
Desaparecido un enemigo, surge otro: existen en la historia una multiplicidad sucesiva de enemigos primarios. La historia no se comprende sin la presencia del mal. No existe nada más inteligente que el amor. Inteligencia y amor, en última instancia, son inseparables.
Un enemigo más que necesario es inevitable. La originalidad de Cristo no es sólo el amor al prójimo, sino particularmente el amor al enemigo. La dialéctica amigo-enemigo en términos cristianos no se resuelve con el aniquilamiento del enemigo, sino con la recuperación del enemigo como amigo.
En otro orden de cosas no es así: al enemigo se lo liquida; o lo elimina el estado o el enemigo a liquidar es este último. En la Iglesia las cosas son radicalmente diferentes y cuando la Iglesia no se ha comportado así, la historia se lo ha recriminado, como en ciertos momentos de la Inquisición, y más todavía de las guerras de religión. Con justicia.
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Podríamos decir que se vence a un enemigo asumiendo lo mejor de sus intuiciones y yendo más allá de ellas.
"La verdad del ateísmo libertino es la percepción de que la existencia tiene un íntimo destino de gozo, que la vida misma está hecha para una satisfacción. En otras palabras: el núcleo profundo del ateísmo libertino es una necesidad recóndita de alegría y de belleza".
Es cierto, el ateísmo libertino "pervierte" la belleza, porque la "divorcia de la verdad y del bien, de la justicia". Pero – advierte Methol Ferré – "no se puede rescatar el núcleo de verdad del ateísmo libertino con argumentos o con una dialéctica; y menos aún con prohibiciones, disparando alarmas o dictando reglas abstractas. El ateísmo libertino no es una ideología; es una práctica. A una práctica es necesario oponer otra práctica; una práctica autoconsciente, se entiende, es decir, intelectualmente preparada. Históricamente la Iglesia es el único sujeto presente en la escena del mundo contemporáneo que puede hacer frente al ateísmo libertino. Para mí, sólo la Iglesia es verdaderamente posmoderna".
Es impresionante la sintonía entre esta visión de Methol Ferré y el pontificado de su discípulo Bergoglio, con su rechazo “de la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se imponen con insistencia” y con su insistencia en una Iglesia capaz de “hacer arder el corazón”, de curar todo tipo de enfermedad y de herida, de retribuir felicidad. La alegría del Evangelio.