martes, octubre 03, 2017

Sacerdote, según el corazón de Dios


Miría Gómez

“Hermano mío”, era el modo de nombrarte. Si algo hubiese que añadir, sería el adjetivo de entrañable. La primera vez que te vi fue en el senderito por delante del monasterio. Yo no sabía quién eras, pero tú sí sabías quien era aquella jovencita que frecuentaba la liturgia conventual. Sólo me saludaste, pero recuerdo el cariño que brillaba en tu mirada y la sonrisa de tus ojos verdes.
Desde aquel 86 hasta este 17, surcamos días, saltamos un siglo y estrenamos un milenio en creciente amistad. Digo creciente, porque me faltaba mucho por madurar y porque ese vínculo amigo se fue estrechando, se ahondó hasta la raíz con el paso del tiempo.
La amistad se tejió entre nosotros con la naturalidad de lo que converge, sin necesidad de matices. Siempre fue transparente y veraz. Ambos creímos con intensa convicción en la bonanza de la complementariedad y la ejercimos con gusto y gozo.
Nunca agradeceré bastante tu voto de confianza para con aquella aspirante a mujer y monja, que acompañaste con una fidelidad respetuosa y cálida. Fuimos compartiendo nuestras sendas, vida adentro, al hilo de Evangelio y circunstancias,reforzando el discipulado de cada uno.
Necesitaría un libro para desgranar aspectos de ti como hombre apasionado de Reino, herido de Evangelio, entregado a cada uno de los servicios que fueron jalonando tu itinerario. Necesitaría demasiados adjetivos para cantar la abundante capacidad humana, la grandeza de espíritu y tu calidad intelectual. No me gustaría parecer exagerada, que sonase a falaz enaltecimiento, hacer justicia de lo brillante y humilde que ha sido tu entrega.
Te encuentro en miles de experiencias, en frases hechas que formaban parte del imaginario entre ambos, en anécdotas llenas de humor, en las músicas que cuidabas de compartirme, en infinidad de libros que llevan tu firma. Resuenas en el aliento incesante por la formación, por el cultivo de una adecuada competencia, que no siempre escuché debidamente, de la cual no desististe y a la que espero responder, porque será como un brindis secreto a tu cuidado.
Siempre pastor, siempre sencillo, siempre atento a la realidad, volcado en los pequeños, los pobres nunca se te caían del corazón. Generoso con todos, meticuloso y austero contigo. Resulta tan hermoso poder decir que has sido un sacerdote según el corazón de Dios. Un rostro de Iglesia creíble. No te idealizo, te quiero de un modo en el que lo completo no necesita esconder los humanos requiebros.
Me ha costado llamar hermana a la leucemia que nos separaba de ti y encarnaba tu definitiva eucaristía. Sé muy bien que cada jornada la iniciabas con las palabras de Foucauld: “Padre mío, me abandono a ti, haz de mi lo que quieras..." Sé que han sido las últimas,deletreadas por la paciencia que encajaba tu deterioro corporal, el hiriente desvalimiento que te invitaba a identificarte con el Ecce Homo. ¡Cómo nos costó ese descenso que nos arrastraba contigo!
Hemos estado arrodillados juntos al pie de la cruz a lo largo de los últimos meses, en una dulce hermandad llena de silencios y profunda comunión.
Me cuesta, me cuesta un mundo tu ausencia, pero bendeciré toda mi vida tu presencia amiga. ¡Gracias, Luis, hermano mío!