domingo, abril 19, 2026

Los discípulos de Emaus (Pascua III, A,B,C)





Eduardo Sanz de Miguel, ocd

El relato de los discípulos de Emaús, que se lee hoy en misa, muestra una paradoja de la vida espiritual: los discípulos caminaban junto a Jesucristo, pero no lo reconocían. No estaban ciegos, sino condicionados por sus recuerdos del pasado. Habían conocido a Jesús como maestro, y esperaban que el Mesías actuara de un modo concreto (como rey poderoso). Cuando el Resucitado se acercó a ellos como un sencillo caminante, su memoria se convirtió en un velo. Solo cuando escucharon de nuevo las Escrituras y lo reconocieron al partir el pan comprendieron que Dios puede hacerse presente de formas siempre nuevas, más allá de nuestras expectativas.

La enseñanza de Juan de la Cruz ayuda a comprender esta experiencia. El santo explica que la memoria debe purificarse por la virtud de la esperanza: no se trata de olvidar lo vivido, sino de no quedar prisioneros de ello. Si esperamos que Dios actúe siempre como lo hizo en el pasado, corremos el riesgo de no reconocer su presencia en el presente. Dios nunca se repite; siempre se adapta a nuestra situación concreta y nos sale al encuentro de maneras nuevas. Cuando el corazón se libera del apego a sus recuerdos, recupera la capacidad de asombro y descubre que el Resucitado sigue caminando con nosotros en el presente de nuestra vida. 

ENCUENTRO DE EMAUS
(Lc. 24,13-35)
Manuel Velazquez Martín

Después de la muerte de Jesús, dos de sus discipulos, para sanar las heridas del dolor y del olvido, se dirigen a la aldea de Emaus buscando un sitio tranquilo, lejos de Jerusalén, la gran ciudad que asesina a los Profetas...

Ellos habían confiado en que Jesús sería el liberador de Israel y se habían comprometido con su causa... pero el escándalo de la cruz los había derrumbado... y habían perdido la fe y la esperanza.

Ahora se encuentran tristes y desolados, huyendo de la angustia y el fracaso... discutiendo entre ellos y enredados en un laberinto, sin salida... 
Quisieran olvidar... pero no pueden... 
Por eso quizás andan buscando, un lugar apartado para el descanso y para un retiro sanador.... 

Pero las profundas heridas del alma no se curan fácilmente con desplazamientos o con simples descansos vacacionales... ni tampoco el paso del tiempo, lo puede curar todo, como dicen algunos...
Hay desgarros que necesitan  un tratamiento bastante más eficaz.

Por eso, el mismo Jesús resucitado, medicina de Dios para este mundo, se pone a caminar a nuestro lado, sin ser reconocido, y nos pregunta de que vamos hablando por el camino. 
Porque el camino de Emaus es también nuestro camino... el camino de nuestro propio corazón, tantas veces herido, desencantado y encerrado en sí mismo.

Mientras caminamos tristes Él se acerca a nosotros respetuoso y nos pregunta interesado por nuestras dudas, temores y desánimos...
Y a través 
- de su cálida Palabra, desbloquea nuestra mente...
Y a través 
- de la fracción del Pan, hace caer la venda de nuestros ojos  para que le podamos reconocer. 

Y esta impronta que nos deja Jesús es la clave de la experiencia pascual de aquellos discípulos y de cada uno de nosotros.
Por eso, aunque la Vigilia Pascual tenga un día señalado en el calendario, el encuentro real de cada uno de nosotros con el Resucitado, tiene su propio momento:
Hay quien no pudo esperar a que amaneciera para andar buscando en el sepulcro al despuntar la aurora del día primero de la semana, como María Magdalena ... y hay quien, con una gran sensación de fracaso, como estos dos de Emaus, se van de retirada con sus esperanzas rotas.

Pero a todos nos llega el momento... porque Jesús 
- a todos nos busca y
- a todos nos alcanza.
A todos nos llega el momento de salir de nuestros miedos para empezar a "ver" con los ojos del corazón y aprender a descubrir la realidad de cada día, con los ojos de Jesús... y salir corriendo, para contarlo a los demás. 

Y quisiera terminar mi reflexión, pidiendo que miréis con atención, la reproducción del muralista Manuel Ruiz Ortega, que pongo al final del texto, en la que os destaco varios detalles significativos. 
En primer lugar, podéis  observar como la escena está definida por dos grandes diagonales de luz que parten de la figura de Jesús y de la luz solar que entra por el ventanal.
Es el momento en que Jesús 
pronuncia la bendición y parte el pan... y también el momento en que ellos lo reconocen.
Por otro lado, Cleofas, el único del que sabemos su nombre, tiene su mano en el corazón para indicar que ha prendido en él el fuego del Espíritu a través de su Palabra y con una postura de gran dinamismo, con el gesto de su pie izquierdo, que indica 
que se está levantando de la mesa, para salir corriendo. 
Y por último, el otro discípulo, que no tiene nombre, que viene a ser como, una invitación a que el observador se identifique con él... y que sintamos  que somos, cada uno de nosotros ese personaje y  que llenos de asombro, sentados con las manos abiertas al misterio, en la mesa de cada eucaristía...
Y dispuestos siempre a desandar el camino del desanimo para dar testimonio de Jesús resucitado, llenos de alegría y de entusiasmo.



Resucitados
Lidia

Si nos anclamos al pasado, no avanzamos. encuentro un símil como madre. Cuando los hijos crecen, esperamos que sigan siendo niños, aunque hayan crecido y tengan su propia forma de ser. 

No hay más ciego que el que no quiere ver, aún teniendo la verdad ante  nuestros ojos

Como decía el
Principito: sólo se puede ver bien con el corazón. 
Lo que nuestra cabeza sabe lo ha de asimilar nuestro corazón para adaptarnos a la nueva situación.

Y adaptarnos a la nueva situación es como una resurrección.

El momento de partir el pan es clave, es el momento en que reaccionan, para adaptarse a la nueva situación. Como decía Piaget, es como un proceso de adaptación: asimilación-acomodación ( a la nueva realidad), para que se produzca un equilibrio.
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domingo, abril 12, 2026

También nuestros enemigos son sacramento

Tomás Martín/www.solidaridad.net

La idea del otro como sacramento responde a la intuición profunda de que la presencia del otro —su rostro, su palabra, su vulnerabilidad— puede convertirse en un espacio donde se transparenta lo esencial, lo divino, lo verdaderamente humano. Entre todas las formas en que ese otro se nos presenta es en el rostro del pobre donde esta dimensión sacramental se revela con una particular contundencia. Allí, en los más necesitados, frágiles, descartados y empobrecidos, el misterio se hace casi visible. Esta afirmación se sitúa en continuidad con la tradición bíblica y eclesial que reconoce que el Dios cristiano se revela en la historia concreta «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). El papa Francisco nos recuerda que «En cada pobre está presente Cristo mismo» (EG 197).

La solidaridad no aparece con un gesto ocasional, sino una forma estable de relación, profundamente vinculada a la dignidad del otro. El pobre se convierte así, en cuanto sujeto y no como mero receptor, en un lugar privilegiado de promoción humana y espiritual. Y ahora nos preguntamos: ¿Qué ocurre cuando ese otro, que decimos sacramento, aparece bajo formas que no elegimos ni deseamos? ¿Y si se presenta cómo adversario que desafía? ¿Y si su rostro no despierta compasión, sino rechazo, temor e incluso hostilidad?

El enemigo es prójimo que nos interpela

Si creemos que la alteridad es sacramento, el enemigo lo es en toda su amplitud. Este artículo quiere adentrarse ahí, en esa frontera donde el otro deja de ser cómodo y se convierte en desafío; donde la espi- ritualidad se mide no en ideas, sino en decisiones y miradas concretas.

Reconocer al enemigo como sacramento no signifi- ca negar la injusticia ni suspender la responsabilidad histórica. La tradición cristiana nunca ha identificado misericordia con pasividad. Por el contrario, la Escritura muestra una constante tensión entre el amor al enemigo y la denuncia profética del mal. Jesús ama a quienes lo persiguen, pero no deja de desenmascarar la hipocresía y la opresión (Mt 23).

El fundamento de esta tensión es teológico: la dignidad de la persona no se anula por el conflicto, porque está arraigada en la creación misma: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). Esta imagen permanece incluso cuando se oscurece por el pecado personal o estructural.

Por eso, la tradición eclesial ha insistido en que la acción cristiana en el mundo no puede reducirse a gestos aislados ni a prácticas tranquilizadoras de conciencia. La fe, especialmente en la vocación laical, está llamada a encarnarse en la transformación de la realidad histórica. El Concilio Vaticano II lo expresa con claridad al afirmar que «corresponde a los laicos ordenar los asuntos temporales según Dios» (LG 31).

En este marco, el enemigo no es solo una figura interpersonal, sino también social, política y estructural. Reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia, sino luchar por ella sin perder el hori- zonte evangélico.

Aquí puede hablarse con propiedad de caridad política, entendida como la forma social y estructu- ral del amor cristiano. El papa Francisco lo expresa con claridad cuando afirma que la caridad auténtica implica una apertura a la vida social, económica y política y busca cambiar las causas que producen pobreza, desigualdad y descarte (Fratelli Tutti 180-182).

El enemigo sacramento de máxima exigencia

Si la sacramentalidad del otro solo se reconoce allí donde hay cercanía o vulnerabilidad queda in- completa. Es precisamente en el enemigo donde esta categoría alcanza su máxima exigencia. El enemigo es sacramento límite: aquel que pone a prueba si creemos realmente que Dios actúa en la historia y no solo en los espacios protegidos de la religiosidad.

La cruz constituye aquí la clave definitiva. Jesús no muere rodeado de amigos, sino enfrentado a la violencia, la incomprensión y la traición. Y desde ese lugar pronuncia unas palabras que abre un horizonte nuevo: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen» (LC 23, 24).

La presencia del enemigo pone a prueba la pro- fundidad de nuestra fe y la coherencia de nuestra mirada. San Agustín decía que «el enemigo no debe ser amado por su conducta, sino por su condición de persona» (Sermón 48, 7).

La alteridad conflictiva posee una capacidad reve- ladora. El enemigo no solo nos dice algo de sí mismo; revela algo de nosotros. Ante él emergen nuestras reacciones más inmediatas: el miedo, la ira, la rapidez con la que justificamos la exclusión.

El Evangelio nos propone, no una fe de segurida- des, sino una fe de fidelidad capaz de sostenerse in- cluso cuando desaparecen las evidencias favorables, y en los escenarios de tensión y conflicto, o sea, cuando el enemigo está presente.

Hacia una visión de fe del enemigo

Reconocer al enemigo como otro, como sacra- mento del encuentro con Dios, constituye uno de los desafíos para una teología encarnada. No se trata de una afirmación marginal ni de un añadido piadoso, sino de una consecuencia directa de la lógica de la encarnación: si Dios ha querido habitar en la historia humana sin condiciones previas, entonces ningún rostro queda definitivamente excluido del ámbito donde puede acontecer el encuentro con Él.

Esta convicción exige una fe de fidelidad, más que una fe apoyada en seguridad religiosa o consensos sociales. La vida cristiana transcurre en una tensión permanente «no os acomodéis a este mundo, sino transformaos» (Rm 12, 2). En este proceso de trans- formación, el enemigo aparece como una figura que pone a prueba la solidez de nuestras opciones, obli- gándonos a discernir si nuestra relación con el otro se funda en el Evangelio o en la autodefensa.

Desde esta perspectiva, la sacramentalidad del enemigo no debilita el compromiso histórico, sino que lo profundiza. La solidaridad, entendida no como mera empatía sino como opción estable por la dignidad del otro, se amplía hasta incluir también los espacios de conflicto. Del mismo modo la promoción de la persona no puede limitarse a contextos favora- bles, sino que ha de sostenerse allí donde la relación se vuelve más difícil y tensa. A este respecto san Juan Crisóstomo decía «amar al enemigo es más grande que amar al amigo, porque en él se prueba la pureza del amor (Homilía sobre Mateo 33, 3) y san Agustín afirma «odia el pecado, ama al pecador; el enemigo no deja de ser hermano en humanidad» (Comenta- rios sobre salmos 140, 2).

El enemigo, entendido también en su dimensión social y estructural, se convierte así en un lugar de discernimiento eclesial, reconocer su humanidad no implica renunciar a la justicia ni diluir la denuncia profética; significa más bien, sostener el compromiso de transformación sin reproducir la lógica de exclu- sión que se pretende superar.

Desde aquí, la sacramentalidad del otro, también cuando es enemigo, se revela como criterio de auten- ticidad de la fe cristiana. No se verifica en declara- ciones de principios, sino en la capacidad de integrar contemplación y acción, misericordia y justicia, fe y responsabilidad histórica.

Queda así abierta una tarea que no se agota en este artículo: discernir cómo vivir hoy una fe fiel al Evangelio en medio del conflicto, cómo sostener la solidaridad cuando se vuelve costosa, cómo promo- ver la dignidad humana y cómo ejercer una caridad política que transforme la realidad sin perder el rostro del otro.

Es en este espacio donde la fe cristiana se juega su credibilidad y donde el enemigo puede convertirse en uno de los lugares más exigentes y reveladores del encuentro con Dios.
 


sábado, abril 11, 2026

¿Por qué nos mentimos creyendo tener razón?


El peor engaño no viene de otros, sino de ti mismo. Estudios en psicología muestran que más del 80% de las personas sobrestima sus capacidades (efecto Dunning-Kruger). Es decir, no solo nos mentimos… sino que creemos tener razón. Ahí comienza la pérdida de contacto con la realidad.

Fyodor Dostoevsky lo entendió antes que la ciencia moderna: cuando repites una mentira interna, tu cerebro la normaliza. Este fenómeno, llamado “autoengaño cognitivo”, reduce la disonancia mental, pero distorsiona tu percepción. Te sientes mejor… pero entiendes peor lo que pasa.

El punto crítico llega cuando ya no puedes distinguir verdad de conveniencia. Investigaciones muestran que las personas justifican hasta un 90% de sus decisiones después de tomarlas, incluso si fueron malas. Eso explica por qué alguien puede mantenerse años en una relación tóxica, un mal trabajo o decisiones erróneas sin reaccionar.

Líderes que fracasan por ego, personas que repiten patrones destructivos, decisiones financieras equivocadas. No es falta de inteligencia, es falta de honestidad interna. El autoengaño sostenido literalmente “reprograma” tu forma de ver el mundo.

La verdad duele, pero es funcional. Sin ella no puedes corregir. Cada vez que te justificas demasiado, hay una alta probabilidad de que estés defendiendo una mentira interna. Detectarla a tiempo puede cambiar completamente tu rumbo.

jueves, abril 09, 2026

LACTANCIA EN LAS CALLES

Lactapp_lactancia/instagram

Este tipo de arte urbano tiene esa capacidad de aparecer en medio de la ciudad y recordarnos que amamantar también forma parte de lo cotidiano, de lo visible y de lo compartido.

Hoy queremos enseñaros algunos de estos murales que celebran, normalizan y dan espacio a la lactancia en las paredes de diferentes lugares.

1. La asociación Amamanto de Miranda de Ebro es la promotora de un mural creado por Esteban Espinosa, reconocido artista de la localidad. Con esta acción la entidad quiere «naturalizar» y «proteger» la lactancia materna.


2. La asociación de familias “Llavors de Vincle” (Lleida) y la artista local reconocida internacionalmente Lily Brick llevaron a cabo un gran mural para reindinvicar la visibillización del amamantamiento.


3. “Hagamos posible la Lactancia, Empoderémonos”, el primer mural de la lactancia materna en la ciudad de León (Nicaragua). Este mural ejemplifica la diversidad de mujeres que se encuentran lactando, es la representación de las madres dando sus primeras muestras de amor a sus hijos.


4. Buenos Aires. En el marco de la Jornada Provincial de Lactancia Materna se pintaron diversos murales para promover y visibilizar la lactancia.


5. Bajo el lema “Proteger la lactancia materna: una responsabilidad de todos”, la artista Lara Rubín de Célix realizó este mural para la Asociación de Madres Lactantes de Ávila (Amalav). Quiso transmitir la “evolución” de la sociedad.

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6. Iniciativa de la Asociación De Nai a Nai ejecutado por la artista Patricia Fernández conocida como «Lapintiparada». El objetivo de esta obra es visibilizar y normalizar la lactancia materna desde la infancia

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¿Hacia dónde va la religión en España? Diálogo Rafael Díaz Salazar/Rafael Ruiz Andrés - y otros autores




Texto citado por Díaz Salazar:
“Una fantasía del nacionalpopulismo en países de mayorías cristianas es defender la ‘civilización cristiana’ de supuestos enemigos, ya sea el islam, los judíos, la Unión Europea o las Naciones Unidas […] Rechazar a un migrante en dificultades, sea este de la confesión religiosa que sea, por miedo a diluir nuestra cultura ‘cristiana’ es una grotesca falsificación tanto del cristianismo como de la cultura. La migración no es una amenaza para el cristianismo, salvo en la imaginación de aquellos que se benefician pretendiéndolo.

Promover el Evangelio y no acoger al extranjero necesitado ni afirmar su humanidad como hijo de Dios es querer fomentar una cultura cristiana solamente de nombre; vacía de toda su novedad”

Papa Francisco, Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor, o.c.,
pg.129-130.

Enlace al artículo de 28 páginas sobre

De qué hablamos cuando hablamos de Hakunaclaves para entender el catolicismo cool en España

  • Resumen: Con más de sesenta grupos en cuatro continentes, un notable despliegue del ‘apostolado digital’, y una importante visibilización más allá de los círculos religiosos gracias a los multitudinarios conciertos de su grupo de pop cristiano, el movimiento católico juvenil Hakuna es una rara avis en el contexto secularizado español. El presente artículo propone un diálogo entre la literatura sociológica sobre la secularización y un estudio de caso de Hakuna. Para ello, ofrece un triple análisis del movimiento en las dimensiones macro, meso y micro estructurado, respectivamente, en torno al estudio de las respuestas de los actores religiosos frente a la secularización y el impacto cultural de dicho proceso, la categoría de ‘comunidad electiva’ y el concepto de ‘religión vivida’. Basada en un enfoque cualitativo multimétodo, nuestra investigación rastrea las claves de una aparente paradoja: el surgimiento de un exitoso ‘catolicismo cool’ en un creciente contexto de indiferencia religiosa y exculturación.

El joven pastor de gafas redondas debería haber estado a salvo


La casa del saber/Facebook

Dietrich Bonhoeffer venía del privilegio. Dinero. Educación. Una familia que podía haberlo protegido de la tormenta que se formaba sobre Alemania en los años treinta.

Podría haber agachado la cabeza. Predicar sermones tranquilos los domingos. Guardar silencio mientras el mundo ardía a su alrededor.

Pero Bonhoeffer vio lo que se venía antes que la mayoría.

Vio iglesias doblarse ante la voluntad de Hitler. Vio vecinos desaparecer en la noche. Oyó el golpe de las botas sobre los adoquines y entendió que el silencio se había convertido en una forma de pecado.

Así que habló.

Primero con cuidado. Luego con firmeza. Luego con todo lo que tenía.

El joven teólogo brillante empezó a enseñar en un seminario clandestino. Ayudó a sacar judíos hacia lugares más seguros. Y terminó vinculado a círculos de resistencia que buscaban derribar al régimen, incluso a Hitler.

Por eso, la Gestapo fue a por él.

Lo arrestaron el 5 de abril de 1943. Lo arrancaron de su casa familiar y lo llevaron a la prisión de Tegel, en Berlín.

Los guardias esperaban que se quebrara. A los intelectuales les pasaba a menudo. Hombres de manos suaves que se desmoronaban bajo presión.

Pero en esa prisión fría y gris ocurrió algo extraño.

Cada noche, otros presos escuchaban sus pasos. No las botas pesadas de los oficiales de las SS —esas traían terror—, sino el andar constante y sereno de Bonhoeffer.

Se movía por los pasillos como una sombra de esperanza.

Recitaba las Escrituras de memoria a hombres que habían olvidado cómo rezar. Compartía su comida escasa con los que se morían de hambre. Consolaba por igual a criminales y a disidentes.

Un preso escribió después: “Cuando Bonhoeffer hablaba, las paredes parecían desaparecer. Por unos minutos, recordábamos lo que se sentía ser humanos”.

Los guardias no sabían qué hacer con él.

Ahí estaba un hombre frente a una muerte casi segura y, aun así, parecía más libre que quienes tenían las llaves.

En 1944, la Gestapo encontró documentos que lo vinculaban a la resistencia contra Hitler. Lo trasladaron al campo de concentración de Buchenwald. Y luego a Flossenbürg.

Un lugar donde la esperanza iba a morir.

Pero incluso allí, rodeado de alambre de púas y del olor de la muerte, Bonhoeffer siguió haciendo lo que siempre había hecho.

Rezaba con los enfermos. Acompañaba a hombres al borde de perder la razón. Compartía su manta con presos que temblaban de frío.

Cuando alguien le preguntó por qué se molestaba —si él mismo estaba marcado para la ejecución—, su respuesta fue simple:

“Porque todavía estoy vivo”.

El domingo 8 de abril de 1945, Bonhoeffer celebró un último servicio. Leyó de Isaías: “Por sus heridas hemos sido sanados”.

Los presos lloraron mientras hablaba. Ellos lo sabían. Él lo sabía.

El final se acercaba.

Esa noche, guardias de las SS entraron en su celda. Le dijeron que los acompañara.

No preguntó a dónde. Ya lo sabía.

Bonhoeffer dobló su manta con cuidado. Susurró una oración. Y le dejó un mensaje a un compañero de cautiverio, el oficial británico Payne Best.

“Dile a mi amigo el obispo Bell que, para mí, esto no es el fin, sino el comienzo de la vida”.

Y caminó.

El sol aún no había salido. El patio estaba vacío, salvo por la horca esperando en la luz gris del amanecer.

Un testigo contó después que Bonhoeffer no dejó de orar. Su voz firme. Sus manos tranquilas. Su rostro en una paz que inquietaba incluso a los verdugos.

No era fanfarronería. No era negación.

Era la certeza silenciosa de un hombre que ya lo había entregado todo, salvo su alma.

Tal vez era porque Bonhoeffer creía que la muerte no era un final, sino una puerta. Tal vez porque sabía que sus palabras sobrevivirían al régimen que lo estaba matando.

O tal vez porque había decidido, mucho antes, que hay cosas que valen más que respirar.

Lo ahorcaron al amanecer del 9 de abril de 1945.

Sin ceremonia. Sin últimas palabras registradas. Sin una tumba con su nombre.

Solo un pastor de 39 años que eligió el coraje por encima de la comodidad, la verdad por encima de la seguridad, el amor por encima de la vida.

Dos semanas después, las fuerzas aliadas liberaron Flossenbürg.

Hitler estaba muerto en menos de un mes.

El supuesto “Reich de mil años” duró doce.

Pero las cartas y los escritos de Bonhoeffer siguieron vivos. Su mensaje final llegó al obispo Bell. Y su historia se extendió por un mundo roto, hambriento de ejemplos de una fe que no se quiebra.

Hoy, millones leen sus palabras y descubren algo extraordinario:

El valor real no siempre ruge. A veces susurra oraciones en una celda. A veces camina sereno hacia la muerte, cantando bajito sobre la vida.

Y a veces, solo a veces, ese coraje silencioso resuena más que todos los gritos juntos.

Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Dietrich Bonhoeffer", s. f.)

miércoles, abril 08, 2026

CARDENAL DE BOGOTÁ LAVA LOS PIES A PROSTITUTAS


El Cardenal Luis José Rueda Aparicio, máxima autoridad católica en Colombia, protagonizó un acto de profunda carga simbólica este Jueves Santo al trasladarse al barrio Santa Fe, una de las zonas de tolerancia más complejas de Bogotá. En un gesto que evoca el mandato de humildad del Evangelio, el purpurado se arrodilló para lavar los pies de mujeres trabajadoras s*x*al* y mujeres trans, enviando un mensaje contundente contra la discriminación y lo que él denomina el "sistema de castas" que fractura a la sociedad actual. Este es el segundo año consecutivo que el Cardenal elige este entorno para el rito, reafirmando una pastoral de cercanía con las comunidades más estigmatizadas.
Fuente: Noticias Uno / Arquidiócesis de Bogotá.

martes, abril 07, 2026

domingo, abril 05, 2026

SIAP Madrid, 22-23 mayo: DeepEnd (salud en áreas deprivadas) ¿Cómo mantener a flote la Atención Primaria?

 


https://seminariossiap.es/bsms/como-mantener-a-flote-la-atencion-primaria-en-territorios-deprivados-aprendiendo-con-los-deep-end/

Seminario de Innovación en Atención Primaria (SIAP):

DeepEnd ¿Cómo mantener a flote la Atención Primaria?
Madrid, 22-23 Mayo 2026
"Esta es la convocatoria para el Seminario de Innovación en Atención Primaria (SIAP) sobre el Deep End.

Deep End es un término que se originó en Escocia para denominar el trabajo en Atención Primaria en áreas deprivadas/zonas desfavorecidas (población con más problemas socioeconómicos, más y precoz morbilidad y mortalidad que la media, peor salud dental, defectuosa rehabilitación en problemas agudos y crónicos, peor acceso a los servicios sociosanitarios necesarios, más absentismo y fracaso escolar, altas tasas de desempleo, etc). Por ejemplo, en Andalucía son zonas con "necesidades de transformación social".

Deep End hace referencia como metáfora a una piscina, en la que las áreas deprivadas estarían situadas en su extremo profundo, donde el agua cubre: llegar al fondo de los problemas de las personas que lo habitan es más complejo, teniendo que “bucear” mucho más, y además tanto pacientes como profesionales deben hacer un esfuerzo constante por mantenerse a flote. El trabajo en los Deep End exige adaptaciones importantes, pero además plantea cuestiones de gran relevancia para la Atención Primaria en general.


Las inscripciones son virtuales a través de este formulario, gratuitas, a partir del jueves 26 de marzo de 2026. El debate virtual, desde cualquier lugar del mundo (y asincrónico, sin hora definida) empezará el 22 de abril y el debate presencial se celebrará los días 22 y 23 de mayo en Madrid. El satélite se modifica en esta edición y el desarrollo de los casos se hace grupal, pudiendo apuntarse para participar a través del formulario de inscripción.

Como todos los SIAP, es gratuito y libre de patrocinios de industrias."

En nuestra web podréis encontrar el horario de cada una de las sesiones, relatos vitales de los organizadores, etc.

correo-e siapdeepend@gmail.com
Twitter @DeepEnd2026
Instagram https://www.instagram.com/siapdeepend2026?utm_source=qr&igsh=bzdlZWkxY2JjZWY5

Sobre los Deep End, en general, y el proyecto escocés (desde 2009), en la Universidad de Glasgow

https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9680762/

https://bjgp.org/content/early/2024/08/20/BJGP.2024.0167?versioned=true

https://www.gla.ac.uk/schools/healthwellbeing/research/generalpractice/deepend/international/

General practitioners at the Deep End. International Bulletin, no 14. December 2025 https://www.gla.ac.uk/media/Media_1230365_smxx.pdf

El Cristo cósmico de Olga Blinder

 Un autor húngaro comparó la muerte-resurrección con el nacimiento.

Seguía una profunda espiritualidad que brota de la encarnación.

Solo era cuestión de tiempo y llegó el momento en que una mujer, Olga Blinder, metiera un resucitado-crucificado en el útero, donde morimos-vivimos, creemos, amamos y esperamos



REFLEXIONAR PARA VIVIR




23/ Traumatóloga Geek: Napoleón murió por la decoración

22/ Traumatóloga Geek: Madame Curie

21/ Antropóloga de mamás: ¿Por qué no tenemos más hijos?
20/ Traumatóloga Geek: Vivien Thomas, el cirujano negro que no podía operar
19/ Joan Ramón Laporte: Medicalización
18/ Isabel Saavedra: Vivienda y mercado
17/ Traumatóloga Geek: Jacinto Convit y la lepra
16/ Irene Vallejo: El amor (Cristina Peri Rosi)
15/ Gian Luca y abuela María: Despedida de un migrante
14/ Paula Fraga: Postureo negocio de Bad Bunny
13/ Traumatóloga Geek: ¿Y la abuela murió por la cadera rota o por la cama recetada?
12/ Francesco Tonucci:  El placer del juego
11/ Victoria Camps: ¿Son fascistas los jóvenes de hoy?
10/ David Jiménez: En la trinchera en Afganistan se pasa mal, pero en despacho de director de periódico si quieres contar la verdad tampoco se pasa bien.
9/ Cristina López Schlichting: El párroco de Adamuz
8/ Rafa Pascual, Bombillas y obsolescencia programada
7/ Traumatóloga GEEK, El científico que rompió el cheque
6/ Jesús Quintero: "Con el tiempo..."
5/ Candela Antón: "Cerebro maternal"
4/ Revolución Crianza
 3/ Microquimerismo materno fetal y Dios 2/ 1550
No se dice

1/ M. Foucault: ¿Por qué se enseña a obedecer?

jueves, abril 02, 2026

Estar en la cruz no es lo mismo que mirarla


EN TIEMPOS DE JESÚS, la cruz no era un símbolo religioso ni un objeto de devoción. Era el instrumento de ejecución más cruel del Imperio romano. Crucificar a alguien significaba humillarlo públicamente, despojarlo de toda dignidad y convertir su muerte en espectáculo para infundir miedo. La cruz era castigo político: se reservaba para quienes eran considerados peligrosos para el orden establecido. Era una advertencia dirigida al pueblo entero: así termina quien desafía al poder.

Jesús es clavado en la cruz porque su anuncio del Reino literalmente incomodaba. No muere solo por una idea abstracta, sino por haber puesto en el centro a los pobres, por haber denunciado la hipocresía religiosa y por haber proclamado un Dios que es Padre y que libera en vez de someter.

El teólogo José Antonio Pagola nos dice: «Hemos logrado adorar al Crucificado de tal manera que nos oculta a los crucificados de hoy». Es decir, hemos aprendido a venerar la cruz en los templos mientras evitamos reconocerla en la historia concreta de la sociedad. Rezamos ante la imagen de Jesús sufriente y, sin embargo, muchas veces apartamos la mirada de las víctimas del pecado estructural. La fe se vuelve cómoda cuando contempla el dolor pasado y que no se deja interpelar por el dolor presente.

Existe el gran problema de que muchas veces espiritualizamos el sufrimiento, como si a Dios le complaciera vernos sufrir. Y nadamás lejos que eso. Seguir a Jesús implica trabajar para que quienes viven oprimidos puedan recuperar vida, dignidad y esperanza...y sean felices. Es necesario seguir combatiendo todo aquello que sigue produciendo crucifixiones en nuestro mundo y no hace felices a los demás. El gran teólogo Ignacio Ellacuría lo expresó con claridad: «Hay que bajar de la cruz a los pueblos crucificados».

Hoy contemplamos pueblos enteros clavados en la cruz. En estos momentos Oriente Medio vuelve a sangrar bajo las bombas que están destruyendo ciudades, arrancando familias y sembrando miedo y odio. El dolor que allí se vive no es una tragedia lejana: sus consecuencias alcanzarán al mundo entero: crisis humanitarias, desplazamientos masivos, violencia globalizada, economías desestabilizadas y una humanidad cada vez más acostumbrada e indiferente al sufrimiento ajeno.

Pero no hay que olvidar también que crucificar a los pueblos puede tomar muchas formas y una de las formas más crueles es crucificar en nombre de Dios. Matar y quitar la dignidad usando el santo nombre de Dios. Cuando la religión se usa para justificar violencias, supremacías o destrucción del otro, la cruz deja de ser signo de salvación y se convierte nuevamente en instrumento de muerte. Es paradójico ver una religión que por un lado presenta a un Dios que murió en la Cruz por amor y al mismo tiempo lo utilizamos para encubrir y apoyar proyectos políticos de muerte.

También resulta profundamente contradictorio que, como creyentes, defendamos la vida únicamente cuando se gesta en el vientre materno y, al mismo tiempo, permanezcamos indiferentes ante el dolor y las muertes injustas de miles de personas provocadas por la guerra, la violencia, el hambre o la exclusión. No puede llamarse defensa de la vida una postura selectiva que guarda silencio frente al sufrimiento humano cuando este ya tiene rostro, nombre e historia. Tristemente, muchos cristianos apoyan políticas que legitiman la guerra, como si destruir al enemigo garantizara la paz o agradara a Dios. Nada más contrario al Evangelio que pensar que el bienestar de los pueblos puede construirse sobre la muerte de otros. Esa lógica revela una contradicción profunda: cuando la fe justifica la violencia, la religión deja de ser camino de vida y termina volviéndose cómplice de la injusticia, integrada incluso en el engranaje del pecado estructural que sigue crucificando a los pueblos.

Jesús clavado nos revela hasta dónde puede llegar la violencia humana, pero también hasta dónde llega la fidelidad de Dios a las víctimas. Por eso, el cristiano no está llamado a acostumbrarse al sufrimiento del mundo, sino a impedir que continúe. Cada vez que una vida es destruida por el odio, Jesús vuelve a ser clavado. Y cada vez que alguien trabaja por la justicia, comienza lentamente el acto de desclavar a los pueblos.


Hna Adry, OSC

Teología desde abajo

martes, marzo 31, 2026

Más no equivale a mejor. Calendario vacunal en España (Navarra) y en Dinamarca

Juan Gérvas

Más no equivale a mejor. 

Calendario vacunal en España (Navarra) y en Dinamarca. Allí quieren evitar el "cansancio vacunal" y emplean sólo las que valen la pena. Aquí se ponen todas las que hacen ganar dinero a las industrias.
Se trata de inteligencia sanitaria (danesa) frente a brutalidad capitalista (española); no es cuestión de gasto en salud sino de uso racional de recursos (y de piedad y ternura con la población).
Para saber más:
"Why does Denmark recommend so few childhood vaccines?"










INTERRUMPIR EL BANQUETE: ESTRUCTURAS DE DOMINACIÓN Y BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO


Introducción

Propongo pensar el capitalismo contemporáneo como un sistema caníbal que se sostiene devorando aquello que no produce: naturaleza, cuerpos, cuidados, territorios y vínculos. 

Esa lógica produce brutalización, expulsión y necropolítica, al tiempo que naturaliza la dominación a través de hábitos, deseos e inercias cotidianas. 

Frente a ello, la política no debe pensarse solo como toma del poder, sino como interrupción: interrupción de la continuidad, del automatismo, de la disponibilidad permanente, de la reproducción subjetiva, colectiva y estructural del sistema. 

Pero no toda interrupción emancipa: hay interrupciones capturadas por el propio sistema y hay interrupciones críticas, capaces de abrir atención, duración, indisponibilidad y resonancia. 

Interrumpir exige además atravesar de forma conjunta capitalismo, patriarcado y colonialismo, porque son dimensiones inseparables (aunque puedan y deban ser diferenciadas) de una misma trama de dominación. 

Y exige también una transformación ética, afectiva y política del sujeto: una conversión capaz de sustraer el deseo del circuito que lo explota y de abrir otros modos de relación con el mundo.

Construiremos la reflexión en 14 pasos. Al finalizar el texto e he dado cuenta de que es el mismo número de pasos o estaciones que las que componen el Via Crucis. No había nada planeado, pero puede resultar interesante reflexionar sobre ello en vísperas como estamos de la Semana Santa. De hecho, al finalizar haré una propuesta de conversión, es verdad que sustentada en la palabra de uno de los pensadores marxistas más relevantes del siglo XX, Manuel Sacristán

En la devoción católica la última estación rememora la sepultura de Jesús. Confío en que al final de esta tarde lo que encontremos sea motivos y recursos para una vida buena.

1. Escena de entrada: el canibalismo como metáfora política

No sé si habéis visto la película Ravenous (Antonia Bird, 1999). En ella, el canibalismo aparece primero como excepción, como respuesta a una situación límite. Pero poco a poco deja de ser anomalía y se convierte en norma. Ya no se trata solo de sobrevivir: comer al otro pasa a ser una forma de adquirir su fuerza, su energía, su vitalidad. 

Lo inquietante no es solo la escena, sino que la lógica que expresa nos resulta reconocible. Esa lógica consiste en convertir la vida del otro en recurso propio. 

- El destino está claro. Expansión hacia el oeste. Y este país quiere desarrollarse, extendiendo sus brazos y consumiéndolo todo. Tan solo le seguimos.

- Yo no.

- Usted lo desea, solo que no se resigna a hacerlo. Aquiescencia. Es fácil, en serio. Tan solo déjese ir.

Lo que no producimos puede, sin embargo, ser apropiado, absorbido y transformado en beneficio. 

La metáfora se vuelve política cuando entendemos que el capitalismo contemporáneo funciona de modo semejante: no solo explota, sino que devora aquello que no produce. Devora cuidados, naturaleza, cuerpos, vínculos, creatividad, trabajo invisible. 

Por eso la pregunta central aparece ya aquí: ¿Qué significa dejar de comer cuando todo empuja a hacerlo? ¿Qué significa no participar en una lógica que convierte al otro en recurso, aunque ello suponga perder fuerza, posición o ventaja?

2. El capitalismo como sistema social y predatorio

El capitalismo no es solo una economía ni solo un sistema de producción. Es un sistema social que transforma no solo lo que hacemos, sino lo que somos. El homo economicus no solo produce y consume según el mercado, sino que siente y desea según el mercado. 

El capitalismo es, ante todo, un sistema de predación, una necronomía. Siguiendo a Nancy Fraser, puede entenderse como un capitalismo caníbal: un orden social institucionalizado que devora las bases sociales y naturales de las que depende. 

Frente a la imagen clásica del desarrollo como una escalera ascendente para todos, el capitalismo debe pensarse más bien como una pirámide de sacrificio. Para que algunas vidas puedan sostenerse en condiciones de abundancia, muchas otras deben quedar sometidas a la dimensión necropolítica del sistema. 

De ahí la idea de modo imperial de vida: no somos privilegiados solo porque tenemos más, sino porque poseemos en lugar de otras y otros. Nuestro consumo depende de la expropiación de recursos y oportunidades vitales ajenas. Por eso puede afirmarse que vivimos devorando las posibilidades de vida de otros. 

El capitalismo depende siempre de un “exterior” del que extraer valor sin retribución equivalente: naturaleza, trabajo humano, cuidados, creatividad, territorios, culturas. Lo que la economía llama “externalidades” son, en realidad, los costes descargados sobre otras poblaciones, otros cuerpos y otros territorios. El descarte de personas, territorios y formas de vida es la contrapartida de esa apropiación. 

El capital puede apropiarse de esas bases, pero no puede crearlas ni reemplazarlas plenamente. “En un banquete de órdago, el territorio y la biodiversidad son devorados por capitales carroñeros” (Humberto Márquez Covarrubias).

La geopolítica se convierte en geofagia, en devoración del planeta impulsada por la lógica del Lebensraum.

3. La advertencia histórica: la imposibilidad del capitalismo y la brutalización

Este diagnóstico no es nuevo. Siempre ha habido quienes han actuado como avisadores de incendio, capaces de leer los signos del tiempo y advertir de sus derivas catastróficas. 

Rosa Luxemburgo formuló de manera muy temprana la contradicción fundamental del capitalismo: cuanto más extiende la producción capitalista y sustituye formas anteriores, más estrecha los límites de su propio mercado. Si todo el mundo estuviera completamente organizado según la lógica capitalista, aparecería con claridad su imposibilidad. 

La brutalización creciente del mundo tiene relación con esta imposibilidad estructural. 

Bruno Latour señala que asistimos a un movimiento histórico de gran escala que pretende situarse fuera de toda restricción, como si pudiera vivir “offshore”, sin compartir realmente un mundo común con los demás. 

En este contexto, aparecen formulaciones abiertamente alarmantes, como las que sostienen que el problema es el superconsumo, pero como las democracias ricas no aceptarán reducirlo, entonces habrá que actuar sobre la población. Ahí se produce un desplazamiento decisivo: el problema deja de ser el sistema que consume, y pasan a ser los cuerpos que consumen. 

Lo que se presenta como realismo no hace más que naturalizar un orden histórico y trasladar la responsabilidad desde las estructuras hacia las poblaciones.

4. De la crisis ecológica a la necropolítica

Cuando se da por imposible transformar el modo de vida consumista de las sociedades ricas, la política se desplaza hacia la gestión necropolítica de las poblaciones. 

La pregunta ya no es cómo transformar un sistema insostenible, sino: quién vivirá, quién deberá morir, qué vidas serán protegidas, qué vidas serán sacrificables. 

Judith Butler ayuda a pensarlo con la cuestión de qué vidas merecen ser lloradas y cuáles no. 

Saskia Sassen, Bauman o Trojanow permiten nombrar las consecuencias: expulsión, población sobrante, humanidad superflua. 

Esta brutalización no es un accidente, sino una forma contemporánea del funcionamiento del sistema. 

Carl Amery lo expresó con enorme dureza al leer Auschwitz como experimento precursor: en condiciones de crisis material y desorientación existencial, cuando se instala la idea de que no hay bastante para todos, se vuelve posible abandonar toda solución humanista y proceder a la selección. La barbarie modernizada consiste precisamente en preservar el bienestar de unos a costa de otros. 

El peligro contemporáneo radica en que las sociedades del bienestar pueden no estar preparadas para rechazar esa lógica: 

“Este mundo del bienestar está mucho menos preparado para rechazar la oferta básica de la fórmula hitleriana de lo que lo estaba la confundida sociedad de 1933. La cesta de productos del llamado mínimo existencial se ha ampliado lo indecible, y además se ha convertido en el verdadero eje de la política”.

5. El problema de la acción política: dominación normalizada

Si este es el diagnóstico, surge una cuestión decisiva: ¿cómo pensar la acción política cuando la dominación no solo se impone, sino que se vuelve cotidiana, invisible e incluso razonable?

Recordemos Ravenous“Usted lo desea, solo que no se resigna a hacerlo. Aquiescencia. Es fácil, en serio. Tan sólo déjese ir”.

El capitalismo es también un dispositivo libidinal. Actúa sobre nuestros deseos, haciéndonos confundir necesidades con deseos fabricados, y convirtiéndolos además en insaciables. “No tenemos sueños baratos”.

La brutalización no solo inquieta por su intensidad, sino por su normalización. Nos habituamos a ella. Aprendemos a convivir con lo intolerable. Ajustamos nuestras expectativas y formas de vida a sus condiciones. 

La reproducción del capitalismo opera de dos maneras: reproducción activa, mediante instituciones visibles como el Estado, la policía, los tribunales, la escuela, los medios o las iglesias; reproducción pasiva, mediante rutinas, hábitos, disposiciones e inercias cotidianas. 

Aquí son importantes ideas como el “poder normativo de lo fáctico” (Norbert Lechner) o la “sorda compulsión de la vida cotidiana” (Erik Olin Wright). 

El sistema se sostiene también porque vivimos en él como si fuera natural. 

 6. Qué significa interrumpir

En este contexto, interrumpir no significa necesariamente hacer una gran revolución espectacular. 

Interrumpir es algo más básico y más exigente: detener la continuidad de aquello que se presenta como inevitable. La explotación continúa. La desigualdad continúa. La devastación ecológica continúa. Y esa misma continuidad dificulta que las percibamos ya como problema. 

Por eso la interrupción es, en primer lugar, un gesto epistemológico: hacer visible lo naturalizado, producir extrañeza (“malestar bueno” de Remedios Zafra), desorganizar la percepción, volver problemático lo que parecía evidente. 

Antes de actuar reflexivamente hay que desautomatizar la mirada. Pero la interrupción no es solo mirada. No estamos fuera del sistema. No somos únicamente víctimas o espectadoras. Somos también, en distintos grados, reproductores y reproductoras de sus dinámicas. Por eso interrumpir no es una posición moralmente pura, sino una fractura en la propia implicación. 

Aquí aparece la figura de la feminista aguafiestas de Sara Ahmed: quien estropea la fiesta, quien nombra la violencia donde otros prefieren armonía, quien acepta el coste de incomodar. 

Interrumpir el banquete no es solo denunciar la explotación: es dejar de comer, o al menos preguntarse qué estamos comiendo, de dónde viene y a quién implica. 

La interrupción tiene, por tanto, una dimensión práctica y política: no siempre busca tomar el poder, pero sí detener, ralentizar o fracturar su funcionamiento continuo. 

La interrupción no es una única forma de acción, sino un campo de prácticas que atraviesa el tiempo, la percepción y la vida cotidiana. Un campo de prácticas que ha sido pensado como:

  • negatividad o rechazo (Adorno, Marcuse) 

·       acontecimiento (Badiou, Žižek) 

·       suspensión (Agamben) 

·       éxodo (Virno) 

·       desobediencia (Thoreau, Hannah Arendt) 

·       bloqueo material (Malm) 

Interrumpir es introducir una discontinuidad -epistémica, subjetiva o material- en los procesos que reproducen la dominación.

7. Cartografía de las formas de interrupción

La interrupción puede pensarse como un campo amplio de prácticas:

a) Interrupciones del trabajo y la producción. Detienen la continuidad de la acumulación: huelga laboral, boicots organizados, rechazo de la hiperdisponibilidad, filtración de información interna de las empresas e instituciones (whistleblowing). 

b) Interrupciones cognitivas y simbólicas. Desnaturalizan la realidad. Interrumpen el sentido común dominante: nombrar la explotación o el extractivismo, o el sufrimiento animal, producir contra-relatos, investigación crítica, medios independientes, arte, humor o memes disruptivos, desmontaje de narrativas dominantes. 

c) Interrupciones subjetivas. Interrumpen la reproducción cotidiana de la dominación: no reproducir formas de competencia destructiva, poner límites al tiempo, al consumo y a la disponibilidad, no reír ciertas bromas, no validar ciertos discursos, introducir conflicto donde hay falsa armonía. 

d) Interrupciones materiales y espaciales. Bloquean o ralentizan la circulación de mercancías, energía y capital: bloqueos de infraestructuras, ocupaciones, sabotaje, defensa territorial, reducción voluntaria del consumo, redes cooperativas y locales. 

e) Interrupciones reproductivas. Hacen visible la base oculta del sistema: la reproducción de la vida: huelgas de cuidados, redes de apoyo mutuo, reorganización colectiva del cuidado. 

f) Interrupciones digitales. Interrumpen la extracción de datos y atención: sabotaje informacional, interferencia en métricas, deserción de plataformas, anonimato y protección de datos. 

La idea central es esta: el problema no es que el sistema sea invencible, sino que funciona sin interrupciones suficientes. 

La política empieza cuando algo deja de funcionar como estaba previsto. 

Si el poder contemporáneo opera por continuidad, flujo y automatismo, la política puede pensarse como capacidad de hacerlo tartamudear. 

 8. No toda interrupción libera: interrupción capturada e interrupción crítica

La noción de interrupción exige una distinción decisiva: no toda interrupción es emancipadora. 

Vivimos en un sistema que produce interrupciones constantemente, pero muchas de ellas no liberan, sino que neutralizan la posibilidad de interrumpir críticamente. 

ü  Nicholas Carr muestra cómo la red actúa como máquina de interrupción permanente, fragmentando la atención. 

ü  Neil Postman mostró cómo el flujo mediático convierte incluso los hechos más graves en segmentos intercambiables que se olvidan de inmediato. 

ü  Jonathan Crary señala que el capitalismo 24/7 produce microinterrupciones constantes mientras elimina las interrupciones profundas, como el sueño o el descanso real. 

Hay entonces dos tipos de interrupción: 

a) Interrupción capturada o falsa: viene impuesta desde fuera, es reactiva, fragmentaria, acelerada, sin negatividad real, funcional al sistema. Interrumpe sin suspender. Dispersa, pero no permite elaboración. 

b) Interrupción crítica o emancipadora: introduce distancia, suspende o ralentiza, crea duración, permite reflexión, introduce un “no”, abre la posibilidad de no reproducir automáticamente lo dado. No fragmenta solo el tiempo: abre otro tiempo. 

La diferencia entre ambas no es solo de intensidad, sino de calidad de la atención. 

 9. Atención, suspensión y retirada del yo

Aquí resulta fundamental recurrir a Simone Weil. Si Carr permite pensar la atención fragmentada, Weil permite pensar la atención como una forma radical de interrupción. 

La atención verdadera no busca apropiarse del mundo ni consumirlo. Es una suspensión de la lógica instrumental. 

Weil no formula la interrupción como estrategia política en primer término, sino como gesto ético-existencial con profundas consecuencias políticas. En ella aparecen varias ideas clave: 

a) Interrupción como suspensión del yo. El yo funciona como centro de apropiación, dominio e ilusión. La justicia exige vaciar o descentralizar ese yo. El primer acto político no es afirmarse más, sino interrumpir la centralidad apropiadora del yo. 

b) Atención como forma de interrupción. La atención es apertura radical al otro. Es detener la lógica utilitaria. En un sistema que acelera, instrumentaliza y consume, atender es no usar, no dominar. 

Así, la tarea ya no consiste solo en introducir cortes, sino en producir interrupciones que no puedan ser absorbidas como ruido. Interrupciones que suspendan realmente, que abran distancia, que nos vuelvan por un instante indisponibles para el sistema. 

 10. Aceleración, resonancia e indisponibilidad

Hartmut Rosa permite ampliar esta reflexión. 

El rasgo estructural de nuestras sociedades no es solo la desigualdad, sino también la aceleración generalizada: de la producción, de la comunicación, de la circulación, de los ritmos de vida, de las expectativas. Todo debe ser más rápido, más inmediato, más accesible. 

Pero esa aceleración no intensifica la vida; la empobrece. Cuanto más rápido vamos, menos tiempo tenemos para elaborar, sostener o atender. 

Entonces el mundo se vuelve mudo: lo atravesamos, pero no entramos realmente en relación con él. 

Las interrupciones capturadas no son lo contrario de la aceleración, son una de sus formas más eficaces. à DESCONECTAR EN VACACIONES EN REALIDAD NOS RECONECTA CON EL MERCADO, EL COLONIALISMO Y EL PATRIARCADO.

La interrupción crítica, en cambio, suspende la aceleración y abre un tiempo distinto. 

Rosa llama resonancia a una relación con el mundo en la que algo nos afecta y nosotros respondemos de forma implicada. No se trata de dominar el mundo ni de consumirlo, sino de entrar en una relación transformadora con él. La resonancia requiere tiempo, atención y apertura. 

De ahí la importancia del tercer concepto: indisponibilidad. Lo valioso de la vida no puede ser plenamente producido ni controlado. 

Sin embargo, el sistema actual se organiza precisamente en torno al ideal de hacer todo disponible: el tiempo, el cuerpo, la atención, el mundo entero. 

Las interrupciones capturadas nos hacen más disponibles. Las interrupciones críticas introducen indisponibilidad.

Y eso tiene una dimensión política central: un sistema que necesita productividad continua y atención constante se desestabiliza cuando esa disponibilidad se interrumpe. 

 11. Las tres dimensiones de la interrupción: personal, colectiva, estructural

A menudo se plantea un falso dilema: o cambiamos estructuras, o cambiamos prácticas individuales. 

Pero esta oposición es engañosa. Las estructuras no existen fuera de las prácticas que las reproducen. Lo individual no es exterior a lo estructural. 

La interrupción debe pensarse en tres dimensiones articuladas: 

a) Nivel personal. Es la fractura en la reproducción subjetiva. No se trata de moralismo individual, sino de interrumpir allí donde el sistema se encarna en hábitos, deseos y automatismos. Introduce fricción en la vida cotidiana y desactiva complicidades. 

b) Nivel colectivo. Es la coordinación de discontinuidades. No es suma de individuos, sino sincronización de interrupciones. Aquí gestos aislados se convierten en fuerza social. Ejemplos: huelgas, boicots coordinados, ocupaciones colectivas. 

c) Nivel estructural. Las estructuras cambian cuando sus condiciones de reproducción se vuelven inestables. 

El paso de una a otra puede pensarse así: interrupciones personales introducen fricción à interrupciones colectivas amplifican esa fricción à la acumulación de interrupciones desestabiliza la reproducción à la crisis de funcionamiento abre posibilidad de transformación. 

No toda interrupción produce cambio estructural. Pero todo cambio estructural requiere interrupciones previas. 

Esto evita tanto el voluntarismo ingenuo como el fatalismo paralizante. 

 12. El prefijo “des” como política transformadora

La partícula “des” o “de” tiene un enorme valor político. 

Es un prefijo derivativo reversativo o privativo, que indica la acción de eliminar, invertir o negar lo expresado por la base. A partir de esta partícula hablamos de desmercantilizar, deconstruir, desmilitarizar, descolonizar, desglobalizar, descentralizar, despatologizar, desobedecer o decrecer. 

Es una de las marcas léxicas más productivas del discurso político, económico y social contemporáneo, cumple una función política de resistencia que no solo indica “negar” o “revertir”, sino que permite imaginar alternativas.

Interrumpir es abrir un intervalo en lo dado. Ese intervalo es el espacio de la política transformadora. La fuerza del “des” está en que no niega de manera vacía, sino que revierte y abre alternativas. 

Por eso el decrecimiento no es solo crítica al crecimiento, sino reinvención del valor, del tiempo y del bienestar. Despatriarcalizar no es solo eliminar el patriarcado, sino transformar las formas de deseo, relación y autoridad. 

El “des” desnaturaliza lo que el poder presenta como inevitable. Funciona como una política del límite: decir basta, decir hasta aquí. 

La interrupción aparece entonces también como práctica de desvío libidinal: retirar el deseo del circuito que lo explota. El capitalismo actual no reprime el deseo: lo captura, lo acelera, lo monetiza, lo hace circular como mercancía. Interrumpir significa sustraer la libido de esa máquina y reabrir la posibilidad de otros modos de vida. 

 13. Interrupción, patriarcado y colonialismo

El capitalismo no actúa solo. Su lógica está entrelazada con otras estructuras de dominación, especialmente: la patriarcal, la colonial. Pensar la interrupción solo en términos económicos sería insuficiente. 

El capitalismo caníbal no devora en abstracto: devora de manera situada, y se alimenta más fácilmente de ciertos cuerpos que de otros. Depende del trabajo reproductivo invisibilizado y feminizado: cuidados, sostenimiento de la vida, reproducción cotidiana. Y depende también de jerarquías coloniales y raciales que determinan: quién cuenta plenamente como humano, quién puede ser tratado como recurso. 

Por eso interrumpir el capitalismo implica también interrumpir: la división sexual del trabajo, la naturalización de los cuidados como obligación femenina, la disponibilidad diferencial de los cuerpos, la jerarquización racial y colonial de las vidas. 

El sistema necesita no solo disponibilidad general, sino disponibilidad diferencial: cuerpos más explotables, más sacrificables, más invisibles. 

Interrumpir es reorganizar colectivamente las condiciones de esa disponibilidad. Es hacer que lo que parecía garantizado -los cuidados, la extracción, la subordinación- deje de funcionar automáticamente. 

Una práctica que no separa economía, género y colonialidad, porque sabe que en la realidad están profundamente entrelazadas. Y que, precisamente por eso, entiende que interrumpir en un solo nivel no basta.

En suma, hay que interrumpir la trama entera. 

 14. La dificultad específica de una política de izquierdas

En el paso final aparece un problema decisivo: la inadecuación de muchos ideales de izquierda en la modernidad consumista. 

Valores como: solidaridad, redistribución, austeridad cívica, renuncia, resultan poco atractivos en una cultura que promete placer inmediato, consumo y expansión indefinida. 

Aquí aparece la idea del “Monstruo Amable” (Raffaele Simone): una forma de poder contemporánea que organiza el tiempo libre como entretenimiento, mercantiliza la experiencia, carnavaliza lo serio, trivializa el sufrimiento, debilita la compasión y la solidaridad. 

En ese contexto, ser de izquierdas aparece como algo costoso, incluso “antinatural”. Exige sacrificio, renuncia, freno de impulsos, elaboración interior. Requiere oponerse a la tracción del sistema como quien resiste la fuerza de un muelle que lo arrastra de vuelta. 

“Para estar en la izquierda hace falta haber metido en cintura los impulsos descritos en los postulados de la derecha, con un grado variable de esfuerzo sobre uno mismo, es decir de renuncia, incluso a costa de negar o limitar sus propios intereses. Este es el aspecto al mismo tiempo admirable y demencial de la izquierda (y es lo que la aproxima en ciertos aspectos a algunas formas de devoción religiosa): ¿renunciar cuando uno puede tener? ¿Privarse cuando uno puede acumular? ¿Igualarse cuando uno puede prevalecer?” (Simone).

Por eso la posición de izquierdas es frágil y oscilante: adherirse a ella cuesta, mantenerse en ella exige trabajo, abandonarla es una tentación constante. 

La tarea política de la izquierda sería entonces inventar constantemente motivos para estar y permanecer en la izquierda. 

Y para ello, nada mejor que escuchar la sabia propuesta de Manuel Sacristán (1983): 

“Al final de este repaso tengo interés en indicar un denominador común de una razonable y vital respuesta socialista a los problemas nuevos y que tal vez pueda parecerles demasiado filosófica y poco científica, pero que, en cambio, me parece muy arraigada en la tradición marxista. Todos estos problemas tienen un denominador común que es la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana. Un sujeto que no sea opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión.