastora (tú, yo, cada ser humano). Por amor a ella, deja su patria, sus riquezas, sus seguridades, y se hace él mismo un pobre pastor, como ella, para compartir su vida y enamorarla.

Ella le manifiesta su amor y se desposan, pero la pastora no termina de ser fiel. Una y otra vez regresa a sus antiguos amores. El pastor no la fuerza a quedarse con él, ya que respeta su libertad y, si no hay libertad, tampoco hay amor verdadero.

Este es un tema desarrollado por los profetas bíblicos, a partir de Oseas, que presentan a Dios como un esposo paciente y fiel y a su pueblo como una esposa que lo abandona y traiciona. Él sufre en silencio, porque no puede dejar de amar a esa esposa ingrata.

También aparecen estas ideas en muchos poemas de amor antiguos. De hecho, este poema es recreación de otro poema anterior, que cantaba el amor entre un pastor y su amada, aunque san Juan de la Cruz lo vuelve "a lo divino".

Al pastor no le importan las penas que le causa el amor: la pobreza, las incomodidades, los sufrimientos o la misma muerte. Sus verdaderos sufrimientos son provocados por el rechazo de aquella que tanto ama.

Sin dejar de pensar en ella, se deja morir de amor. Por eso extiende sus brazos en el árbol de la cruz, entregando voluntariamente su vida por su amada.

Que este texto nos haga reflexionar y suscite en nosotros amor y agradecimiento hacia el Pastor que nos ama “hasta el extremo” (Jn 13,1).

Un Pastorcico, solo, está penado
ajeno de placer y de contento,
y en su pastora ha puesto el pensamiento,
el pecho, del amor, muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido
-aunque en el corazón está herido-
más llora por pensar que está olvidado.

Que solo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y dice el Pastorcico: "¡Ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia!"
Y el pecho, por su amor, muy lastimado.

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado, asido dellos,
el pecho, del amor, muy lastimado.


********
Recomendamos el blog de Eduardo Sanz
por ejemplo explica un libro que recomendó León XIV 

En su viaje de regreso desde El Líbano, el papa sorprendió al recomendar un libro que ayuda a comprender su espiritualidad: “La práctica de la presencia de Dios”, del hermano Lorenzo de la Resurrección, carmelita descalzo francés del siglo XVII. El pontífice remite a un fraile cocinero que, entre fogones y tareas humildes, descubrió una vía de unión con Dios tan profunda como accesible a todos.

Durante décadas, el hermano Lorenzo trabajó elaborando sandalias y cocinando para su comunidad y para los pobres. En la rutina de esa vida sencilla maduró una de las propuestas espirituales más luminosas de la tradición cristiana. Sus “Cartas” y “Máximas espirituales” no son un tratado, sino el testimonio de quien aprendió a vivir recordando que Dios está siempre presente y que basta una mirada interior para acogerlo.

Su mensaje es claro: la alegría nace de una conversación continua con Dios, cultivada en medio de las ocupaciones ordinarias. Como enseñaba santa Teresa de Jesús, también “entre los pucheros” se encuentra al Señor, que sostiene y alienta nuestras actividades.

Su enseñanza sigue viva, porque en una cocina, en un avión o en las tareas cotidianas, la cercanía de Dios puede volverse sorprendentemente palpable. El Hermano Lorenzo recuerda que la vida espiritual consiste en dejarnos poseer por Dios y mantener con él un trato amoroso, que transforma todo. Quien lo practica descubre una alegría incomparable. E.S.M.
Quien quiera profundizar en su mensaje, puede hacer un click sobre esta entrada 
(aqui) que le dediqué en el blog hace unos años.

jueves, diciembre 11, 2025

Rodrigo Lastra: Bruno Alonso

En preparación : Cipriano Mera



IGNACIO GUERRA, Fe y compromiso (LIII)

MÚSICA PARA LA SOLIDARIDAD EN EL PROGRAMA DE RADIO "SOLIDARIDAD"


Me llaman calle, pisando baldosa
La revoltosa y tan perdida
Me llaman calle
Calle de noche, calle de día
Me llaman calle
Hoy tan cansada, hoy tan vacía
Como maquinita por la gran ciudad
Me llaman calle
Me subo a tu coche
Me llaman calle de malegría
Calle dolida, calle cansada de tanto amar
Voy calle abajo, voy calle arriba
No me rebajo ni por la vida
Me llaman calle y ese es mi orgullo
Yo sé que un día llegará
Yo sé que un día vendrá mi suerte
Un día me vendrá a buscar
A la salida, un hombre bueno
Pa' to' la vida y sin pagar
Mi corazón no es de alquilar
Me llaman calle, me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
Me llaman calle, calle más calle
Me llaman calle, la sin futuro
Me llaman calle, la sin salida
Me llaman calle, calle más calle
La que mujeres de la vida
Suben pa'bajo, bajan pa'rriba
Como maquinita por la gran ciudad
Me llaman calle, me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
Me llaman calle, calle más calle
Me llaman siempre y a cualquier hora
Me llaman guapa, siempre a deshora
Me llaman puta, también princesa
Me llaman calle, es mi nobleza
Me llaman calle, calle sufrida
Calle perdida de tanto amar
Me llaman calle, me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
A la Puri, a la Carmen, Carolina, Viviana
Pereyra, Masa, Marga, Baby
Marcela, Jenny, Tatiana, Rudy, Mónica
María, María
Me llaman calle, (Carolina) me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
Me llaman calle, (Carolina) me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar (A la Puri)
Me llaman calle, (Carolina) me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar
Me llaman calle, me llaman calle
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar

DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA
LA PUERTA VIOLETA - Rozalén    


Las palabras amagadas los silencios obligados
Las mentiras que dijeron por robarse unos pedazos
Cuanta tierra levantaron por mostrarnos su grandeza
Lo que de verdad lograron fue que nos dieran tristeza

Y tanta pena que dan, ya no nos verán llorar
¿Cuánto vale lo que eres?
¿Cuánto vale lo que das?
Ya nos han quitado todo
Pero no podrán quitar la esperanza
De que un día todo tiene que cambiar

Grito desde el corazón
¿Quién se creen esos cobardes?
Que se atreven a mandar si no saben cuánto vale
Levantarse en la mañana para ir a trabajar
Con un beso de despedida una vela que apagar
Pedir un par de deseos que tal vez verás cumplir
¿Qué sabrán de ser feliz, si no saben sonreír?
Ya nos han quitado todo
Pero no podrán quitar la esperanza
De que un día todo tiene que cambiar

Que se atrevan a mirarnos a los ojos
Que se atrevan a encerrarnos con cerrojos
Ya hemos esperado tanto y no hemos de
Desesperar porque todo lo que sube algún día ha de bajar
Que se atrevan a pensar que son eternos
No se han dado cuenta de que están enfermos
Que aquí vamos a estar todos listos para contemplar
La caída de su historia y el camino a su final
El camino a su final

Que se atrevan a pensar que son eternos
No se han dado cuenta de que están enfermos
Y que aquí vamos a estar todos listos
Para contemplar la caída de su historia
Sólo queda la memoria de la lástima que dan
Y el camino a su final
Y el camino a su final
Y el camino a su final


NADIA JIMÉNEZ CASTRO recomienda a Valeria Castro



Guarda sobre el que es su propio techo
Todos los justificantes de los hechos
Guarda una maleta por si hay que partir
Suena en su cabeza un eco que aún arrastra
Una misma historia siempre la desgasta
Cansada de justificar cómo vivir
Y se ha enterado
Después de mil batallas que la vida pasa a un lado
Y es el invierno
El que, después de noche y noche, la ha callado
Grita a viva voz que no hay para microfonía
Canta de pulmón, tu historia no se desafía
Eres aliciente, eres lo que le hace falta a la gente
Ay, guerrera, yo te llevaré en el alma la vida entera
Ir a la ventana antes que rompan el cristal
Es mejor arder en llamas, antes que callar
Porque vivir no es vivir si hay que vivir huyendo de uno más
Y acabo entendiendo un mensaje sincero
Cuídate, cariño, hazlo por ti primero
Que a poquito que empieces, nadie te podrá apagar
Y se ha enterado
Después de mil batallas que la vida pasa a un lado
Y es el invierno
El que, después de noche y noche, la ha callado
Grita a viva voz que no hay para microfonía
Canta de pulmón, tu historia no se desafía
Eres aliciente, eres lo que le hace falta a la gente
Ay, guerrera, yo te llevaré en el alma la vida entera


RULA FERNÁNDEZ BLANCO RECOMIENDA Renacimiento de KASE O
 
Entró el sol por la ventana y me dio en la cara
Haciendo que me despertara
Soñaba que flotaba en tu vientre mamá
Que volvía a nacer que me creaba
Que recobraba las ganas de vivir
Que la vida aún tenia mil regalos para mí
Soñaba que volvía a respirar bien
Y he saltado de la cama con las pilas al cien
Con las ideas oxigenadas
De lo que quiero ser, una visión clara
Ey, ya no hago un drama por nada
La vida era distinta a como yo me la tomaba
No es hacer, no es tener, es ser
Es amar, es crear, no es huir ni temer
Ey, si me olvidé de mi mismo por demasiado tiempo
Da igual, porque hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi rena
Ninguna droga joderá mi libertad
No quiero dañar mi cuerpo
No quiero fingir, quiero realidad
Voy a decir la verdad en todo momento
Hoy soñé que podía cambiar
Nada cambia si nada cambia
El mayor amor le tengo a mi persona
Ni me quiero matar ni me quiero morir, ¡perdona!
No me gusta ser un infeliz
Quiero respirar por la nariz
Quiero el puro sentimiento sin alterar
Quiero que el tiempo, sea una línea vertical
Quiero poner fin al motín de mi mente
Y que mi alma vuelva a reinar
Si me olvidé de mi mismo por demasiado tiempo
Da igual porque hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi rena
Voy a mirarme en el espejo
Y me voy a perdonar, por fin, por el daño que me he hecho
Voy a mirar ahí dentro
Y voy a bañarme en mi propia luz de salud y conocimiento
Porque es mi vida lo que está en juego
Nada más importante ya que es lo que es lo único que tengo
Voy a quererme y a cuidarme a partir de hoy
No quiero recuerdos, necesito vivir más ¡Allá voy!
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento
Hoy es mi renacimiento



  
Tú que has sangrado tantos meses de tu vida
Perdóname antes de empezarSoy engreída y lo sabes bienA ti que tienes siempre caldo en la neveraTú que podrías acabar con tantas guerrasEscúchame
Mamá, mamá, mamáParemos la ciudadSacando un pecho fuera al puro estilo DelacroixMamá, mamá, mamá
Por tantas ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma, mamáTodas las ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma, mamá
Tú que amarraste bien tu cuerpo a mi cabezaCon ganas de llorar, pero con fortalezaEscúchame
Mamá, mamá, mamáParemos la ciudadSacando un pecho fuera al puro estilo DelacroixMamá, mamá, mamá
Por tantas ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma, mamáTodas las ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma (mami)
Ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma, mamáVivan las ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-maMa-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma-ma
No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetasSin ellas no habría humanidad ni habría bellezaY lo sabes bienLo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo(Lo sabes bien) lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-loEscúchame
Mamá, mamá, mamá 

Antonio Granadilla presenta NEGRA SOMBRA - Roger Mas & Cobla Sant Jordi