Cuando llegué a aquel pueblo tropecé con un anciano que iba mascullando su mala suerte y me le quedé mirando.
-Ese, el Perico, siempre se está quejando. Es un gruñón y un ignorante – me dijo un oriundo.
Siempre me ha gustado, cuando llego a algún sitio, antes de ir a ver los grandes monumentos y construcciones, buscar el lugar de reunión popular. Y así descubrí “El Cobertizo”, que era el barucho donde se juntaban los más burros de la vecindad.
Mientras hablaba y bebía con los trabajadores del campo, apareció nuevamente “el Perico”, gruñendo y maldiciendo su mala suerte.
-Buenos días, Perico – le dijeron desde la barra.
-Buen ánima a todos – contestó él.
No tardaron en arrimarse a mi oído y susurrarme:
-¿Ves qué ignorante, que no sabe decir “buen ánimo” siquiera?
-¿Hoy tampoco te quedas un rato? – le preguntaron.
-¡Qué más quisiera! Yo es que tengo muy mala suerte. Todo me ocurre a mí. Vengo para tomarme un trago y descansar un minuto que, si no, no llego.
Se tomó una copa de orujo de un trago, soltó un suspiró y puso pies en polvorosa.
Como me habían hablado tanto de él, me picó la curiosidad y decidí seguirle. Pronto se percató de mi presencia y preguntó:
-Ay hijo, ¿qué es, que me estás siguiendo?
-Sí, bueno... esto... yo...
-Nada, nada, si no es ná malo lo que estás haciendo. Que me viene bien que me acompañes, a ver si me echas una mano, tú que eres joven.
-Si me dice primero de qué se trata...
-Si no tienes buen ánima no vengas, ¿eh?, que los vagos no me sirven.
-Está bien, no se ponga así, yo le ayudo.
-¡Pero con buen ánima!
-Con buen ánimo, querrá decir.
-Ay, hijo, yo no sé lo que es eso. Yo sé que es el ánima, pero no sé lo que es el ánimo.
-¿Y qué piensa usted que es el ánima?
-Pues esa cosa que te mete Dios pa’l cuerpo, que como es cosa divina, si está bien todo está bien, y ya más ná necesitas. Pero como esté mal, todos los dolores te duelen.
-Pues me dicen que usted se pasa el día gruñendo.
-Ay, si es que me pasa todo a mí. Que no puedo ni descansar un rato.
-Pues cuénteme, ¿qué es lo que le pasa?
-Vale, pero andando, que no llegamos... Mira, te pondré un ejemplo de lo que me ha ocurrido esta mañana. Iba yo a tomar un trago a “El Cobertizo”, pa’ jugar a las cartas con la gente, y esas cosas... Que a tol mundo le gusta. ¿O no? A ti también, ¡pájaro! Pues ¿no voy y me encuentro con el abrevadero partío por la mitad? Que esta es una región ganadera. Mira, ¿ve allí en aquel monte? Vacas ¿Y allí? Más vacas. Pero esas son pa’ la leche. Y ¿dónde beben todas? En el abrevadero de este pueblo. ¿Y no voy yo y tengo la mala suerte de verlo roto?
-Pero hombre, eso no es problema suyo...
-¡Ay que no! Si no lo hubiera visto, no lo hubiera sido. Que cuando muerto, me hubiera preguntado el Señor: ¿Perico, por qué no arreglaste el abrevadero? Y yo le hubiera contestado: No lo vi, Señor, es que no lo ví... Pero es que sí lo vi. Sí que lo vi. Y cuando muera, ¿qué le digo yo al Señor? Porque él lo sabe todo. Y sabe que yo vi que el abrevadero estaba roto y alguien tenía que arreglarlo, y yo no quise... ¿Qué le dirías tú? Na`, pues claro. Así que me fui a la carpintería, a por materiales pa’ arreglarlo. Y allí estaba la Martuca, la pequeña de Camposanto, y me dice que todavía no se sabe los colores. ¡Fíjate qué mala suerte la mía! Aunque también habría que preguntarle a los profesores, que esa niña no es muy lista, pero ya tendrían que haberle enseñado los colores. Pues nada, toda la mañana me la pasé para enseñarle el rojo, el amarillo y el azul. Y mañana me toca más, porque se le habrán olvidado... y tendré que enseñarle alguno otro, como usted comprenderá, porque con tres colores no se pué vivir... Así que a mediodía no pude irme a casa, porque todavía me faltaba el abrevadero. Que tuve que rehacerlo casi entero, porque el agua se colaba por los lados, y allí las vacas no podían beber.
-Pero comió por la tarde...
-Ay, hijo... ¿Que no voy para casa y oigo un lamento? Que estaba la plaza con otras personas y yo pregunté: “Pero ¿es que no oís el lamento?” Pero se ve que en ese momento estaban todos con el ánima mala, y nadie quiso ir a ver de dónde venía. Así que tuve que ir yo. Y es que resulta que la viuda del Andrés se había puesto mala. Y como a mí me ha tocado atender ya a más de una viuda enferma, pues sé lo que hay que hacer en estos casos. Pero, fíjate mi mala suerte, que va la mujer y se muere. Que yo le dije a Dios: ¿pero Señor, no podías haberte esperao un poquito, que tiene mi esposa la comida ya fría en la mesa? Pues nada. Que yo no sé lo que hago mal, que el Señor me está poniendo tol día a prueba. Y otra vez que me tocó preparar el entierro. Ya he llamado al cura y a los de la funeraria...
Cuanto más hablaba el hombre más escamado estaba yo. Pensaba que este exageraba, que, por como lo trataban, tenía que estar mintiéndome. Pero entonces llegamos a una casa y en una habitación reposaba el cadáver de una anciana, vestida de negro. Perico puso los brazos en jarras, aunque no duró mucho así.
-Necesita un Rosario, pa’ ponerle entre las manos. Seguro que tiene alguno en algún lugar. Tú busca por el comedor, que yo miro en esta habitación... ¡Pero con buen ánima, eh!
Al cabo de un rato de búsqueda infructuosa, me preguntó si tenía yo alguno. Mi respuesta fue negativa.
-¡Pero será posible! Ni un poquito de buena suerte... – dijo mientras se marchaba.
-¿Adónde va?
-¿Pues a dónde va ser? A por el Rosario de mi mujer, que ya le compraré otro.
Esperé junto al cadáver. A su regreso, Perico trajo consigo a la esposa, la cual puso un Rosario entre las manos de la muerta. También le acompañaba el sacerdote y no tardaron los de la funeraria. Dimos sepultura a la anciana aquella misma tarde. Perico fue el que corrió con los gastos.
Había caído la noche cuando acabamos.
-Muchacho, muchas gracias. Pero ahora te tengo que dejar. ¡Que me cago en mi suerte! ¿No voy y me encuentro que la casa del cojo Juan tiene goteras por un agujero en el tejado? Y tenía que ser el cojo, que no puede subirse allí arriba...
Algo se removió en mi interior. Sentía vergüenza y alegría a un tiempo, por haber conocido al viejo Perico.
Cuando regresé a “El Cobertizo” y les solté:
-¡Aquí hay mucho gruñón y mucho ignorante, pero nada de eso es Perico! – empezaron a caerme palos por todos los lados, hasta el punto de que en dos minutos me habían sacado del pueblo a patadas. Todavía les quedó tiempo para espetarme:
-Mira que dejarte convencer por este zoquete... Eres el viajero más tonto que hemos conocido.
No me volvieron a dejar entrar, pero yo, cada vez que mi camino pasa cerca, me quedo un rato mirando con la esperanza de ver, siquiera a lo lejos, al santo gruñón.
Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
miércoles, mayo 19, 2010
jueves, abril 22, 2010
El síndrome de la impotencia aprendida
domingo, marzo 14, 2010
ABORTO, PROPUESTA REACCIONARIA

Poema de la joven grancanaria BELEN MARIA, fallecida en 1980, en las luchas del Puerto de Las Palmas:
Para mí el aborto es un crimen (…)
¿Es acaso una mujer, la que llevando un ser humano en sus entrañas, se lo arranca, tratando de quitarse de encima lo que ella llama un estorbo? (…)
¿No sería más bonito, aunque te pese, tener a tu lado a ese hijo tuyo?
Aunque llores, aunque sufras. ¿O prefieres tener en tu mente el recuerdo de una vida que mataste? Vida, aunque no lo creas, parte de la tuya: sangre de tu sangre, carne de tu carne.
jueves, marzo 11, 2010
miércoles, marzo 03, 2010
SOLIDARIDAD

Dice con razón un misionero:
"Cuando un pobre da un rico no es solidaridad, es servilismo
Cuando un rico da a un pobre no es solidaridad, es limosna
Cuando un rico da a un rico no es solidaridad, es complicidad
Cuando un pobre da un pobre eso es solidaridad"
Tiene razón, cuando los bancos se unen no es solidaridad, es otra cosa. Cuando se asocian los pobres, eso es solidaridad
jueves, febrero 18, 2010
ABORTO Y PARO
Hace algunos años un sociólogo pasó una mañana delante de una clínica abortista. Veía personas entrar y salir: ¡nadie reflejaba alegría en su rostro! La inmensa mayoría llegaban, hombre y mujer, tristes, muchos emigrantes. Ese hecho le hizo pensar que tras el aborto podía haber, más que un hecho de irresponsabilidad moral, un hecho laboral. Como –más o menos- cuando un padre y una madre venden a un hijo para que sea esclavo; y con ello pueden comprar medicinas para otro hijo a las puertas de la muerte inmediata. Como un hecho laboral hay detrás de más de un suicidio o de más de un accidente de trafico.
Son legión las mujeres que me han dicho que han sido despedidas cuando el jefe se enteraba de que estaba embarazada. Legión. Sus convicciones morales eran fuertes y tenían, además, el apoyo de sus familias, de algún tipo de subsidio o economía sumergida.
Así las cosas, desde el Foro de la familia se afirma que más del 80% de los abortos tienen causas laborales. Y es verdad: echar la culpa a la mujer que aborta es un acto de hipocresía. Nadie puede eludir las condicionantes económicas de la vida. Nadie. Acabar con el aborto exige cambiar radicalmente el sistema económico.
Son mujeres -las empobrecidas- que aman la vida, que normalmente tienen más hijos; que cuando son emigrantes se les impide que sus hijos vayan con ellas por una ley de extranjería que les obliga a certificar un salario al que nunca llegan. Es negocio matar a sus hijos y romper su familia. La solución no está en dar condones, ni educación sexual a los pobres, sino en transformar desde la raíz todo un sistema económico basado en la explotación y robo del trabajo de los pobres.
Ahora entiendo que nadie pida cárcel para quien aborta. Todos intuimos que no es un acto de perversión moral. Y claro que es asesinato pero todos intuimos que la mujer es víctima. Víctima de un ambiente de manipulación. Y víctima, en más del 80% de los casos, del sistema económico. Es cierto: sigue habiendo clases sociales.
Son legión las mujeres que me han dicho que han sido despedidas cuando el jefe se enteraba de que estaba embarazada. Legión. Sus convicciones morales eran fuertes y tenían, además, el apoyo de sus familias, de algún tipo de subsidio o economía sumergida.
Así las cosas, desde el Foro de la familia se afirma que más del 80% de los abortos tienen causas laborales. Y es verdad: echar la culpa a la mujer que aborta es un acto de hipocresía. Nadie puede eludir las condicionantes económicas de la vida. Nadie. Acabar con el aborto exige cambiar radicalmente el sistema económico.
Son mujeres -las empobrecidas- que aman la vida, que normalmente tienen más hijos; que cuando son emigrantes se les impide que sus hijos vayan con ellas por una ley de extranjería que les obliga a certificar un salario al que nunca llegan. Es negocio matar a sus hijos y romper su familia. La solución no está en dar condones, ni educación sexual a los pobres, sino en transformar desde la raíz todo un sistema económico basado en la explotación y robo del trabajo de los pobres.
Ahora entiendo que nadie pida cárcel para quien aborta. Todos intuimos que no es un acto de perversión moral. Y claro que es asesinato pero todos intuimos que la mujer es víctima. Víctima de un ambiente de manipulación. Y víctima, en más del 80% de los casos, del sistema económico. Es cierto: sigue habiendo clases sociales.
domingo, febrero 07, 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


