jueves, marzo 20, 2025

Muerte voluntaria, buen morir y calidad de vida en Tomás Moro

Marcos G. Breuer

Por lo que sé, Tomás Moro (1478-1535) no emplea el término «eutanasia» en su Utopía (1516). El primer escritor que reintroduce esa voz, tras el largo paréntesis de la Edad Media, es Francis Bacon en su El avance del saber (1605). Sin embargo, Moro ofrece algunas reflexiones muy interesantes (¡y muy actuales!) sobre el buen morir y la muerte voluntaria.

Partamos del hecho de que la Utopía condena vehementemente el abuso que en el siglo XIV se hacía de la pena de muerte. Para Moro, la vida humana es un bien sumamente precioso. Por lo tanto, los delitos comunes, como el robo, no pueden pagarse con la muerte; esto es algo excesivo. Ello no significa que haya que dejar impune a los malhechores, pero sí castigarlos con una pena acorde a la falta. Para Moro, la pena capital debe restringirse a poquísimos casos.

Por otro lado, Moro condena toda guerra que no sea legítima, y legítima puede ser, para él, sólo la guerra de defensa. Todas las demás guerras, las nacidas de las ambiciones políticas, militares o económicas de los monarcas y sus ministros, sólo merecen nuestro repudio. No hay mayor muestra de desprecio a la vida humana que la guerra carente de justificación ética.

Señalo estos dos aspectos para que no se piense que Moro fomenta una suerte de «cultura de la muerte» al defender lo que hoy llamaríamos «la práctica de la eutanasia voluntaria y el suicidio médicamente asistido». Por el contrario, para Moro debemos organizar la sociedad y el Estado de tal modo que todos los ciudadanos podamos llevar una vida digna y agradable, libre de aquellos sufrimientos que podemos evitar y que nacen de la miseria, la inseguridad, la intolerancia y la ambición desmedida. De hecho, Utopía es una isla imaginaria en la que sus habitantes participan por igual del bienestar material que todos ayudan a producir, en la que todos forman parte de una red de asistencia social y contención, en la que todos se respetan mutuamente en lo que hace a sus creencias religiosas y estilos de vida, etc.

Utopía no es, por cierto, una sociedad perfecta, pero sí una sociedad en la que se han erradicado las causas de muchos males que afligen a nuestro mundo.

La creencia de que el enfermo terminal no puede disponer de su vida, ya que la existencia humana sería «sagrada» y, por ende, «intocable», es uno de esos aspectos que ocasionan mucha infelicidad innecesaria en el mundo.

En la isla de Utopía, todo paciente recibe, por igual, el mejor tratamiento médico que pueda ofrecérsele. Si el paciente sufre una enfermedad incurable, ha de tener acceso a los cuidados paliativos, al mayor bienestar posible para sus últimos días y, sobre todo, al alivio del dolor, en cuanto sea posible. Ahora bien, si un enfermo en tales condiciones no desea seguir viviendo más, tras haber recibido la autorización de las autoridades eclesiásticas y civiles, ha de poder acelerar la llegada de su muerte. Escribe Moro:

«Tratan [en Utopía] a los enfermos con grandes cuidados, sin omitir medicinas ni alimentos capaces de devolverles la salud. Acompañan a los incurables, les dan conversación y les proporcionan, en una palabra, cuanto sea susceptible de aliviar su mal. Si se trata de una enfermedad sin remedio y de continuo dolor, los sacerdotes y magistrados hacen ver al paciente que, pues ya es inútil para los trabajos de la vida, molesto para los demás y una carga para sí mismo, no quiera alimentar por más tiempo su propia peste y corrupción; que siendo su vida un tormento no vacile en morir, antes tenga esperanza de librarse de una vida semejante, como de un potro o tormento, dándose la muerte o consintiendo que otro se la dé; persuádenle a que así obrará sabiamente, a que la muerte será no un mal, sino el término de sus suplicios, y a que siendo éste el consejo de los sacerdotes, intérpretes de la voluntad divina, obrará de manera santa y piadosa.»

Es interesante notar como Moro, tras defender la muerte voluntaria, condena claramente la eutanasia forzada: si alguien, a pesar de su estado terminal y del consejo de las autoridades, no quiere morir, entonces hemos de respetar su voluntad y continuar acompañándolo. Así como no se le puede impedir a un paciente terminal que ponga fin a su vida, si eso es lo que realmente desea, del mismo modo no se le puede obligar a un enfermo a optar por la eutanasia, si no es tal lo que quiere.

«A ninguno, empero, eliminan contra su voluntad, ni dejan de prodigarle sus cuidados, persuadidos a que de este modo obran honradamente.»

En mi opinión, hay otro aspecto que hace a Tomás Moro increíblemente moderno: su énfasis en que el valor la vida humana depende en gran medida de la calidad que esta tenga. La vida merece ser vivida mientras se viva con calidad. Si se vive mal, especialmente a causa de una enfermedad incurable y penosa, de la senectud, etc., entonces la vida pierde su valor. Obviamente, es el individuo quien debe decidir si quiere seguir viviendo o no en tales condiciones. Pero el caso es que la vida humana no tiene valor independientemente de cómo se vive. Y este pensamiento no lo expresa el ideólogo de un régimen racista y eugenésico, sino un escritor renacentista que se declara contra el abuso de la pena de muerte, las guerras, la explotación económica y la intolerancia religiosa.