Mi pequeña contribución al homenaje a José Andrés-Gallego por su 80 cumpleaños. Él y sus amigos han querido que sea una especie de homenaje a los protagonistas de los temas que ha estudiado. A mí me tocó en suerte escribir sobre su relación con Rovirosa
Eugenio A. Rodríguez
La lectura de la entrevista de Fernando Fernández a José Andrés-Gallego no permite a uno más que ir de perplejidad en perplejidad. ¿De dónde ha sacado tiempo este amigo para recorrer tal diversidad de variopintos caminos? Y a la vez ser un asiduo de montes ¡y hasta barrancos canarios! Me vino a la mente aquella anécdota sobre Juan Pablo II a quien preguntaron qué hacía en su tiempo libre y éste contestó con gesto de sorpresa: “Todo mi tiempo es libre”. Algo de esto le ha debido pasar a nuestro historiador. En este sentido quiero destacar que es un gran profesional. Alguien a quien la vida ha permitido meter horas y horas en algo que hacía con placer, con trabajo, sí, pero también con placer. Más adelante explicaré que precisamente este puede ser un gigantesco punto de comunión con la persona que centra nuestro artículo: Guillermo Rovirosa.
Al leer esta entrevista, también tuve la sensación que había tenido hace muchos años cuando se despidió un sacerdote salmantino como Rector del Seminario y no precisamente para ascender sino para irse a un conjunto de pueblos pequeños y lejanos de la capital. Tenía por honor lo mismo que por honor tenía nuestro Rovirosa tal y como explicita en un capitulito titulado “Honor se escribe con H”. Rovirosa consideraba el Honor escrito con H mayúscula como lo contrario a los honores. El Honor para Rovirosa tenía que ver con la filiación, con ser del Hijo. Desde el punto de vista más humano, tenía que ver con la Honradez, la gran virtud humana, la coherencia entre los que se dice, lo que se piensa y lo que se hace. Esta cuestión ocupaba un gran espacio en sus reflexiones. Eso hizo que Rovirosa despreciara todos los títulos, todos los honores en plural. Sabemos, gracias creo a José Andrés-Gallego, que Rovirosa como estudiante se apuntó a un novedoso centro de estudios que no daba títulos oficiales, pero se planteaba responder realmente al problema de la industria de su tiempo. Se trataba de que los alumnos supieran todo y solo lo necesario para dirigir una empresa electromecánica: desde cómo llevar la electricidad de los saltos del Pirineo a las máquinas hasta como poner un enchufe en la pared.
Rovirosa no se hacía tarjeta, dejó el traje en el baúl y decidió no presentarse a los exámenes -ya mayor- del Instituto de Cultura Religiosa, al que se apuntó hacia 1942 para conocer más a fondo el cristianismo que había abrazado.
Buscador de tesoros
Nos hemos metido casi sin querer a hablar de Guillermo porque él ha sido quien ha hecho que nos conozcamos -José Andrés y yo- y que recorramos desde entonces caminos en los que nos encontramos.
Pero volvamos a ese Rector de Seminario que no quería ser canónigo y se iba de cura de pueblo. ¿Por qué me recuerda la entrevista a José Andrés-Gallego a este sacerdote? Sencillamente porque aquel buen hombre nos entregó a aquellos adolescentes, tratándonos con la alegría y seriedad con que nos trataba, una carta en que aprovechaba para hablarnos del Hijo desde su propia experiencia. Nos decía que, como san Pablo, había corrido hasta la meta, por qué había corrido y para qué seguía haciéndolo. Ese fragmento de la experiencia paulina me ha recordado la entrevista porque también nuestro querido historiador ha corrido y de qué manera y, sin embargo, como Pablo, no mira hacia atrás sino hacia la meta. Este elogio creo que merece Pepe, como le dicen los amigos. No puede uno menos de preguntarse cómo ha podido correr tanto, tocar tantos palos, hacerlo con tal entusiasmo y entrega.
Mis lecturas de Rovirosa me llevan a ver a José Andrés-Gallego como un buscador de tesoros. Intentaré explicarlo. Me parece que nuestro historiador llegó a disfrutar tanto con las investigaciones sobre Rovirosa porque percibió unas líneas profundas de comunión con Guillermo. Rovirosa disfrutaba investigando, fuera electricidad, vinos o nuevos métodos apostólicos. Esta capacidad científica de Rovirosa la ha documentado muy bien José Andrés-Gallego.
Una conexión más fuerte de José Andrés-Gallego con Guillermo Rovirosa es un gran amor por la verdad. En ambos casos muy seria, aunque en el caso de Rovirosa más radical porque la radicalidad es una característica peculiar de Guillermo que da un tono diferente a muchas de sus cosas.
Hemos de decir que, cómo historiador, José Andrés-Gallego no parte de una premisa a defender sino que es un honesto buscador. Una y otra vez aparece en sus libros la primacía de los hechos, le den la razón o no.
Digo “buscador de tesoros” porque Rovirosa concluye en uno de sus mejores ensayos, El primer santo: Dimas el ladrón, desde una mezcla entre experiencia e imaginación que seguramente Dimas, el crucificado con Cristo, había sido, más que ladrón, buscador de tesoros”. A mí la paciencia de José Andrés-Gallego, su constancia, su imaginación, su alegría con lo encontrado, me recuerda ese buscador de tesoros ¿Y cuál es el tesoro? La verdad.
Cuando, desde las autoridades eclesiásticas, llaman a nuestro historiador para realizar la parte histórica para la posible canonización de Rovirosa, le hacen una sugerencia intrigante. Le dicen que le han llamado a él precisamente porque no se trata de vestir a un santo desvistiendo a otros. Encuentro a José Andrés Gallego como un gran amante de la verdad porque no hizo caso. Lo que ha descubierto lo ha puesto de manifiesto con toda sinceridad.
No sé si, a diferencia de Rovirosa, José Andrés-Gallego fue más moderado y simplemente se calló cuando le hicieron esa indicación y, luego, hizo lo que le pareció honesto. Quizá al callar no cayó en la trampa y quizá dejó pasar la ocasión de decir una verdad inoportuna que pudiera ser una mano y un corazón tendidos al enemigo. Tampoco sé si Rovirosa habría sido más radical en un caso así. Es muy probable que sí. Cuando a Rovirosa le hicieron propuestas deshonestas, normalmente decía un “no” muy claro y que quizá podía aparecer agresivo.
Para entender esto puede que venga bien recordar que Rovirosa entendía (y su colaborador más cercano y amigo -Tomás Malagón- desde luego y hasta santo Tomás bien leído) que la prudencia es la armonizadora de las virtudes, pero normalmente se emplea para armonizar los vicios. Sorprende la lucidez de semejante perspectiva ¿No es verdad que, bajo el nombre de prudencia, solemos armonizar vicios? Las reflexiones a lo largo del cristianismo sobre lo que llamaban “prudencia humana” son interesantísimas, aunque hoy posiblemente llegaríamos a la conclusión de que no solo no es divina sino que tampoco es auténticamente humana.
En la cuestión que nos ocupa, es muy probable que nuestro historiador no llegara a plantear las cosas como Rovirosa pero tampoco creo que se comportara como un diplomático. Quizá buscador de tesoros sea una buena definición.