Sugerencias para un cristianismo del siglo XXI: dialogante, comprometido, plural, vocacional, misionero, en crecimiento
martes, septiembre 30, 2025
jueves, septiembre 25, 2025
TE ODIO, FRANCISCO
por Chili Obando
Te odio, Francisco, porque no fuiste un Papa, fuiste un escándalo.
Porque cuando todos esperaban un monarca, vos apareciste con olor a calle y a Evangelio.
Te odio porque te bajaste del trono de Pedro y te subiste al bondi con nosotros.
Te odio porque no quisiste vivir en un palacio.
Porque elegiste una piecita chiquita en la Casa Santa Marta, como si la humildad fuera la única corona que te interesaba.
Te odio porque comías con los empleados y no con los príncipes de la Iglesia.
Porque abriste las puertas del Vaticano y dejaste entrar el barro de la humanidad.
Te odio porque te llamaste Francisco, como el loco de Asís.
Y los locos, Francisco, nos desordenan el alma.
Nos hacen ver que el amor no es cómodo, ni diplomático, ni tibio.
Te odio porque no hablaste como un Papa, hablaste como un abuelo sabio que acaricia con las palabras y sacude con el ejemplo.
Te odio porque antes fuiste Jorge.
Ese cura del subte, del mate compartido, de los pies lavados en las villas.
Te odio porque no te importaba caerle bien al poder, te importaba que el pobre no cayera del mundo.
Te odio porque metiste presos a cientos de pedófilos y echaste a cardenales corruptos, sin miedo, sin cálculo.
Te odio porque te animaste a limpiar la casa por dentro, y eso duele.
Te odio porque dijiste lo que nadie se animaba a decir.
Te odio porque no viniste a Argentina.
Porque nos dejaste con las ganas.
Porque nos obligaste a amarte a la distancia, como se ama a los que duelen.
Te odio porque sos peronista.
Y te odio más porque jamás te disculpaste por eso.
Porque tu política era el Evangelio, y eso sí que incomoda.
Te odio porque nos pediste que cuidemos a los viejos y a los niños.
Porque nos hiciste mirar a los costados, cuando preferíamos mirar para arriba.
Te odio porque nos sacaste de la comodidad de las parroquias y nos empujaste a salir, a embarrarnos, a ir al encuentro.
Te odio porque le diste valor a los pequeños gestos.
A ese “buen día” al portero, al “perdón” en casa, al abrazo que llega antes del juicio.
Te odio porque nos invitaste a soñar siempre, y eso es peligroso.
Porque los que sueñan no se conforman.
Te odio porque hiciste de la misericordia tu bandera.
Porque abriste las puertas del Jubileo y nos dijiste que el perdón es un derecho divino, no un premio de los buenos.
Te odio porque abrazaste a los presos, lavaste sus pies, y dijiste que nadie está perdido para siempre.
Te odio porque en Lampedusa lloraste por los migrantes muertos en el mar.
Porque lanzaste flores al agua como quien pide perdón por todo lo que no hicimos.
Te odio porque dijiste que el Mediterráneo se convirtió en un cementerio, y nos dolió.
Te odio porque nunca te diste por vencido.
Porque con 88 años, en silla de ruedas, seguías viajando, hablando, amando, denunciando.
Te odio porque hiciste más con un pulmón solo que muchos con el cuerpo entero.
Te odio porque nombraste cardenales de los márgenes: de los barrios, de África, de Asia, de la periferia.
Porque volviste a decirnos que el centro está en las orillas.
Y te odio porque nos diste vuelta el mapa.
Te odio porque te arremangaste en el Sínodo y escuchaste más de lo que hablaste.
Porque no tuviste miedo de abrir debates, ni de que la Iglesia se parezca al pueblo de Dios, con sus dudas, sus búsquedas, sus heridas.
Te odio porque fuiste a lugares donde nadie iba.
Porque fuiste el primer Papa en pisar Irak.
Porque en Filipinas reuniste la multitud más grande de la historia, y no fue por vos, fue por la esperanza que llevabas.
Te odio porque hablaste en el Capitolio de Estados Unidos y les recordaste que los inmigrantes también tienen rostro y nombre.
Porque en la ONU no hablaste de geopolítica, hablaste de humanidad.
Porque cuando decías “no a la guerra”, yo sentía que me estabas hablando a mí, no a los líderes, sino al tipo común que ya se había resignado.
Te odio, Francisco, porque me hiciste volver a creer que la Iglesia puede parecerse a Jesús.
Porque nos mostraste que el poder, si no sirve, no sirve para nada.
Porque nos dejaste una Iglesia con olor a Evangelio, no a naftalina.
Te odio porque sonreías con los ojos.
Y eso desarma a cualquiera.
Porque en medio del barro,
en medio de tanta miseria y tanto miedo,
vos encontrabas ternura.
Y eso… eso también salva.
Te odio, Francisco,
porque abrazaste a los gays,
a la comunidad LGTB,
a quienes siempre fueron dejados al margen.
Porque cuando todos les daban la espalda,
vos abriste los brazos.
Y no preguntaste cómo vivían.
Preguntaste si sabían que eran amados por Dios.
Te odio, Francisco…
porque te hiciste querer con una fuerza brutal, de esas que no se olvidan.
Porque nos mostraste que el amor verdadero incomoda, desinstala, exige.
Te odio porque tu muerte no es ausencia, es desafío.
Te odio porque ahora te volviste semilla.
Y las semillas, Francisco, ya sabemos lo que hacen:
se entierran, duelen, desaparecen…
y después revientan en vida.
Ahora te odio, Francisco,
porque ya no puedo mirar el mundo sin preguntarme
qué harías vos si estuvieras acá.
Y lo peor, Francisco…
es que me dejaste con la respuesta.
Porque cuando todos esperaban un monarca, vos apareciste con olor a calle y a Evangelio.
Te odio porque te bajaste del trono de Pedro y te subiste al bondi con nosotros.
Te odio porque no quisiste vivir en un palacio.
Porque elegiste una piecita chiquita en la Casa Santa Marta, como si la humildad fuera la única corona que te interesaba.
Te odio porque comías con los empleados y no con los príncipes de la Iglesia.
Porque abriste las puertas del Vaticano y dejaste entrar el barro de la humanidad.
Te odio porque te llamaste Francisco, como el loco de Asís.
Y los locos, Francisco, nos desordenan el alma.
Nos hacen ver que el amor no es cómodo, ni diplomático, ni tibio.
Te odio porque no hablaste como un Papa, hablaste como un abuelo sabio que acaricia con las palabras y sacude con el ejemplo.
Te odio porque antes fuiste Jorge.
Ese cura del subte, del mate compartido, de los pies lavados en las villas.
Te odio porque no te importaba caerle bien al poder, te importaba que el pobre no cayera del mundo.
Te odio porque metiste presos a cientos de pedófilos y echaste a cardenales corruptos, sin miedo, sin cálculo.
Te odio porque te animaste a limpiar la casa por dentro, y eso duele.
Te odio porque dijiste lo que nadie se animaba a decir.
Te odio porque no viniste a Argentina.
Porque nos dejaste con las ganas.
Porque nos obligaste a amarte a la distancia, como se ama a los que duelen.
Te odio porque sos peronista.
Y te odio más porque jamás te disculpaste por eso.
Porque tu política era el Evangelio, y eso sí que incomoda.
Te odio porque nos pediste que cuidemos a los viejos y a los niños.
Porque nos hiciste mirar a los costados, cuando preferíamos mirar para arriba.
Te odio porque nos sacaste de la comodidad de las parroquias y nos empujaste a salir, a embarrarnos, a ir al encuentro.
Te odio porque le diste valor a los pequeños gestos.
A ese “buen día” al portero, al “perdón” en casa, al abrazo que llega antes del juicio.
Te odio porque nos invitaste a soñar siempre, y eso es peligroso.
Porque los que sueñan no se conforman.
Te odio porque hiciste de la misericordia tu bandera.
Porque abriste las puertas del Jubileo y nos dijiste que el perdón es un derecho divino, no un premio de los buenos.
Te odio porque abrazaste a los presos, lavaste sus pies, y dijiste que nadie está perdido para siempre.
Te odio porque en Lampedusa lloraste por los migrantes muertos en el mar.
Porque lanzaste flores al agua como quien pide perdón por todo lo que no hicimos.
Te odio porque dijiste que el Mediterráneo se convirtió en un cementerio, y nos dolió.
Te odio porque nunca te diste por vencido.
Porque con 88 años, en silla de ruedas, seguías viajando, hablando, amando, denunciando.
Te odio porque hiciste más con un pulmón solo que muchos con el cuerpo entero.
Te odio porque nombraste cardenales de los márgenes: de los barrios, de África, de Asia, de la periferia.
Porque volviste a decirnos que el centro está en las orillas.
Y te odio porque nos diste vuelta el mapa.
Te odio porque te arremangaste en el Sínodo y escuchaste más de lo que hablaste.
Porque no tuviste miedo de abrir debates, ni de que la Iglesia se parezca al pueblo de Dios, con sus dudas, sus búsquedas, sus heridas.
Te odio porque fuiste a lugares donde nadie iba.
Porque fuiste el primer Papa en pisar Irak.
Porque en Filipinas reuniste la multitud más grande de la historia, y no fue por vos, fue por la esperanza que llevabas.
Te odio porque hablaste en el Capitolio de Estados Unidos y les recordaste que los inmigrantes también tienen rostro y nombre.
Porque en la ONU no hablaste de geopolítica, hablaste de humanidad.
Porque cuando decías “no a la guerra”, yo sentía que me estabas hablando a mí, no a los líderes, sino al tipo común que ya se había resignado.
Te odio, Francisco, porque me hiciste volver a creer que la Iglesia puede parecerse a Jesús.
Porque nos mostraste que el poder, si no sirve, no sirve para nada.
Porque nos dejaste una Iglesia con olor a Evangelio, no a naftalina.
Te odio porque sonreías con los ojos.
Y eso desarma a cualquiera.
Porque en medio del barro,
en medio de tanta miseria y tanto miedo,
vos encontrabas ternura.
Y eso… eso también salva.
Te odio, Francisco,
porque abrazaste a los gays,
a la comunidad LGTB,
a quienes siempre fueron dejados al margen.
Porque cuando todos les daban la espalda,
vos abriste los brazos.
Y no preguntaste cómo vivían.
Preguntaste si sabían que eran amados por Dios.
Te odio, Francisco…
porque te hiciste querer con una fuerza brutal, de esas que no se olvidan.
Porque nos mostraste que el amor verdadero incomoda, desinstala, exige.
Te odio porque tu muerte no es ausencia, es desafío.
Te odio porque ahora te volviste semilla.
Y las semillas, Francisco, ya sabemos lo que hacen:
se entierran, duelen, desaparecen…
y después revientan en vida.
Ahora te odio, Francisco,
porque ya no puedo mirar el mundo sin preguntarme
qué harías vos si estuvieras acá.
Y lo peor, Francisco…
es que me dejaste con la respuesta.
martes, septiembre 23, 2025
EL BEBÉ MUERTO DEL ÁNGELUS DE MILLET
Decía Salvador Dalí, obsesionado con este cuadro, que esta era la “obra pictórica más íntimamente turbadora, la más densa”.
El realista Millet pinta otra de sus escenas campestres con gente humilde y trabajadora, convenciéndonos casi de que va a ser verdad eso de que el trabajo dignifica.
En un páramo casi desierto, dos campesinos interrumpen sus labores en el campo para rezar el Ángelus (una oración diaria del catolicismo). Sus caras no se ven, pero sólo con sus gestos (cabeza agachada, sombrero en mano, manos al pecho…) expresan más información y matices poéticos que ningún otro cuadro de la historia del arte.
El contraste lumínico desde luego ayuda a palpitar el corazón del espectador.
Más aún si sabemos cual era la intención inicial del pintor: Gracias a un análisis con rayos X, sabemos que Millet situó en un principio donde está el cesto del suelo un ataúd infantil con el bebé fallecido de la pareja protagonista.
Al parecer, Millet se dio cuenta de que con bebés muertos quizás la burguesía no compraría tan bien el cuadro, así que transformó el entierro del hijo de la pareja de campesinos en un momento de oración e intimidad. Aún así, la tristeza en el ambiente sigue intacta.
Millet deja atrás con cuadros como este el individualismo y la superficialidad del romanticismo y crea una de las obras maestras indiscutibles del arte universal.
Créditos: HA Historia Arte
Título original: L'Angélus (El Ángelus)
Artista: Jean Francois Millet
Museo: Museo d’Orsay, París (Francia)
Técnica: Óleo (55,5 x 66 cm.)
Escrito por: Miguel Calvo Santos
MÁS DEL ARTE
https://tapthe.link/HistoriadelarteEn10Minutos
https://tapthe.link/ElAngelusEn2minutos
miércoles, septiembre 17, 2025
DIÁLOGO SEGÚN SALVADOR ILLA Y LUIS ARGÜELLO
Comienza realmente en el minuto 30 (!) Fragmento de una de las aportaciones de Luis Argüello:
Una propuesta de diálogo parte de que hace falta una pedagogía que parte de la escucha, lo cual supone no demonizar al otro. Hoy en España hay dificultades para dialogar porque nos demonizamos unos a otros y decimos “con estos no se puede hablar”
Luego hay que respetar el “logos” (“razón”), y la razón dice de búsqueda permanente de la verdad.
Luego nombrar en qué estamos de acuerdo, ¿cómo no vamos a estar en algo de acuerdo?
Atrevernos a nombrar en qué estamos en desacuerdo.
¿Cómo podemos abordar el desacuerdo desde el acuerdo?
¿Qué podemos compartir? ¿Qué tenemos que guardar porque humildemente reconocemos que estamos en posiciones diferentes?
Para la superación de la dialéctica de contrarios hace falta mirar a un tercero y si es un doliente mejor.
miércoles, septiembre 10, 2025
Miden la huella en la salud mental de los jóvenes que empezaron a usar el móvil antes de los 13 años
Maria Toldrà Madrid/El mundo
Pensamientos suicidas, agresividad, sensación de estar desconectado de la realidad y alucinaciones.Estos son solo algunos de los síntomas que desarrollarían los adolescentes si han adquirido un móvil antes de los 13 años.
Pensamientos suicidas, agresividad, sensación de estar desconectado de la realidad y alucinaciones.Estos son solo algunos de los síntomas que desarrollarían los adolescentes si han adquirido un móvil antes de los 13 años.
Así lo revela un estudio global con más de 100.000 jóvenes, publicado en la revista Journal of Human Development and Capabilities. El informe, elaborado por un grupo de expertos de Sapien Labs (EEUU), la institución que gestiona la base de datos más grande del mundo sobre bienestar mental, concluye que los jóvenes de entre 18 y 24 años que recibieron su primer teléfono móvil a los 12 años o antes tienen una mayor probabilidad de presentar problemas de salud mental.
Como explica Javier Albares, neurofisiólogo y miembro de la Sociedad Española del Sueño y de la European Sleep Research Society, el uso excesivo de pantallas, dependiendo de la edad, especialmente en pleno neurodesarrollo, representa un problema. «Lejos de mejorar su inteligencia, aprendizaje o salud mental, como nos había prometido la industria tecnológica, ocurre prácticamente lo contrario», aclara.
Existe una relación directa en esta situación: a mayor número de horas de uso de pantallas en niños y adolescentes, se observan más trastornos de ansiedad, mayor impulsividad, irritabilidad y un incremento en los trastornos del estado de ánimo. Esto ocurre porque los teléfonos hiperestimulan el sistema nervioso central y desregulan las emociones.
Además, hay que tener en cuenta que su efecto acumulativo conlleva otras consecuencias. Las horas de scroll nocturno interminables reducen la liberación de la hormona del crecimiento, que se produce principalmente durante la fase profunda del descanso. La privación de sueño afecta directamente al desarrollo físico y neurológico.
NO A LAS PANTALLAS HASTA LOS 18
Albares, también autor de Generación Zombie (Península), una obra que aborda cómo los móviles y las tabletas moldean a toda una generación, recomienda que los adolescentes no tengan acceso a un dispositivo móvil hasta los 18 años. «No lo digo yo a tono personal, es lo que recomienda la Sociedad Española de Pediatría o la Sociedad Euroamericana de Pediatría. El uso temprano del móvil se asocia con problemas de salud mental en adolescentes», argumenta.
Aunque es una situación complicada debido a la presión social, para el experto es fundamental alejar a los niños menores de seis años de las pantallas. «Entre los seis y los 12 años, el tiempo de exposición debería ser inferior a una hora y siempre supervisado por adultos, especialmente por el tipo de contenido. A partir de los 12 y hasta los 18, lo ideal sería limitar el uso a no más de una hora y media», continúa.
Por su parte, Tara Thiagarajan, neurocientífica y autora principal del estudio, insta a las autoridades de todo el mundo a adoptar un enfoque preventivo, similar al que se aplica con el alcohol y el tabaco. «Se debería restringir el acceso a los teléfonos inteligentes a los menores de 13 años, exigir educación en alfabetización digital y establecer mecanismos de rendición de cuentas para las empresas», denuncia a través de una nota de prensa.
«Se sabe que el alcohol es perjudicial a cualquier edad, pero especialmente durante la etapa de neuromodulación, neuroformación y crecimiento, que es la adolescencia. Si su venta está prohibida hasta los 18 años por sus efectos nocivos, ¿por qué no se aplica el mismo criterio con las pantallas?», se pregunta Albares.
Asimismo, los padres también tienen responsabilidades y deben establecer límites claros. Para el experto, es fundamental que esas normas sean coherentes: «No podemos decirles que no usen el móvil mientras nosotros lo tenemos entre las manos». Entre las recomendaciones, destaca la prohibición del uso de dispositivos en los dormitorios. «Es muy importante explicar a los jóvenes que estas normas no son un castigo, sino un acto de amor», remacha el experto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





