martes, junio 24, 2025

MAGNIFICAT

Foto de Óscar Quintela. Parroquia de Bethesda, Maryland.(USA)


Hay una etapa en la vida de Jesús y la de María que siempre que lo pienso me admira.

Que no era la vida de Jesús por un lado y la de María por el otro, sino que era una sola vida de los dos, que no se pueden separar.

Ya que en los meses de la gestación del Verbo del Padre, María y Jesús no eran dos, sino uno solo. Me hace tambalear la cabeza el considerar a la Madre fundida en el verbo de una manera que escapa a toda comprensión, y delante de la cual no hay ninguna, ninguna otra posición que la de caer de rodillas.

Los Evangelios nos trasmiten muy poca cosa de las palabras que pronunció la Santa Virgen, solo en una ocasión, cuando va a visitar a su prima.

Aquí ya no se trata de unas palabras cortas y precisas, como las del diálogo con Gabriel, sino de una verdadera efusión de su corazón exuberante.

Pero ¿de cuál corazón? Pues ¿Quién sería capaz de distinguir el corazón de María del corazón de Jesús y del Verbo de Dios, en esos momentos?

Tenemos aquí unas palabras únicas en toda la Revelación. Ciertamente eran palabras de María, pero eran también palabras de Jesús, Verbo del Padre.

Y ¡qué palabras!

Los sabios hacen unos estudios “muy a fondo” e inútiles queriendo relacionar las palabras del Magnificat con las que pronunció Ana, la madre de Samuel, y que se encuentran precisamente en el propio libro de Samuel.

Como si las palabras fueran iguales (que no lo son, ni mucho menos), sería inútil buscar una relación de unas con otras.

Ya que el peso de las palabras (que son de viento) dependen únicamente de la boca que las pronuncia.

Lo que hace que el Magnificat sea grande, sublime y único no es su belleza literaria, ni su profundidad filosófica, ni nada de lo que los hombres puedan apreciar en las palabras de los hombres. Lo asombroso del Magnificat no son las palabras en sí mismas, que son palabras de las que los hombres usamos en todo momento, sino que son palabras de María hablando bajo el impulso de Dios de una forma que los antiguos Profetas nunca conocieron, ni se podrá repetir nunca más.

Y he aquí que el Magnificat me parece como un anticipo y que me deja un sabor del Mensaje evangélico. Hacía unas cuantas semanas que el Verbo de Dios se había encarnado en el sí maternal de la Virgen con el designio de traer a la humanidad caída el Mensaje redentor.

Pero todavía harían falta treinta años antes de que la boca de Jesús pronunciara con su voz la Buena Nueva. Y aparece el prodigio del Magnificat

La Virgen sale de su discreto silencio habitual, y entona su Cántico.

Palabras de María.

Palabras de Jesús.

¡Palabra de Dios!

Hermanos: ¿Por qué no hacemos más caso de este compendio del Nuevo Testamento, que es el Magnificat?




ROVIROSA