martes, junio 27, 2017

sábado, junio 24, 2017

FRANCISCO. LOS ADOLESCENTES

CIUDAD DEL VATICANO
Adolescentes inquietos y por esto “medicados” por los padres como si la tristeza típica de esta “fase puente” fuese una “patología”. Madres y padres que intentan ocupar el tiempo de los hijos llenándolos la agenda de obligaciones como si fueran “un alto dirigente”. Adultos eternos Peter Pan que ocupan el espacio de los jóvenes y hacen de todo –desde teñirse el pelo hasta el lifting en “el corazón”-- con tal de disimular el tiempo que pasa, como si “crecer, envejecer fuese algo malo”. Tíos “solterones” que para ganarse la simpatía de sus nietos les enseñan palabrotas u ofrecen cigarrillos. Y aún más: una sociedad “sin raíces” que gasta en cosméticos tanto como en alimentos, ancianos que son abandonados en soledad porque ya no producen, una “golosidad” que lleva a “devorar” más que a nutrirse, a “consumir el consumo”.  

En una mano Amoris laetitia, en la otra la Retórica de Aristóteles, y citando incluso “la gran” Anna Magnani, el Papa Francisco se adentra en el complejo mundo de la educación de los padres a los hijos adolescentes, tema sobre el que la diócesis de Roma ha querido dedicar este año su tradicional Convención eclesiástica que se abre hoy a San Juan de Letrán con la intervención del Pontífice y continúa con los grupos de trabajo y laboratorios en la 38 Prefectura de la diócesis.  

Una elección de la Iglesia de la capital que quiere hacer sentir su cercanía a tantas familias que a menudo están aplastadas por la rutina y los locos ritmos de vida. Si de hecho la relación entre padres e hijos durante la adolescencia es ya un tema de por sí delicado, asume connotaciones arriesgadas en una ciudad como Roma, marcada por problemáticas como: “Las distancias entre la casa y el trabajo (en algunos casos hasta dos horas para llegar); la falta de uniones familiares cercanas a causa del hecho de haberse debido trasladar para encontrar trabajo o para poder pagar un alquiler; el vivir siempre “al céntimo” para poder llegar a final de mes porque el ritmo de vida es cada vez más costoso (en los pequeños pueblos se sobrevive más fácilmente); el tiempo tantas veces insuficiente para conocer los vecinos del lugar donde vivimos; el deber dejar en muchísimos casos los hijos solos...”.  

“Desafíos” y “tensiones” de las que el Papa habla con gran realismo en el largo discurso en la Basílica, donde llega al lado el cardenal vicario saliente, Agostino Vallini, y del sucesor, el obispo Angelo De Donatis. “La vida de las familias y la educación de los adolescentes en una gran metrópoli como Roma exige a la base una atención particular y no podemos tomarla a la ligera. No es lo mismo educar o formar una familia en un pequeño pueblo que en una metrópoli. No digo que sea mejor o mejor, es simplemente diferente”, subraya.  

Bergoglio indica los “presupuestos”; antes que nadie pide pensar, reflexionar y rezar, “en romano”, el dialecto propio de los habitantes de Roma. ¿Por qué? Porque “no pocas veces –explica-- caemos en la tentación de pensar o reflexionar sobre las cosas “en general”, “en abstracto”. Pensar en los problemas, en las situaciones, en los adolescentes... Queremos abrazar todo pero no llegamos a nada”. Entonces es necesario pensar “en dialecto”, es decir, “con las caras de familias concretas y pensando en como ayudaros entre vosotros a educar a vuestros hijos dentro de esta realidad”. 

Otro aspecto importante, continúa el Papa es “la experiencia de sentirnos ’sin raíces’”. En la “sociedad líquida” --o mejor “gaseosa”-- se establece de hecho “el fenómeno creciente de la sociedad sin raíces”, es decir, “personas, familias que poco a poco pierden sus lazos de unión”. Un grave peligro porque, advierte el Pontífice, “una cultura sin raíces, una familia sin raíces es una familia sin historia, sin memoria, sin raíces”. Y “cuando no existen raíces, cualquier viento termina por arrastrarte”.  

Por eso una de las primeras cosas a las que pensar como padres, familias, pastores son “los escenarios donde generar lazos, encontrar raíces, donde hacer crecer esa red vital que nos permita sentirnos en ’casa’”. Las redes sociales parecen “ofrecer este espacio de ’red’”, pero en realidad, éstas, por su misma virtualidad, “nos dejan como ’por el aire’ y por tanto son muy ’volátiles’”. Y “no hay peor alienación para una persona que sentir que no tiene raíces, que no pertenece a ninguno”, afirma Bergoglio.  

Que llama a los padres sobre el hecho de que “tantas veces exigimos a nuestros hijos una excesiva formación en algunos campos que consideramos importantes para su futuro. Los hacemos estudiar una cantidad de cosas para que den el ’máximo’. Pero no damos la misma importancia al hecho que conozcan su tierra, sus raíces”. Los chicos vienen privados “de la conciencia de los genes y de los santos” que los han generado, así como de los “sueños proféticos” de sus abuelos. “Si queremos que nuestros hijos estén formados y preparados para el mañana, no es sólo aprendiendo idiomas (por poner un ejemplo) que lo conseguirán. Es necesario que se conecten, que conozcan sus raíces. Sólo así podrán volar alto, de otra manera serán prisioneros de las ’visiones’ de otros”.  

De aquí la invitación a afrontar “en su conjunto” la fase de la adolescencia que interesa no solo a los jóvenes sino a toda la familia. “Es una fase puente –evidencia el Papa-- y por este motivo los adolescentes no son ni de aquí ni de allí, están en camino, en tránsito. No son niños (y no quieren ser tratados como tales) y tampoco son adultos (pero quieren ser tratados como tales, especialmente a nivel de los privilegios). Viven siempre en esta tensión, con ellos mismos y con quien les rodea. Buscan siempre la comparación, preguntan, lo discuten todo, buscan respuestas, atraviesan diversos estados de ánimo, y las familias con ellos”. No obstante, también destacó el valor positivo de la adolescencia: “Es un tiempo precioso en la vida de vuestros hijos. Un tiempo difícil, sí. Un tiempo de cambios y de inestabilidad, sí. Una fase que presenta grandes riesgos, sin duda. Pero, sobre todo, es un tiempo de crecimiento para ellos y para toda la familia”. 

Parece una pesadilla y sin embargo es “un tiempo precioso en la vida de vuestros hijos”, afirma Francisco, porque a pesar de los riesgos, los cambios y la inestabilidad “es un tiempo de crecimiento” para todos. Cuidado con tratar la adolescencia como una “patología”: “Un hijo que vive su adolescencia (por cuanto pueda ser difícil para los padres) es un hijo con futuro y esperanza. Me preocupa tantas veces la tendencia actual de “medicar” precozmente a nuestros chicos. Para que todo se resuelva medicando o controlando todo con el eslogan: “aprovechar al máximo el tiempo”, y así lo que ocurre es que la agenda de los jóvenes es peor que la de un alto dirigente.  

“Apuntemos bien nuestras ideas dentro de los procesos vitales predecibles”, sugiere el Pontífice. “Existen márgenes que es necesario conocer para no alarmarse, para no ser tampoco negligentes, pero para saber acompañar y ayudar a crecer. No es todo indiferente pero tampoco todo tiene la misma importancia”. Por otra parte “discernir qué batallas hay que hacer y cuáles no”, quizá dejándonos ayudar por parejas con experiencia que no ofrecen “recetas” sino sólo ayuda con su testimonio para “conocer este o aquel margen o gama de comportamientos”.  

Como por ejemplo las ganas de los jóvenes de sentirse protagonistas. “No aman para nada sentirse obligados o responder a ’órdenes’ que vengan de los adultos (siguen las reglas del juego de sus ’cómplices’). Buscan esa autonomía cómplice que les hace sentir ’que mandan sobre ellos mismos’”. Por esto a veces se refugian en los tíos, en aquellos solteros o sin hijos que “para ganarse la estima de los sobrinos” cierran un ojo sobre el primer cigarrillo o les enseñan palabrotas: “Yo las primeras palabrotas las he aprendido de un tío solterón”, cuenta Bergoglio, “nos ofrecía incluso los cigarrillos”. Por tanto, “atentos, no digo que no hagan bien pero estad atentos”.  

Los chicos están en continua búsqueda de los “’vértigos’ que les haga sentirse vivos”. “¡Dénselos!”, pide el Papa, “estimulemos todo lo que les ayude a transformar sus sueños en proyectos”, “proponerles metas amplias, grandes desafíos y ayudarles a realizar, a conseguir sus metas”, “retémosles más de lo que ellos nos retan”. Porque de otro modo irán a buscar este “vértigo” a otro lugar, con quien “pone en riesgo su vida”.  

Esto necesita educadores “capaces de trabajar en el crecimiento de los jóvenes”, que sigan “el ritmo” y no se limiten a “un modelo de educación meramente escolástico, solo de ideas” sino les ayuden a adquirir su autoestima, “a creer que realmente pueden conseguir lo que se propongan”. Tal proceso exige “una alfabetización socio-integrada, es decir, una educación basada en el intelecto (la cabeza), los afectos (el corazón) y las habilidades (las manos). Urge crear lugares donde la fragmentación social no sea el esquema dominante”, subraya el Pontífice; a lo largo del camino dejamos a los analfabetos emotivos y a los jóvenes con proyectos incumplidos porque no han encontrado quien les enseñase a “hacer”. Hemos concentrado la educación en el cerebro dejando de lado el corazón y las manos. Y esta es también una forma de fragmentación social”.  

En su discurso el Papa reflexiona también sobre la nueva “dinámica ambiental” de los jóvenes que “quieren ser ’grandes’” y de los “grandes” que “quieren ser o se han convertido en adolescentes”. “Hoy hemos pasado de la comparación a la competición. Nuestros jóvenes encuentran hoy mucha competición y pocas personas con las que compararse. El mundo adulto ha acogido como paradigma y modelo de éxito la ’eterna juventud’”. Parece que crecer, envejecer, “estacionarse” es un mal. Un sinónimo de vida frustrada o agotada. Hoy parece que todo se enmascara o se disimula, como si el mismo hecho de vivir no tuviese sentido”.  

“Me da pena que se quiera hacer un lifting al corazón. Cómo es triste que alguien quiera borrar las ’arrugas’ de tantos encuentros, de tantas alegría y tristezas”, exclama Bergoglio recordando la famosa frase de la célebre actriz Anna Magnani que a su maquillador le dijo: “Déjame todas las arrugas, no me quites ni siquiera una. He tardado una vida en haberlas”.  

Hoy es difícil escuchar ciertas frases. Es más, las estadísticas cuentan que el mayor gasto está en el campo de la cosmética, casi tanto como para la comida. Y si antes “la cosmética era cosa de mujeres, ahora es igual para ambos sexos”. “Es feo esto”, admite el Papa Francisco, confesando, “a mí me da pena cuando veo a uno, igual elegante, que se tiñe el pelo”. Para el Papa “una de las amenazas ’inconscientes’ más peligrosas en la educación de nuestros adolescentes” es precisamente este “excluirles de sus procesos de crecimiento porque los adultos ocupan su puesto”. Adultos que “no quieren ser adultos y que quieren jugar a ser adolescentes para siempre”. Esta “marginación” --pone en preaviso-- puede aumentar una tendencia natural que tienen los jóvenes a aislarse o a frenar sus procesos de crecimiento ante la falta de un referente en el que reflejarse”. 

El Obispo de Roma afronta después un último punto: la austeridad. En “un contexto de consumismo muy fuerte”, en el que “parece que estamos obligados a consumir consumo”, es “urgente –dice-- recuperar aquel principio espiritual tan importante y devaluado” de la austeridad. “Educar en la austeridad es una riqueza incomparable”, afirma el Obispo de Roma, porque “abre a los otros” y nos saca de la “vorágine” que induce “a creer que valemos tanto como lo que somos capaces de producir y de consumir, lo que somos capaces de tener”. El Papa la define como una especie de “celos espirituales”, la actitud del “tragar comiendo”. Nos hará bien, insiste, “educarnos mejor, como familia, y dar espacio a la austeridad como vía para encontrarse, tirar puentes, abrir espacios, crecer con los otros y para los otros”.  

Antes de la cita en la Basílica de San Juan de Letrán, el Papa Francisco se ha reunido con un grupo de unos 30 refugiados y solicitantes de asilo acogidos en las parroquias de Roma, entre los que se encontraban algunos niños. A su lado estaba el cardenal Vallini que, a quien ha agradecido públicamente en la Basílica por su ministerio de una década que se concluirá el próximo 29 de junio, con una broma: “El cardenal no se jubila porque está en seis congregaciones, y un napolitano sin trabajo sería una calamidad en la Diócesis”.

viernes, junio 23, 2017

jueves, junio 22, 2017

Grimaldi: «No es que sean religiosos y se fanaticen; son fanáticos y la religión es su coartada»

El filósofo Nicolas Grimaldi (París, 1933), profesor emérito de la Universidad de la Sorbona, ha dedicado su último libro, «Los nuevos sonámbulos» (Editorial Pasos Perdidos), a reflexionar sobre las raíces del fanatismo y de los terroristas que asesinan en nombre de una idea como si fueran sonámbulos. La prensa francesa se debate sobre si el fenómeno de Daesh en Europa se debe a la islamización del radicalismo, sostenido por el islamólogo Olivier Roy, o a la radicalización del islam, defendido por su colega Gilles Kepel. «Para Roy, todo tiene que ver más con el nihilismo de la juventud, antes con las Brigadas Rojas en Italia, o la Facción del Ejército Rojo, en Alemania, y ahora con estas «brigadas verdes», dijo Kepel a este periódico en una entrevista el pasado diciembre. «Olivier Roy considera que la ideología no tiene ninguna importancia. No digo solo que sea únicamente la radicalización del islam, hay que tener en cuenta los factores sociales, pero él exonera el islam de todo. No se trata de criminalizar el islam, sino de ver que hay una guerra en el seno de la religión para lograr la hegemonía». En su libro, Grimaldi compara los fanatismos, va a su raíz en el hombre y sus apariciones en campos tan insospechados como el arte.


En su ensayo sostiene que el fanatismo ha existido y existirá siempre.

Estamos frente a un hecho sociológico muy banal y expandido. Hay que recordar el mes de junio de 1848 en Francia o en 1870-1871, años en los que se degüella al obispo por ser obispo. También, las Brigadas Rojas en los años de plomo en Italia o la Fracción del Ejército Rojo en los años 70. No eran musulmanes y la religión no aparece en esos hechos. Hay un problema sociológico o psicopatológico porque una parte de la humanidad no se reconoce en la otra. Para que el fanatismo se desarrolle hace falta una grieta que desgarre la sociedad entera. Su origen puede ser económico, cultural o psicológico. Pero no hay ninguna homogeneidad en esos fanáticos: no son todos musulmanes. Unos han sido creados en familias católicas, luteranas sin problemas y de repente sus compañeros reconocen en ellos un radicalismo. Nadie sabe qué ha pasado. Mi ensayo no intenta dilucidar el origen de esa grieta en la sociedad sino el muelle de cualquier fanatismo.

Insiste en que los fanáticos suprimen la realidad y actúan como si estuvieran ciegos.

Cualquier creencia consiste en tomar una ficción, un relato, algo novelesco, por algo real. Tomar una ficción por una realidad y luego considerar la realidad como un pequeño obstáculo para la realización de un sueño. Ocurre cada día. Este fenómeno es propio del sueño y también del juego. Cuando soñamos, toda la realidad se borra y es algo irreal que nos obsesiona y nos invade, parecido al juego, aunque este es deliberado y el sueño, involuntario. Lo que se observa en esos deportistas es como si su exigencia fuera el juego, como si su misma existencia fuera un sueño deliberado, mientras que el sueño es involuntario: me decido a jugar, me pongo a jugar.

«Todos podemos ser fanáticos»
Se dice que los fanáticos de Daesh tienen conocimientos precarios del islam. ¿Siempre ha sido así con otros fanatismos?

La Filosofía clásica ha pensado en general que la creencia era la consecuencia de un conocimiento precario, débil, como si se tratase de un tímido ante el conocimiento. Y me parece que es una equivocación. Lo mismo describió Ortega y Gasset en «El Espectador». Decía que los fanáticos eran aquellos que tomaban una creencia como algo más válido que cualquier evidencia. La creencia no sigue una timidez de conocimiento sino una arrogancia de la voluntad: creo porque me gusta creer, que cuando creo, creo lo que me gusta y lo que quiero creer. Siempre hemos pensado o creído que lo verdadero se impone por su misma naturaleza. Ahora bien, la experiencia nos pone en evidencia lo contrario. Por eso, en el ensayo recuerdo las discrepancias entre los pintores más famosos del S. XIX, y luego que esa discordancia terminó en el Dadaísmo.

¿También eran fanáticos los negacionistas del Holocausto?

Sí. Aunque hubiera 100.000 testimonios de víctimas de los campos de concentración, aunque los ejércitos rusos y americanos entraran en Alemania y grabaran lo que vieron, unos pocos no quieren creer y es un efecto de su voluntad. Les viene posible negar lo que saben, y aunque lo sepan no quieren creerlo. En el libro, evoco el atentado de Charlie Hebdo y me planteo que si esos jóvenes hubiesen buscado en Francia gente que les tuviera más simpatía y connivencia, no habrían podido encontrar a nadie como esos periodistas. Compartían ese militantismo contra el colonialismo y neocolonialismo, esa contracultura, etc. Eran sus «mejores amigos» y querían matarlos y los mataron. ¿Por qué? No quieren saber lo que saben. No quieren ver la realidad aunque actúen sobre ella. Se han hecho ciegos a la realidad. Están obsesionados por una idea. No es que sean religiosos y se hacen fanáticos, sino que son fanáticos y la religión les propone una coartada, algo para justificar su juego.

martes, junio 20, 2017

domingo, junio 18, 2017