Después de unos días para asentar en el corazón tantos momentos de gracia por la visita del Papa León XIV a nuestra Diócesis de Canarias, hoy me atrevo a escribir unas letras de gratitud y poder compartir cómo vivimos D. Olegario y un servidor este momento.
Como muchos ya sabemos, D. Ole es el sacerdote más anciano de la Diócesis, con 99 años y 75 años de sacerdocio. Lleva meses esperando la visita del Papa. Cada día, al abrir esos ojos azules que Dios le regaló y con esa mirada de niño, decía: «Que estos días venga el Papa». Y, al preguntarle, decía: «Estoy ilusionado».
D. Ole vive ahora su última etapa, como él bien dice, en medio de una oración profunda, silenciosa, pero repasando cada día los sagrarios de la Diócesis, el listado de los sacerdotes vivos y la lista inmensa de los sacerdotes difuntos por los que reza. Sigue fiel a la Liturgia de las Horas en su tablet y da gusto verlo cómo se maneja. Es un sacerdote atento a sus hermanos sacerdotes enfermos. Impresiona la capacidad que tiene para preguntar por cada uno. Es una de sus características más fuertes: cómo ama y cuida la fraternidad sacerdotal. Un sacerdote que vive su ministerio a pesar de su débil estado de salud, con mucha alegría, con lucidez y muy abandonado en la voluntad de Dios.
Llegó el día del encuentro con el Santo Padre. Todo preparado para que D. Ole pudiera ir a la catedral. Sus sobrinas nos prepararon todo para que fuera guapo, y el magnífico equipo de empleados del hogar facilitó todos los cuidados.
D. Ole no cabía de alegría. Nos dirigimos con todos los sacerdotes del hogar hasta la catedral. Para él había un puesto en primera fila. La Providencia de Dios hizo que pudiera quedar junto a él y gozar del encuentro con el Papa. Estoy agradecido por el gesto de quien me acercó una silla.
D. Ole no parpadeaba mirando al Papa. Al terminar, una de las personas de la seguridad del Papa nos indicó que nos acercáramos a saludarle, puesto que D. Olegario tenía un pase especial. Pero D. Eugenio Peñate se adelantó y comenzó a hablar con el Santo Padre con esa voz tronera, debido a su dificultad auditiva.
Le tocó el momento a D. Ole. El Papa se acercó a D. Olegario mientras D. José, nuestro obispo, le decía quién era. Justo detrás estaba yo y, en un momento, el Papa me miró y aproveché para decirle más alto que era D. Olegario, el sacerdote más anciano, con 99 años y 75 de ordenación. Entonces el Papa le agarró fuerte las manos y añadí:
«Su Santidad, él lleva mucho tiempo esperándole ilusionado y le gustaría poder abrazarle».
Entonces el Papa se bajó y le dio un efusivo abrazo.
«También puede besarle el anillo».
Ya en el hogar y dejando a D. Ole en su cama, me miró con una mirada cargada de emoción y me agradeció el momento.
Le dije:
—Va, D. Oe, si le tengo que dar las gracias yo a usted por haberme dado la oportunidad de saludar al Papa.
Y a los dos se nos saltaron unas lágrimas.
Por la tarde, ya en el estadio y en la zona reservada para que el Santo Padre entrara a la sacristía, nos saludó uno a uno a los que íbamos a servir en la liturgia de la Misa, junto con el grupo de señoras que habían estado días y días preparando todo lo referido a la dignidad de los ornamentos litúrgicos.
Cuando tuve delante al Papa le dije:
—Su Santidad, muchísimas gracias por el abrazo de padre y hermano con D. Olegario esta mañana en la catedral.
Me miró con naturalidad y, con sus ojos emocionados, asintió con la cabeza y me apretó las manos con las suyas.
Ya al terminar la Misa y a la espera de que el Papa dejara aquella zona, le saludamos a través del cristal donde estábamos. Él se volvió y nos saludó con la mano.
Pero el gesto que más nos conmovió a todos fue cuando, ya por el césped y con medio cuerpo fuera del coche, le empezamos a cantar:
«¡Papa León, le queremos un montón!».
Salió del coche, dirigió directamente su mirada hacia nosotros y nos regaló esa mirada de padre complaciente que quiere corresponder al afecto y al amor.
Este encuentro con el Santo Padre nos ha dejado el recuerdo sonoro de una paternidad afectiva fuerte, natural y reconciliadora. Acercarse al Papa sin miedo, con naturalidad.
Gracias, Santo Padre. Queremos que nuestra Diócesis siga respirando las bendiciones y gracias que Dios ha derramado por medio de usted.
Pbro. Nicanor Bermúdez Páez
Sacerdote Diocesano de Canarias.
